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La huella de hoy, el calor de siglos: los gases de efecto invernadero alcanzan un récord

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La atmósfera acumula una cantidad cada vez mayor de gases que retienen el calor, y sus efectos no desaparecerán cuando disminuyan las emisiones. En 2025, las concentraciones de dióxido de carbono (CO₂), metano y óxido nitroso alcanzaron niveles sin precedentes, según la Organización Meteorológica Mundial (OMM), una señal de que el calentamiento global seguirá intensificándose incluso si las emisiones comienzan a reducirse.

El problema no se limita al récord registrado, sino a la persistencia de sus consecuencias. Mientras los últimos 11 años han sido los más cálidos desde que existen registros, la acumulación de gases de efecto invernadero compromete el clima durante décadas y, en el caso del CO₂, incluso siglos. El diagnóstico de Naciones Unidas llega antes de la COP31, que se celebrará en noviembre en Antalya, Turquía, y vuelve a poner en evidencia la distancia entre la gravedad del problema y la velocidad de la respuesta mundial.

¿Qué récord alcanzaron los gases de efecto invernadero en 2025?

El 22.º Boletín anual sobre Gases de Efecto Invernadero de la OMM confirmó que los tres principales gases responsables del calentamiento de larga duración alcanzaron concentraciones atmosféricas máximas históricas en 2025.

Las cifras muestran cuánto han aumentado respecto de los niveles preindustriales, anteriores a 1750:

  • Dióxido de carbono (CO₂): 426.8 partes por millón (ppm), equivalente al 153% del nivel preindustrial.
  • Metano (CH₄): 1,948 partes por mil millones, equivalente al 267% del nivel preindustrial.
  • Óxido nitroso (N₂O): 339.1 partes por mil millones, equivalente al 126% del nivel preindustrial.

La secretaria general adjunta de la OMM, Ko Barrett, resumió la tendencia con una advertencia: “Un año más, un nuevo récord”.

Es importante distinguir entre emisiones y concentraciones. Las primeras son los gases que se liberan a la atmósfera durante un periodo; las segundas representan lo que se ha acumulado en ella. Por eso, reducir las emisiones no significa que las concentraciones comiencen a bajar de inmediato: mientras se siga liberando más CO₂ del que los sistemas naturales pueden absorber, su presencia atmosférica continuará aumentando.

gases de efecto invernadero

¿Por qué sigue aumentando el CO₂ si su crecimiento se desaceleró?

Entre 2024 y 2025, la concentración media mundial de CO₂ aumentó 2.8 ppm. Aunque el incremento fue menor que el récord de 3.6 ppm registrado entre 2023 y 2024, superó el promedio de 2.6 ppm observado durante la última década y quedó muy por encima de las 0.8 ppm de la década de 1960.

La reducción de un año a otro no significa que el problema esté resuelto. Según Oksana Tarasova, principal responsable científica de la OMM, influyeron la recuperación de los sumideros terrestres de carbono y la disminución de las emisiones procedentes de incendios durante 2025, después del fuerte fenómeno de El Niño de 2023-2024.

El comportamiento de estos sumideros —los ecosistemas terrestres y los océanos que absorben parte del CO₂— es decisivo. Aproximadamente la mitad del dióxido de carbono emitido cada año permanece en la atmósfera; el resto es absorbido por estos sistemas naturales.

Sin embargo, su capacidad de absorción puede variar con las condiciones climáticas. La OMM advirtió que un nuevo aumento de las concentraciones podría producirse en 2026 debido a la quema de combustibles fósiles y al desarrollo de un potente fenómeno de El Niño, que puede debilitar la absorción terrestre de carbono.

gases de efecto invernadero

El CO₂ representa alrededor del 66% del efecto de calentamiento atribuido a los gases de efecto invernadero de larga duración. Su persistencia hace especialmente costosa la inacción: cada nueva emisión se suma a una acumulación que no puede revertirse rápidamente.

¿Por qué los gases de efecto invernadero seguirán calentando el planeta durante siglos?

