El mundo acumula más de una década de compromisos climáticos, inversiones en energías limpias y políticas para reducir los gases de efecto invernadero. Sin embargo, los avances siguen siendo insuficientes para evitar los escenarios más peligrosos del calentamiento global. El informe sobre la brecha de emisiones 2026 del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) advierte que limitar el calentamiento a 1.5 °C está prácticamente fuera de alcance, mientras las políticas actuales apuntan a un aumento de la temperatura muy superior al objetivo del Acuerdo de París.
La brecha de emisiones es la distancia entre las reducciones de gases de efecto invernadero necesarias para cumplir los objetivos climáticos y las que se prevé alcanzar con los compromisos y las políticas existentes. Para comprender la magnitud del desafío, cinco datos del informe permiten dimensionar el retraso de la acción climática, los cambios necesarios y las oportunidades que aún existen para acelerar la transición:
1. El objetivo de 1.5 °C está prácticamente fuera de alcance
El Acuerdo de París, adoptado en 2015, estableció el compromiso de mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 °C respecto de los niveles preindustriales y proseguir los esfuerzos para limitarlo a 1.5 °C. Sin embargo, el informe del PNUMA concluye que la oportunidad de evitar temporalmente superar este último umbral prácticamente se ha agotado.
Esto no significa que el objetivo haya perdido relevancia. Reducir el calentamiento máximo y conseguir que las temperaturas regresen a niveles inferiores a 1.5 °C hacia finales de siglo sigue siendo importante para limitar los daños. Cada fracción adicional de grado aumenta los riesgos asociados con olas de calor, inundaciones, sequías e incendios forestales, además de agravar las presiones sobre los ecosistemas y las comunidades vulnerables.
Como señaló Anne Olhoff, directora del Centro Climático PNUMA-Copenhague y una de las autoras del informe, el mundo ha pospuesto durante décadas la reducción de emisiones y ahora enfrenta las consecuencias.
Para las empresas, esta advertencia refuerza la necesidad de establecer objetivos de descarbonización con resultados verificables a corto plazo. Las metas de largo alcance pierden credibilidad cuando no se acompañan de reducciones concretas en las operaciones y las cadenas de suministro.

2. Las políticas actuales encaminan al mundo hacia un calentamiento de 2.8 °C
Si continúan las políticas actuales, la temperatura media global podría aumentar 2.8 °C para 2100. Incluso si los países cumplen sus compromisos climáticos nacionales actualizados, el calentamiento se situaría alrededor de 2.6 °C, según el PNUMA.
Las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC, por sus siglas en inglés) establecen las metas de cada país para reducir sus emisiones. Sin embargo, el informe advierte que incluso su cumplimiento integral dejaría al planeta lejos de la trayectoria necesaria para limitar el calentamiento.
La diferencia entre 1.5 °C y 2.6 °C puede parecer pequeña en términos numéricos, pero sus consecuencias no lo son. Un mayor calentamiento intensifica los riesgos para los ecosistemas, la disponibilidad de agua, la producción de alimentos, la infraestructura y la salud pública, además de elevar los costos de adaptación.
Para el sector privado, este escenario representa un riesgo estratégico y financiero. Las empresas deben considerar que las políticas actuales no garantizan una transición ordenada hacia una economía baja en carbono y que los retrasos pueden obligar a adoptar cambios regulatorios y operativos más abruptos en el futuro.
3. Las emisiones deben reducirse 18% para 2030
El PNUMA plantea que todavía es posible limitar el calentamiento máximo a aproximadamente 1.7 o 1.8 °C y regresar a 1.5 °C hacia finales de siglo, pero para ello se requieren reducciones profundas y sostenidas de las emisiones globales, tomando como referencia los niveles de 2025:
- 18% para 2030.
- 45% para 2035.
- 69% para 2040.
La magnitud del desafío queda más clara al compararla con los compromisos actuales. Según el informe, incluso si se cumplen íntegramente las NDC, las emisiones disminuirían entre 5% y 8% para 2030 y entre 11% y 15% para 2035, respecto de 2025.
La trayectoria más ambiciosa también requeriría retirar y almacenar permanentemente alrededor de 320,000 millones de toneladas de dióxido de carbono durante este siglo. Esta necesidad refuerza que la eliminación de carbono debe complementar, y no sustituir, la reducción de emisiones en su origen.
Para las empresas, el reto consiste en traducir los objetivos climáticos en cambios operativos: eficiencia energética, electrificación, energías renovables, transformación de procesos industriales y reducción de emisiones en las cadenas de suministro. La velocidad importa tanto como la ambición: una meta para 2040 o 2050 pierde fuerza si no muestra avances medibles durante los próximos años.

