El Mundial de Futbol 2026 promete paralizar conversaciones, llenar oficinas de pronósticos y convertir los horarios laborales en terreno de debate. Con partidos que se jugarán durante la jornada de trabajo, muchas organizaciones ya comienzan a preguntarse si permitir que los colaboradores sigan los encuentros será una decisión estratégica o un golpe a la productividad. En medio de la expectativa, el torneo también abre una conversación sobre bienestar, cultura organizacional y flexibilidad laboral.
Para las empresas durante el Mundial, el reto no se limita a decidir si se prenden o no las pantallas en la oficina. El verdadero desafío consiste en gestionar emociones, expectativas y niveles de concentración en un entorno donde millones de personas estarán pendientes de cada resultado. Lejos de ser un tema trivial, especialistas advierten que ignorar el fenómeno puede salir más caro que gestionarlo inteligentemente.
Empresas durante el Mundial: ¿prohibir o capitalizar la emoción?
En cada Copa del Mundo ocurre algo similar: las oficinas se transforman. Los chats se llenan de apuestas amistosas, los descansos se alargan unos minutos y los teléfonos se convierten en una segunda pantalla. Frente a esto, algunas compañías optan por endurecer reglas para evitar distracciones, mientras otras prefieren aprovechar el entusiasmo colectivo como un catalizador de engagement.
De acuerdo con Ana Estrada, experta en desarrollo humano y CEO de Brújula Interior, y un artículo de El Economista, las emociones impactan directamente en la concentración, la memoria y la toma de decisiones. Esto significa que pretender que los colaboradores ignoren por completo el Mundial podría resultar poco realista. Más aún cuando el ambiente festivo suele contagiar incluso a quienes no siguen el futbol de manera habitual.

En este contexto, las organizaciones enfrentan un dilema: ejercer control o transformar la emoción en un activo. Apostar por la inteligencia emocional puede ayudar a que esa “montaña rusa” de entusiasmo juegue a favor del clima laboral, en lugar de convertirse en una fuente permanente de distracción.
El costo invisible de las restricciones
Prohibir no necesariamente significa resolver. Para Melhina Magaña, cofundadora de Daucon, limitar el acceso a los partidos puede generar dinámicas informales que terminan afectando la cultura organizacional y la relación entre equipos. Cuando no existen reglas claras, las personas llenan esos vacíos con interpretaciones propias, creando incertidumbre y hasta tensiones innecesarias.
El problema es que el interés por los partidos no desaparece por decreto. Si los colaboradores no pueden seguir los encuentros abiertamente, probablemente buscarán alternativas: revisarán el marcador desde el celular, extenderán pausas o incluso reorganizarán su tiempo sin autorización. Esto puede traducirse en interrupciones más constantes y menor transparencia dentro de la organización.
La realidad es que muchas empresas durante el Mundial podrían enfrentar un fenómeno silencioso: la clandestinidad laboral del futbol. Paradójicamente, intentar bloquear el interés por el torneo podría dispersar más la atención de los equipos que reconocerlo y administrarlo de forma estratégica.
Empresas durante el Mundial y el valor del salario emocional
Más que una concesión, permitir ciertos espacios para ver partidos puede convertirse en una herramienta de salario emocional. Especialistas sugieren abrir conversaciones con los equipos para identificar cuáles encuentros despiertan mayor interés —como el inaugural o los partidos de la selección nacional— y construir acuerdos alrededor de ellos.
Aunque no existen estudios concluyentes que indiquen que ver el Mundial aumenta automáticamente la satisfacción laboral, sí hay evidencia sobre el impacto positivo de la autonomía. La teoría de autodeterminación de Edward Deci y Richard Ryan señala que cuando las personas sienten capacidad de decisión y llegan a acuerdos, su motivación suele fortalecerse.
Este enfoque puede abrir oportunidades prácticas: colaboradores dispuestos a reorganizar pendientes, compensar horarios o extender jornadas para cumplir objetivos sin perderse los encuentros. Cuando existe claridad, flexibilidad y responsabilidad compartida, el Mundial deja de verse como un obstáculo y se convierte en una experiencia de cohesión.

Organización y reglas claras: la verdadera jugada maestra
El éxito no depende únicamente de la flexibilidad, sino de cómo se implementa. Las compañías que decidan habilitar espacios para ver partidos o realizar dinámicas internas deben acompañar estas medidas con lineamientos claros: prioridades definidas, entregables alineados y acuerdos visibles para todos.
Algunas organizaciones incluso podrían aprovechar el evento para fortalecer el sentido de pertenencia. Instalar pantallas en áreas comunes o promover espacios de convivencia durante el medio tiempo no necesariamente implica grandes inversiones, pero sí envía un mensaje importante: la empresa entiende el contexto cultural y busca equilibrar bienestar con desempeño.
Para las empresas durante el Mundial, la diferencia entre una iniciativa exitosa y un problema operativo estará en la preparación. Cuando la flexibilidad parece improvisación, puede interpretarse como falta de orden; pero cuando existe estructura, el torneo se convierte en una oportunidad para reforzar compromiso, identidad y lealtad.
El Mundial 2026 pondrá a prueba algo más que la pasión futbolera: obligará a las organizaciones a replantear cómo equilibran productividad, bienestar y cultura laboral. Ignorar el entusiasmo colectivo probablemente sea tan poco efectivo como permitirlo sin límites. El punto medio parece estar en la conversación, la planeación y la confianza.
Al final, el dilema no es únicamente si ver o no los partidos dentro de la oficina. La verdadera pregunta es qué tipo de experiencia quieren construir las empresas con sus colaboradores. Porque, después del silbatazo final, lo que permanecerá no será el marcador, sino la percepción de una organización capaz —o no— de entender a las personas que la conforman.











