Mientras millones de personas enfrentan el encarecimiento de la energía y los efectos cada vez más severos de la crisis climática, las principales compañías petroleras continúan acumulando beneficios extraordinarios. BP, Eni, Equinor, Repsol, Shell y TotalEnergies obtuvieron en conjunto 38 mil millones de dólares entre julio y septiembre, impulsadas, en buena medida, por la volatilidad de los precios energéticos.
El contraste va más allá de una cuestión financiera. Las ganancias de estas organizaciones crecen en un escenario marcado por conflictos geopolíticos, inseguridad energética y daños ambientales que afectan especialmente a las poblaciones más vulnerables. El problema de fondo es cómo una industria vinculada directamente con las emisiones que aceleran el calentamiento global puede seguir capitalizando las crisis sin asumir proporcionalmente sus costos. Las cifras reabren una discusión central: ¿quién debe pagar por las consecuencias de un modelo energético que sigue generando enormes beneficios privados y costos colectivos?
Las ganancias de las petroleras aumentan 102%: ¿quiénes están acumulando los beneficios de la crisis energética?
Un análisis de Global Witness sobre los resultados trimestrales de seis grandes compañías del sector reveló que BP, Eni, Equinor, Repsol, Shell y TotalEnergies acumularon 38 mil millones de dólares en ganancias entre julio y septiembre. En lo que va del año, sus beneficios alcanzaron 89 mil millones de dólares, un incremento de 102% frente al mismo periodo del año anterior.
El crecimiento no fue uniforme. BP registró el mayor aumento interanual, con un salto de 193%: pasó de 6 mil millones a 17 mil millones de dólares. Shell, por su parte, encabezó el grupo por volumen de beneficios, con 28 mil millones de dólares, 80% más que en el mismo periodo del año previo. Los resultados muestran la capacidad de estas empresas para convertir las fluctuaciones del mercado energético en oportunidades de rentabilidad.

La coyuntura geopolítica también forma parte de esta ecuación. La guerra en Irán y el consecuente aumento de los precios del petróleo han favorecido los resultados de los productores, mientras sus efectos económicos se trasladan a consumidores y empresas. Jonathan Noronha-Gant, de Global Witness, cuestionó que las compañías obtengan enormes beneficios de un conflicto cuyos costos humanos y económicos recaen sobre la población civil.
El desequilibrio resulta especialmente evidente en Europa, donde el encarecimiento de la energía presiona los presupuestos familiares justo cuando comienza la temporada de frío. Así, las ganancias de las petroleras no pueden analizarse únicamente como un indicador de desempeño financiero: también deben examinarse a la luz de quién obtiene los beneficios de la volatilidad y quién termina absorbiendo sus consecuencias.
¿Qué relación existe entre las ganancias de las petroleras y el deterioro climático?
La discusión adquiere otra dimensión cuando se incorporan los efectos ambientales de la actividad petrolera. Oxfam ha advertido que el crecimiento de los beneficios de los combustibles fósiles coincide con el aumento de las emisiones. Un análisis de datos académicos publicado en Nature por la organización encontró que las emisiones atribuibles a estas compañías fueron suficientes para causar alrededor de una cuarta parte de las olas de calor registradas mundialmente entre 2000 y 2023.
Este hallazgo plantea una contradicción relevante para la agenda climática corporativa. Mientras gobiernos, empresas y comunidades deben destinar recursos crecientes a prevenir y atender los daños del calentamiento global, algunas de las organizaciones vinculadas con sus causas continúan obteniendo rendimientos extraordinarios. No se trata solamente de una industria que opera dentro de un entorno económico complejo, sino de actores cuya actividad tiene consecuencias ambientales acumulativas y documentadas.
La magnitud de los beneficios también permite dimensionar el costo de oportunidad. Según The Guardian, las 100 principales compañías de petróleo y gas del mundo obtuvieron alrededor de 30 millones de dólares por hora en beneficios extraordinarios durante el primer mes de la guerra en Irán. En contraste, las comunidades afectadas por fenómenos extremos enfrentan pérdidas económicas, desplazamientos y mayores necesidades de adaptación, sin contar necesariamente con los recursos para responder.
Desde la perspectiva de la responsabilidad social empresarial, esta brecha obliga a cuestionar la suficiencia de los compromisos voluntarios de sostenibilidad. La reducción de emisiones, la transparencia y las inversiones en energías renovables son elementos necesarios, pero no sustituyen la obligación de responder por los impactos negativos de las operaciones. Una estrategia ESG pierde credibilidad cuando los resultados financieros se celebran sin incorporar de manera proporcional los costos climáticos y sociales que contribuye a generar el negocio.

