Para una empresa pequeña o en crecimiento, cada decisión financiera implica una renuncia: el dinero que se destina a una iniciativa ya no puede utilizarse en otra. Esta realidad también alcanza a la sostenibilidad, donde los compromisos ambientales compiten por recursos limitados. La pregunta, entonces, deja de ser únicamente qué acciones son deseables y comienza a ser cuáles pueden generar el mayor impacto. En ese escenario, la neutralidad de carbono puede parecer una meta evidente, pero no necesariamente es siempre la más estratégica. Especialmente cuando los recursos disponibles podrían utilizarse para atacar las emisiones directamente desde su origen.
El dilema adquiere otra dimensión cuando una compañía descubre que una parte importante de su huella está concentrada en su propia cadena de suministro. De acuerdo con edie, pagar compensaciones puede ayudar a equilibrar emisiones en el corto plazo, pero también puede significar que se está destinando menos capital a transformar los procesos que las generan. Para Pip & Nut, una empresa británica de alimentos, esta disyuntiva llevó a replantear su estrategia climática. La decisión no fue sencilla: abandonar la neutralidad de carbono podía parecer un retroceso, pero mantenerla también podía significar avanzar demasiado lento hacia una transformación de fondo.
¿Neutralidad de carbono o reducción de emisiones: qué debería importar más?
En 2023, Pip & Nut registró ante la Science Based Targets initiative (SBTi) su compromiso de alcanzar cero emisiones netas para 2040. Para lograrlo, la compañía debe reducir 79% de sus emisiones respecto de su línea base de 2021. El desafío es todavía mayor porque el negocio ha duplicado su tamaño desde entonces, por lo que crecer sin aumentar proporcionalmente su huella requiere acelerar las reducciones.
Durante algunos años, la compensación de carbono funcionó como una solución temporal mientras la empresa comprendía mejor el comportamiento de sus emisiones y construía una ruta hacia el cero neto. Sin embargo, con una visión más precisa de su cadena de suministro, la organización identificó dónde se encontraba el verdadero potencial de transformación.
Continuar pagando compensaciones habría significado mantener recursos fuera de la operación mientras una parte importante de las emisiones permanecía intacta. Para Pip & Nut, esa dejó de ser una inversión suficientemente estratégica. La prioridad pasó de compensar el impacto existente a financiar acciones capaces de reducirlo desde la fuente.

La responsabilidad está en encontrar dónde generar mayor impacto
Mapear las emisiones de toda la cadena de valor permitió encontrar una pista determinante: los ingredientes representan casi la mitad de la huella de carbono de la empresa. Dentro de este grupo, los cacahuates y las almendras concentran buena parte de las emisiones. El descubrimiento cambió la naturaleza del problema, porque reducirlas no dependía únicamente de decisiones internas de la compañía, sino de transformar prácticas agrícolas.
El reto es que no basta con elegir proveedores que aparentemente sean más sostenibles. El cultivo de frutos secos con emisiones cercanas a cero todavía no es la norma de la industria. Por ello, Pip & Nut decidió participar en proyectos de investigación orientados a identificar prácticas agrícolas capaces de generar reducciones reales y que posteriormente puedan escalarse.
Uno de ellos trabaja con productores de cacahuate en Argentina, mientras otro se enfoca en almendras en California. Ambos reúnen a agricultores, científicos, proveedores y marcas de alimentos para medir el impacto ambiental de distintas prácticas y determinar cuáles pueden convertirse en soluciones aplicables a mayor escala.

