Mientras el discurso tradicional del “capitalismo consciente” ha buscado humanizar la figura del empresario, la realidad del mercado global está impulsando un giro hacia un pragmatismo mucho más agudo. El movimiento de sostenibilidad (ESG) no está retrocediendo; se está volviendo “más inteligente” al alinearse directamente con la rentabilidad y la gestión de riesgos financieros. Esta evolución sugiere que la sostenibilidad ya no se ve como una concesión ética, sino como una herramienta competitiva esencial para la supervivencia a largo plazo.
En México, este cambio de paradigma es crucial. La ciudadanía percibe que el sector privado es el más capaz de resolver problemas, superando al gobierno y a la sociedad civil. Sin embargo, la Encuesta de Percepción sobre el Empresariado y el Capitalismo (EPEC) 2025 revela una serie de contrastes profundos en la opinión pública mexicana.
Si bien existe un reconocimiento mayoritario hacia la capacidad de los empresarios para generar empleo y progreso (con una opinión positiva que alcanza el 83% en ciudades como Monterrey), persiste una duda razonable sobre su compromiso real para reducir la desigualdad.
La crisis de legitimidad y el techo de cristal ético
El dato más crítico revelado por la Encuesta de Percepción sobre el Empresariado y el Capitalismo (EPEC) 2025 es la profunda brecha de honestidad. Un 83% de los mexicanos asocia a los grandes empresarios con actos de corrupción.
Esta cifra es un recordatorio brutal de que la responsabilidad corporativa no puede construirse sobre cimientos de desconfianza. Para el sector privado, este “techo de cristal” significa que cualquier iniciativa social será vista bajo sospecha mientras no exista una integridad radical y comprobable.

Bajo la nueva óptica del ESG pragmático, combatir la corrupción ya no es solo un deber moral, sino una estrategia para reducir el costo de capital y asegurar la inversión. En un mercado donde los datos son más accesibles, la transparencia se convierte en una ventaja competitiva: aquellas empresas que logran demostrar procesos limpios y gobernanza sólida son las que capturan la confianza de una ciudadanía que hoy se siente responsable de vigilar al poder económico.

La empresa como garante de seguridad y bienestar
Un hallazgo fundamental de la EPEC 2025 es que la empresa ha comenzado a suplir funciones que tradicionalmente correspondían al Estado. Ante la percepción de un sistema de salud pública debilitado, el seguro médico particular se ha posicionado como la prestación más valorada por los mexicanos. Este fenómeno no es menor: el trabajador ha volcado su confianza en su empleador directo (73% de aprobación) por encima de la figura abstracta del “empresario” o de las instituciones gubernamentales.

Aquí, la responsabilidad corporativa se manifiesta como un “refugio”. Las empresas que invierten en la salud integral de sus colaboradores no lo hacen solo por benevolencia, sino por una lógica de sostenibilidad del talento. El bienestar se ha transformado en un activo operativo. En un entorno de alta competencia, garantizar que la fuerza laboral esté protegida frente a crisis sanitarias o económicas es la forma más directa de asegurar la continuidad del negocio y la productividad.
El reto del desarrollo local frente a la desigualdad
La encuesta muestra que, aunque el 70% de los mexicanos cree que el sistema económico permite emprender, solo el 50% considera que está reduciendo efectivamente la pobreza y la desigualdad. Esta división de opiniones subraya la necesidad de que la sostenibilidad sea territorial y específica. En regiones como Monterrey, la preocupación es ambiental; en otras, es la precariedad salarial.
Siguiendo el principio de “seguir el dinero” y la eficiencia, la RSC moderna debe enfocarse en la sostenibilidad de las cadenas de suministro. Fortalecer a las Pymes locales no es un acto filantrópico; es mitigar riesgos de logística y fortalecer el mercado interno. El empresario de 2026 debe ser un integrador que entienda que si su comunidad inmediata no prospera, su mercado eventualmente se agotará. La inclusión de proveedores locales y el desarrollo de talento independiente son hoy piezas clave de una maquinaria económica resiliente.

Liderazgo público y la nueva licencia social para operar
La EPEC 2025 es clara: el 67% de la población exige que los empresarios se involucren activamente en problemas públicos, especialmente en la mejora de salarios y el combate a la corrupción. Sin embargo, este liderazgo debe alejarse del “activismo de salón” y centrarse en resultados. El nuevo pragmatismo sugiere que las empresas deben liderar agendas donde su experiencia técnica aporte valor real, como la digitalización, la infraestructura sostenible y la educación técnica.

La licencia social para operar ya no se otorga de forma automática por el simple hecho de generar empleos. Ahora se gana demostrando que la empresa es un vecino responsable y un actor ético. La convergencia entre el propósito social y la rentabilidad financiera es el único camino para que el sector privado recupere la confianza de ese 83% que hoy lo mira con recelo. El futuro del capitalismo en México depende de esta capacidad de transformar la percepción pública a través de hechos medibles y transparencia absoluta.
Cinco sugerencias para que las empresas mejoren sus resultados estratégicos
1. Institucionalización de la transparencia y el cumplimiento ético. Para contrarrestar la alta percepción de corrupción, las empresas deben adoptar protocolos de compliance auditables y públicos, convirtiendo la honestidad en una métrica de desempeño corporativo que atraiga mejores socios e inversionistas.
2. Priorización del bienestar como activo de retención. Dado que el seguro médico es la demanda número uno, las empresas deben diseñar planes de salud robustos. Esto no solo mejora la percepción de la empresa como “refugio”, sino que reduce drásticamente los costos por rotación y ausentismo.
3. Desarrollo de ecosistemas de proveedores locales. En lugar de depender de cadenas globales vulnerables, invertir en la profesionalización de Pymes mexicanas asegura una cadena de suministro más ágil y genera un impacto positivo directo en la percepción de responsabilidad comunitaria.
4. Inversión en la profesionalización del talento femenino. Atendiendo a la demanda de la encuesta sobre el balance vida-trabajo, las empresas deben implementar políticas de cuidados y flexibilidad. El pragmatismo dicta que perder talento femenino por falta de condiciones adecuadas es una ineficiencia económica que las empresas modernas no pueden permitirse.
5. Participación activa en soluciones de impacto ambiental regional. Las empresas deben liderar proyectos de regeneración en las zonas donde operan (agua, aire, residuos). Ser un referente en soluciones ambientales locales no solo evita multas y conflictos, sino que construye un capital reputacional que blinda a la empresa ante futuras crisis de confianza.











