Las empresas han multiplicado sus compromisos para combatir el cambio climático: desarrollan estrategias de descarbonización, asignan responsabilidades a sus consejos directivos, verifican sus emisiones y, en algunos casos, vinculan la remuneración de sus ejecutivos con objetivos ambientales. Sin embargo, adoptar estas medidas no garantiza que las emisiones disminuyan. Un estudio sobre 146 grandes compañías de 30 países encontró que, entre ocho mecanismos corporativos evaluados, solo uno se relacionó con reducciones exitosas: contar con objetivos validados por la iniciativa Science Based Targets (SBTi).
El hallazgo plantea una pregunta relevante: ¿por qué tantas estrategias climáticas no se traducen en resultados medibles? La respuesta no está necesariamente en la falta de compromisos, sino en su nivel de exigencia, la supervisión que reciben y la capacidad de mantenerlos en el tiempo. La evidencia también apunta a que las empresas necesitan algo más que anunciar metas: deben establecer una ruta de descarbonización respaldada por criterios científicos y mecanismos de seguimiento.
¿Por qué las estrategias climáticas corporativas no siempre reducen las emisiones?
El estudio realizado por Michael King, experto en finanzas de la Universidad de Victoria, y Paul Beamish, de Western University, analizó las emisiones de 146 empresas de 30 países entre 2012 y 2023. Los investigadores evaluaron ocho mecanismos que las compañías pueden utilizar para impulsar su desempeño climático.
Entre ellos se encontraban:
- Desarrollar una estrategia climática.
- Asignar al consejo directivo la responsabilidad de las iniciativas climáticas.
- Establecer objetivos internos de reducción de emisiones.
- Verificar los datos de emisiones.
- Vincular la remuneración de los directores ejecutivos con objetivos climáticos.
- Contar con objetivos validados por SBTi.
El resultado fue significativo: ninguno de los mecanismos, salvo la validación de objetivos por SBTi, mostró una relación con reducciones exitosas de emisiones. Esto no significa que desarrollar una estrategia, establecer responsabilidades o verificar información carezca de valor. Más bien, evidencia que esas acciones, por sí solas, no necesariamente producen cambios en el desempeño ambiental.

Una empresa puede contar con una política climática, publicar indicadores y asignar responsabilidades sin que sus operaciones reduzcan efectivamente su huella de carbono. La diferencia está en pasar de la gestión del compromiso a una trayectoria de descarbonización concreta, con objetivos suficientemente exigentes y mecanismos para evaluar su cumplimiento.
¿Qué hace que los objetivos validados por SBTi sí se relacionen con reducciones?
La iniciativa Science Based Targets (SBTi) valida objetivos corporativos de reducción de emisiones con base en criterios científicos y en la trayectoria necesaria para limitar el calentamiento global. De acuerdo con King, la relación entre esta validación y los resultados podría explicarse por varios factores.
El primero es la ambición empresarial. Las compañías que buscan diferenciarse por su compromiso climático pueden recurrir a la validación externa para demostrar que sus objetivos responden a criterios más rigurosos. Como explicó King: «Cuando las empresas quieren diferenciarse, pueden dar un paso más y lograr que se validen sus objetivos».
El segundo factor es la rendición de cuentas. Una vez que una empresa adopta un objetivo validado, tiene un incentivo para mantener el rumbo y demostrar avances. Esto importa porque los compromisos climáticos requieren continuidad: no basta con establecer una meta, también es necesario sostener las decisiones operativas y de inversión que permitan alcanzarla.
De hecho, uno de los hallazgos más relevantes del estudio fue que cuanto más tiempo lleva una empresa con un objetivo validado por SBTi, mayor es la probabilidad de que consiga reducciones significativas de emisiones. Esto sugiere que la validación no funciona como un resultado inmediato, sino como parte de un proceso que necesita tiempo para reflejarse en el desempeño corporativo.
¿Significa que las demás estrategias climáticas no sirven?
No. Interpretar los resultados como una razón para descartar otros mecanismos sería pasar por alto una parte central de la investigación: las empresas con objetivos validados por SBTi ya habían avanzado previamente en otras acciones de gestión climática.
Es decir, la validación no sustituye la gobernanza interna, la definición de objetivos o la medición de emisiones. Se apoya en ellas. Por eso, King y Beamish destacan la importancia de un enfoque por etapas: «establecer una supervisión climática interna, combinarla con objetivos basados en la ciencia y validados externamente, y mantener estos compromisos el tiempo suficiente para que surjan reducciones medibles».