Del carbono a la resiliencia de la cadena de suministro
La decisión también revela una cuestión que trasciende las métricas climáticas: reducir emisiones puede convertirse en una estrategia para proteger la continuidad del negocio. Las empresas dependen de ecosistemas capaces de producir las materias primas que necesitan y, cuando esos sistemas se deterioran, la consecuencia puede llegar directamente a los costos, los proveedores y la disponibilidad de productos.
El caso de las almendras resulta especialmente ilustrativo. Se trata de un cultivo intensivo en agua y alrededor de 80% de la producción mundial proviene de California, una región vulnerable a las sequías. Los cambios en los patrones climáticos también generan presión sobre los polinizadores, mientras que algunas sequías recientes han obligado a agricultores a retirar árboles que ya no podían mantenerse con el agua disponible.
Las proyecciones más severas apuntan incluso a una posible reducción de casi la mitad de los rendimientos mundiales de almendras hacia 2100. Para una empresa cuyo principal ingrediente es precisamente la almendra, el cambio climático deja de ser únicamente un asunto ambiental: se convierte en un riesgo para la disponibilidad futura de aquello que mantiene funcionando al negocio.
La agricultura regenerativa como inversión, no como gasto
Ante este escenario, la agricultura regenerativa aparece como una vía para abordar simultáneamente distintos desafíos. Su enfoque no se limita a reducir emisiones, sino que contempla el suelo, el agua, la biodiversidad, los insumos, los polinizadores y la capacidad de los ecosistemas para mantenerse productivos en el largo plazo.
Esta perspectiva modifica la conversación empresarial. En lugar de preguntarse únicamente cuánto carbono debe compensarse, las organizaciones pueden comenzar a preguntarse qué necesitan transformar para que sus cadenas de suministro sean más resilientes. En ese sentido, pagar primas a agricultores que producen bajo prácticas regenerativas puede representar una inversión estratégica, además de un mecanismo para disminuir la huella ambiental.
Para una empresa en expansión, este tipo de decisiones implica asumir costos iniciales importantes. Sin embargo, invertir en resiliencia puede evitar costos futuros asociados con la escasez de materias primas, la volatilidad climática y la pérdida de productividad agrícola. La sostenibilidad comienza así a conectarse directamente con la capacidad de una empresa para seguir operando.

El cambio no tiene que hacerse en solitario
Cuando los recursos son limitados, otra lección resulta fundamental: las empresas no necesariamente tienen que financiar por sí mismas toda la transformación. De hecho, algunos de los cambios más relevantes requieren colaboración entre actores que comparten un mismo desafío.
Los proyectos de Argentina y California muestran este modelo. Agricultores, científicos, proveedores y marcas participan en investigaciones que permiten probar nuevas prácticas, medir resultados y construir conocimiento que posteriormente pueda aplicarse a una escala mayor. La inversión, el riesgo y los aprendizajes se distribuyen entre distintos participantes.
Para las pequeñas y medianas empresas, esta colaboración puede marcar la diferencia entre una meta difícil de financiar y una transformación viable. No se trata de encontrar soluciones perfectas de inmediato, sino de identificar las intervenciones con mayor potencial y construir alianzas que permitan llevarlas más lejos.
En última instancia, ¿Neutralidad de carbono o reducción de emisiones: qué debería importar más? La respuesta dependerá de las circunstancias de cada organización, pero el caso de Pip & Nut plantea una idea difícil de ignorar: cuando los recursos son escasos, compensar las emisiones no debería desplazar indefinidamente las inversiones destinadas a reducirlas.
La neutralidad puede formar parte de una estrategia climática, especialmente como mecanismo complementario, pero alcanzar un impacto más profundo requiere actuar sobre las fuentes que generan las emisiones. Para las empresas que buscan avanzar hacia el cero neto, la pregunta más útil quizá no sea cuánto carbono pueden compensar, sino cuánto pueden dejar de emitir y qué necesitan transformar para conseguirlo.
El desafío para los responsables de sostenibilidad y de las cadenas de suministro será tomar decisiones con información, priorizar los puntos de mayor impacto y entender que cada peso invertido debe acercar realmente a la organización a sus objetivos climáticos. Cuando los datos muestran dónde está el problema, también pueden ayudar a decidir dónde vale más la pena poner los recursos.










