Por CaRloS Muñoz
Seguramente alguno de mis lectores ha tenido la oportunidad de viajar a tierras canadienses. De ser así, no me dejarán mentir. Hace poco más de un año tuve el gusto de visitar algunas ciudades como Montreal y Québec, entre otras, y quedé gratamente sorprendido con la mentalidad, conste que no cultura, que predomina en esas latitudes.
Sé que en Estados Unidos y países europeos también poseen una mentalidad igual o muy parecida a la sociedad en Canadá, pero en esta ocasión sólo haré referencia a lo vivido durante mi estancia.
Resulta que desde que llegas al aeropuerto, las instalaciones, la amabilidad de los funcionarios del mismo, la revisión exigente, aunque no por ello irresponsable o irrespetuosa de las autoridades de migración, y hasta el taxista que me transportó al hotel, me brindaron un servicio auténticamente de primer nivel, te hacen sentir como
invitado de honor a su ciudad.
Calles impresionantemente limpas (lo único que tapizaba las banquetas eran hojas de maple), no ví perros callejeros (pero sí algunos zorrillos), no escuché un sólo claxon, tampoco ladridos de los perros de los vecinos del edificio al cual llegué a hospedarme, nunca un escándalo al interior del mismo. Asimismo, observé un conato de incendio al que, en un abrir y cerrar de ojos (1 minuto como máximo), llegaron los bomberos e hicieron una labor preventiva más que reactiva, verdaderamente de impresionar.