La nostalgia es un negocio poderoso. Pero ¿qué sucede cuando, para capitalizarla, una producción audiovisual termina cuestionada por romantizar el abuso, revictimizar a una mujer y dejar fuera de la conversación a las personas cuya historia pretende contar? Eso es precisamente lo que ha puesto bajo escrutinio a la nueva serie inspirada en Timbiriche, estrenada en la plataforma ViX.
La controversia más delicada gira en torno a la representación de Sasha Sokol y su relación durante la adolescencia con el productor Luis de Llano. Según informó La Silla Rota el 13 de octubre de 2026, los primeros dos episodios muestran a la versión adolescente de la cantante prefiriendo acudir al departamento del productor, entonces de 40 años, en lugar de convivir con sus compañeros de agrupación. Esta decisión narrativa ha generado críticas por presentar a la menor de edad como quien busca activamente el vínculo con el adulto.
El problema no es simplemente una interpretación discutible de acontecimientos pasados. Existe un antecedente judicial fundamental: de acuerdo con el mismo medio, la Suprema Corte de Justicia de la Nación dejó firme una sentencia civil que declaró a Luis de Llano responsable de vulnerar derechos de Sasha Sokol por actos cometidos cuando ella era menor de edad y por declaraciones revictimizantes posteriores. Entre los derechos afectados se encuentran la dignidad, la integridad física, psicológica y moral, la intimidad y el libre desarrollo de la personalidad.
La controversia también alcanza la participación de quienes integraron Timbiriche. El 6 de octubre, Benny Ibarra, Alix Bauer, Diego Schoening, Mariana Garza, Erik Rubín y Sasha Sokol manifestaron públicamente que no autorizaron el uso de su imagen, voz o identidad, ni participaron en la elaboración o supervisión de las historias. La producción ejecutiva, por su parte, defendió el proyecto como una obra de ficción basada en información de dominio público.
A estas críticas se sumaron las declaraciones de Diego Schoening, recogidas por SensaCine México el 14 de octubre. Durante una entrevista con Nayo Escobar, el cantante recordó que, cuando los integrantes eran menores de edad, las presentaciones del grupo podían venderse hasta en un millón de pesos, mientras ellos recibían una cantidad fija de 10 mil pesos por espectáculo. Schoening calificó aquella situación como un abuso completo y afirmó que no existían contratos escritos.
El artista también señaló que no han recibido regalías como intérpretes por la venta de sus discos y describió un ambiente de presión que dificultaba cualquier reclamo. Según su testimonio, el hecho de que sus padres trabajaran dentro de la misma empresa televisiva contribuía a mantener el silencio, ante el temor de posibles consecuencias laborales.
Así, la serie ha abierto una discusión que trasciende la nostalgia musical. No solo se cuestiona cómo representa un caso de abuso acreditado judicialmente, sino también qué responsabilidad tienen las empresas del entretenimiento cuando comercializan historias vinculadas con la infancia, las relaciones de poder y los derechos de las personas protagonistas.
¿Por qué es relevante para la responsabilidad social?
Una ficción no debería convertir el abuso en romance
Desde la perspectiva de la responsabilidad social corporativa, el aspecto más preocupante es la manera en que una decisión narrativa puede modificar la percepción pública de una situación de abuso.
Presentar a una adolescente buscando voluntariamente la compañía de un adulto con poder sobre su trayectoria profesional puede transmitir una idea profundamente problemática: que la menor provocó, alentó o fue corresponsable de lo sucedido.
Y aquí es necesario ser contundentes: la aparente iniciativa de una persona menor de edad no elimina la responsabilidad de la persona adulta ni las asimetrías de poder existentes.
No se trata de negar la libertad creativa. Se trata de reconocer que esa libertad implica responsabilidades, especialmente cuando se representan situaciones de violencia y personas reales identificables.
En este caso, además, no estamos ante una controversia sustentada únicamente en versiones contrapuestas. Existe una resolución judicial firme sobre la responsabilidad civil del productor. La ficción puede dramatizar acontecimientos, pero no debería utilizar esa condición para diluir la gravedad de hechos acreditados.
