El 22 de mayo celebramos el Día Internacional de la Diversidad Biológica, una fecha que nos recuerda el inmenso valor de todas las formas de vida que habitan nuestro planeta. Sin embargo, en un mundo cada vez más afectado por el cambio climático, la contaminación y la pérdida de hábitats naturales, la protección de la biodiversidad no es sólo tarea de especialistas o gobiernos: comienza en casa, en la escuela, y especialmente desde la niñez.
Educar en el amor y respeto por la naturaleza desde temprana edad es una inversión fundamental para construir un futuro sostenible. Las niñas y niños que aprenden a valorar el medio ambiente desarrollan un sentido de responsabilidad y empatía que los acompañará durante toda su vida. Al comprender cómo sus acciones impactan a otros seres vivos y al planeta, crecen como ciudadanos conscientes, capaces de impulsar cambios positivos en sus comunidades.
En esta labor por enseñar a los más pequeños, iniciativas como las Eco Jornadas LTH son un ejemplo vivo de este compromiso. Estas jornadas acercan a niños, jóvenes y familias a prácticas ambientales responsables, mediante actividades educativas, talleres, juegos y dinámicas que muestran, de forma práctica y divertida, como cuidar nuestro entorno.
Tan sólo en 2024, las Eco Jornadas lograron la participación de más de 212 mil niños a lo largo de la República Mexicana.
Sembrar estas semillas de conocimiento y acción desde la infancia es una de las estrategias más efectivas para garantizar que la biodiversidad siga siendo una fuente de vida y bienestar para las próximas generaciones.
En este Día de la Diversidad Biológica, recordemos que cada especie, cada ecosistema y cada pequeño gesto de protección cuenta. Fomentar la educación ambiental desde la niñez no sólo forma mejores seres humanos, sino también guardianes comprometidos con el planeta en el que todos vivimos.
La Generación Z no solo es la más diversa y digital de la historia, también es profundamente consciente de los problemas sociales, ambientales y económicos que enfrenta el planeta. Crecieron con la crisis climática como fondo y con movimientos sociales que les enseñaron el poder de levantar la voz. Por eso, conectar la RSE con la Gen Z no es una opción para las marcas, es una urgencia estratégica.
Más allá de una buena campaña de marketing, las organizaciones deben demostrar un compromiso genuino con las causas que les importan. Esta generación exige coherencia, acción y transparencia. En este contexto, conectar la RSE con la Gen Z implica adaptar el lenguaje, los canales y los valores corporativos para construir una relación real y duradera. Aquí te contamos cómo lograrlo.
Autenticidad: el valor no negociable para conectar la RSE con la Gen Z
La Gen Z detecta la hipocresía a kilómetros. No basta con “parecer” responsables, las marcas deben “serlo” de verdad. La autenticidad se convierte en un valor esencial para conectar la RSE con la Gen Z, especialmente cuando está en juego la credibilidad empresarial. Esta generación escanea discursos vacíos y castiga a quienes solo usan la sostenibilidad como etiqueta.
Por eso, las empresas deben demostrar congruencia entre lo que dicen y lo que hacen. Si una marca habla de diversidad, debe tener equipos diversos. Si habla de sustentabilidad, debe tener metas verificables. Las acciones reales valen más que cualquier anuncio publicitario, y eso es justamente lo que la Gen Z espera.
Abrirse al diálogo, aceptar errores y mostrar procesos de mejora también son formas de ser auténticos. La vulnerabilidad estratégica no debilita, humaniza. Y eso genera conexiones verdaderas con un público que valora lo real sobre lo perfecto.
Digitalizar la RSE sin perder el propósito
Esta generación vive en redes sociales, pero no quiere que todo se quede en un “post bonito”. Conectar la RSE con la Gen Z exige llevar los proyectos a formatos que hablen su idioma digital: reels, podcasts, newsletters o experiencias interactivas. Pero el contenido debe ser útil, claro y, sobre todo, tener propósito.
No se trata de usar TikTok o Instagram solo para presumir lo que hace la empresa. Lo importante es cómo se cuenta la historia, a quién involucra y qué genera. Mostrar el impacto real, dar voz a beneficiarios o sumar a la audiencia a una causa son estrategias efectivas para atraer a esta generación.
Además, es fundamental que las marcas estén abiertas a feedback. Las plataformas digitales son de ida y vuelta. Permitir que la Gen Z opine, cuestione y proponga transforma la RSE en una herramienta participativa y mucho más poderosa.
Inclusión y representación: mucho más que diversidad
Para conectar la RSE con la Gen Z, las marcas deben demostrar que entienden lo que significa representar distintas voces. Esta generación es profundamente interseccional: le importa la equidad de género, la diversidad sexual, la inclusión de personas con discapacidad y la justicia racial.
Ya no se trata solo de tener campañas “inclusivas”. Las acciones deben reflejar una cultura organizacional incluyente. Desde los procesos de reclutamiento hasta la toma de decisiones, cada paso debe garantizar igualdad de oportunidades y respeto a la diferencia.
Incluir no solo es mostrar, también es transformar. Las marcas que construyen espacios seguros y representativos son aquellas que realmente logran conectar con la Gen Z y activar su participación en causas sociales, desde dentro y fuera de la organización.
Propósito empresarial como centro de la estrategia
La Gen Z no quiere trabajar ni consumir en empresas que solo buscan generar ganancias. Espera que las marcas tengan un propósito claro, alineado con el bienestar social y ambiental. Para conectar la RSE con la Gen Z, el propósito no puede estar solo en un documento institucional: debe ser parte del día a día.
El propósito debe reflejarse en decisiones tangibles: cómo se diseñan productos, cómo se trata al personal, cómo se eligen proveedores. Cada elección empresarial envía un mensaje. Y cuando ese mensaje está alineado con valores de justicia, equidad y sostenibilidad, el vínculo con la Gen Z se fortalece.
Además, esta generación está dispuesta a apoyar a empresas que actúan con sentido. Valoran más el “por qué” de una organización que el “qué” ofrece. En ese sentido, la RSE se convierte en una ventaja competitiva cuando está anclada a un propósito real.
Educación y co-creación: construir juntos el futuro
La RSE también puede ser una herramienta educativa para empoderar a la Gen Z. Esta generación quiere aprender, participar y co-crear soluciones. Las marcas que apuestan por espacios colaborativos y formativos logran conectar mejor con ellos.
Los programas de voluntariado, incubadoras de impacto o concursos de innovación social son excelentes formas de involucrarlos. Además, escuchar sus ideas e integrarlas a los procesos internos permite enriquecer los proyectos y hacerlos más relevantes.
