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Tras los devastadores sismos que afectaron al norte de Venezuela el pasado 24 de junio, dejando a más de 650,000 personas en situación de vulnerabilidad, Amazon anunció que apoyará una operación de siete vuelos humanitarios hacia Caracas, Venezuela, para transportar suministros esenciales desinados a organizaciones humanitarias que atienden a las comunidades afectadas.
Esta operación es posible gracias a una colaboración entre Amazon, Airlink, el Departamento de Estado de Estados Unidos y el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas. El Departamento de Estado coordinará el acceso con las autoridades locales; Amazon donará la aeronave y el combustible sin costo para las organizaciones humanitarias; Airlink determinará la carga de cada vuelo con base en las necesidades de las organizaciones sin fines de lucro; y el Programa Mundial de Alimentos gestionará la logística en Venezuela.
Desde hace casi una década, Amazon lanzó su programa de respuesta ante desastres con el objetivo de aprovechar su red logística y colaborar con organizaciones a nivel global para hacer llegar suministros de emergencia a las personas que más los necesitan. Desde entonces, ha donado y entregado más de 26 millones de suministros de emergencia y tecnología en respuesta a más de 200 desastres alrededor del mundo.
El puente aéreo forma parte de un esfuerzo más amplio de Amazon para apoyar las labores de respuesta tras los terremotos en Venezuela. A la fecha, el trabajo conjunto con diversas organizaciones ha permitido canalizar más de 663,000 suministros de emergencia para las familias afectadas, incluyendo lonas, filtros de agua, bolsas para dormir, kits de higiene, pañales y otros insumos esenciales.
La iniciativa también contempla jornadas de voluntariado encabezadas por empleados de Amazon en distintas ciudades y el despliegue de sistemas de tecnología de respuesta rápida en La Guaira, cerca del epicentro de los sismos. Estas unidades autónomas proporcionan conectividad Wi-Fi crítica para que hospitales y refugios puedan mantenerse comunicados durante la emergencia.
Amazon continuará trabajando de cerca con las organizaciones presentes en el terreno conforme evolucionen las necesidades y reafirma su compromiso con las comunidades afectadas por esta catástrofe.
La expansión de internet ha transformado la manera en que las personas estudian, trabajan, se informan y se relacionan. Sin embargo, también ha abierto espacios donde el acoso, las amenazas, la difusión no consentida de contenido y los mensajes ofensivos pueden escalar con rapidez, afectar la salud emocional y limitar la participación segura de millones de personas.
En México, uno de cada cinco usuarios de internet ha vivido alguna forma de ciberacoso. El Módulo sobre Ciberacoso (MOCIBA) 2025, elaborado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), revela que 20.4% de las personas usuarias de internet de 12 años y más sufrió una agresión digital durante el último año, lo que equivale a cerca de 19.4 millones de personas.
Durante 2025, México registró aproximadamente 94.9 millones de personas usuarias de internet, con un promedio de conexión de 4.6 horas diarias. Sin embargo, entre quienes experimentaron ciberacoso, el tiempo de uso ascendió a 5.6 horas al día, un dato que refleja la exposición constante a espacios digitales que hoy forman parte de la vida cotidiana, la educación, el empleo y la convivencia social.
Las plataformas de mensajería y redes sociales concentran buena parte de las agresiones. WhatsApp fue el principal medio señalado por 41.5% de las víctimas, seguido por llamadas de teléfono celular, con 36.5%, y Facebook, con 29.7%. Estas cifras muestran que la violencia digital no ocurre únicamente en espacios públicos o abiertos, sino también en canales privados y herramientas de comunicación que muchas personas utilizan para mantener contacto con familiares, amistades, escuelas y centros de trabajo.
Entre las formas de agresión más frecuentes, 37.2% de las víctimas reportó haber sido contactada mediante identidades falsas; 32.7% recibió mensajes ofensivos y 24.1% enfrentó llamadas ofensivas. La dimensión emocional también es significativa: 57% de las personas afectadas manifestó haber sentido enojo, 35.8% desconfianza y 29.4% estrés, lo que confirma que el ciberacoso puede afectar el bienestar, la seguridad y la confianza de quienes participan en entornos digitales.