Desde una mirada ética, resulta particularmente inquietante que una historia de abuso pueda transformarse en una narrativa sentimental donde el comportamiento de la víctima se convierta en el centro del cuestionamiento.
El morbo parece tener más peso que la ética
El entretenimiento siempre ha recurrido al conflicto para captar la atención. Sin embargo, existe una diferencia entre abordar responsablemente una historia dolorosa y utilizar sus elementos más sensibles como combustible para la conversación pública.
La polémica de Timbiriche plantea precisamente esa tensión: ¿hasta qué punto el interés por generar audiencia termina desplazando las consideraciones éticas?
Desde una perspectiva de RSE, el morbo no puede convertirse en una justificación para cualquier representación. Una producción puede atraer espectadores, generar conversación y despertar curiosidad sin que eso signifique que sus decisiones sean socialmente responsables.
Que algo genere atención no significa que merezca ser contado de cualquier manera.
El riesgo es normalizar una lógica en la que el sufrimiento ajeno se transforma en producto, mientras las personas involucradas pierden capacidad de influir en la manera en que sus experiencias son representadas.
Conviene distinguir entre la intención comercial de la producción, que no puede establecerse únicamente a partir de la controversia, y sus posibles consecuencias sociales. No necesitamos demostrar que una empresa buscó deliberadamente revictimizar para cuestionar si tomó las precauciones necesarias para evitarlo.
La responsabilidad social también incluye cómo se cuentan las historias
Con frecuencia, la RSE se asocia con programas ambientales, voluntariado o donaciones. Pero la responsabilidad corporativa también se expresa en el producto principal de una organización.
Para una plataforma de entretenimiento, ese producto son las historias que decide financiar, producir y distribuir.
Esto implica preguntarse si existen criterios para representar situaciones de violencia, si se incorporan perspectivas especializadas y si las personas directamente afectadas cuentan con mecanismos para expresar preocupaciones.
La postura pública de los seis integrantes originales de Timbiriche revela otra dimensión importante: la diferencia entre tener argumentos para producir una ficción y construir un proceso que considere a las personas cuya identidad e historia alimentan esa ficción.
Que determinada información sea pública no resuelve, por sí mismo, todas las preguntas éticas sobre su utilización.
La explotación laboral infantil también forma parte de la conversación
Las declaraciones de Diego Schoening amplían el análisis. Su testimonio describe presuntas prácticas de remuneración desigual, ausencia de contratos y presiones relacionadas con la dependencia laboral de las familias.
Aunque estas afirmaciones deben reconocerse como el relato del exintegrante y no confundirse con hechos judicialmente acreditados, plantean interrogantes relevantes sobre la protección de menores dentro de la industria del espectáculo.
La debida diligencia en derechos humanos exige prestar atención a las relaciones de poder, los mecanismos de denuncia, las condiciones contractuales y la protección frente a represalias.
En este contexto, la historia de Timbiriche podría ofrecer una oportunidad para reflexionar sobre las condiciones que enfrentan niñas, niños y adolescentes dentro de estructuras empresariales poderosas.
Sin embargo, cuando el debate público se concentra en los aspectos más polémicos de las relaciones personales, existe el riesgo de que estas otras cuestiones estructurales queden relegadas.
La reputación corporativa no se protege únicamente con discursos: TelevisaUnivision
La confianza en una empresa también depende de la coherencia entre sus valores y sus decisiones comerciales. Una plataforma puede promover mensajes de inclusión, respeto y bienestar, pero esos compromisos pierden fuerza cuando su contenido genera cuestionamientos sobre el tratamiento de personas vulneradas. ViX es la plataforma de streaming de TelevisaUnivision, empresa de medios y entretenimiento surgida de la combinación de los negocios de contenido de Televisa y Univision en 2022.
En este caso, la discusión no debería limitarse a si la serie tiene éxito o fracasa comercialmente. La pregunta es si las decisiones de producción fueron suficientemente responsables frente a los derechos y la dignidad de las personas representadas.
La responsabilidad social no consiste en evitar todas las controversias. Consiste en reconocer cuáles son las consecuencias de las decisiones empresariales, especialmente cuando pueden reproducir estereotipos, justificar relaciones desiguales de poder o minimizar experiencias de violencia.











