En 2012, la pescadora Rachel Bowman comenzó a ofrecer pez león a restaurantes y supermercados de los Cayos de Florida. El reto no era capturarlo, sino conseguir que alguien quisiera comprarlo. Esta especie invasora, originaria del Indo-Pacífico, amenaza a los peces nativos del Atlántico occidental, el Caribe y el Golfo de México. Sin embargo, Bowman encontró una oportunidad: convertir un problema ecológico en un producto gastronómico capaz de generar ingresos y promover su extracción.
Su experiencia forma parte de una tendencia conocida como invasivorismo, que consiste en consumir especies invasoras para incentivar su captura y contribuir al control de sus poblaciones. Desde el cangrejo verde hasta la carpa asiática, distintas iniciativas buscan aprovechar estos recursos mediante restaurantes, pescaderías y empresas procesadoras. De acuerdo con un artículo de TIME, la propuesta abre nuevas posibilidades para la conservación y la economía local, pero también plantea una cuestión esencial: ¿cómo garantizar que el interés comercial contribuya realmente a recuperar los ecosistemas?
El pez león: una solución ambiental que comienza en la mesa
El pez león se registró cerca de Miami en 1985, probablemente después de que ejemplares procedentes del comercio de acuarios fueran liberados en el medio natural. En sus nuevos hábitats encontró pocos depredadores y condiciones favorables para reproducirse. Un solo ejemplar puede producir más de dos millones de huevos al año y reducir casi un 80 % la reposición de peces nativos en algunos arrecifes, lo que convierte su expansión en una amenaza para la biodiversidad marina.
Al principio, Bowman tuvo dificultades para comercializarlo porque no formaba parte de la gastronomía habitual. El cambio llegó en 2016, cuando vendió por primera vez a Whole Foods en el sur de Florida. El precio pasó de dos a diez dólares por libra prácticamente de la noche a la mañana. Actualmente, su pescado se comercializa a través de Keys Fisheries y aparece en menús de restaurantes de la región.
El caso demuestra cómo la demanda puede generar incentivos económicos para capturar una especie problemática. Sin embargo, el propósito no es únicamente vender un nuevo producto, sino contribuir a reducir la presión sobre los ecosistemas. Para comprender el alcance de esta estrategia, es necesario considerar tanto la magnitud del problema como las condiciones que permiten convertir la captura en una herramienta de gestión ambiental.
Invasivorismo: convertir especies invasoras en alimentos
Las especies exóticas invasoras se encuentran entre los cinco principales impulsores directos de la pérdida de biodiversidad, según la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES). Su control también representa un costo económico considerable: el impacto mundial asociado a estas especies superó los 423 mil millones de dólares en 2019. Una vez establecidas, su reproducción y dispersión pueden dificultar o impedir su erradicación.
En 2004, el biólogo conservacionista Joe Roman acuñó el término «invasivorismo» para describir el consumo de especies invasoras como una forma de controlar sus poblaciones. Desde entonces, iniciativas en Norteamérica han buscado generar demanda para especies que representan una amenaza ecológica. En 2025, por ejemplo, 70 restaurantes y pescaderías de Estados Unidos participaron en la Semana del Cangrejo Verde, una campaña para promover el consumo de este crustáceo europeo.
El objetivo suele ser alcanzar lo que la ecóloga marina Isabelle Côté, de la Universidad Simon Fraser, denomina «erradicación funcional»: reducir una población invasora hasta un nivel en el que sus impactos ecológicos sean aceptables. La gastronomía puede contribuir al generar un mercado para la extracción, pero su utilidad depende de que la actividad comercial responda a una meta de conservación y no se convierta en un fin independiente.

Cangrejo verde: nuevos mercados para proteger los ecosistemas costeros
El cangrejo verde se ha extendido por todos los continentes, excepto la Antártida. Originario de Europa occidental y África, consume ostras, almejas, mejillones, langostas y otros cangrejos. Un solo ejemplar puede comer más de 40 almejas jóvenes de concha blanda al día y destruir hábitats de pastos marinos. Su capacidad reproductiva y la dispersión de sus larvas favorecen su expansión.
En Connecticut, el chef David Standridge encontró una manera de aprovecharlo en The Shipwright’s Daughter, su restaurante en Mystic. Desde 2022 ha procesado más de 4,500 kilos de cangrejo verde para utilizarlo en preparaciones como caldos. Desarrollar esta oferta requirió superar barreras regulatorias: inicialmente, la legislación estatal lo clasificaba como cebo y no permitía venderlo para consumo humano. Una modificación normativa en 2025 abrió la posibilidad de capturarlo y comercializarlo como alimento.
La iniciativa también responde a un desafío climático. Mary Parks, directora ejecutiva de GreenCrab.org, advierte que los inviernos más cálidos están reduciendo el control natural que las bajas temperaturas ejercían sobre estas poblaciones. En Haida Gwaii, frente a la costa de la Columbia Británica, 36 equipos retiraron casi dos millones de cangrejos durante cinco años. Para que un mercado contribuya a esta labor, señala el pescador y coordinador de desarrollo económico marino Eli Gladstone, también se necesitan métodos de captura más eficientes y posibles inversiones públicas continuas.
