Durante seis años, Race to Zero ayudó a convertir las cero emisiones netas de una aspiración climática en un compromiso que miles de empresas comenzaron a incorporar en sus estrategias. La iniciativa, respaldada por Naciones Unidas desde 2020, puso presión sobre el sector privado para establecer metas, publicar planes y asumir una responsabilidad frente al cambio climático. Ahora, sin embargo, la campaña entra en una nueva etapa y deja atrás su papel como gran movilizadora de compromisos. El cambio ocurre justo cuando las empresas enfrentan la parte más compleja del desafío: cumplir aquello que prometieron. La pregunta ya no es cuántas organizaciones se comprometen, sino qué tan capaces son de transformar sus operaciones para lograrlo.
Por eso, el cierre de Race to Zero no necesariamente representa un retroceso para la agenda climática corporativa, sino un cambio de prioridades. La campaña de emisiones netas ayudó a construir un lenguaje común alrededor de la descarbonización, pero el ecosistema empresarial hoy cuenta con estándares y metodologías más desarrollados. Al mismo tiempo, la experiencia dejó al descubierto las tensiones que aparecen cuando los objetivos climáticos chocan con intereses comerciales, financieros o regulatorios. El siguiente capítulo tendrá que resolver precisamente esa contradicción. Y ahí es donde la responsabilidad social adquiere una nueva dimensión: pasar de anunciar ambiciones a demostrar avances verificables.
El movimiento que convirtió la ambición climática en compromiso
De acuerdo con Trellis, cuando Race to Zero comenzó en 2020, el escenario era muy distinto al actual. La iniciativa surgió con la misión de movilizar a empresas, ciudades y otros actores alrededor de una definición compartida y creíble de cero emisiones netas. Cerca de mil compañías, entre ellas Nestlé, Adobe y Diageo, se incorporaron desde el inicio con la promesa de alcanzar este objetivo para 2050.
El crecimiento fue acelerado: el número de empresas participantes aumentó más del doble durante el año siguiente y, para 2022, ya eran alrededor de 7,000 las organizaciones adheridas. La campaña de emisiones netas consiguió así algo que no era menor: colocar el concepto de descarbonización en las agendas corporativas y convertirlo en un compromiso público.
Su influencia también coincidió con una transformación más amplia del sector. Las empresas comenzaron a comprender que comprometerse con 2050 no era suficiente y que necesitaban metas intermedias, planes de transición y una visión que contemplara sus diferentes fuentes de emisiones. En ese sentido, Race to Zero funcionó como un catalizador para elevar las expectativas sobre la acción climática empresarial.

Cuando el compromiso empezó a chocar con el negocio
A medida que la iniciativa crecía, también aumentaba la presión para definir qué significaba realmente un compromiso serio. En 2022, Race to Zero endureció sus criterios y pidió a los participantes publicar un plan de transición en el plazo de un año, considerar todos sus ámbitos de emisión y alinear sus actividades de cabildeo con sus objetivos climáticos.
Pero algunas exigencias comenzaron a revelar una tensión difícil de resolver: avanzar hacia la descarbonización puede implicar decisiones que afectan directamente modelos de negocio, inversiones y relaciones financieras. Uno de los ejemplos más visibles ocurrió con el carbón. La actualización de los criterios había planteado que los firmantes no desarrollaran ni financiaran nuevos proyectos de este combustible.
Meses después, la iniciativa modificó ese planteamiento para pedir una eliminación gradual del carbón sin establecer una fecha límite específica. El cambio llegó después de que grandes bancos señalaran posibles conflictos con la legislación antimonopolio, mientras activistas climáticos lo interpretaron como una concesión frente a las presiones del sector financiero. El episodio evidenció que establecer reglas climáticas también implica navegar intereses contrapuestos.
La campaña de emisiones netas deja una lección sobre gobernanza
La controversia alrededor del carbón no solo abrió un debate sobre la ambición climática, sino también sobre quién toma las decisiones y cómo se construyen los criterios que deben seguir miles de organizaciones. Una revisión académica de las directrices señaló que una estructura concentrada en un grupo relativamente pequeño de expertos puede impulsar la ambición, pero también generar oportunidades para que actores con intereses diferentes alteren el rumbo.