Al incluir a la Gen Z en el diseño de la estrategia de RSE, las marcas no solo ganan aliados, también obtienen insights frescos, innovadores y profundamente alineados con las nuevas demandas sociales. La co-creación no es una tendencia, es el nuevo estándar.
Medición y transparencia: rendir cuentas como forma de respeto
La Gen Z no se deja impresionar fácilmente. Quiere datos, quiere pruebas. Por eso, para conectar la RSE con la Gen Z es fundamental medir el impacto y comunicarlo de forma clara, accesible y comprensible.
Reportes amigables, infografías o dashboards interactivos son herramientas ideales para mostrar avances y desafíos. Pero lo más importante es que la información no se use para maquillar la realidad, sino para abrir conversaciones honestas sobre lo que falta por hacer.
La transparencia no solo construye confianza, también impulsa mejoras continuas. Al rendir cuentas de manera pública y clara, las marcas demuestran respeto por su audiencia y su compromiso con la mejora constante. Y ese es un mensaje que la Gen Z valora profundamente.
Conectar la RSE con la Gen Z es una oportunidad única para transformar la relación entre marcas y sociedad. Esta generación busca autenticidad, impacto, participación y coherencia. Las empresas que entiendan estas expectativas no solo mejorarán su reputación, sino que serán parte activa en la construcción de un mundo más justo.
Esta conexión no se logra con fórmulas prefabricadas, sino con compromiso genuino y apertura al cambio. En un entorno en el que la responsabilidad social ya no es una ventaja, sino un mínimo esperado, quienes logren conectar la RSE con la Gen Z estarán liderando el camino hacia una nueva cultura corporativa.
En un entorno digital cada vez más moldeado por la inteligencia artificial (IA), emergen nuevas preguntas sobre los límites éticos del desarrollo tecnológico. Lo que comenzó como una herramienta para mejorar la experiencia del usuario ha evolucionado hacia sistemas capaces de generar contenido hiperpersonalizado que no solo entretiene, sino que engancha.
Las plataformas digitales utilizan algoritmos con IA que refinan constantemente sus técnicas para prolongar la permanencia de las personas en línea. El problema no radica en su capacidad, sino en cómo esta se emplea: generando hábitos compulsivos, afectando la salud mental y desplazando formas sanas de socialización, especialmente entre jóvenes, de acuerdo con Forbes.
Algoritmos con IA: ¿inteligencia al servicio del control?
Los algoritmos con IA ya no se limitan a mostrar recomendaciones: ahora predicen, seducen y manipulan. Su precisión para ofrecer contenido ajustado a nuestros gustos en tiempo real hace que la navegación en redes sociales o plataformas de video se vuelva casi hipnótica. Esta “eficiencia” tiene un precio: la autonomía del usuario.
El scroll infinito y la reproducción automática son mecanismos diseñados para que el tiempo de conexión nunca termine. Bajo una apariencia inofensiva, estos patrones adictivos alimentan un ciclo en el que el usuario pierde noción del tiempo y pospone actividades esenciales como el descanso o el contacto interpersonal.
Especialistas advierten que la frontera entre personalización y manipulación se está desdibujando. El uso de algoritmos con IA sin regulaciones claras podría reforzar modelos económicos que privilegian la captación de atención por encima del bienestar de las personas.
Jóvenes en riesgo: el blanco más vulnerable
La franja de edad entre los 12 y los 21 años es la más impactada por estos entornos digitales diseñados para ser adictivos. Los algoritmos con IA generan realidades a medida, lo que da a los adolescentes la falsa sensación de control. En realidad, son estos sistemas los que controlan lo que ven, sienten y comparten.
Como señala el experto Sergio Rodríguez, estos patrones no solo capturan tiempo, sino también emociones. El temor a perderse algo (FOMO, por sus siglas en inglés), la constante necesidad de validar experiencias en línea y la disminución de actividades físicas están configurando una generación con menos recursos emocionales para gestionar la frustración y el aislamiento.
La responsabilidad social implica visibilizar estos riesgos y exigir una respuesta estructural. Si como sociedad queremos proteger a nuestros jóvenes, debemos revisar el papel de las plataformas tecnológicas y la intencionalidad con la que sus algoritmos con IA son programados.
Salud mental y derechos digitales: una nueva intersección
Cada vez hay más investigaciones que vinculan el uso de algoritmos con IA con problemas de salud mental, especialmente en menores. Ansiedad, estrés, alteraciones del sueño y deterioro de las relaciones sociales son algunas de las consecuencias de pasar horas frente a contenidos diseñados para no soltar al espectador.
La Agencia Española de Protección de Datos advierte sobre las implicaciones éticas y legales de estos patrones. La recopilación masiva de datos personales se entrelaza con prácticas de diseño engañosas, generando un ecosistema digital que vulnera derechos fundamentales.
Frente a esta realidad, los marcos de protección deben evolucionar. Las organizaciones y gobiernos que promueven la responsabilidad social deben incluir la defensa del bienestar digital como una prioridad en sus agendas.
¿Tecnología responsable o capitalismo de vigilancia?
Las compañías tecnológicas que desarrollan estos sistemas argumentan que responden a la demanda de los usuarios. Sin embargo, la arquitectura misma de las plataformas está pensada para crear dependencia. Aquí, los algoritmos con IA se convierten en herramientas de explotación emocional.
Más que decisiones espontáneas, muchas de nuestras interacciones digitales son inducidas. Desde desbloquear el teléfono de forma automática hasta pasar horas viendo videos sin planificación, los hábitos se programan, no se eligen.
Una ética de la innovación debe cuestionar no solo lo que la tecnología puede hacer, sino lo que debería hacer. El enfoque centrado en el usuario exige repensar la relación entre las corporaciones tecnológicas, los derechos humanos y la salud pública.
La urgencia de una regulación con perspectiva social
El debate sobre regular la inteligencia artificial ya no es teórico. Ante el perfeccionamiento de los algoritmos con IA, es urgente contar con leyes que frenen la explotación de la atención humana. La regulación no debe inhibir la innovación, sino canalizarla hacia fines que prioricen el bienestar colectivo.
Esto implica, entre otras cosas, la obligación de transparencia algorítmica, límites en la personalización de contenidos para menores y la prohibición de patrones de diseño adictivo. La regulación, además, debe contemplar la participación de diversos sectores: desde la academia hasta las organizaciones de la sociedad civil.
Una IA verdaderamente responsable se construye con principios de equidad, justicia digital y corresponsabilidad. El rol de la responsabilidad social empresarial es fundamental para establecer estos estándares desde dentro del ecosistema tecnológico.
