Por Aldo Farrugia.
Hace poco tuve la oportunidad de sentarme a platicar con Eufrosina Cruz en COMUNAL Podcast. Conocía parte de su historia, había leído su libro, sobre lo que ha logrado y sobre las muchas barreras que ha tenido que enfrentar a lo largo de su vida. Pero escucharla frente a frente fue completamente diferente.
Fue una conversación cercana, honesta y profundamente humana.
Porque detrás de la mujer que ha ocupado espacios importantes en la política mexicana, que ha defendido los derechos de las mujeres indígenas y que ha llevado su voz a diferentes partes del mundo, sigue estando aquella niña que nació en Santa María Quiegolani, en la Sierra Sur de Oaxaca, y que un día se atrevió a imaginar que su vida podía ser diferente.
Eufrosina creció en una comunidad zapoteca, en un contexto donde ser mujer significaba muchas veces tener un camino prácticamente definido desde que eras niña.
Mientras platicábamos, hubo algo de su historia que me hizo reflexionar especialmente: la importancia de poder imaginar una vida distinta.
Parece algo sencillo, pero no lo es. Para millones de personas, las posibilidades de vida están condicionadas desde su nacimiento por el lugar donde nacieron, por su situación económica, por su género o simplemente por las oportunidades que tuvieron o nunca tuvieron frente a ellas.
Eufrosina encontró en la educación una puerta para cambiar ese destino. Estudió, salió de su comunidad y años después regresó. Pero cuando decidió participar en la vida política de Santa María Quiegolani se encontró nuevamente con una realidad que parecía decirle que había lugares que todavía no le correspondían por ser mujer.
En 2007 intentó participar en la elección municipal de su comunidad y su aspiración fue rechazada bajo las prácticas de usos y costumbres que entonces limitaban la participación política de las mujeres.
Podía haberse ido.Podía haber continuado con su vida y dejar atrás aquella injusticia.
Pero decidió hacer algo mucho más difícil: quedarse a cuestionarla.
Y esa decisión terminó llevando una problemática que parecía pertenecer a una pequeña comunidad de Oaxaca hasta la conversación pública nacional.
Su lucha contribuyó a abrir camino para reconocer los derechos políticos de las mujeres en comunidades indígenas y la llevó posteriormente al Congreso de Oaxaca, donde se convirtió en la primera mujer indígena en presidir la Mesa Directiva del Congreso estatal.
Después vendrían otros espacios, responsabilidades y reconocimientos.
Pero mientras la escuchaba hablar, pensé que quizá su impacto más importante no puede medirse únicamente en cargos políticos, reformas o reconocimientos.
Se mide también en las mujeres que después de ella pudieron levantar la mano.
En las niñas que hoy pueden imaginar posibilidades que antes parecían imposibles.
Y en las conversaciones que su historia ha provocado sobre algo particularmente complejo: la diferencia entre respetar una tradición y justificar una desigualdad.
Eufrosina habla de sus raíces con orgullo. No reniega de su comunidad ni de su identidad zapoteca. Al contrario, forman una parte fundamental de quien es.
Pero querer nuestras raíces no significa que no podamos cuestionar aquello que debe cambiar.
Los invito a ver esta GRAN plática con Eufrosina Cruz.
La niña de la montaña
Una parte especialmente humana de su historia está plasmada en su libro Los sueños de la niña de la montaña. El título dice mucho.
Porque antes de la política, de los congresos, de los discursos y de los reconocimientos estuvo simplemente una niña mirando las montañas de Oaxaca e imaginando qué podía existir del otro lado.
Su libro habla de desigualdad, discriminación, educación y derechos, pero sobre todo habla de sueños.
De la posibilidad de decidir quién quieres ser cuando muchas de las circunstancias a tu alrededor parecen haberlo decidido por ti.
Durante nuestra conversación entendí también que detrás de una figura pública existen sacrificios, dudas, heridas y decisiones que pocas veces aparecen en una semblanza.
Y eso es precisamente lo que más disfruto de hacer COMUNAL Podcast.
No solamente conocer lo que alguien logró, sino tratar de entender qué tuvo que pasar dentro de esa persona para decidir hacer algo al respecto.
Porque Eufrosina pudo utilizar la educación únicamente para cambiar su propia vida.
Pudo salir de su comunidad, construir una carrera y no mirar atrás.
Pero decidió regresar. Decidió involucrarse.Decidió incomodar.
Y eventualmente decidió utilizar su historia como una herramienta para abrir oportunidades para otras personas.
Eso, para mí, cambia completamente la manera de entender el éxito.
¿De qué sirve llegar si nadie más puede hacerlo?
Vivimos en una época en la que hablamos constantemente de éxito individual: crecer, ganar, destacar, acumular logros, reconocimiento o posiciones.
Pero historias como la de Eufrosina nos recuerdan que existe otra forma de medirlo.
¿Cuántas puertas abriste después de cruzar la tuya?
Tal vez ahí está una de las reflexiones más importantes que me dejó nuestra conversación.
Eufrosina Cruz cambió su historia, sí. Pero lo verdaderamente poderoso es que después utilizó esa historia para intentar cambiar la realidad de muchas otras personas.
De aquella niña en las montañas de Oaxaca a convertirse en una de las voces más reconocidas en la defensa de los derechos de las mujeres indígenas, existe una enorme distancia.
Pero después de escucharla durante nuestra conversación, creo que hay algo que permanece intacto: la convicción de que el lugar donde nacemos puede explicar de dónde venimos, pero nunca debería determinar hasta dónde podemos llegar.
Gracias, Eufrosina, por la confianza, por la cercanía y por compartir no solamente tus logros, sino también todo lo que hubo detrás de ellos.
Hay personas que utilizan su historia para contar quiénes son.
Y hay otras que utilizan su historia para cambiar lo que todavía no debería ser.
Los invito a que sigan su inreíble trabajo y sobre todo sumemos para apoyar su lucha.