4. Estados Unidos agrava las perspectivas climáticas globales
El informe identifica a Estados Unidos como un caso atípico entre las economías del G20 por el comportamiento de sus emisiones, que superaron ampliamente las de los demás países del grupo en el periodo analizado.
El PNUMA vincula esta tendencia con el aumento de la demanda eléctrica, impulsado parcialmente por los centros de datos, y con políticas que favorecieron el uso de combustibles fósiles frente a las fuentes de energía limpia. La retirada estadounidense del Acuerdo de París también empeoró las proyecciones, al excluir de los escenarios las medidas climáticas que habrían correspondido a sus objetivos nacionales.
Estados Unidos es el segundo mayor emisor de gases de efecto invernadero, después de China. Esta última presenta una situación compleja: ha ampliado rápidamente su liderazgo en energías renovables, pero también ha incrementado la producción de carbón.
El caso evidencia que la acción climática depende de decisiones políticas que pueden avanzar a distintas velocidades e incluso revertir progresos anteriores. Para las empresas multinacionales, esta incertidumbre complica la planificación de inversiones y refuerza la importancia de desarrollar estrategias de descarbonización que no dependan exclusivamente de incentivos temporales.
5. Las políticas climáticas funcionan, pero necesitan ampliarse
El informe también identifica avances alentadores. Desde la adopción del Acuerdo de París, la capacidad mundial de generación eléctrica renovable ha crecido tres veces más rápido de lo previsto, mientras que la instalación de paneles solares fotovoltaicos ha avanzado siete veces más rápido que las proyecciones iniciales.
Además, el PNUMA analizó más de 200 políticas climáticas y encontró medidas orientadas a reducir emisiones en distintos sectores y países. Estos resultados demuestran que existen tecnologías y políticas capaces de impulsar cambios concretos; el desafío es extenderlos con mayor rapidez.
La expansión de las energías limpias ofrece a las empresas oportunidades para reducir costos operativos, fortalecer la seguridad energética y disminuir su huella de carbono. Sin embargo, avanzar requiere inversiones, objetivos verificables y una integración efectiva de la acción climática en las decisiones de negocio.
Como señaló Inger Andersen, directora ejecutiva del PNUMA, existen ejemplos que demuestran que las emisiones pueden reducirse rápidamente. Ahora corresponde a los países implementar políticas que impulsen reducciones profundas y sostenidas.

Cerrar la brecha de emisiones exige pasar de los compromisos a los resultados
Los cinco datos del informe describen un escenario contradictorio: el mundo dispone de tecnologías y políticas para reducir las emisiones, pero los compromisos actuales siguen siendo insuficientes para evitar un calentamiento considerablemente superior a 1.5 °C.
Para el ámbito ESG, la conclusión es clara: la credibilidad climática debe medirse por los resultados, no solo por las promesas. Las empresas necesitan demostrar reducciones reales de emisiones, establecer metas intermedias y transformar sus cadenas de valor para contribuir a una economía baja en carbono.
La brecha de emisiones refleja la distancia entre lo que exige la ciencia y la velocidad de respuesta de gobiernos y sectores económicos. Cada año de demora hace más difícil limitar el calentamiento y aumenta la exigencia de las reducciones futuras. El reto ya no consiste únicamente en asumir compromisos, sino en convertirlos en cambios concretos durante esta década.












