La inteligencia artificial (IA) alimenta tres grandes temores: el desarrollo de armas autónomas, una posible burbuja financiera y la desaparición masiva de empleos. No obstante, tal como ha apuntado El PAÍS, es posible que las consecuencias laborales de esta tecnología sean más complejas que un reemplazo generalizado de trabajadores. Por ahora, su impacto se observa también en la reorganización de tareas, las nuevas exigencias profesionales y la distribución de los beneficios económicos.
El Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que la IA tendrá impacto en el 60% de los empleos en las economías occidentales. Al mismo tiempo, algunas previsiones anticipan que el desempleo podría alcanzar entre 10% y 20% para 2030. Estas proyecciones alimentan la incertidumbre, aunque no constituyen un desenlace inevitable: el resultado dependerá de cómo empresas y gobiernos gestionen la transición.
El economista Simon Johnson, premio Nobel y profesor del MIT, sostiene que el efecto actual de la IA es principalmente cualitativo: está cambiando la manera en que se trabaja más que provocando despidos generalizados. La cuestión es si las organizaciones aprovecharán esa transformación para elevar el valor de las actividades humanas o si concentrarán sus beneficios en una proporción cada vez menor de la economía.
¿La IA eliminará empleos o transformará las tareas?
La historia de las innovaciones tecnológicas muestra que algunas ocupaciones desaparecen, otras surgen y muchas cambian. Aunque el empleo y la economía continuaron creciendo durante anteriores transformaciones, no hay garantía de que esta vez ocurra lo mismo ni de que los beneficios se distribuyan de manera equitativa.
Algunos datos apuntan a que la adopción de IA no conduce necesariamente a una reducción neta del empleo. Según estadísticas oficiales de EE. UU., la tecnología habría creado alrededor de un millón de puestos y eliminado unos 200,000 durante el 2025. Asimismo, un estudio de Stanford, basado en cientos de miles de ofertas laborales de 41 países, encontró que las empresas que más utilizan IA incrementaron su empleo en 3.3%.

Estas cifras no descartan pérdidas futuras, pero cuestionan la idea de que automatizar tareas conduce automáticamente a despedir trabajadores. El efecto depende de cómo se incorpore la tecnología a los procesos, qué actividades sustituya y cuáles permita desarrollar.
Para el filósofo Daniel Innerarity, la transición puede ser especialmente prometedora cuando la automatización libera a las personas de tareas de poco valor y permite destinar recursos a actividades productivas y creativas. El desafío consiste en establecer incentivos para elevar el valor del trabajo humano y evitar una automatización excesiva que deje a las personas al margen.
¿Por qué la brecha salarial de la IA podría aumentar?
Uno de los riesgos centrales no es únicamente cuántos empleos desaparezcan, sino quiénes se quedarán con las ganancias de productividad. El economista Daron Acemoglu, también premio Nobel, advierte que los beneficios empresariales podrían absorber una proporción creciente del ingreso mientras disminuye la parte correspondiente a los trabajadores.
Esta brecha salarial de la IA podría profundizarse si las empresas concentran las ganancias de eficiencia sin traducirlas en mejores remuneraciones, nuevas oportunidades o condiciones laborales. En ese escenario, la tecnología incrementaría la productividad sin garantizar una mejora equivalente para quienes contribuyen a generarla.
El sociólogo Richard Sennett señala que, aunque no se observa todavía un apocalipsis del empleo, las sociedades son cada vez más vulnerables a la desigualdad. Una de sus expresiones es la distancia entre los puestos de alto nivel, con remuneraciones extraordinarias, y los empleos de menor nivel, asociados con salarios muy bajos.
La transformación también podría alterar la duración de la jornada laboral. La socióloga Juliet Schor, de Boston College, plantea que, en lugar de despidos masivos, algunas empresas podrían reducir las horas de trabajo e incluso avanzar hacia semanas laborales de cuatro días. Que esas ganancias de productividad se traduzcan en más tiempo libre o en mayores beneficios empresariales dependerá de las decisiones organizacionales y de las reglas laborales.

Jóvenes y trabajadores de oficina, entre los grupos vulnerables
Los empleos administrativos y las ocupaciones que requieren alta formación figuran entre los más expuestos a los cambios de la IA. También preocupa el acceso de las personas jóvenes al mercado laboral: la experiencia de Alemania con la robotización sugiere que una tecnología puede no destruir empleos de manera masiva y, aun así, dificultar la incorporación de nuevos trabajadores.
Por eso, las empresas necesitan observar no solo las cifras de despidos, sino también sus contrataciones, los perfiles que dejan de solicitar y las oportunidades de entrada que ofrecen. Una organización puede mantener estable su plantilla y, al mismo tiempo, cerrar vías de acceso para quienes comienzan su carrera.

Andrés Monroy, de Princeton, advierte que la IA transformará el mercado laboral de arriba abajo, creando y destruyendo empleos. También identifica un riesgo estructural: que el modelo económico de esta tecnología se concentre en unas pocas compañías, generando dependencia de herramientas que otras organizaciones y trabajadores no controlan.
La capacitación continua será esencial para responder a estos cambios. Sin embargo, trasladar toda la responsabilidad de adaptación a cada persona sería insuficiente si las empresas no ofrecen oportunidades reales de formación y movilidad profesional.
¿Qué decisiones empresariales pueden reducir los riesgos?
La brecha salarial de la IA no está predeterminada por la tecnología: también depende de las decisiones que definan su implementación y de quiénes participen en sus beneficios. Johnson considera que las consecuencias podrían ser menos negativas si gobiernos y empresas priorizan la formación continua y preparan a los trabajadores para las nuevas funciones. Entre las medidas que podrían reducir sus impactos destacan:
- Impulsar la capacitación continua. Preparar a los trabajadores para asumir nuevas funciones y desarrollar habilidades que complementen las capacidades de la IA, en lugar de trasladarles toda la responsabilidad de adaptarse.
- Reorientar el trabajo hacia actividades de mayor valor. Automatizar tareas rutinarias o de bajo valor para liberar tiempo y recursos que puedan destinarse a labores productivas, creativas y que requieran criterio humano.
- Vigilar el acceso de las personas jóvenes al empleo. Revisar las contrataciones y las oportunidades para quienes comienzan su carrera, ya que la automatización puede dificultar su entrada al mercado laboral incluso cuando no provoca despidos masivos.
- Distribuir los beneficios de la productividad. Evitar que las ganancias derivadas de la IA se concentren exclusivamente en las empresas y considerar cómo pueden reflejarse en mejores remuneraciones y condiciones laborales.
- Explorar alternativas a los despidos. La reorganización de tareas y la reducción de jornadas, incluida la posibilidad de semanas laborales de cuatro días, son alternativas planteadas frente a la eliminación directa de puestos.
- Fortalecer las medidas de protección social. Entre las propuestas debatidas están las redes de seguridad para los trabajadores afectados y los cambios fiscales que permitan gravar más el capital y menos el empleo.
Estas acciones requieren evaluar la IA más allá del ahorro inmediato. Para los líderes empresariales, la decisión estratégica consiste en determinar si la tecnología servirá para elevar el valor del trabajo y ampliar las oportunidades o si profundizará la concentración de ingresos. La forma de implementar la automatización será tan importante como la tecnología misma.