Ta’ape y carpa asiática: aprovechar la abundancia para generar valor
En Hawái, el pargo rayado conocido como ta’ape fue introducido en la década de 1950 para impulsar la pesca y crear una nueva fuente de alimento. Sin embargo, no logró consolidarse en el mercado local y terminó considerándose un pez de descarte. Desde 2019, Conservation International Hawai’i y organizaciones como Chef Hui han trabajado para promover su consumo, apoyar a los pescadores y contribuir a la seguridad alimentaria.
Los resultados muestran cómo puede cambiar la percepción de una especie cuando se desarrollan canales comerciales. En 2025, un promedio de 27 pescadores comerciales vendió aproximadamente 42,000 libras de ta’ape en Hawái, un 47 % más que en 2018. Algunos pescadores de O’ahu reciben hasta seis dólares por libra, frente a un promedio de 0.65 dólares en la década de 1980, equivalentes a unos 2.63 dólares actuales. Hoteles, escuelas y otras organizaciones también se han interesado en incorporarlo a sus actividades.
En la cuenca del río Misisipi, la carpa asiática presenta un desafío similar. Introducida en Estados Unidos durante la década de 1970, escapó de los espacios donde se utilizaba para controlar algas y se extendió por diversos ríos, alterando las redes tróficas y perjudicando a las poblaciones de peces nativos. Angie Yu, fundadora de Two Rivers Fisheries, identificó una oportunidad al reconocer que este pescado era un alimento habitual en China. Su empresa elabora hamburguesas, albóndigas y empanadillas, además de aprovechar los residuos para producir alimento para mascotas, harina de pescado y fertilizante. Su planta puede procesar hasta 40,000 libras al día.
¿Cómo medir el impacto ecológico de estos mercados?
El crecimiento de la comercialización no demuestra, por sí mismo, que una especie invasora esté bajo control. Peter Stoett, profesor de la Universidad Tecnológica de Ontario y copresidente de la evaluación de la IPBES sobre especies exóticas invasoras, sostiene que la prioridad debe ser medir las poblaciones, no el tamaño del mercado. El volumen de ventas o la cantidad de ejemplares capturados permite conocer la actividad comercial, pero no necesariamente sus resultados ambientales.
Para evaluar la eficacia de estas iniciativas, es necesario monitorear la abundancia o biomasa de las especies y comprobar si disminuyen con el tiempo. En Kentucky, el Departamento de Pesca y Vida Silvestre aumentó el incentivo por capturar carpa invasora en los lagos Kentucky y Barkley, argumentando que las medidas de gestión están reduciendo sus poblaciones. Además, el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos estima que cada año se retiran alrededor de 30 millones de libras de carpa invasora de las aguas del Medio Oeste.

La continuidad de estos mercados también requiere precauciones. Si la rentabilidad depende de que una especie invasora permanezca disponible, los intereses comerciales podrían entrar en conflicto con su control. Por ello, los incentivos deben revisarse conforme cambian las poblaciones, con participación de científicos, pescadores, empresas, comunidades y autoridades. La extracción debe responder a objetivos ecológicos verificables, no a la necesidad de mantener un suministro permanente.
Los límites de consumir especies invasoras o sobreabundantes
El invasivorismo puede complementar las estrategias de conservación, pero no sustituye la prevención ni garantiza la recuperación de los ecosistemas. La ecóloga Helen Roy advierte que eliminar una parte de una población no implica necesariamente reducir sus impactos en la misma proporción. La efectividad depende de las características de cada especie, su distribución y la capacidad de mantener las acciones de control.
El principio también puede aplicarse a especies nativas cuyas poblaciones crecen en exceso. En la costa de la Columbia Británica, los erizos de mar rojos y verdes pueden multiplicarse hasta formar concentraciones que devoran los bosques submarinos de algas. Estos hábitats proporcionan alimento, refugio y condiciones para numerosas especies marinas. La recolección selectiva de erizos puede ayudar a restaurarlos, siempre que se mantenga un esfuerzo constante y se consideren las condiciones ecológicas locales.
La chef Robin Kort, especializada en la recolección de alimentos silvestres, promueve el aprovechamiento gastronómico de estos organismos y participó en la creación del evento Eat the Invaders, que reúne a chefs para cocinar con especies invasoras y sobreabundantes. Su propuesta invita a reconsiderar qué recursos pueden aprovecharse mediante la alimentación. No obstante, el valor culinario debe acompañarse de criterios científicos que permitan determinar cuándo, dónde y en qué medida conviene recolectarlos.
La conservación debe estar por encima del mercado
El pez león, el cangrejo verde, el ta’ape y la carpa asiática muestran que la gastronomía puede abrir oportunidades para diversificar los ingresos de los pescadores, desarrollar nuevos productos y aprovechar recursos que antes tenían poco valor comercial. Cuando estas iniciativas forman parte de programas de gestión bien diseñados, también pueden contribuir al control de poblaciones que afectan a los ecosistemas y generar beneficios económicos para las comunidades.
La clave está en establecer objetivos medibles, monitorear los resultados y evitar que la demanda comercial se convierta en un incentivo para mantener el problema. La alimentación puede formar parte de una solución ambiental si la captura responde a necesidades ecológicas verificables y sus beneficios se evalúan más allá de las ventas. El indicador decisivo no es cuántos platos llegan a la mesa, sino si las acciones contribuyen a reducir los impactos de las especies problemáticas y a recuperar los ecosistemas afectados.