Los algoritmos con IA están redefiniendo la manera en que nos relacionamos con el mundo digital, y con ello, están transformando nuestras vidas en niveles profundos. No podemos permitir que esta revolución tecnológica avance sin considerar sus implicaciones éticas, sociales y emocionales.
La responsabilidad social exige ir más allá del discurso corporativo y asumir un compromiso con el diseño de tecnologías al servicio del ser humano, no de sus debilidades. Regular no es censurar, es garantizar un desarrollo justo y sostenible.
La pregunta no es si debemos actuar, sino cuánto más podemos postergar una regulación que proteja lo más valioso que tenemos: nuestra atención, nuestra salud mental y nuestra capacidad de decidir.
La sostenibilidad ya no es solo una conversación sobre procesos y materiales: también se trata de cómo se ve, se siente y se comunica. En un mundo sobresaturado de información visual, el diseño se convierte en un aliado crucial para traducir compromisos ambientales y sociales en experiencias que inspiren acción. La estética de lo sostenible surge como una nueva narrativa donde la forma también es fondo.
Hoy, los consumidores esperan que las marcas no solo sean responsables, sino también atractivas, accesibles y coherentes con sus valores. Desde el empaque de un producto hasta el diseño de un espacio, la sostenibilidad entra por los ojos. Este concepto de estética de lo sostenible nos invita a repensar el papel del diseño como vehículo de transformación y conciencia. Aquí exploramos por qué importa tanto.
La estética de lo sostenible: más que una moda visual
Hablar de la estética de lo sostenible es reconocer que el diseño tiene el poder de amplificar el mensaje de la sostenibilidad. Un empaque biodegradable pero mal diseñado puede pasar desapercibido; en cambio, un producto que comunica sus valores de forma visualmente atractiva logra conectar y generar impacto. La forma puede ser tan poderosa como el fondo.
Además, el diseño consciente permite visibilizar procesos invisibles, como el origen ético de un material o la trazabilidad de una cadena de suministro. Cuando estas ideas se incorporan al diseño, se construye una narrativa honesta que el consumidor puede ver y entender fácilmente. La estética no solo adorna, sino que informa y educa.
Este enfoque ha dejado de ser un lujo para convertirse en una herramienta estratégica. Ya no basta con “hacer lo correcto”; es necesario mostrarlo con inteligencia visual. Las marcas que entienden esto están liderando una nueva era donde ética y estética convergen para transformar industrias completas.
Diseño circular: cuando la forma sigue al propósito
El diseño circular es uno de los pilares de la estética de lo sostenible. Aquí, cada decisión estética responde a una lógica de uso prolongado, reciclabilidad y bajo impacto ambiental. Se trata de evitar lo superfluo y apostar por la funcionalidad con belleza duradera.
Este tipo de diseño privilegia materiales renovables, estructuras modulares y una estética que no depende de tendencias pasajeras. El objetivo es generar menos residuos y más valor a largo plazo. Las decisiones de forma, color y textura no son arbitrarias, sino resultado de un pensamiento sistémico.
La estética, en este contexto, no es un fin en sí mismo, sino una expresión visual del compromiso ambiental. Desde muebles hasta moda, cada detalle comunica una visión donde lo bello y lo sostenible van de la mano, dando lugar a productos que envejecen con gracia y sentido.
Sostenibilidad visible: el poder de los materiales
La elección de materiales sostenibles es otro aspecto esencial de la estética de lo sostenible. Maderas certificadas, textiles reciclados, pigmentos naturales o bioplásticos pueden contar historias sin necesidad de palabras. El material mismo se convierte en mensaje.
Cuando el diseño permite que los materiales hablen, se establece una conexión emocional con el usuario. La autenticidad se percibe, y con ella se fortalece la confianza. El consumidor siente que está eligiendo algo con propósito, no solo con apariencia.
Esta honestidad visual rompe con la lógica del greenwashing. Una buena estética sostenible no disfraza, revela. Hace visible lo que está detrás de cada producto o experiencia, y al hacerlo, educa e inspira a una nueva forma de consumir y relacionarse con el entorno.
Espacios que inspiran: la sostenibilidad como experiencia sensorial
La estética de lo sostenible también se vive en los espacios físicos. Desde oficinas verdes hasta tiendas de bajo impacto, el diseño de ambientes sostenibles puede transformar comportamientos. La iluminación natural, los materiales orgánicos y el mobiliario funcional crean atmósferas que invitan a vivir con conciencia.
No se trata solo de estética superficial, sino de provocar sensaciones que conecten al usuario con los valores del lugar. Un espacio bien diseñado puede fomentar la colaboración, la calma, o incluso el deseo de adoptar prácticas más responsables. El entorno influye, y mucho.
Arquitectos y diseñadores están integrando principios de sostenibilidad sin sacrificar belleza. Al contrario: la estética de lo sostenible se convierte en un lenguaje de armonía con la naturaleza, que ofrece bienestar y coherencia entre lo que se ve y lo que se vive.
Marcas coherentes: identidad visual con valores reales
Las marcas que entienden la estética de lo sostenible la aplican desde su logotipo hasta su empaque, pasando por sus redes sociales y puntos de venta. Cada elemento visual debe reflejar los principios que la empresa promueve, generando así una identidad creíble y coherente.
El diseño es una forma de rendición de cuentas: si lo que comunicas visualmente no se alinea con tus acciones, el usuario lo notará. Por eso, la estética responsable se construye con sinceridad, evitando artificios y priorizando la transparencia visual.
Al lograr esa coherencia estética-ética, las marcas pueden diferenciarse y construir relaciones más profundas con sus audiencias. No solo venden productos o servicios, sino también una visión del mundo. Y eso, cuando se diseña bien, puede ser transformador.
Educación visual: una herramienta para el cambio cultural
La estética de lo sostenible no solo cambia productos o espacios, también puede influir en las culturas de consumo. A través del diseño, se pueden normalizar prácticas como el reuso, la compostabilidad o la economía circular, haciendo que lo responsable se vea atractivo.
Las campañas de comunicación que integran diseño y sostenibilidad de forma efectiva tienen mayor impacto. No se trata de manipular, sino de inspirar. Mostrar lo posible de una forma deseable. Hacer del cambio algo aspiracional, no sacrificial.
Educar visualmente es sembrar semillas de transformación cultural. Cuando lo sostenible se vuelve deseable a nivel visual, social y emocional, estamos frente a un verdadero cambio de paradigma. El diseño se vuelve una herramienta pedagógica poderosa.
La estética de lo sostenible nos recuerda que la forma no está peleada con el fondo, y que la belleza puede ser una poderosa aliada del impacto social y ambiental. Hoy más que nunca, el diseño debe tener conciencia, intención y propósito. El reto está en conjugar creatividad con responsabilidad.
