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Visiones de Esperanza: Dra. Lorraine Hale

ERA UN DÍA HERMOSO, CÁLIDO, PERO AGRADABLE. SÓLO deseaba sentir lo mismo acerca de mi carrera. mi mente se agitaba debido a los acontecimientos de otro frustrante día de trabajo en el sistema educativo de la ciudad de Nueva York.

Antes de ir a casa, pasé a ver a mi madre, Claire Hale. Me dio un poco de limonada, fue toda oídos en su estilo habitual, gentil, pero honesta al momento de aconsejar. En realidad, era el mismo consejo de toda mi vida. Mientras esperaba en el alto, podía escuchar su voz clara como si viniera del radio del auto, que me decía:

“Lorraine, Dios te puso en esta tierra por una razón. Él te la revelará, sólo espera; mantén tu corazón abierto para que veas cuando él la ponga frente a ti.”

Se puso el siga; cuando estaba por dar vuelta a la izquierda, vi a una mujer sentada en una caja de madera justo en la orilla de la acera. Se estaba inclinando hacia un bulto que tenía en los brazos. Había visto esta escena muchas veces, la había mirado, pero no le había puesto atención. Entonces, vi que el bulto se movía y, según creo, distinguí un bracito.

El carro de atrás me tocó el claxon, avancé un poco mientras pensaba en la alarmante posibilidad de que la mujer que se mecía fuera responsable del cuidado del bebé.

Pasé una cuadra… luego dos… tres… cuatro. Abruptamente, di media vuelta in poner la direccional. Regresé a la Calle 146, donde madre e hijo estaban a la vista.

Sabía muy poco en esos momentos, pero no sólo había dado un nuevo giro al carro sino, también, a mi vida y a la vida de mi familia, sin mencionar la de más de tres mil bebés.

Estacioné el carro y observé a la mujer. Estaba inclinada totalmente. Yo temía que el bebé se le fuera a resbalar y cayera sobre la banqueta.

“Disculpe, ¿se encuentra bien?”, le pregunté varias veces, sin obtener respuesta. Finalmente me miró, tenía problemas para enfocar mi cara. Yo conocía esa forma de mirar, ella estaba bajo los efectos de la heroína y realmente fuera de sí.

Le dije, al tiempo que presionaba un pedazo de papel contra su mano frágil: “Tome, vaya a esta dirección. Mi madre la ayudará. Ella ama a los bebés y le dará la oportunidad de recuperarse. Su nombre es señora Hale. Los niños la llaman Mamá Hale, sólo dígale que su hija la envía.”

Mi madre me llamó la siguiente mañana, diciéndome con severidad: “Lorraine, hay una drogadicta en la puerta dice que tú la enviaste.”

Los acontecimientos del día anterior se me habían olvidado por un momento. Respiré profundo y dije: “Mi madre, yo no sé nada de ningún drogadicto.”

“Entonces, explícame como consiguió este papel con mi nombre y mi dirección escrito con tu letra…”

Me sentí incómoda mientras conducía hacia el departamento de mi madre. Ella estaba extremadamente molesta conmigo; me había olvidado de decirle. Su reacción era inusual. Nuestra segunda naturaleza era la de ayudar, rescatar y amar a los bebés. Para cuando llegué, la mujer había dejado al bebé; sin embargo, unas horas más tarde regresó exigiendo a mi madre que se lo regresara. Mi madre le dijo en términos muy claros: “Mire, yo crié a mis hijos, no necesito criar a los suyos. Ahora, arregle su vida y críe a su bebé. Usted es su madre.”

La mujer salió apretando al bebé fuertemente contra sí misma. El día transcurrió y, pese a que ambas pensábamos en la desagradable escena de la mañana, tuvimos un buen momento. Unas horas más tarde, escuchamos el timbre de la puerta. La mujer estaba ahí, visiblemente temblorosa y llorosa, de regreso con el bebé. Sus palabras sonaban a mentiras pese a que estaba haciendo un esfuerzo por parecer sincera.

