La verdad es que ya lo sabemos: los efectos de una guerra se expanden a escala global. En un mundo profundamente interconectado y tecnológicamente avanzado, los conflictos geopolíticos impactan cadenas de suministro, mercados energéticos y economías enteras en cuestión de días. Sin embargo, poco se discute sobre los actores que, lejos de perder, capitalizan estos escenarios de crisis.
No obstante, un análisis de The Guardian ha puesto el foco precisamente en uno de los sectores más beneficiados: las grandes petroleras. El estudio revela que, tras apenas un mes del conflicto entre Estados Unidos e Irán, estas compañías han acumulado ganancias millonarias, lo que evidencia un patrón recurrente en la economía global: las crisis no solo generan inestabilidad, también redistribuyen la riqueza hacia quienes controlan los recursos.
Ganancias de petroleras: 30 millones de dólares por hora en plena guerra
El dato es tan contundente como revelador: las 100 mayores compañías de petróleo y gas del mundo generaron más de 30 millones de dólares por hora en ganancias extraordinarias tan solo durante el primer mes del conflicto. Este incremento responde directamente al alza en los precios del crudo, que alcanzó un promedio de 100 dólares por barril en marzo, frente a los 70 dólares previos a la guerra.
En términos agregados, esto se traduce en 23,000 millones de dólares en beneficios extraordinarios en solo un mes, con proyecciones que apuntan a 234,000 millones adicionales para finales de 2026 si las condiciones del mercado se mantienen.

El contexto global explica esta dinámica. La guerra interrumpe suministros, genera incertidumbre en los mercados y eleva automáticamente los precios del petróleo y el gas. A esto se suma una decisión política clave: varios países han optado por reducir impuestos a los combustibles para amortiguar el impacto en los consumidores. El resultado es una transferencia indirecta de valor: los Estados recaudan menos, mientras las empresas incrementan sus márgenes.
Pero este ciclo tiene un costo claro. Las ganancias de petroleras no emergen en el vacío; provienen de consumidores que enfrentan precios más altos para abastecer sus hogares, mover sus vehículos y sostener sus actividades productivas. En otras palabras, el encarecimiento energético actúa como un impuesto regresivo que financia, en parte, esta bonanza corporativa.
Las grandes beneficiadas: quiénes concentran las ganancias de petroleras
El análisis identifica a las principales compañías que lideran esta acumulación de beneficios, evidenciando la concentración del poder económico en el sector energético.
- Saudi Aramco encabeza la lista, con proyecciones de 25,500 millones de dólares en ganancias extraordinarias derivadas del conflicto. Su historial ya es notable: entre 2016 y 2023 generó aproximadamente 250 millones de dólares diarios.
- Las empresas rusas Gazprom, Rosneft y Lukoil acumularían en conjunto 23,900 millones de dólares, en un contexto donde los ingresos energéticos también fortalecen la capacidad financiera del Estado ruso.
- ExxonMobil se posiciona como otro gran ganador, con 11,000 millones de dólares en beneficios extraordinarios proyectados. Además, su valor de mercado aumentó en 118,000 millones de dólares tras el inicio del conflicto.
- Shell obtendría un impulso adicional de 6,800 millones de dólares, acompañado de un incremento de 34,000 millones en su capitalización bursátil.
- Chevron, por su parte, alcanzaría 9,200 millones de dólares en ganancias extraordinarias, mientras su director ejecutivo vendió acciones por más de 100 millones de dólares en el mismo periodo.
Estas cifras no solo reflejan el volumen de las ganancias de petroleras, sino también cómo los mercados financieros amplifican estos beneficios a través de la valorización de activos.

Crisis energética y dependencia fósil: el costo estructural
La actual crisis energética no es un evento aislado, sino la manifestación de una vulnerabilidad estructural acumulada durante décadas: la dependencia global de los combustibles fósiles. El conflicto entre Estados Unidos e Irán actuó como detonador, pero el trasfondo es un sistema energético expuesto a tensiones geopolíticas, cuellos de botella logísticos y mercados altamente especulativos. Cada interrupción —real o percibida— en el suministro se traduce en aumentos inmediatos de precios, evidenciando la fragilidad de un modelo que concentra poder en pocos actores.
Este contexto no solo eleva los costos económicos, sino que también amplifica los impactos sociales y ambientales. Por un lado, millones de personas enfrentan incrementos en el costo de la energía, el transporte y los alimentos, lo que erosiona el poder adquisitivo y profundiza desigualdades. Por otro, la persistencia del modelo fósil implica la continuidad de emisiones intensivas de gases de efecto invernadero, agravando la crisis climática en un momento crítico para su contención.
Es precisamente en este escenario donde las ganancias de petroleras alcanzan su mayor expresión. Las mismas compañías —y países— que históricamente han obstaculizado la acción climática no solo resisten el cambio, sino que prosperan en contextos de crisis. Arabia Saudita, Rusia y los grandes conglomerados energéticos consolidan ingresos extraordinarios, fortaleciendo su influencia económica y geopolítica, mientras el resto del sistema absorbe los costos.
La advertencia del jefe climático de la ONU, Simon Stiell, sintetiza esta paradoja:
“La dependencia de los combustibles fósiles está socavando la seguridad y la soberanía nacionales, y sustituyéndolas por la sumisión y el aumento de los costes”.

En otras palabras, el modelo actual no solo es ambientalmente insostenible, sino también estratégicamente riesgoso. Cada nueva crisis energética confirma que la dependencia fósil transfiere riqueza hacia quienes controlan los recursos, mientras expone a gobiernos, empresas y ciudadanos a ciclos recurrentes de volatilidad.
Así, la crisis no solo revela un problema de precios o suministro, sino una dinámica más profunda: mientras el planeta y las personas asumen los costos ambientales y sociales, los principales opositores a la agenda climática continúan acumulando riqueza, poder y capacidad de influencia, retrasando la transición energética y perpetuando el mismo sistema que origina estas crisis.
Ganancias de petroleras vs. costos sociales y climáticos
El análisis de The Guardian confirma una realidad incómoda: mientras las guerras generan inestabilidad, inflación y presión sobre los hogares, también consolidan un sistema en el que las grandes petroleras amplifican sus beneficios.
Las ganancias de petroleras crecen en paralelo a los costos sociales —energía más cara, menor recaudación pública, presión inflacionaria— y a los costos ambientales, en un momento en que la transición energética debería acelerarse, no retroceder.
El problema no es únicamente económico, sino ético y sistémico. Los mismos actores que históricamente han obstaculizado la acción climática continúan fortaleciéndose en contextos de crisis, retrasando transformaciones urgentes.
La pregunta de fondo no es si estas empresas seguirán obteniendo beneficios, sino cuánto tiempo más el sistema permitirá que las crisis globales se traduzcan en enriquecimiento corporativo mientras se profundizan los riesgos climáticos y sociales.











