Por Edgar López.
Alguna vez alguien me dijo que «ser bueno es buen negocio». Siempre me pareció una buena forma de explicar que hacer el bien y obtener beneficios no tienen por qué estar peleados.
Pero últimamente he leído varias noticias que me han hecho pensar que esa relación es bastante más compleja.
La más reciente es de Anthropic, la empresa detrás de Claude. Anunció su intención de destinar el 5% de sus acciones a un fondo de interés público, sujeto a la aprobación de sus accionistas. La participación podría aumentar conforme crezca el valor de la compañía y, según las estimaciones publicadas por Reuters ante una eventual salida a bolsa, alcanzar entre 75,000 y 100,000 millones de dólares.
No hablamos de dinero que ya haya llegado a beneficiarios, sino de una participación accionaria cuyo valor dependerá de la empresa y de cómo se instrumente el fondo.
Entre las posibles aplicaciones de esos recursos están las donaciones a organizaciones sociales, las transferencias directas a determinadas poblaciones y la atención de los efectos de la inteligencia artificial sobre los trabajadores.
De hecho, Anthropic ya había anunciado un compromiso de 200 millones de dólares para estudiar y atender las disrupciones laborales asociadas con la IA.
Veamos… una empresa que desarrolla una tecnología capaz de transformar millones de empleos, propone destinar parte de su riqueza a atender las consecuencias de esa transformación.
¿Qué es esto? ¿Estamos ante filantropía o ante una nueva forma de asumir responsabilidades por los impactos del propio negocio?
La diferencia no es menor. La filantropía supone aportar voluntariamente recursos a causas sociales. La responsabilidad empresarial implica identificar, prevenir, mitigar y, cuando corresponde, remediar los impactos negativos de sus actividades.
Una puede complementar a la otra, pero no sustituirla. Y financiar medidas ante riesgos potenciales tampoco significa que la empresa haya causado ya esos daños.
Este noticia llega en un momento interesante. Y es que en las últimas semanas, The Economist ha publicado tres artículos que me han ayudado a entender lo que está ocurriendo con la filantropía.
Uno cuestiona la eficacia de los incentivos fiscales a las donaciones. El Estado renuncia a recaudar impuestos para estimular la filantropía, pero no siempre consigue suficientes donaciones adicionales para justificar ese costo. Además, son los donantes quienes deciden qué causas financiar, independientemente de que coincidan o no con las necesidades sociales más urgentes. Así, una política pensada para promover el bienestar colectivo también puede terminar subsidiando las preferencias de quienes tienen mayores recursos.
Otro analiza el altruismo eficaz, una corriente que nació buscando maximizar el beneficio social de cada donación, pero que ha llevado a algunos de sus principales impulsores a financiar la prevención de riesgos existenciales, como una eventual catástrofe provocada por la inteligencia artificial. El dilema es interesante: grandes fortunas pueden destinarse a proteger a generaciones que todavía no existen mientras millones de personas enfrentan necesidades urgentes hoy. No significa que prevenir esos riesgos sea innecesario, sino que alguien está decidiendo qué problemas merecen atención primero.
El tercero examina la Fundación Musk, con unos 14,700 millones de dólares en activos. Musk transfirió miles de millones en acciones de Tesla a esta organización mediante operaciones con potenciales ventajas fiscales, mientras conserva influencia sobre el destino de los recursos. Según The Economist, más de la mitad de sus desembolsos entre 2020 y 2024 terminó en otra entidad vinculada con él. El caso muestra cómo una fortuna puede destinarse formalmente a la filantropía sin que resulte sencillo conocer cuánto ha llegado a los beneficiarios finales ni qué resultados sociales ha conseguido.
Ninguno de estos hechos demuestra, por sí mismo, que esas iniciativas carezcan de valor social. Pero sí muestran que la filantropía puede ofrecer ventajas fiscales, mantener grandes recursos bajo la influencia de sus donantes y financiar causas cercanas a sus intereses.
Y no necesariamente esas causas son las que más necesita la sociedad.
Ahora, el propio Musk propone una alternativa: entregar directamente una acción de SpaceX a cada niño estadounidense. Reuters estima que, con los precios actuales de referencia, la promesa representaría unos 11,000 millones de dólares.