“Mi bebé, ella, ella es…” Sin dientes, con una mueca en su rostro, sus ojos se llenaron de lágrimas; tal vez era un llanto de súplica, el llanto profundamente amargo de una madre totalmente abrumada. Se fue rápidamente por las escaleras, tan rápido que no tuvo tiempo de tomar el elevador, mucho antes de que pudiéramos obtener información.

Mi madre cerró la puerta y caminó hacia la cocina, con la niña en sus brazos. Empezó a mover la avena como si nada hubiera pasado.

“Se fue”, dijo suavemente.
“¿Cuál es el nombre de la nena?, pregunté.
“No lo sé”, dijo mi madre.
¿Qué edad tiene?, pregunté.
“No lo sé”, volvió a responder.
“¿Cuánto tiempo la vas a tener?”
“No lo sé”, dijo otra vez.
“Bueno, ¿qué es lo que sabes?, pregunté para saber si tendría que estar pescando respuestas todo el día para poder obtener información.

“Lorraine, lo que sé es que tendrás que conseguir otro empleo para que puedas ayudar a criar a esta niña.”

Llamamos Amanda a la preciosa niñita y se convirtió en el primer bebé que cuidamos, hijo de una drogradicta.

Durante esa noche, mi madre que entonces tenía 65 años, olvidó toda idea de retirarse y se convirtió en la dama especial que cuidaría de los hijos de drogadictos. En tres meses, su departamento se llenó de pared a pared con cunas para veintidós infantes. Para entonces, supe que este sería también mi futuro. Entonces se inició el Centro Casa Hale para el Desarrollo del Potencial Humano.

Justo como mi madre había anticipado, Dios me reveló mi razón de ser. Sin lugar a dudas, Él me destinó a ayudar a que estos preciosos inocentes pequeñitos conocieran su bondadoso amor; un amor más duradero que las largas semanas que nos tomaba consolarlos durante la pesadilla de separarse de las drogas.

Nos empezamos a hacer cargo de los bebés abandonados, bebés abandonados, bebés nacidos de adictos a las drogas, el cigarro y el alcohol, y en algunas ocasiones infectados con VIH, el virus que causa el SIDA.

Gracias a Dios, estábamos ahí para ayudar a la mujer adicta a la heroína que estaba sentada en una esquina de la calle. No quiero pensar que, de haber perdido la cita divina, la pequeña Amanda pudiera no haber sobrevivido para ser la bella joven de veintidós años que es ahora y, tal vez, la Casa Hale nunca hubiera existido; pensar en todas las sonrisas y los besos que no hubiera podido derramar en los rostros de los niños de Dios.

Hemos trabajado muy duro para mantener un rumbo seguro en estas aguas nunca antes exploradas. Al principio, nuestra única brújula eran nuestros corazones, que nos condujeron hacia las palabras de Dios que se encuentran en el Salmo 82;;3-4, que dice: “¡Hagan justicia al débil y al huérfano! ¡Hagan justicia al pobre y al necesitado! Liberen a los débiles y pobres.”

Hacerlo tiene un costo: tiempo, energía, dinero, amor. Estas son las cosas que han hecho que la Casa Hale sea una realidad y que esté viva, con amor. La casa se estableció y se mantiene gracias a la gente deseosa de ver viva la idea de que cada niño merece amor y dignidad. Los bebés no se dan a sí mismos drogas ni SIDA, y un bebé sano no merece más amor y cuidados que ellos. En todo caso, y debido a su aflicciones, necesitan que se les confirme que valen mucho.

Que Dios nos ayude a mostrarles que son preciosos, que son valiosos y que sus vidas nos importan. Que nos ayude a amarlos sin considerar si sus vidas son breves o duran muchos años.

Obtenido del Libro: Arquitectos de la Paz
Publicado por: Michael Collopy, durante este año

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