Impuestos a las ganancias extraordinarias: ¿pueden las petroleras pagar por los daños que generan?
Ante este escenario, Oxfam asegura que establecer un impuesto sobre las ganancias extraordinarias de los combustibles fósiles podría recaudar 400 mil millones de dólares durante el primer año, una cantidad suficiente para cubrir los costos anuales de adaptación climática en el Sur Global. Si el gravamen se extendiera a todas las empresas, la recaudación mundial podría alcanzar los 680 mil millones de dólares.
La propuesta no parte de una discusión exclusivamente fiscal, sino de un principio de justicia climática: quienes obtienen beneficios de actividades que contribuyen al deterioro ambiental deben asumir una mayor proporción de los costos asociados. Alrededor del 28% de los países analizados ya ha implementado impuestos temporales sobre las ganancias extraordinarias de las compañías de combustibles fósiles. Italia, Alemania, España, Portugal y Austria figuran entre las naciones que han respaldado este tipo de instrumentos.
Por su parte, 350.org defiende un mecanismo permanente de «quien contamina paga», mediante gravámenes a los productores de combustibles fósiles e impuestos a sus beneficios extraordinarios. Los recursos podrían destinarse a reducir las facturas energéticas de los hogares y acelerar la transición hacia redes de energía bajas en carbono. La propuesta también contempla proteger a las familias frente a la pérdida de acceso a la electricidad durante episodios de calor o frío extremos, así como impulsar alternativas solares y eólicas asequibles.
Candice Forten, directora de campañas en Estados Unidos de 350.org, sostiene que la transición energética debe responder a las necesidades de las personas y no exclusivamente a los intereses de los grandes productores. Esto implica evitar que nuevas fuentes de demanda eléctrica, como los centros de datos, eleven las facturas o incrementen la presión sobre las comunidades. Su planteamiento introduce una cuestión fundamental: la transformación del sistema energético no será justa si los beneficios continúan concentrándose en las empresas mientras los costos se distribuyen entre consumidores y territorios.

La responsabilidad de las petroleras no puede medirse únicamente en beneficios
Los resultados financieros de BP, Shell y otras cuatro grandes compañías muestran que la crisis energética puede representar una oportunidad de negocio para quienes controlan la producción de combustibles fósiles. Sin embargo, la rentabilidad no constituye por sí misma una evidencia de creación de valor social. Cuando los beneficios privados crecen al mismo tiempo que aumentan los daños climáticos, la discusión sobre responsabilidad corporativa debe pasar de los compromisos declarativos a la rendición de cuentas, la reparación y la contribución efectiva a la transición energética.
El desafío para estas organizaciones es reconocer que su responsabilidad no termina en cumplir la legislación ni en financiar proyectos ambientales aislados. También exige asumir los costos de sus impactos, transparentar su contribución a la crisis climática y participar en mecanismos que eviten trasladar sus consecuencias a quienes menos recursos tienen para enfrentarlas. Si las ganancias de las petroleras pueden multiplicarse en medio de conflictos y emergencias ambientales, también debe discutirse por qué su contribución a resolverlos sigue siendo objeto de negociación. La pregunta ya no es únicamente cuánto pueden ganar estas compañías, sino cuánto de esa riqueza están dispuestas a devolver a las sociedades y al planeta que hacen posible su actividad.












