Mientras millones de personas enfrentaban facturas energéticas cada vez más elevadas, olas de calor históricas y desastres naturales cada vez más frecuentes, las principales compañías petroleras del mundo vivían uno de sus mejores momentos financieros. Un análisis de The Guardian reveló que las ocho mayores petroleras que cotizan en bolsa obtuvieron beneficios superiores a 93,000 millones de dólares durante un solo trimestre financiero, impulsadas por el incremento de los precios del petróleo tras la escalada del conflicto entre Israel, Estados Unidos e Irán.
Este contraste vuelve a poner sobre la mesa el debate sobre la responsabilidad del sector de los combustibles fósiles frente a la crisis climática. Mientras las ganancias de grandes petroleras alcanzan niveles históricos gracias a un contexto de incertidumbre geopolítica, millones de personas alrededor del mundo enfrentan los costos económicos, sociales y ambientales de un modelo energético que continúa profundizando el calentamiento global.
Ganancias de grandes petroleras: beneficios récord en plena crisis climática
El análisis muestra que Saudi Aramco, BP, Shell, Equinor, TotalEnergies, Eni, Chevron y ExxonMobil generaron en conjunto casi 93,000 millones de dólares entre abril y junio de 2026. Esto equivale a más de 700,000 dólares de ganancias por minuto, mientras su valor de mercado aumentó cerca de 600,000 millones de dólares, superando los tres billones de dólares.

La empresa que encabezó los beneficios fue Saudi Aramco, con más de 33,000 millones de dólares de utilidad trimestral, un incremento de 34% respecto al periodo anterior. Sin embargo, la petrolera saudí también carga con otro récord: de acuerdo con la base de datos Carbon Majors, es la empresa responsable de más emisiones de carbono en la historia, seguida por Chevron y ExxonMobil, mientras Shell y BP también figuran entre las diez compañías más contaminantes del planeta.
Por su parte, BP reportó ganancias por 5,730 millones de dólares, más del doble respecto al trimestre previo; Shell alcanzó 9,840 millones; Chevron obtuvo 12,200 millones, cinco veces más que un año antes; y ExxonMobil registró 14,500 millones de dólares, su mayor beneficio desde el inicio de la guerra entre Rusia y Ucrania.

Las emisiones de estas empresas están detrás de olas de calor extremas
Las ganancias de grandes petroleras también coinciden con un creciente cuerpo de evidencia científica que vincula directamente las emisiones de las compañías de combustibles fósiles con fenómenos climáticos extremos. Un estudio publicado en septiembre y citado por The Guardian concluyó, por primera vez, que las emisiones de cualquiera de las 14 mayores empresas del sector son suficientes para provocar más de 50 olas de calor que, de otro modo, habrían sido prácticamente imposibles. El hallazgo representa un punto de inflexión, ya que permite atribuir parte de estos eventos extremos no solo al cambio climático en general, sino también a la actividad histórica de empresas específicas.
Las consecuencias ya se sienten en prácticamente todos los continentes. Europa atraviesa uno de los veranos más devastadores de su historia reciente, con la peor ola de calor jamás registrada. Se estima que alrededor de 20,000 personas murieron a causa de las temperaturas extremas, de las cuales cerca de 3,000 fallecieron en Reino Unido únicamente entre mayo y junio. Más allá de las pérdidas humanas, el calor ha resecado los suelos, acelerado la desertificación y agravado una sequía histórica que amenaza la producción de alimentos en gran parte del continente.
La agricultura europea es uno de los sectores más afectados. La falta de lluvias y las temperaturas récord han reducido drásticamente el rendimiento de cultivos como maíz, girasol y hortalizas, mientras que se prevé la pérdida de al menos 9 millones de toneladas de cereales. Países como Reino Unido enfrentan incluso la posibilidad de registrar la peor cosecha de su historia, un escenario que incrementa la presión sobre los precios de los alimentos y la seguridad alimentaria.
Las condiciones de calor extremo también han favorecido incendios forestales de gran magnitud en España, Francia, Portugal y Grecia, donde miles de hectáreas han sido consumidas por el fuego y las pérdidas económicas ascienden a miles de millones de euros. Además de destruir ecosistemas e infraestructura, estos incendios deterioran gravemente la calidad del aire. Solo en Estados Unidos y Canadá, la exposición al humo de los incendios registrados entre el 15 y el 23 de julio habría provocado alrededor de 4,000 muertes durante la primera semana, mientras que cada año aproximadamente 1.5 millones de personas ven reducida su esperanza de vida debido a la contaminación generada por estos siniestros.