El MOCIBA 2025 identifica una tendencia clara respecto a la identidad de quienes ejercen estas agresiones. Entre las víctimas que lograron reconocer a la persona acosadora, los hombres fueron señalados como los principales agresores en violencia digital: 57.2% de las mujeres víctimas y 61.1% de los hombres víctimas indicaron haber sido agredidos únicamente por hombres.
Este dato resulta relevante porque evidencia que la violencia digital reproduce patrones sociales de género que también están presentes fuera de internet. Aunque 61.1% de las víctimas no logró identificar a la persona agresora, 24.2% señaló a alguien conocido y 14.7% reportó haber sido acosada tanto por personas conocidas como desconocidas. El anonimato, las identidades falsas y la facilidad para crear perfiles apócrifos pueden dificultar la denuncia, la investigación y la reparación del daño.
Las mujeres enfrentan una mayor prevalencia de ciberacoso: 21.5% de las usuarias reportó haber vivido alguna agresión, frente a 19.2% de los hombres. Además, las experiencias de violencia muestran diferencias importantes. Mientras 30.8% de las mujeres recibió mensajes ofensivos, 25.2% enfrentó insinuaciones o propuestas sexuales, 23.5% recibió contenido sexual y 3.1% fue amenazada con la publicación o venta de imágenes o videos de contenido sexual. Estos datos confirman que los principales agresores en violencia digital también operan mediante prácticas que buscan sexualizar, intimidar o controlar a las mujeres.

Las personas adultas jóvenes son el grupo con mayor afectación. Entre quienes tienen de 20 a 29 años, 28% de las mujeres y 23.5% de los hombres que utilizaron internet fueron víctimas de ciberacoso. Les siguen las y los jóvenes de 12 a 19 años: 25.4% de las mujeres y 19.5% de los hombres de ese grupo de edad reportaron haber vivido este problema.
En términos territoriales, Durango presentó la mayor prevalencia de ciberacoso, con 24.5%, seguido por Jalisco, con 24.4%, y Ciudad de México y Oaxaca, ambas con 23.8%. En contraste, Sonora registró 14.7%, Sinaloa 15.5% y Coahuila 15.6%. Las diferencias entre entidades muestran la necesidad de contar con estrategias locales de prevención, acompañamiento y atención, sin perder de vista que se trata de un problema nacional.
La seguridad digital es una parte necesaria de la respuesta, aunque no puede ser la única. El Inegi reportó que 64.9% de las personas usuarias adoptó alguna medida para proteger dispositivos o cuentas, principalmente contraseñas adicionales, utilizadas por 88.9%, y datos biométricos, empleados por 48.2%. Sin embargo, trasladar toda la responsabilidad a las víctimas invisibiliza el papel de los agresores en violencia digital, así como las obligaciones de plataformas, instituciones y autoridades para prevenir y atender estas conductas.

Las plataformas digitales no pueden limitarse a reaccionar cuando una agresión ya ocurrió. WhatsApp, Facebook y otros servicios de comunicación deben fortalecer sus mecanismos de reporte, moderación, detección de cuentas falsas y protección frente a la difusión de contenido íntimo sin consentimiento. También necesitan ofrecer rutas claras, accesibles y sensibles al género para que las personas afectadas puedan denunciar, recibir respuesta y recuperar el control sobre su información.
Combatir a los principales agresores en violencia digital requiere que las empresas tecnológicas asuman una responsabilidad proporcional a su alcance social. Esto implica invertir en diseño seguro, transparencia sobre la aplicación de sus políticas, colaboración con autoridades y organizaciones especializadas, así como herramientas preventivas que reduzcan el acoso antes de que escale.
Desde la responsabilidad social, generar entornos digitales seguros debe entenderse como una condición para la inclusión, la igualdad y el bienestar. Cuando las plataformas, gobiernos, escuelas, empresas y sociedad civil trabajan de manera coordinada, es posible construir espacios en línea donde la participación no implique miedo, violencia o silenciamiento.
Los avances científicos han abierto nuevas posibilidades para prevenir, detectar y tratar distintos tipos de tumores. Sin embargo, la lucha contra el cáncer continúa marcada por una profunda desigualdad entre quienes pueden acceder a servicios de salud oportunos y quienes enfrentan barreras económicas, geográficas y sociales desde el momento del diagnóstico.
Un nuevo informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) titulado Informe mundial sobre la situación del cáncer en 2026: el futuro que elegimos juntos advierte que el progreso médico no ha transformado por igual la experiencia de millones de pacientes. Para muchas personas, recibir un diagnóstico sigue implicando consecuencias físicas, emocionales y financieras devastadoras, especialmente en países con sistemas sanitarios limitados o con baja cobertura de atención oncológica.
La OMS estima que una de cada cinco personas desarrollará cáncer a lo largo de su vida y que la enfermedad afectará al 92% de la población, ya sea por un diagnóstico propio o por el de un familiar cercano. Cada año se registran alrededor de 20.6 millones de nuevos casos y 10 millones de muertes por esta causa, cifras que podrían aumentar hasta casi 35 millones de casos anuales en 2050.
El informe sobre la situación mundial del cáncer identifica desigualdades persistentes y crecientes en el acceso a la prevención, el diagnóstico, el tratamiento y los cuidados posteriores. Aunque la mayoría de los países ya cuenta con planes nacionales de acción, su implementación sigue siendo desigual y depende, en gran medida, de la capacidad financiera, institucional y técnica de cada sistema de salud.
Para el Dr. Andre Ilbawi, jefe del equipo de control del cáncer de la OMS, la narrativa internacional ha puesto el foco en nuevos tratamientos y tecnologías, pero ha dejado fuera una parte esencial del problema: la distancia entre el conocimiento científico disponible y la posibilidad real de que las personas reciban atención. La lucha contra el cáncer no puede medirse únicamente por los avances de laboratorio, sino por el impacto que estos tienen en la vida cotidiana de las poblaciones.

