Por Sofía Deveaux, Coordinadora de Inversión Social
Si las 319 instituciones donantes constituidas que existen en México se sentaran a la mesa y decidieran otorgar recursos a todas las 22,039 (Fondos a la Vista, 2013) organizaciones de la sociedad civil nacionales, tendrían que seleccionar, en promedio, a 69 cada una. Claro, por varias razones este ejercicio es imaginario e inviable, pero resulta evidente, en primer lugar, que hay pocas donantes constituidas y miles de donatarias buscando recursos. La buena noticia es que también hay un gran número de pequeñas y medianas empresas locales que, por no contar con una fundación legalmente constituida, no entran en esta estadística. Son empresas que destinan parte de sus ganancias a causas y organizaciones cercanas a su comunidad pero que al no estar constituidas, no se encuentran en ningún registro (SAT e Indesol), resultando invisibles pero muy valiosas. Esas conforman la llamada filantropía comunitaria, que es de todos, de empresarios y personas que quieren sumar modestos recursos y talentos para resolver los problemas de sus municipios, ciudades y comunidades, y ya no una filantropía exclusiva de los más ricos (ver The value of community philanthropy, 2012).