Esta secuencia permite entender por qué algunas estrategias climáticas no son suficientes cuando se implementan de manera aislada. Una política sin supervisión puede quedarse en una declaración; un objetivo interno sin criterios científicos puede carecer de ambición; y una meta sin datos confiables dificulta evaluar el progreso.
Para que estos mecanismos contribuyan a reducir emisiones, las empresas necesitan integrarlos en una misma estructura de gestión:
- Gobernanza y supervisión: asignar responsabilidades claras a los órganos directivos y establecer mecanismos para dar seguimiento a las decisiones climáticas.
- Medición confiable: verificar los datos de emisiones para contar con una línea de base que permita identificar avances y rezagos.
- Objetivos basados en la ciencia: establecer metas validadas externamente, alineadas con la reducción de emisiones necesaria para enfrentar el calentamiento global.
- Continuidad: mantener los compromisos y traducirlos en decisiones operativas durante el tiempo necesario para conseguir resultados.
La clave, por tanto, no es acumular iniciativas, sino conectarlas para que cada una contribuya a una trayectoria verificable de descarbonización.
¿Por qué vincular la remuneración de los directivos con objetivos climáticos puede no funcionar?
Uno de los resultados más llamativos del estudio fue que vincular la remuneración de los directores ejecutivos con objetivos climáticos fue el único mecanismo asociado con un aumento de emisiones.
Este hallazgo requiere cautela: no demuestra que los incentivos económicos provoquen necesariamente un peor desempeño ambiental. King planteó que la relación podría estar influida por el tipo de empresas que recurren a esta práctica, ya que es más común en industrias que experimentan un incremento de emisiones, como el sector tecnológico.
También señaló una posible debilidad en su aplicación: las compañías suelen vincular una fracción relativamente pequeña de la remuneración ejecutiva con los objetivos de reducción. Esto puede limitar su influencia frente a otros indicadores de desempeño que tienen mayor peso en las decisiones de los directivos.

La observación de King resume el problema: «si no tiene relevancia para tu remuneración, ¿cuánta atención le prestas a ese objetivo en comparación con tus otros indicadores clave de rendimiento?».
Para las empresas, la lección es que incorporar un indicador climático en los esquemas de compensación no garantiza que este influya en las decisiones. Su efectividad depende de cuánto pesa, cómo se mide y si está conectado con resultados ambientales concretos.
¿Las empresas están reduciendo emisiones al ritmo necesario?
Un trabajo anterior de King y Beamish, publicado en enero y basado en un grupo similar de compañías, ofrece otra perspectiva sobre la distancia entre avanzar y cumplir con la ambición climática global.
El análisis encontró que el 71% de las empresas había reducido sus emisiones operativas. Sin embargo, menos del 45% lo hacía al ritmo necesario para cumplir con los objetivos del Acuerdo de París.
La diferencia es importante: reducir emisiones no equivale automáticamente a descarbonizar con la velocidad requerida. Una compañía puede registrar mejoras en sus operaciones y, aun así, mantener una trayectoria insuficiente frente a los compromisos climáticos internacionales.
Por ello, evaluar las estrategias climáticas corporativas exige mirar más allá de la existencia de políticas, metas o reportes. También es necesario revisar cuánto disminuyen las emisiones, durante cuánto tiempo se mantiene esa tendencia y si el ritmo de reducción corresponde a la ambición declarada.
De los compromisos climáticos a las reducciones verificables
Los resultados de ambos estudios muestran que las estrategias climáticas no tienen el mismo valor cuando se evalúa su capacidad para reducir emisiones. La gobernanza, la medición y los objetivos internos son pasos necesarios, pero su presencia no garantiza resultados. La validación científica de las metas, en cambio, aparece asociada con reducciones más exitosas, especialmente cuando las empresas mantienen esos objetivos durante varios años.
Para los responsables ESG, esto implica una revisión de prioridades: el éxito climático no debería medirse por el número de iniciativas anunciadas ni por la sofisticación de los reportes, sino por la transformación que producen en las operaciones y en las emisiones reales.
La evidencia también advierte contra una solución superficial: vincular los incentivos de los ejecutivos con objetivos ambientales sin otorgarles suficiente peso puede convertirlos en otro indicador corporativo de bajo impacto. La descarbonización requiere compromisos que orienten decisiones, recursos y responsabilidades.
En última instancia, una estrategia climática funciona cuando deja de ser un documento de intención y se convierte en una hoja de ruta respaldada por ciencia, supervisión y continuidad. La diferencia entre prometer una reducción y conseguirla está en la capacidad de sostener esa ruta y demostrar sus resultados.












