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Deberes éticos y responsabilidad social

Por Víctor Guédez

Hablar de deberes y de responsabilidad pone sobre la mesa dos ideas medulares en el ámbito de la ética. Si presionamos mucho el asunto para establecer diferencias, encontraremos que la responsabilidad social es a las empresas, lo que los deberes éticos son a las personas. Hay una equivalencia que permite recordarnos que no puede haber responsabilidad social de las empresas independientemente de los deberes éticos de las personas que la conforman.

Para comprender el significado preciso de los deberes éticos, debemos previamente recorrer los distintos tipos de deberes. Con ello no sólo estableceremos diferencias esclarecedoras, sino también podremos delimitar y atender la verdadera esencia ética del concepto de deber.

Como se aprecia, existen cuatro tipos de deberes. Los deberes de aceptación son aquellos que son impuestos desde el exterior del sujeto y que proceden de normativas morales o legales. Uno las asume y las cumple sin márgenes de divergencia, toda vez que forman parte de establecimientos formales e incontrovertibles. Los deberes de compromiso, por su parte, son aquellos que se adquieren como resultado de un acuerdo de palabra o de la suscripción de un contrato o convenio. Uno los reconoce por haberlos procesado en conocimiento de sus exigencias.

En tercer lugar, encontramos los deberes de interés que se incorporan como consecuencia de una conveniencia y que se orientan a la consecución de un beneficio. Responden a una condición estratégica porque se vinculan al interés de recibir más de lo que se da. Finalmente, encontramos los deberes que se inscriben en un proyecto personal, los cuales son asumidos voluntariamente y sin esperar ningún beneficio a cambio. Estos son los propiamente éticos, pues no se basan en ningún dividendo externo a la decisión particular y autónoma del sujeto.

Entre los muchos comentarios que estas definiciones nos sugieren, encontramos la conveniencia de mencionar la célebre tesis de los seis estadios del juicio moral expuesta por Lawrence Kohlberg. De una manera flexible y libre hacemos referencia a esos estadios:

El premio o castigo. En este estadio se asumen las conductas para evitar el castigo o promover el reconocimiento. Por esta razón, el eje de las decisiones no se encuentra en la conciencia del sujeto, sino en la norma o el poder externo que sentencia y califica el valor de las acciones.

El Intercambio Conveniente. La lógica desde este estadio atiende la expectativa de recibir más de lo que se da. En este sentido, las decisiones y acciones se asumen a la manera de un intercambio inspirado en una adecuada y favorable tasa de retorno. Para ilustrar esta situación es útil recordar el caso del policía que consiguió 30.000 dólares, sin que hubiese ningún testigo. Sin embargo, los entregó, por lo cual fue objeto de múltiples reconocimientos y entrevistas. Toda esta admiración se deshizo el día que afirmó, durante una entrevista para TV, que los había devuelto porque eran menos de lo que le tocaba por su pensión y que, en consecuencia, no podía correr el riesgo. Esto, por supuesto, generó la duda acerca de si hubiese devuelto una cantidad superior a la que le correspondía por su pensión.

De la filiación o membresía. En este estadio, las decisiones se adoptan en función de la solidaridad con el grupo que ellas representen. La idea de pertenencia y fidelidad prevalecen sobre otras. Es interesante destacar que en este estadio aparece una superación del “yoísmo” que primaba en las dos anteriores. Aquí la noción del otro aflora y abre las perspectivas para los futuros desarrollos.

La legalidad. La racionalidad que se asume dentro de este estadio establece un marco ortodoxo e inflexible de la ley. Esta es depositaria de todo lo que debe hacerse y se convierte en una especie de camisa de fuerza. Desde esta perspectiva, no hay ética fuera de la ley: la ética, asumida como deber autónomo, y la moral como norma dogmática se equiparan en una indisoluble equivalencia. Lo importante es cumplir la ley cueste lo que cueste y afecte a quien afecte.

La autonomía. La autonomía y la autorresponsabilidad se asumen aquí como los factores clave de las deliberaciones, decisiones y acciones. El ejercicio de la conciencia se asume como punto de análisis y como ángulo para ponderar lo legal y lo justo. Aquí la libertad se ejerce en el marco de las libertades de los otros. Esta posición recuerda la advertencia de un teólogo alemán que sentenciaba: Hay que actuar como buenos cristianos, es decir, como si Dios no existiera. Con esta exhortación lo que pretendía subrayar era que hacer el bien y el adoptar la decisión justa son independientes de esperar una aprobación Providencial. Aquí se entiende que la ética es lo que no puede ser exigido.

Principios éticos universales. Según esta acepción, los principios prevalecen más allá de cualquier normativa. Este estadio expresa un desprendimiento y una sublimación, así como una disposición para generar decisiones altruistas que sorprenden por su elevada significación. Las vidas y las ideas de Gandhi, del Dalai Lama, de la Madre Teresa son referencias para entender las connotaciones de este estadio, en el cual la Santidad y la Heroicidad se convierten en expresiones vivenciales.

Al ver en retrospectiva las anotaciones hechas sobre los deberes, y sobre la teoría de Kohlberg, se impone retomar la intención inicial de esta explicación, que no es otra que conjugar los conceptos de deber y responsabilidad. Como se recuerda, dijimos que la responsabilidad es a las organizaciones lo que el deber es a las personas. Pues bien, ahora cabe decir que las diferenciaciones hechas sobre el deber caben también para el concepto de responsabilidad.

En este sentido, se entiende que las empresas pueden asumir acciones de responsabilidad social por sumisión a normas legales externas, por compromiso suscrito y acordado con otros interlocutores, por interés de obtener las preferencias propias de una imagen que persuade a los clientes o, finalmente, por la decisión voluntaria de favorecer las condiciones sociales de la comunidad y las realidades de la sociedad, sin que ello represente una tangible tasa de retorno.

Asimismo, es posible decir que podría perfectamente hacerse una aplicación de los seis estadios del juicio moral, expuestos por Kohlberg, al comportamiento de la empresa. Este es un punto abierto que no podemos desarrollarlo ahora, pues ello significaría profundizar demasiado unas reflexiones que sólo pretenden ser genéricas.

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