Para lograrlo, es necesario formar equipos interdisciplinarios que trabajen de la mano: diseñadores, comunicadores, responsables de sostenibilidad y consumidores. Solo así podremos construir un futuro donde lo que es bueno para el planeta también lo sea para los sentidos. Y donde cada elección estética sea, también, una declaración de principios.
En un mundo donde las empresas son cada vez más visibles y evaluadas no solo por lo que hacen, sino también por lo que no dicen, el silencio corporativo ha cobrado una relevancia ineludible. A diferencia de la discreción estratégica, este tipo de silencio puede interpretarse como complicidad, indiferencia o incluso negligencia ante temas sociales, ambientales o éticos de gran peso. Entonces, ¿qué es el silencio corporativo y por qué debe preocuparnos?
Esta práctica no solo afecta la reputación empresarial, sino que puede tener consecuencias concretas en la confianza de sus grupos de interés. Frente a crisis sociales o medioambientales, el mutismo de una organización puede ser tan ruidoso como una declaración mal planteada. Entender qué es el silencio corporativo es esencial para cualquier empresa que aspire a ser coherente, ética y socialmente responsable.
¿Qué es el silencio corporativo y cómo se manifiesta?
El silencio corporativo se refiere a la ausencia deliberada o involuntaria de comunicación por parte de una empresa frente a eventos o problemáticas relevantes para la sociedad. No se trata de una omisión casual, sino de una decisión –explícita o tácita– de no posicionarse. Esta conducta es particularmente evidente durante controversias sociales, violaciones a derechos humanos o crisis ambientales.
Muchas veces, las empresas temen que al hablar se expongan a críticas o se malinterpreten sus mensajes, lo cual las lleva a optar por no decir nada. Sin embargo, esta falta de postura puede ser interpretada como indiferencia o incluso complicidad, especialmente cuando se trata de temas que afectan directamente a sus grupos de interés. Por ello, entender qué es el silencio corporativo implica reconocer sus múltiples formas y contextos.
Desde comunicados que nunca se publican hasta la falta de presencia en discusiones clave, el silencio corporativo se instala como una elección con implicaciones éticas. A diferencia de la prudencia comunicativa, aquí hay una falta de responsabilidad activa frente a los valores que la empresa dice defender.
Riesgos reputacionales de no hablar
Las marcas ya no pueden esconderse tras muros de silencio sin enfrentar consecuencias. El silencio corporativo pone en juego la percepción pública de autenticidad y compromiso, dos atributos clave en tiempos donde la reputación es un activo intangible con valor real. Las personas esperan coherencia entre lo que las empresas dicen y hacen.
Ignorar un tema social o no pronunciarse ante una injusticia puede desencadenar reacciones negativas entre consumidores, inversionistas y hasta colaboradores. Una marca silenciosa puede ser tachada de oportunista, insensible o desconectada de la realidad. En algunos casos, el silencio corporativo es el detonante de crisis mayores que una postura clara y empática podría haber prevenido.
Por ello, las empresas deben analizar cuándo hablar y cómo hacerlo, entendiendo que en muchas ocasiones, no pronunciarse no es una opción neutral, sino una decisión que comunica por sí misma. El qué es el silencio corporativo también se define por sus consecuencias más allá de la intención.
¿Neutralidad o irresponsabilidad?
Algunas organizaciones se escudan en la “neutralidad” para justificar su silencio. Sin embargo, en temas como el racismo, la equidad de género, el cambio climático o los derechos humanos, ser neutral puede interpretarse como una postura cómplice. No posicionarse es, en realidad, una forma de posicionarse.
En una sociedad cada vez más conectada, las personas exigen claridad y valentía moral de las marcas. Una empresa que no se pronuncia sobre temas cruciales corre el riesgo de perder relevancia y credibilidad. La responsabilidad social implica actuar, pero también comunicar de forma honesta y coherente.
Por lo tanto, entender qué es el silencio corporativo también requiere explorar cómo la omisión de voz en cuestiones sensibles termina perpetuando desigualdades o injusticias. No se trata de opinar sobre todo, sino de saber cuándo y cómo hablar de lo que realmente importa.
El rol del liderazgo ante el silencio corporativo
El liderazgo corporativo tiene un papel fundamental en romper o perpetuar el silencio. Cuando los altos mandos optan por callar ante situaciones críticas, envían un mensaje implícito a toda la organización sobre lo que es prioritario —o no—. Así, el silencio se institucionaliza.
Por el contrario, líderes con conciencia social entienden que su voz tiene poder transformador. Ellos impulsan culturas empresariales donde el diálogo y la responsabilidad son pilares del actuar diario. Un liderazgo que reconoce qué es el silencio corporativo puede ser clave para fomentar empresas valientes y empáticas.
El compromiso de los líderes con la transparencia, la escucha activa y la coherencia es vital. No basta con tener políticas de RSE en papel si no hay una voluntad real de ponerlas en práctica también desde la comunicación.
¿Cómo evitar caer en el silencio corporativo?
Evitar el silencio corporativo comienza por desarrollar una política de comunicación ética, alineada con los valores de la empresa. Esta política debe contemplar una guía clara sobre cómo responder a temas sociales, políticos o medioambientales que afectan directa o indirectamente a la organización o sus grupos de interés.
Capacitar a los equipos de comunicación y liderazgo en temas de diversidad, derechos humanos y sostenibilidad es otro paso fundamental. Así, se aseguran de contar con herramientas para actuar con sensibilidad y criterio frente a situaciones complejas. Saber qué es el silencio corporativo también implica prepararse para evitarlo.
Además, las empresas deben fomentar la escucha activa: mantenerse conectadas con las preocupaciones de sus audiencias, especialmente de aquellas comunidades con las que tienen vínculos. Una comunicación responsable no es reactiva, sino preventiva y consciente.
Casos emblemáticos que enseñan con su silencio
Existen numerosos ejemplos de empresas que, al guardar silencio en momentos clave, enfrentaron crisis reputacionales difíciles de revertir. Desde marcas que no se posicionaron frente a movimientos sociales como #MeToo o Black Lives Matter, hasta compañías que evitaron hablar del impacto ambiental de sus operaciones, el costo del silencio ha sido evidente.
En algunos casos, el silencio corporativo provocó boicots, pérdida de clientes y desconfianza prolongada. Por otro lado, hay marcas que han sabido aprender de esos errores, adoptando posturas más proactivas y auténticas. Comprender qué es el silencio corporativo permite también analizar estas experiencias con un enfoque crítico.
