Por Helena Ancos
“If history repeats itself and the unexpected always happens, how incapable must Man be of learning from experience” (Bernard Shaw)
La Historia de la RSE no debe repetirse: tenemos que avanzar aprendiendo de nuestros errores y aprovechando las experiencias positivas como palancas de cambio. No son necesarios más debates terminológicos sino debates sobre los mecanismos útiles a nivel macroeconómico, a nivel empresarial y a nivel ciudadano para incentivar las prácticas responsables.
La RSE, en su relativamente corta trayectoria, ha pasado por muchas vicisitudes. Su historia nos ha enseñado en primer lugar, que la voluntariedad de la RSE, avalada por empresas, instituciones, gurús y las Biblias de la RSE, se vendió como un dogma, una condición sine qua non para que prosperara en la práctica empresarial. Y ha sido la fuerza de los acontecimientos económicos la que ha depuesto la regla de la no obligatoriedad.
Tras las catástrofes medioambientales de Bhopal, Exxon Valdez, o Chernobyl, por poner unos ejemplos, la penetración del concepto de Responsabilidad Social Empresarial vino de la mano de las empresas multinacionales. Y fundamentalmente por dos razones: por una parte, porque en el ánimo de contrarrestrar los posibles efectos negativos y la sujeción a normativas nacionales y acciones judiciales frente a los impactos negativos generados, las EMN se van a anticipar diseñando códigos de conducta en materia social y medioambiental, que aunque voluntarios, amortiguarían a corto plazo la oposición pública a sus actividades, y paralizarían posibles iniciativas gubernamentales de exigencia de responsabilidades. Pero al mismo tiempo, como dijo en su día G. Núñez, la propia estructura de gestión de las empresas multinacionales va a actuar como un catalizador de la difusión de buenas prácticas empresariales, al contar con estructuras de gestión más desarrolladas, sistemas de contabilidad estandarizados y estar más expuestas a potenciales represalias en su reputación empresarial.