El impacto tampoco se limita a Occidente. En Corea del Sur y Japón, los termómetros alcanzaron hasta 42.5 °C, obligando a las autoridades a pedir a la población suspender todas las actividades al aire libre para evitar golpes de calor. En África, julio estuvo marcado por temperaturas excepcionalmente altas que pusieron en riesgo la salud de millones de personas, mientras que en el sur de Asia el problema fue el contrario: el calentamiento global intensificó las lluvias torrenciales. En Bangladesh cayeron más de 40 centímetros de lluvia en apenas 24 horas, provocando inundaciones repentinas, mientras que India, Pakistán y el noroeste de China registraron deslizamientos de tierra, evacuaciones masivas y decenas de víctimas mortales.
Este panorama evidencia que la crisis climática ya no es un riesgo futuro, sino una realidad que está afectando la salud pública, la producción de alimentos, la infraestructura y la estabilidad económica de numerosos países. Mientras las grandes petroleras continúan obteniendo beneficios extraordinarios gracias a la venta de combustibles fósiles, millones de personas enfrentan un costo cada vez mayor en forma de calor extremo, incendios, sequías, inundaciones y pérdidas humanas, una realidad que vuelve más urgente acelerar la transición hacia un sistema energético con menores emisiones.
La transición energética ya no puede esperar
Diversas organizaciones consideran que estas cifras evidencian la necesidad de acelerar el abandono de los combustibles fósiles. Patrick Galey, responsable de combustibles fósiles de Global Witness, afirmó que los beneficios de BP representan “un escandaloso recordatorio de quién se ha estado enriqueciendo a costa del sufrimiento humano”, mientras comunidades enfrentan incendios forestales, sequías y un aumento constante en el costo de la energía. Asimismo, sostuvo que las grandes petroleras deberían contribuir a financiar medidas de adaptación climática e impulsar tecnologías limpias.
En la misma línea, Rosie Downes, de Friends of the Earth, señaló que mientras las petroleras continúan acumulando beneficios extraordinarios, millones de hogares soportan una crisis energética y climática que se acelera sin control.

El secretario ejecutivo de Cambio Climático de la ONU, Simon Stiell, resumió el desafío con un llamado contundente: abandonar cuanto antes el carbón, el petróleo y el gas, acelerar el despliegue de energías renovables y proteger a las comunidades que ya enfrentan los impactos del cambio climático.
Además, organizaciones ambientales sostienen que estas empresas deberían contribuir a financiar una transición acelerada hacia energías limpias y asumir parte de los daños derivados de sus emisiones.
La rentabilidad ya no puede medirse sin considerar el costo climático
Más allá de las cifras récord, este escenario plantea una pregunta que el mundo empresarial ya no puede seguir postergando: ¿es posible hablar de éxito financiero cuando ese crecimiento está ligado a un modelo que agrava la crisis climática y profundiza la vulnerabilidad de millones de personas? La discusión trasciende el desempeño económico de las petroleras y se convierte en un debate sobre la responsabilidad corporativa, la justicia climática y el futuro del sistema energético global.
Mientras las ganancias de grandes petroleras continúan creciendo, también aumenta la presión para que estas compañías asuman un papel activo en la reparación de los daños ambientales que han contribuido a generar y aceleren una transición real hacia modelos energéticos sostenibles. El desafío no consiste únicamente en reducir emisiones, sino en impulsar una transformación que coloque el bienestar de las personas y del planeta al mismo nivel que los resultados financieros.