Estos gases retienen parte del calor que la Tierra emite hacia el espacio. Cuanto mayor es su concentración, más energía queda atrapada en el sistema climático, lo que contribuye al aumento de las temperaturas y a la intensificación de fenómenos meteorológicos extremos.

El CO₂ constituye el principal desafío a largo plazo por la escala de sus emisiones y su permanencia atmosférica. Como explicó Barrett, sus efectos no se limitan a años o décadas, sino que pueden extenderse durante siglos.

El metano presenta otra dinámica. Aunque representa aproximadamente el 16% del calentamiento asociado a los gases de efecto invernadero de larga duración y permanece menos tiempo en la atmósfera que el CO₂, es un potente gas de calentamiento. Cerca de un tercio de sus emisiones procede de fuentes naturales, como los humedales; el resto se relaciona con actividades humanas, entre ellas la ganadería, el cultivo de arroz, los vertederos y la quema de biomasa.

Reducir las emisiones de metano puede contribuir a limitar el calentamiento a corto plazo, mientras que recortar drásticamente las emisiones de CO₂ es indispensable para frenar su acumulación durante periodos mucho más prolongados. Ambas acciones son necesarias, pero no intercambiables.

¿Qué otros gases deberían preocuparnos?

La transición energética también exige prestar atención a gases menos abundantes que pueden tener un efecto climático considerable. La OMM destaca el hidrógeno molecular (H₂) y el hexafluoruro de azufre (SF₆), vinculados de distintas formas con los sistemas energéticos.

El SF₆ se utiliza principalmente como aislante y supresor de arcos eléctricos en equipos de distribución eléctrica. Su concentración ha aumentado de manera constante durante las últimas tres décadas. Aunque se emite en cantidades mucho menores que el CO₂, tiene una vida atmosférica que puede alcanzar los 3,200 años y un potencial de calentamiento global superior a 24,000 veces el del dióxido de carbono, según Barrett.

gases de efecto invernadero

En cuanto al hidrógeno, las razones del incremento de sus niveles durante la última década siguen sin conocerse. Su relevancia merece atención a medida que se amplía su utilización en sistemas energéticos, incluido el almacenamiento de energía.

Estos casos muestran que descarbonizar la generación eléctrica no consiste únicamente en sustituir combustibles fósiles por fuentes renovables. También requiere controlar las fugas y emisiones de los equipos, mejorar la medición y evitar que la expansión de nuevas tecnologías genere riesgos climáticos que pasen inadvertidos.

¿Qué falta por hacer para frenar el aumento de los gases de efecto invernadero?

El nuevo récord confirma que las medidas actuales no han conseguido detener la acumulación atmosférica. La quema de carbón, petróleo y gas continúa alimentando el aumento del CO₂, mientras que la agricultura, los residuos y otras actividades humanas contribuyen a las emisiones de metano y óxido nitroso.

La respuesta requiere acelerar la reducción de combustibles fósiles, disminuir las emisiones de metano, proteger los ecosistemas que absorben carbono y controlar gases industriales de larga duración. Para las empresas, esto supone ir más allá de los compromisos climáticos generales: deben identificar sus principales fuentes de emisiones, establecer objetivos medibles y demostrar reducciones reales, incluidas las de sus cadenas de valor cuando corresponda.

La COP31 será una nueva oportunidad para revisar compromisos y elevar la ambición climática. Pero los anuncios políticos y corporativos solo tendrán valor si se traducen en cambios verificables en los sistemas energéticos, industriales y productivos.

La advertencia de la OMM tiene una implicación fundamental: cada año de emisiones elevadas añade una carga climática que permanecerá mucho después de que se hayan tomado las decisiones que la provocaron. Esperar a que las consecuencias sean más visibles significa trasladar mayores riesgos y costos a las próximas generaciones.

Los récords de los gases de efecto invernadero no son únicamente indicadores científicos. También miden el costo acumulado de una transición que avanza más lentamente de lo que exige el problema. Reducir las emisiones con rapidez es indispensable para limitar el calentamiento futuro; hacerlo tarde no elimina la huella ya acumulada en la atmósfera.

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