Todavía no conocemos los mecanismos de distribución ni las condiciones para disponer de esas acciones. Pero el contraste es interesante: mientras Anthropic plantea un fondo para administrar y distribuir recursos, Musk propone transferir directamente una parte de la propiedad empresarial a las personas.
Dos modelos distintos que también cuestionan el papel de los intermediarios tradicionales.
Durante años nos acostumbramos a un esquema relativamente conocido: las empresas aportan, las fundaciones administran, las ONG ejecutan y el Estado regula o incentiva.
Hoy encontramos empresas que reservan acciones para fines sociales, crean vehículos propios y consideran entregar recursos directamente a sus beneficiarios.
Anthropic, además, ha elegido una estructura de sociedad de responsabilidad limitada para su fondo y ha anunciado que sus recursos no se utilizarán para cabildeo ni contribuciones políticas. Su condición de public benefit corporation también supone incorporar objetivos de beneficio público junto con los intereses económicos de la empresa.
OpenAI, por su parte, cuenta con una fundación que posee una participación accionaria importante en la compañía.
La riqueza generada por la inteligencia artificial podría dar lugar a algunas de las mayores estructuras filantrópicas del mundo.
¿Vienen buenos tiempos para la inversión social? Es posible. Pero no necesariamente para todas las organizaciones que tradicionalmente han administrado esos recursos.
Y aquí pienso en México. Veamos… Un estudio de la OCDE publicado este año muestra que las 328 mayores organizaciones filantrópicas nacionales desembolsaron alrededor de 3,400 millones de dólares entre 2020 y 2023. Casi la mitad se concentró en diez financiadores y los estados con mayor pobreza recibieron comparativamente menos recursos por habitante.
A ello se suman las tensiones con el gobierno durante la 4T, la reducción de mecanismos de financiamiento público y los cuestionamientos a la intermediación.
En ese contexto, el papel de las fundaciones y las ONG merece revisarse. No porque vayan a desaparecer ni porque las empresas puedan sustituirlas fácilmente: muchas conocen las comunidades, mantienen relaciones de confianza y tienen capacidades difíciles de improvisar desde una oficina corporativa.
Pero tendrán que hacer más visible ese valor si los grandes financiadores empiezan a usar mecanismos distintos para llegar a sus beneficiarios.
Las empresas, por su parte, también tendrán que explicar mejor sus decisiones de inversión social.
No es lo mismo financiar una causa ajena a la actividad empresarial que invertir en soluciones relacionadas con sus propios riesgos e impactos. Ambas pueden ser valiosas, pero responden a lógicas diferentes.
Y cuando una compañía contribuye a generar un problema, atenderlo no debería depender únicamente de su generosidad.
Por eso pienso que podríamos estar entrando en una etapa de grandes oportunidades para la inversión social y, al mismo tiempo, de revisión de varios de sus paradigmas.
Quizá haya más capital disponible, nuevas instituciones y formas distintas de financiar proyectos. Pero eso no garantiza que los recursos lleguen a quienes más los necesitan ni que produzcan mejores resultados.
Vuelvo a aquella frase: «ser bueno es buen negocio».
Sigo creyendo que puede ser cierta. Incluso me parece deseable que las empresas encuentren beneficios en contribuir al bienestar social.
Lo que ya no me parece tan sencillo es llamar filantropía a todo lo que una empresa hace por la sociedad. A veces está ayudando. Otras, está atendiendo consecuencias de su propio negocio. Y en ocasiones hace ambas cosas.
La diferencia importa, sobre todo cuando llega el momento de reconocer sus méritos y exigirle responsabilidades.

R con R, por Edgar López
Edgar López Pimentel, es actualmente Director en Expok, ejerciendo su liderazgo día a día con pasión por la responsabilidad social y el desarrollo sustentable. Su labor ha contribuido significativamente al posicionamiento de empresas líderes en materia de responsabilidad social.
Su formación académica, enriquecida por programas de Alta Dirección de Empresas en el IPADE e IE Business School, así como una maestría en Responsabilidad Social Empresarial en la Universidad Anáhuac Norte, respaldan su liderazgo.
Edgar López es un activo participante en diversos comités dedicados a promover la responsabilidad social en México.











