Una ola de calor puede comenzar como una jornada incómoda, pero para una persona mayor de 60 años puede convertirse rápidamente en una amenaza para la salud. Un nuevo estudio publicado en The Lancet Public Health advierte que este grupo enfrenta los efectos peligrosos de las altas temperaturas mucho antes de lo que se había estimado. La investigación señala que incluso con un calentamiento global de 1.5 °C sobre los niveles preindustriales, los adultos mayores podrían experimentar estrés térmico perjudicial. El hallazgo obliga a replantear cómo se mide y atiende el riesgo del calor extremo.
El problema adquiere mayor dimensión cuando se observa junto con dos tendencias que avanzan al mismo tiempo: el aumento de las temperaturas globales y el envejecimiento de la población. Para 2050, se prevé que el número de personas mayores de 60 años llegue a 2,100 millones a nivel mundial. Esto significa que cada vez habrá más personas potencialmente expuestas a periodos de calor más frecuentes y prolongados. Para la responsabilidad social, el desafío no consiste únicamente en responder a las emergencias, sino en anticiparse a ellas.
El riesgo del calor extremo comienza antes de lo que se pensaba
El estudio, dirigido por investigadores de Stanford, encontró diferencias importantes en la manera en que el organismo responde al calor según la edad. Investigaciones anteriores utilizaban umbrales térmicos diseñados principalmente a partir de personas jóvenes y los aplicaban a otros grupos de edad. Esto podía subestimar las consecuencias que una misma temperatura representa para una persona mayor.
La investigación plantea que los adultos de 60 años o más pueden enfrentar estrés térmico perjudicial con apenas 1.5 °C de calentamiento global. Para los adultos más jóvenes, el umbral señalado se ubica alrededor de los 4 °C. La diferencia muestra que no todas las personas experimentan una ola de calor de la misma manera. Por ello, las estrategias de prevención también necesitan considerar la edad como un factor de vulnerabilidad.
¿Qué cambia en el cuerpo después de los 60 años?
Con el envejecimiento, el organismo pierde parte de su capacidad para regular la temperatura. Las personas mayores suelen sudar menos, mientras que el corazón necesita realizar un mayor esfuerzo para responder al calor. Además, los vasos sanguíneos tienen una capacidad reducida para dilatarse, lo que dificulta que el cuerpo libere calor hacia el exterior.
Estas condiciones pueden agravar problemas de salud que ya existen, especialmente enfermedades cardíacas o renales. Una persona puede comenzar una jornada de calor con una condición aparentemente controlada y terminar necesitando atención médica por deshidratación, desmayo o complicaciones cardiovasculares. El riesgo del calor extremo, por tanto, no depende únicamente de la temperatura exterior, sino de la capacidad individual para enfrentarla.

Una amenaza que crecerá junto con la población mayor
El envejecimiento demográfico convierte al calor en un desafío de salud pública cada vez más relevante. El estudio estima que por cada grado adicional de calentamiento global, aproximadamente un millón de personas más estarán expuestas a al menos 180 horas anuales de calor extremo. Los adultos mayores soportarán una parte desproporcionada de esta carga.
El impacto tampoco será uniforme entre países. Las regiones tropicales y subtropicales podrían enfrentar condiciones especialmente difíciles, con consecuencias más severas en países de ingresos bajos y medios como India y Pakistán. Si las temperaturas continúan aumentando, algunas zonas podrían llegar a ser inhabitables para determinados grupos de población, especialmente para quienes tienen menor capacidad fisiológica para adaptarse al calor.
Cuando una ola de calor también presiona a los sistemas de salud
Las consecuencias ya pueden observarse en los sistemas sanitarios. En Reino Unido, las olas de calor registradas durante mayo y junio de 2026 estuvieron asociadas con 2,877 muertes adicionales, casi el doble de las 1,504 registradas durante el verano de 2025. Las cifras muestran que el calor no debe entenderse únicamente como un fenómeno meteorológico, sino como un factor capaz de aumentar rápidamente la presión sobre los servicios de salud.
El problema también alcanza los espacios donde se atiende a las personas mayores. Durante un episodio reciente de calor extremo, una sala geriátrica de un hospital británico llegó a registrar 36 °C. En ese contexto, cuidar a pacientes con múltiples enfermedades se vuelve todavía más complejo, pues el organismo tiene menos capacidad para regular su temperatura y responder al estrés térmico.
El riesgo del calor extremo también es una cuestión de desigualdad
La exposición al calor no afecta a todas las personas por igual. La edad, las condiciones de salud, el lugar donde se vive y la posibilidad de acceder a espacios frescos pueden determinar quién enfrenta mayores consecuencias durante una ola de calor. Esta realidad convierte a las personas mayores en una población prioritaria para las políticas de adaptación y prevención.
Para las empresas, gobiernos y organizaciones sociales, el desafío implica pensar más allá de los mensajes de emergencia. También supone identificar a las personas en mayor riesgo, fortalecer redes comunitarias, adaptar espacios de trabajo y cuidado, y desarrollar protocolos para periodos de altas temperaturas. Desde la responsabilidad social, incorporar el riesgo climático con perspectiva de edad puede contribuir a construir respuestas más equitativas y efectivas.
El calor extremo está dejando de ser un problema asociado únicamente con temporadas particularmente intensas. El estudio muestra que, conforme aumenta la temperatura global, las personas mayores pueden alcanzar niveles peligrosos de estrés térmico mucho antes de lo que indican los umbrales tradicionales. Con una población mayor que seguirá creciendo durante las próximas décadas, ignorar esta diferencia puede significar dejar fuera de las estrategias de adaptación precisamente a quienes enfrentan mayores riesgos.

Prevenir también significa cambiar la manera en que se entiende la vulnerabilidad frente al cambio climático. Proteger a las personas mayores requiere sistemas de salud preparados, ciudades con espacios adecuados, comunidades capaces de detectar señales de alerta y organizaciones que incorporen la adaptación climática dentro de sus decisiones. Frente a un planeta cada vez más caliente, cuidar a quienes tienen menos capacidad para adaptarse no es solo una cuestión sanitaria: es también una responsabilidad colectiva.