Las diferencias entre países de ingresos altos y bajos son especialmente visibles en la esperanza de vida de los pacientes. En las naciones más ricas, cerca del 85% de las personas diagnosticadas con cáncer de mama o cáncer infantil sobreviven al menos cinco años. En los países más pobres, esa proporción cae por debajo del 30%, una brecha que refleja fallas acumuladas en detección temprana, infraestructura, disponibilidad de medicamentos y seguimiento clínico.
El acceso a tratamientos esenciales también revela la dimensión de la desigualdad. En los países de ingresos bajos y medios-bajos, solo entre el 9% y el 54% de los 20 medicamentos oncológicos prioritarios identificados por la OMS están disponibles. En contraste, los países de ingresos altos cuentan con entre el 68% y el 94% de esos fármacos. Además, 23 países carecen por completo de instalaciones de radioterapia, un servicio indispensable para millones de pacientes.
La situación es particularmente grave en África subsahariana, donde las tasas de diagnóstico son menores que en las regiones más ricas, pero la mortalidad por cáncer es desproporcionadamente alta. Esta realidad confirma que el diagnóstico tardío, la falta de personal especializado y los costos de atención pueden convertir una enfermedad tratable en una sentencia de muerte. Dos tercios de los países tampoco incluyen el cáncer dentro de sus planes de cobertura sanitaria universal, mientras que en algunos contextos hasta el 90% de los pacientes abandona el tratamiento debido a su costo.
Los especialistas de la OMS han solicitado a los gobiernos y a la comunidad internacional “valorar la atención tanto como la cura”. Esto implica financiar de manera integral los servicios oncológicos, desde la prevención y la vacunación hasta el diagnóstico, el tratamiento, los cuidados paliativos y el acompañamiento a pacientes y familias. La atención del cáncer no puede depender de la capacidad de pago de una persona ni de la ubicación geográfica de su comunidad.
La encuesta mundial realizada a pacientes y familiares muestra que el cáncer suele desencadenar dificultades económicas, problemas de salud mental y una carga considerable para quienes cuidan a las personas enfermas. Abigail Simon-Hart, sobreviviente de cáncer de mama y defensora de pacientes en Nigeria, ha documentado casos de familias obligadas a elegir entre pagar el tratamiento o mantener a sus hijos en la escuela. También ha alertado sobre el estigma que puede llevar a algunas mujeres a rechazar intervenciones que podrían salvarles la vida.

Frente a este escenario, la lucha contra el cáncer requiere políticas públicas sostenidas, presupuestos suficientes y sistemas de salud capaces de llegar a las poblaciones más vulnerables. También exige que los gobiernos impulsen campañas de prevención, fortalezcan la atención primaria, reduzcan el consumo de tabaco y alcohol, atiendan infecciones asociadas con algunos tipos de cáncer y promuevan hábitos saludables. La OMS recuerda que cuatro de cada diez nuevos casos están vinculados con factores de riesgo que ya pueden prevenirse o controlarse.
La lucha contra esta enfermedad ha conseguido avances importantes, como una ruta creíble hacia la eliminación del cáncer cervicouterino y una reducción en el consumo de tabaco en distintos países. No obstante, estos progresos serán insuficientes si continúan coexistiendo con sistemas de salud que dejan sin diagnóstico, medicamentos o radioterapia a millones de personas.
Para el sector público, las empresas y las organizaciones comprometidas con la responsabilidad social, el desafío consiste en reconocer que la lucha contra el cáncer también es una cuestión de equidad, bienestar y desarrollo. Garantizar atención oportuna y digna no solo puede salvar vidas: también evita que el diagnóstico profundice la pobreza, interrumpa trayectorias educativas y laborales, y aumente las desigualdades que ya afectan a las comunidades más vulnerables.
Los microplásticos ya habían sido identificados en alimentos, fuentes de agua, océanos y hasta en el organismo humano. Sin embargo, una nueva investigación añade una preocupación relevante para la agenda ambiental: los microplásticos en el aire también pueden contribuir al calentamiento global al absorber radiación solar y retener calor en la atmósfera.
El estudio, publicado en Nature Climate Change, fue dirigido por Drew Shindell, profesor de Ciencias de la Tierra en la Escuela Nicholas del Medio Ambiente de la Universidad de Duke, junto con investigadores de la Universidad de Fudan, en China. Sus hallazgos sugieren que estas partículas no solo representan un desafío de contaminación y salud pública, sino que deben considerarse dentro de la conversación climática global.
Los residuos plásticos de mayor tamaño se fragmentan con el tiempo debido a la radiación solar, el desgaste mecánico y las condiciones ambientales. Cuando alcanzan dimensiones microscópicas, pueden ser transportados por el viento, las salpicaduras del mar y otras corrientes atmosféricas, lo que permite que los microplásticos en el aire recorran grandes distancias y se acumulen en distintas regiones del planeta.
Hasta ahora, la investigación climática había prestado mayor atención a aerosoles como el hollín, compuesto en buena medida por carbono negro. Estas partículas son conocidas por su capacidad para absorber la luz solar y elevar la temperatura atmosférica. Los microplásticos, en cambio, habían sido considerados prácticamente incoloros, por lo que se asumía que reflejaban parte de la radiación hacia el espacio y producían un efecto de enfriamiento limitado.
El nuevo estudio cuestiona esta idea. Mediante simulaciones por computadora y experimentos de laboratorio, los investigadores analizaron la interacción entre la luz, el calor y fragmentos microscópicos de plástico. La conclusión fue clara: muchos microplásticos suspendidos no son transparentes ni incoloros, sino que presentan pigmentaciones capaces de modificar su comportamiento climático.

