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Los consejos de administración en España: esos clubs de machos alfa

No es necesario poseer una especial clarividencia para reconocer que la diversidad en los consejos de administración no se encuentra entre las principales prioridades de nuestras empresas.

Sin embargo, se requiere un poco más de perspicacia para darse cuenta de que nunca lo estará y, por esa misma razón, es necesario que este asunto se resuelva sin más dilaciones.

La poca presencia de mujeres en los consejos de administración tampoco es el mayor desafío que enfrenta el gobierno corporativo de las compañías del IBEX. Su escasez es una manifestación más de la falta de capacidad y lucidez de sus órganos de gobierno, que se han convertido, si es que alguna vez han dejado de serlo, en los órganos más incompetentes formados por las personas más competentes. Nadie es capaz de explicar qué contribución real realizan los consejos de administración, ni nadie entiende cuál puede ser el fundamento para que sus integrantes reciban esas altísimas compensaciones.

Los propios beneficiarios se encargan de mantener el secretismo, al impedir, en muchos casos, que los informes de gobierno corporativo proporcionen datos sobre sus salarios desagregados, y al no consultar a la junta general de accionistas la política de remuneración, dos de las recomendaciones más incumplidas del Código Unificado, como reiteradamente se encarga de recordarnos el Informe Anual de la CNMV.

Si a lo anterior añadimos el hecho de que los consejos de administración no suelen someterse a la práctica de ser evaluados por su desempeño, a nadie puede extrañarle que estos órganos se asemejen más a un fumadero de opio que a una fábrica de operarios. Quizá esa razón explique por qué el auge del movimiento sufragista en la época victoriana coincidió con el apogeo de esas casas del vicio. No resulta descabellado pensar que las mujeres de aquel entonces, hartas ya de comprobar cómo sus parejas exhibían sin pudor sus pecados, se decidiesen a dar un paso adelante.

Su lucha no fue una tarea sencilla

Cuando Elizabeth Garrett obtuvo en 1861 –para consternación de los examinadores del Middlesex Hospital que no se habían dado cuenta que “E. Garrett” era una mujer– la nota más alta en los exámenes para ingresar en la carrera de medicina ninguna facultad aceptó admitirla. Los hombres consideraban que el oficio de enfermera era la única profesión que encajaba con las cualidades femeninas de ternura, consuelo y curación, pero no estaban dispuestos a ampliar más su condescendencia a las carreras más serias.

Elizabeth tuvo que emigrar a Francia donde, diez años más tarde, consiguió ser admitida en la Universidad de París. Pero su ejemplo no sirvió para abrir de inmediato a las mujeres las puertas de la universidad.

El mismo año que Garrett obtenía su título en Francia, un grupo de cinco mujeres, encabezado por Sophia Jex-Blake, fue víctima de intimidación y amenazas por una panda de energúmenos que se negaban a dejarlas acceder al examen de medicina en la Universidad de Edimburgo. Cuando lograron abrirse a empellones paso hasta el aula, unos cuantos “valientes” metieron un rebaño de ovejas detrás de ellas.

Es probable que los miembros de los consejos de administración actuales no sean tan violentos como sus abuelos, ya no tratan de impedir el paso a las mujeres con un rebaño de ovejas, pero su condescendencia no tiene nada que envidiarles.

Basta leer los Informes de Gobierno Corporativo de las empresas del IBEX y sus patéticas respuestas a las recomendaciones sobre la promoción de la diversidad en los consejos para comprobar que, pese a lo que las apariencias puedan mostrar, no estamos tan alejados del paternalismo de la época victoriana.

Este desprecio generalizado a las recomendaciones del Código Conthe no es admisible, como tampoco lo es la pasividad del órgano regulador, la CNMV. No hay que engañarse, las medidas voluntarias no han dado resultado, ni lo darán en el futuro.

Resulta poco previsible que los “gallitos” de los consejos renuncien voluntariamente a lucir su cresta. Rodeados de una vitola de eficacia y savoir faire, en la mayoría de los casos no pasan de ser un club de machos alfa entretenidos en exhibir su cresta de plumas. Por eso hay que cortársela de cuajo, sin preocuparnos en exceso por las consecuencias. Si, de verdad, son gallos de pelea saldrán fortalecidos, aunque mucho nos tememos que un buen puñado caerá enfermo.

Fuente: compromisoempresarial.com
Por: Javier Martín Cavanna
Publicada: Jul- Agosto de 2012

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