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¿Por qué las sequías están impulsando el regreso de los combustibles fósiles?

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Las sequías están revelando una de las contradicciones más incómodas de la transición energética: incluso los sistemas diseñados para reducir emisiones pueden volverse vulnerables ante los efectos del propio cambio climático. En Europa, la caída del caudal de ríos y embalses ha debilitado la generación hidroeléctrica en momentos clave, obligando a varios países a recurrir nuevamente a fuentes convencionales para sostener el suministro eléctrico.

Lo preocupante no es solo la dependencia momentánea, sino lo que este fenómeno deja al descubierto. Cuando el agua escasea y la energía renovable no alcanza a cubrir la demanda, el regreso de los combustibles fósiles aparece como una solución inmediata, aunque costosa en términos ambientales, económicos y sociales. El resultado es un círculo que se retroalimenta: el clima extremo reduce la capacidad renovable, se usan combustibles fósiles, aumentan las emisiones y con ello se intensifican las condiciones que harán más frecuentes estas crisis.

Cuando las renovables no logran cubrir la brecha

La vulnerabilidad se hace evidente en la energía hidroeléctrica, una de las fuentes renovables más importantes de Europa. Su desempeño depende casi por completo de la disponibilidad de agua, por lo que una temporada prolongada de sequía puede reducir de forma drástica su capacidad de generación. El problema no es menor: cuando esa fuente pierde fuerza, la solar y la eólica no siempre consiguen llenar el vacío con la rapidez necesaria.

regreso de los combustibles fósiles

Es en ese punto donde varios países se ven obligados a activar centrales de respaldo o aumentar importaciones eléctricas para evitar interrupciones en el suministro. En la práctica, esto se ha traducido en el regreso de los combustibles fósiles como una respuesta inmediata a la caída de la oferta renovable. De hecho, un estudio realizado por investigadores como Francesco Cherubini y Xianping Hu del Programa de Ecología Industrial de la NTNU entre 2017 y 2023, en 25 países europeos, reveló que esta sustitución elevó en 180 teravatios-hora la generación fósil dentro de la Unión Europea.

Más allá de la cifra, lo que este comportamiento muestra es la fragilidad de una transición energética que aún no termina de blindarse frente a fenómenos climáticos extremos. La sequía ya no es solo un problema ambiental: se ha convertido en un factor que pone a prueba la estabilidad de todo el sistema.

El regreso de los combustibles fósiles acelera el círculo climático

Lo más inquietante es la rapidez con la que se activa el efecto de retroalimentación. Cuando cae la generación hidroeléctrica, el sistema compensa con gas, carbón o lignito; al hacerlo, las emisiones aumentan y contribuyen a agravar el calentamiento global, que a su vez hace más frecuentes e intensas las sequías.

Durante los años analizados, este regreso de los combustibles fósiles dejó como saldo 141 millones de toneladas adicionales de CO2 equivalente, una cifra que supera las emisiones anuales por combustibles fósiles de países como los Países Bajos. No se trata de una acumulación lenta, sino de un incremento que puede producirse en una sola temporada crítica.

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Este punto es clave porque demuestra que la crisis climática no solo genera daños visibles como incendios, inundaciones o pérdida de cosechas; también erosiona silenciosamente la capacidad de los sistemas energéticos para sostener la descarbonización. La transición, en otras palabras, está empezando a sufrir el impacto de los mismos riesgos que intenta resolver.

Un problema ambiental que también afecta la salud

El aumento de emisiones no se limita al CO2. Cada vez que el sistema recurre al carbón, al lignito o incluso al gas natural, también libera contaminantes que tienen consecuencias inmediatas sobre la calidad del aire.

El estudio puso atención en tres de los más relevantes: dióxido de azufre, óxidos de nitrógeno y partículas PM2.5. Estas últimas son especialmente preocupantes porque su tamaño microscópico les permite entrar al torrente sanguíneo y afectar tanto al sistema respiratorio como al cardiovascular. Aunque representaron solo una pequeña parte de las emisiones adicionales, fueron responsables de una proporción mucho mayor del daño total a la salud.

Esto explica por qué países como Bulgaria, España e Italia registraron impactos más severos. Su combinación de ubicación geográfica y matriz energética amplificó la exposición a contaminantes provenientes de distintas regiones. El dato también obliga a ampliar la conversación: el regreso de los combustibles fósiles durante sequías no solo compromete metas climáticas, también tiene efectos directos en bienestar social y salud pública.

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El costo oculto detrás de la sequía energética

La factura de este fenómeno no termina en el medio ambiente. Los investigadores estimaron que el mayor uso de combustibles fósiles durante estos episodios tuvo un costo cercano a 26 mil millones de dólares, considerando daños sanitarios, ambientales y presión sobre la infraestructura energética.

Para la población, este impacto se vuelve tangible en el aumento de las tarifas eléctricas y en la incertidumbre sobre el suministro. Francesco Cherubini lo resume de forma clara al señalar que este es uno de los efectos del cambio climático que las personas experimentan directamente “en el bolsillo”, a través de facturas más altas y sistemas menos estables.

Desde la perspectiva de sostenibilidad, esto refuerza la idea de que la crisis climática no es un problema distante ni abstracto. Se manifiesta en costos cotidianos, en la competitividad de las industrias y en la capacidad de los países para sostener su seguridad energética.

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Cómo evitar que la próxima sequía reactive el regreso de los combustibles fósiles

La salida no pasa por cuestionar la transición energética, sino por hacerla más resiliente. Una de las claves está en fortalecer las interconexiones entre países para mover electricidad con mayor facilidad desde regiones con excedentes hacia aquellas que enfrentan déficit temporal.

La flexibilidad en la demanda también será determinante. Desplazar ciertos consumos a horas de menor presión, como la carga de vehículos eléctricos o procesos industriales no urgentes, puede aliviar significativamente la tensión sobre la red en momentos de escasez.

A esto se suma el papel de nuevas soluciones tecnológicas como el almacenamiento en baterías y el hidrógeno limpio, capaces de conservar excedentes renovables para utilizarlos cuando la hidroelectricidad cae. La meta es clara: evitar que cada evento extremo termine provocando un nuevo regreso de los combustibles fósiles.

Resiliencia para no retroceder

La lección que deja Europa es tan clara como incómoda: la transición energética no puede medirse solo por la expansión de renovables, sino por su capacidad para resistir fenómenos extremos sin perder estabilidad.

Las sequías han demostrado que, sin infraestructura flexible, almacenamiento y redes mejor conectadas, el sistema seguirá recurriendo a soluciones de corto plazo que aumentan emisiones y costos. El regreso de los combustibles fósiles es, en ese sentido, menos una decisión política que una señal de vulnerabilidad estructural.

El verdadero desafío hacia adelante será construir sistemas capaces de soportar el estrés climático sin renunciar a la descarbonización. Porque la transición no solo debe ser limpia; también necesita ser lo suficientemente robusta para no retroceder justo cuando más se la necesita.

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