Los casos más significativos muestran que hablar a tiempo —con empatía, claridad y compromiso— puede convertirse en una ventaja competitiva. No es solo cuestión de reputación: se trata de construir una cultura empresarial verdaderamente alineada con los valores que se promueven.
Hablar como acto de responsabilidad
El silencio corporativo es mucho más que una ausencia de palabras: es una declaración que, en contextos sensibles, puede ser leída como falta de empatía, compromiso o ética. Entender qué es el silencio corporativo es fundamental para las empresas que desean ser actores de cambio y no simples espectadores del entorno.
En una era donde la sociedad exige coherencia y participación, la comunicación responsable se convierte en un pilar de la sostenibilidad empresarial. Hablar en el momento justo, con la intención adecuada y desde la verdad, es hoy uno de los mayores actos de responsabilidad corporativa. Porque callar ya no es una opción.
Cinco años después del asesinato de George Floyd, las iniciativas de diversidad, equidad e inclusión (DEI) se han convertido en terreno minado para muchas organizaciones, sobre todo en Estados Unidos y el Reino Unido. Ante el embate político y mediático de sectores conservadores, algunas empresas han optado por reconfigurar su narrativa, integrando los principios DEI en términos más neutrales como “cultura”, “bienestar” o “pertenencia”.
Este cambio, más que una retirada, es una estrategia de supervivencia. Si bien los nombres cambian, la intención subyacente de generar entornos laborales más justos y equitativos persiste. Expertos advierten que esta transformación no necesariamente representa un retroceso, pero sí refleja los desafíos actuales que enfrentan las iniciativas DEI en 2025 frente a la polarización ideológica, de acuerdo con The Guardian.
La reinvención semántica de las iniciativas DEI en 2025
Ante la creciente presión política, muchas empresas han optado por “rebautizar” sus estrategias de inclusión. Según Paul Sesay, en lugar de jefaturas de DEI, hoy se promueven roles como “jefes de cultura” o “de bienestar”. Este giro discursivo busca eludir la carga ideológica que el término DEI ha adquirido en ciertos contextos.
Lo relevante es que esta reinvención no significa la eliminación del fondo. Al contrario, muchas compañías siguen trabajando en prácticas inclusivas, aunque ahora bajo etiquetas que no despierten controversia. Las iniciativas DEI en 2025 se están camuflando, pero no desapareciendo.
Este movimiento recuerda que la responsabilidad social empresarial debe adaptarse a los entornos políticos y sociales. La forma cambia, pero la misión de impulsar entornos laborales más justos continúa en pie.
La presión de la derecha y su impacto en la narrativa corporativa
La reacción conservadora en EE. UU. y Reino Unido ha generado un efecto paralizante en múltiples sectores. El resurgimiento de discursos políticos que deslegitiman los programas de equidad ha llevado a algunas empresas a reducir compromisos o silenciar sus logros en inclusión.
Organizaciones como Reboot han documentado cómo la hostilidad hacia la DEI ha generado miedo entre los empleados pertenecientes a minorías étnicas. La autocensura se ha instalado en algunos entornos laborales, erosionando la confianza y afectando el bienestar.
Aun así, el miedo no ha paralizado del todo a las organizaciones. En muchos casos, los cambios en las iniciativas DEI en 2025 son parte de una respuesta estratégica para seguir avanzando sin exponerse innecesariamente a riesgos reputacionales o políticos.
🇺🇸 | LO ÚLTIMO
McDonald’s elimina metas de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI) tras el fallo de la Corte Suprema contra la acción afirmativa. La empresa asegura que seguirá promoviendo un ambiente inclusivo pese al cambio. — AP pic.twitter.com/4kp0hdvatH
Más allá de la etiqueta: inclusión como estrategia de negocio
Aunque los nombres cambien, las razones para invertir en inclusión siguen siendo sólidas. Desde una perspectiva empresarial, la diversidad es un factor comprobado de innovación, retención de talento y competitividad. Empresas como Co-op y la Law Society han redoblado su compromiso con estos valores pese al entorno adverso.
Expertos en derecho laboral advierten que eliminar formalmente las políticas DEI podría aumentar el riesgo legal por discriminación. En este sentido, mantener estructuras inclusivas no solo es éticamente deseable, sino estratégicamente necesario.
Las iniciativas DEI en 2025 están transitando hacia una dimensión más transversal, donde la inclusión no es una unidad aislada, sino parte integral de la cultura organizacional.
Resistencia silenciosa y resiliencia institucional
Si bien algunas empresas han optado por la discreción, otras han encontrado formas creativas de sostener el trabajo DEI. En lugar de campañas visibles, muchas optan por acciones internas sólidas, programas de mentoría, y estructuras de reclutamiento más equitativas.
El apoyo de los empleados también ha sido clave. En Reino Unido, el rechazo a los retrocesos promovidos por la agenda trumpista ha despertado voces internas que presionan a los líderes para no ceder ante la regresión.
Así, las iniciativas DEI en 2025 se están consolidando bajo modelos más resilientes, menos dependientes de etiquetas y más enraizados en la práctica cotidiana del liderazgo y la gestión del talento.
El riesgo de retroceder: entre la política y la meritocracia
Eliminar las estructuras DEI con el argumento de que todos deben competir en igualdad de condiciones ignora siglos de desigualdad estructural. La verdadera meritocracia solo es posible cuando existen mecanismos que nivelen el punto de partida.
Zahoor Ahmad lo resume con claridad: sin políticas que atiendan las desigualdades, la supuesta igualdad de oportunidades es solo una ilusión. Desmantelar la DEI sería, en muchos sentidos, borrar décadas de avance.
Por ello, las iniciativas DEI en 2025 no solo siguen siendo necesarias, sino que requieren defensores más conscientes y comprometidos, capaces de argumentar su valor en contextos desafiantes.
En un escenario marcado por la polarización, las empresas enfrentan el dilema de mantener sus valores frente a la presión externa. Las iniciativas DEI en 2025 representan un punto de inflexión: ya no basta con anunciar compromisos, es tiempo de demostrar resiliencia, adaptabilidad y profundidad estratégica.
La transformación del lenguaje corporativo no debe confundirse con renuncia. Más bien, señala una evolución hacia formas más inteligentes y sostenibles de promover la inclusión. En este nuevo contexto, los profesionales de la responsabilidad social tienen la tarea de seguir impulsando estos cambios con una mirada crítica, ética y profundamente humana.
En el corazón de la revolución digital que protagoniza la Inteligencia Artificial (IA) hay un conflicto ético que no puede ignorarse: el uso de obras protegidas sin consentimiento. Mientras artistas y creativos exigen que se respeten sus derechos, las grandes empresas tecnológicas insisten en que pedir autorización sería inviable. Esta tensión no solo expone una fractura legal, sino también una crisis de valores en la economía del conocimiento.
