Número 4
12 de Septiembre de 2008
Dr. Roberto Delgado Gallart
En los minutos posteriores a las 7:19 de la mañana del 19 de septiembre de 1985, mientras casi todos los habitantes de la Ciudad de México intentábamos, azorados e incrédulos, comenzar a entender lo que nos estaba sucediendo, otro grupo de mexicanos, organizados y precisos, recorrían las calles del país, informando a sus superiores, y, consecuentemente, al gobierno y al país, sobre las primeras dimensiones del terremoto de esa mañana terrible.
No nos referimos a los periodistas y comunicadores profesionales, ni a los ciudadanos comunes y corrientes, porque ambos grupos habíamos sido rebasados por las circunstancias, sino al ejército mexicano, cuyos miembros, superando su natural preocupación personal por sus seres queridos, fueron la primera autoridad en hacer un levantamiento general de los daños.
En los días sucesivos, los ciudadanos vimos un rostro poco usual del ejército, cuando los uniformes verdes estaban en todas partes, resguardando zonas de riesgo, coordinando labores de ayuda, levantando escombros, supervisando labores de rescate y, en esencia, siendo el primer rostro del estado mexicano ante la población damnificada.