Esta crítica resulta relevante para cualquier estrategia de responsabilidad social. Los compromisos ambientales ya no pueden construirse únicamente desde equipos técnicos o áreas de sostenibilidad: requieren escuchar a inversionistas, trabajadores, comunidades, sociedad civil, autoridades y otros grupos afectados por las decisiones empresariales.
La experiencia también muestra que los estándares voluntarios tienen límites cuando empiezan a tocar decisiones económicas sensibles. La legitimidad de una meta climática no depende únicamente de que sea técnicamente sólida, sino de que exista confianza en cómo se diseñó, quién participó en su definición y qué mecanismos existen para exigir avances.
De los compromisos voluntarios a reglas más robustas
Race to Zero nació principalmente como una campaña para generar compromisos, no como un sistema completo para gestionar cada etapa de la transición. En estos seis años, esa parte del ecosistema ha evolucionado considerablemente. La iniciativa Science Based Targets, por ejemplo, desarrolló su Estándar Corporativo de Cero Emisiones Netas, mientras la Organización Internacional de Normalización también trabaja en un estándar complementario.
El cambio es importante porque desplaza la conversación hacia metodologías capaces de orientar la acción empresarial. Ya no se trata únicamente de decir “llegaremos a cero”, sino de establecer qué emisiones deben contabilizarse, qué reducciones son necesarias, cómo deben establecerse los objetivos y qué papel pueden desempeñar las compensaciones y las remociones.

Kaya Axelsson, asesora de Race to Zero e investigadora de la Universidad de Oxford, resumió esta transición al señalar que la iniciativa ayudó a convertir criterios voluntarios en estándares formales. El siguiente desafío, explicó, consiste en conservar esos estándares, mantener el rumbo y avanzar hacia el trabajo sistémico que permita que los compromisos realmente se cumplan.
¿Qué viene después de Race to Zero?
El final de la campaña no significa que desaparezca la agenda de cero emisiones netas. La iniciativa se integrará en la Agenda de Acción Climática Global de Naciones Unidas, con el propósito de contribuir a acelerar la implementación de estrategias climáticas durante la segunda mitad de esta década.
El relevo estará acompañado por el recién formado Grupo de Activación para la Emisión de Cero Emisiones Netas, cuyo lanzamiento oficial está previsto para finales de agosto. La intención es que esta nueva estructura concentre esfuerzos en mantener los avances alcanzados y llevar la acción climática hacia una etapa más enfocada en la implementación.
Para las empresas, el mensaje es especialmente relevante: la etapa en la que bastaba con anunciar una meta climática está quedando atrás. La campaña de emisiones netas abrió la puerta a una conversación global, pero ahora el valor de esos compromisos dependerá de indicadores, inversiones, reducción efectiva de emisiones y decisiones coherentes con la transición. En otras palabras, el reto dejó de ser sumarse al movimiento y comenzó a ser demostrar que el movimiento puede cambiar la manera en que funciona la economía.
El cierre de Race to Zero puede parecer, a primera vista, una señal de agotamiento de la agenda climática corporativa. Sin embargo, también puede leerse como una señal de madurez: una vez que miles de empresas adoptaron compromisos de cero emisiones netas, el desafío dejó de ser convencerlas de que debían actuar y pasó a ser establecer cómo hacerlo con rigor, transparencia y resultados.
La siguiente etapa tendrá que ser más exigente y, probablemente, menos cómoda. Las organizaciones deberán demostrar que sus metas resisten las presiones del mercado, que sus planes de transición son consistentes y que sus decisiones de negocio no contradicen sus compromisos climáticos. El verdadero legado de Race to Zero no estará únicamente en el número de empresas que consiguió movilizar, sino en si logró que la acción climática pasara de ser una declaración corporativa a convertirse en una transformación estructural.