Según un artículo de Expansión, Nick Clegg, exjefe de asuntos globales de Meta, avivó el debate al asegurar que respetar los derechos de autor en la IA sería “inverosímil” y pondría en jaque a toda la industria. La declaración, realizada en medio de la presentación de su libro, revela un conflicto global: el equilibrio entre innovación y justicia para quienes generan los contenidos que alimentan los algoritmos. En este contexto, la responsabilidad social de las empresas cobra un nuevo protagonismo.
El uso de contenido sin consentimiento y su implicación ética
El entrenamiento de los modelos de IA requiere ingentes cantidades de datos, muchos de ellos protegidos por derechos de autor. Para Clegg, consultar con cada creador antes de usar su obra sería impracticable. Sin embargo, para los artistas y activistas de propiedad intelectual, no hacerlo representa una violación a sus derechos fundamentales.
Respetar los derechos de autor en la IA no solo es una exigencia legal, sino también ética. Los algoritmos no son entidades autónomas; son producto del trabajo humano, de voces y talentos que merecen reconocimiento y protección. Ignorar esto pone en entredicho la legitimidad de la IA como herramienta de transformación social.
Forcing AI companies to ask for permission before scraping one's content for AI training would "kill the industry," says Meta's former Vice President, Nick Clegg.
Desde una perspectiva de responsabilidad social, las empresas tecnológicas deben replantear su papel. ¿Es aceptable avanzar sin asegurar que los derechos de terceros estén protegidos? ¿Qué tipo de innovación estamos fomentando si parte del principio de despojar sin permiso?
El Parlamento británico y una decisión controversial
La discusión en Reino Unido es un ejemplo claro de la tensión entre desarrollo económico y protección de derechos. Aunque figuras como Paul McCartney, Elton John y Dua Lipa respaldaron una legislación que exige transparencia en el uso de obras con copyright, el Parlamento británico la rechazó.
El argumento fue que la economía necesita tanto al sector creativo como al tecnológico. Pero este razonamiento minimiza la importancia de respetar los derechos de autor en la IA, como si el crecimiento solo fuera posible al margen de la legalidad y la ética. Esta visión utilitarista pone en riesgo la sostenibilidad del ecosistema cultural.
Dejar fuera a los creadores del proceso de innovación no solo es una injusticia, sino una contradicción. ¿Cómo puede prosperar una industria que depende de los aportes de otros, si no garantiza la compensación y el consentimiento de quienes aportan ese valor?
El precedente legal que marca The New York Times
En Estados Unidos, The New York Times presentó una demanda contra OpenAI y Microsoft por usar contenido protegido para entrenar modelos sin autorización. Aunque las empresas buscaron desestimar el caso, un juez federal permitió que continuara, sentando un precedente clave.
Este juicio abre la puerta a nuevas interpretaciones jurídicas sobre los derechos de autor en la IA y podría tener repercusiones globales. En un escenario donde cada vez más sectores dependen de la IA, definir qué constituye uso legítimo de contenido es esencial para garantizar un ecosistema justo.
Más allá del litigio, esta acción representa un acto de responsabilidad social empresarial desde el periodismo. Reivindicar el valor del contenido como propiedad intelectual es también defender la pluralidad, la libertad de expresión y la democracia.
Mientras las discusiones avanzan en otras regiones, en Latinoamérica aún no se ha definido una postura clara. Según Juan Pablo Granda, director de Lemontech, la región tiene la oportunidad de crear un enfoque propio que combine innovación con protección de derechos.
Aunque los gobiernos no han sido especialmente activos, las empresas podrían asumir un rol de liderazgo. Casos como Mercado Libre muestran cómo es posible impulsar buenas prácticas en torno a la IA desde el sector privado, con una visión de largo plazo y compromiso social.
Si se aspira a una regulación regional, será indispensable colocar los derechos de autor en la IA en el centro del debate. Solo así será posible construir un marco normativo que no excluya a quienes crean el contenido, sino que los reconozca como actores clave del ecosistema digital.
Hacia una innovación responsable y con propósito
La IA puede representar una herramienta poderosa para el desarrollo, pero solo si su crecimiento se alinea con principios de equidad y justicia. Las declaraciones de ejecutivos como Clegg revelan un modelo de innovación que prioriza la escala sobre la ética.
Aceptar que respetar los derechos de autor en la IA es inviable, implica renunciar a construir una tecnología verdaderamente humana. Es aquí donde la responsabilidad social corporativa debe actuar como brújula ética: no se trata solo de lo que se puede hacer, sino de lo que se debe hacer.
Las empresas no pueden seguir avanzando sin atender las demandas legítimas de quienes nutren sus sistemas. No se trata de frenar el progreso, sino de redirigirlo hacia un camino más justo, inclusivo y transparente.
¿Progreso a cualquier costo?
La innovación tecnológica no debe ir en contra de los principios fundamentales de respeto, justicia y transparencia. La tensión entre los derechos de los creadores y las ambiciones del sector tecnológico exige un debate profundo y urgente.
Respetar los derechos de autor en la IA no es una traba, sino una oportunidad para redefinir la relación entre la tecnología y la humanidad. El reto está en construir una inteligencia artificial que, además de eficiente, sea ética y sostenible.
Solo con voluntad política, conciencia social y compromiso empresarial, podremos asegurarnos de que el futuro digital no excluya a quienes hacen posible su existencia: los creadores.
En un nuevo llamado de atención para la industria alimentaria, la organización El Poder del Consumidor (EPC) encendió las alertas sobre las galletas Saladitas Gamesa, tras identificar la presencia de un aditivo con potencial cancerígeno. A través de su ya conocido análisis nutrimental, EPC reveló una serie de elementos preocupantes en este producto ampliamente distribuido y consumido en México.
De acuerdo con un artículo de Aristegui Noticias, más allá de su aparente inocuidad, Saladitas Gamesa contiene altos niveles de sodio y calorías, así como ingredientes asociados con efectos adversos a largo plazo en la salud. Este caso se suma a la creciente preocupación sobre la responsabilidad que tienen las marcas frente al bienestar de las y los consumidores, así como sobre la transparencia en el etiquetado y la composición de los alimentos ultraprocesados.
Radiografía crítica a las Saladitas Gamesa
El análisis nutrimental de EPC señala que una porción individual de seis Saladitas Gamesa contiene 49 calorías y 184 miligramos de sodio, cifras que, aunque aparentan ser moderadas, escalan significativamente al observar la densidad del producto por cada 100 gramos. En esta proporción, se identifican 409 calorías y 1,529 mg de sodio, rebasando con creces los límites establecidos por la Norma Oficial Mexicana NOM-051.