El color de las partículas resultó ser uno de los elementos más importantes del análisis. Conforme el plástico envejece, se degrada y se expone al ambiente, sus tonalidades pueden intensificarse. Esta coloración permite que los microplásticos en el aire absorban más energía solar y retengan calor, en lugar de reflejarlo como se había supuesto en modelos climáticos anteriores.
Los investigadores calcularon que los microplásticos pigmentados absorben cerca del 16% del calor que absorbe el carbono negro. Aunque esta proporción es menor que la del hollín, resulta suficiente para incluir a estos contaminantes en la lista de aerosoles que requieren vigilancia y acciones de mitigación. Según Shindell, el efecto de calentamiento actual asociado con estas partículas equivale aproximadamente al funcionamiento anual de 200 centrales eléctricas de carbón.
El especialista subrayó que atender la contaminación plástica no resolverá por sí sola la crisis climática. No obstante, reducir una fuente de calentamiento equivalente a cientos de plantas termoeléctricas puede representar una contribución relevante dentro de una estrategia más amplia de descarbonización, economía circular y control de emisiones.
El estudio también identificó patrones geográficos distintos a los del carbono negro. Mientras este contaminante suele concentrarse sobre zonas terrestres con actividad industrial, transporte o quema de combustibles, los microplásticos en el aire tienden a agruparse sobre el Giro Subtropical del Pacífico Norte, una extensa zona oceánica que acumula grandes cantidades de residuos plásticos flotantes.
Este sistema de corrientes, que abarca cerca de 8 millones de millas cuadradas, funciona como un punto de concentración de plástico en el océano. Cuando las olas rompen sobre los residuos, las salpicaduras marinas pueden lanzar partículas microscópicas a la atmósfera. De esta manera, la contaminación plástica marina alimenta directamente la contaminación atmosférica, creando un ciclo que vincula el deterioro de los ecosistemas oceánicos con el calentamiento global.
Los autores advierten que todavía se requiere más investigación para medir la presencia de microplásticos en las distintas capas de la atmósfera y conocer con mayor precisión su impacto climático total. Sin embargo, el hallazgo adquiere urgencia ante las proyecciones que indican que, sin una intervención efectiva, la contaminación ambiental por plásticos podría aumentar 50% respecto a los niveles de 2020 y alcanzar 30 millones de toneladas para 2040.

La evidencia sobre los microplásticos en el aire amplía el alcance de un problema que durante años se ha asociado principalmente con los océanos, la biodiversidad y la gestión de residuos. Ahora, su posible contribución al calentamiento global y sus riesgos para la salud obligan a gobiernos, empresas, academia y sociedad civil a fortalecer la prevención desde el diseño de productos, la reducción de plásticos de un solo uso y la mejora de los sistemas de recolección, reciclaje y tratamiento de residuos.
Para las organizaciones comprometidas con la responsabilidad social, el reto implica avanzar hacia modelos de producción y consumo que reduzcan la generación de residuos desde el origen. La colaboración multisectorial, el respaldo a acuerdos internacionales como el Tratado de la ONU sobre los Plásticos y la inversión en investigación serán esenciales para contener esta amenaza. Enfrentar los microplásticos en el aire significa proteger la salud de las personas, disminuir presiones sobre los ecosistemas y sumar una herramienta más a la respuesta frente al cambio climático.