Estas cifras explican por qué el producto porta los sellos de advertencia EXCESO DE CALORÍAS y EXCESO DE SODIO, etiquetas que buscan alertar a la población sobre los riesgos para la salud. La presencia cotidiana de estos productos en contextos como escuelas, oficinas y hogares genera una exposición constante a ingredientes de bajo valor nutricional y alto potencial nocivo.
La organización señala que este tipo de productos ultraprocesados se han normalizado en la dieta diaria, pese a estar compuestos por harinas refinadas, grasas vegetales, saborizantes artificiales y jarabe de maíz de alta fructosa, elementos que refuerzan su vínculo con enfermedades metabólicas, cardiovasculares y otras afecciones crónicas.
🧐⚠️Las Saladitas Gamesa parecen inofensivas, pero contienen jarabe de maíz de alta fructosa, harinas refinadas y TBHQ, un aditivo relacionado con daños al hígado y mayor riesgo de cáncer.
— Poder del Consumidor (@elpoderdelc) May 16, 2025
TBHQ: un aditivo en el centro de la controversia
Uno de los puntos más preocupantes del análisis es la inclusión del aditivo TBHQ (terc-butilhidroquinona), un conservador sintético que ha sido objeto de múltiples estudios científicos. En pruebas con animales, el TBHQ ha mostrado relación con alteraciones hepáticas, mutaciones celulares, afectaciones reproductivas y desarrollo de tumores, incluso a dosis bajas.
Aunque este ingrediente está permitido en diversas regulaciones internacionales, su potencial riesgo ha llevado a organizaciones de salud a demandar una mayor vigilancia. Su uso en productos como Saladitas Gamesa evidencia la necesidad urgente de actualizar los marcos normativos en México para garantizar mayor seguridad y transparencia alimentaria.
La situación obliga a reflexionar sobre la ética empresarial en el uso de aditivos cuestionables, especialmente cuando estos se integran a productos de consumo masivo. La responsabilidad social corporativa debe incluir no solo el cumplimiento normativo, sino una apuesta real por la salud pública y el desarrollo de productos más seguros.
Etiquetado y percepción pública: una brecha preocupante
A pesar de portar los sellos de advertencia, muchos consumidores siguen considerando a las Saladitas Gamesa como un alimento “ligero” o “inofensivo”. Esta percepción errónea demuestra que el etiquetado frontal, si bien útil, no es suficiente para generar conciencia sobre los riesgos de los ultraprocesados.
El desafío es doble: por un lado, lograr que las empresas asuman un rol más activo en informar de manera clara y honesta; por el otro, reforzar campañas educativas desde la sociedad civil y el sector público. La responsabilidad social debe ampliarse hacia una comunicación responsable, basada en ciencia y en un genuino interés por el bienestar colectivo.
La brecha entre la información técnica y la percepción social demuestra que aún hay mucho por hacer en materia de educación alimentaria. Saladitas Gamesa, como producto icónico en la despensa mexicana, tiene un papel clave en esa transformación cultural hacia una alimentación más informada y crítica.
🍞 El 70% de las calorías de las Saladitas Gamesa viene de harina refinada, el 22% de grasas, y el 2.5% de azúcar añadida.
— Poder del Consumidor (@elpoderdelc) May 15, 2025
Impacto en salud pública: lo cotidiano como riesgo
El consumo frecuente de productos como Saladitas Gamesa tiene un impacto directo en la salud pública, especialmente por su presencia en entornos cotidianos. EPC advierte que estos productos contribuyen al desarrollo de enfermedades como hipertensión, obesidad y diabetes tipo 2, condiciones que afectan a millones de personas en el país.
En niños, el panorama es aún más preocupante: el consumo de un solo paquete equivale al 12.6% del límite diario de sodio recomendado por la Organización Mundial de la Salud. Esto pone en evidencia cómo incluso pequeñas porciones pueden representar un riesgo significativo cuando se repiten con regularidad.
El caso de Saladitas Gamesa debe servir como un punto de inflexión para cuestionar el rol de las empresas en el diseño de productos seguros, así como para impulsar políticas públicas que protejan efectivamente a los sectores más vulnerables ante las prácticas de la industria alimentaria.
Responsabilidad empresarial: entre el marketing y la ética
La amplia comercialización de Saladitas Gamesa ha ido de la mano de estrategias de marketing que promueven el producto como práctico y saludable. Sin embargo, la realidad de sus ingredientes y composición obliga a repensar el papel de la industria en la protección del derecho a una alimentación saludable.
La responsabilidad social empresarial no puede limitarse a campañas publicitarias o donaciones esporádicas. Debe traducirse en decisiones concretas como la reformulación de productos, eliminación de aditivos riesgosos y mejoras sustanciales en la calidad nutrimental.
La confianza del consumidor es un activo reputacional invaluable. Si las marcas no se comprometen con la salud de quienes consumen sus productos, están minando su propia legitimidad. El caso de Saladitas Gamesa es una oportunidad para cambiar el rumbo y fortalecer el vínculo entre empresa y sociedad.
Lo que comenzó como un análisis técnico de un producto cotidiano ha revelado fallas profundas en la cadena de responsabilidad que debería unir a las empresas con la salud de las personas. El caso de Saladitas Gamesa refleja la urgencia de una industria alimentaria más ética, regulada e informada.
La sociedad civil ha hecho su parte al alzar la voz. Ahora, corresponde a las marcas y a los reguladores responder con acciones contundentes. Porque más allá del empaque y el sabor, lo que está en juego es la vida y el bienestar de millones de personas.
En México, miles de niñas y niños enfrentan condiciones de vida que comprometen su desarrollo integral. La falta de una familia, acceso a educación, salud, alimentación o entornos seguros impide que muchos ejerzan plenamente sus derechos de la infancia. Ante esta realidad, es vital impulsar apoyos que atiendan sus necesidades y generen oportunidades para su bienestar presente y futuro.
Proteger a la niñez es una necesidad compartida en la que todas y todos podemos contribuir. Las empresas, en particular, pueden desempeñar un papel clave al crear vínculos solidarios que promuevan entornos más equitativos para las infancias a través de sus estrategias de responsabilidad social empresarial (RSE).
Consciente de que elevar la calidad de vida de los menores es posible cuando la solidaridad y la acción se unen, Corporativo Kosmos ha emprendido una serie de iniciativas enfocadas en atender esta problemática, como es el caso del voluntariado a favor de la niñez que realizó en la Casa Hogar Amparo, donde colaboradoras y colaboradores de la empresa compartieron momentos entrañables.
Un voluntariado a favor de la niñez: Corporativo Kosmos
Corporativo Kosmos, a través de la Fundación Pablo Landsmanas (FPL), ha consolidado su apoyo a la niñez como una prioridad dentro de su estrategia de responsabilidad social. Por ello, a lo largo de los años, ha canalizado recursos en favor de menores en situación de riesgo mediante la entrega de insumos alimentarios, apoyos en salud y programas especiales. La constancia de estos esfuerzos revela su compromiso con mejorar el presente y el futuro de las infancias en México.
Uno de los espacios que ha recibido este respaldo recientemente es la Casa Hogar Amparo, una institución que ofrece un entorno seguro y amoroso a niñas en situación vulnerable. En ella, las menores acceden a educación, atención psicológica, acompañamiento y alimentación, lo que les permite desarrollarse en un entorno digno. Además, las madres que atienden este refugio promueven el bienestar emocional de las huéspedes a través de actividades recreativas, buscando proporcionarles una formación integral.
En apoyo a la misión de esta casa hogar, Corporativo Kosmos ha decidido solventar las necesidades nutricionales de las menores que residen allí mediante la donación de alimentos quincenales a través de su brazo social, la FPL. No obstante, esta vez la compañía buscó ir más allá del apoyo en especie, por lo que, con el profundo deseo de contribuir también al bienestar emocional de las niñas, organizó un voluntariado corporativo a través del cual llevó juegos de mesa y mucha diversión.
Una tarde de juegos, sonrisas y conexión
El voluntariado de Corporativo Kosmos en Casa Hogar Amparo se llevó a cabo con motivo del Día del Niño (30 de abril), una fecha significativa para recordar la importancia de proteger y celebrar la infancia. Durante la visita, las niñas recibieron juegos de mesa y compartieron dinámicas divertidas con los colaboradores. Fue una jornada emotiva y llena de energía positiva para ambas partes.
María de los Ángeles Martínez, asistente de la dirección ejecutiva de administración de Corporativo Kosmos, compartió su experiencia al asistir por primera vez a una actividad de este tipo:
“Me llevo haber convivido con las niñas, que se ven muy contentas. Compartir tiempo y una sonrisa con ellas fue valioso para mí, nos reímos mucho, el tiempo voló. Rompimos la rutina y fue una experiencia muy bonita”.
María de los Ángeles Martínez, asistente de la dirección ejecutiva de administración.
Para María Elena Mijares Gómez, otra colaboradora de la organización, la vivencia fue igualmente significativa:
“Sentí que lo que hicimos marcó la diferencia. Aportar alegría y energía a los niños es muy satisfactorio. Muchas gracias al Corporativo Kosmos y a la Fundación Pablo Landsmanas por invitarnos, ojalá sigan haciendo este tipo de actividades porque se siente muy bonito son muy enriquecedoras”.
María Elena Mijares Gómez, colaboradora de Corporativo Kosmos.
Por su parte, María Victoriana García, integrante del patronato de Casa Hogar Amparo, reconoció el impacto emocional que este tipo de actividades tienen en la población a la que atienden: “El beneficio es social, las niñas se integran más, ven que existen personas haciendo el bien y eso les da esperanza. Se les abren las puertas a nuevas experiencias”. Su testimonio reafirma la importancia de acciones como esta que, aunque en apariencia resultan sencillas, pueden dejar un impacto profundo en los beneficiarios.
Más que un momento, un compromiso con las infancias
Este voluntariado a favor de la niñez no solo brindó un momento de alegría a las residentes de la casa hogar, sino que permitió crear lazos humanos y sembrar confianza en las niñas, que han atravesado situaciones difíciles. La presencia de personas dispuestas a escucharlas, jugar con ellas y regalarles tiempo genera un impacto emocional profundo y duradero en cada una de ellas.
“Yo creo que el tiempo tiene un valor enorme. Que las niñas se vayan a dormir con una sonrisa, al menos por hoy, ya es mucho”, compartió María Elena Mijares, colaboradora de la compañía. Su reflexión destaca lo valioso que es salir del entorno corporativo para contribuir desde lo humano, desde el cuidado.
Iniciativas como esta amplían la visión de la responsabilidad social empresarial, al mostrar que el voluntariado a favor de la niñez no es solo dar recursos: es también dar presencia, afecto y experiencias que fortalecen la salud emocional. Cuando las empresas se involucran de esta forma a las comunidades, crean un verdadero cambio.
Voluntariado de Corporativo Kosmos: el valor de estar presentes
El trabajo de Corporativo Kosmos a través de su brazo social, la FPL, va más allá del compromiso logístico, ya que la compañía no solo entrega alimentos de manera constante a esta casa hogar, sino que busca impactar también en el ámbito emocional y humano de las pequeñas huéspedes a las que apoya, como lo demuestra esta jornada de voluntariado.
Cada juego entregado, cada conversación sostenida, cada risa compartida se convierte en una semilla de esperanza para estas niñas que, como cualquier infante, necesitan entornos seguros, afectivos y enriquecedores. Esa es la esencia de un voluntariado a favor de la niñez bien planeado: nutrir el cuerpo, pero también el corazón.
Corporativo Kosmos reafirma que la responsabilidad social se construye con acciones que generan cercanía y bienestar. Con su ejemplo, invita a otras empresas a sumarse y a mirar la infancia con empatía, compromiso, pero, sobre todo, con acción.
AT&T México presentó su Informe de Sustentabilidad 2024, en el que se destaca su compromiso con generar conexiones que transforman vidas y redes que tejen historias que inspiran.
“En 2024, conectamos a más de 23 millones de personas y empresas directamente y millones más a través de nuestros clientes mayoristas. Además, alcanzamos los mejores resultados financieros más sólidos de nuestra historia y nos colocamos como el operador móvil con el crecimiento en ingresos y rentabilidad más rápido en América Latina”, expresó Mónica Aspe, Directora General de AT&T México. “Estos logros son el resultado de un gran equipo que vive nuestro propósito de conectar a más personas a mejores posibilidades, mediante acciones innovadoras que aprovechan todo el potencial de la conectividad y la tecnología para construir sociedades más prósperas y sostenibles”.
Estos son algunos de los datos más relevantes sobre el impacto de AT&T México durante 2024:
La empresa
23.6 millones de clientes (personas y empresas) y millones más a través de sus contratos mayoristas.
1.2 millones de nuevos usuarios.
+19.5% de crecimiento en EBITDA vs. 2023.
Más de 12 mil millones de dólares de inversión en México desde 2015.