La contaminación climática no siempre sale de una chimenea, un escape o una planta eléctrica. A veces se encuentran en elementos tan cotidianos que difícilmente ocuparían el primer lugar en la lista de preocupaciones ambientales de una empresa, pero su impacto puede ser mucho mayor de lo que su tamaño o consumo hacen imaginar.
Estos ejemplos de emisiones ocultas revelan una dificultad importante para las estrategias de descarbonización: aquello que parece insignificante puede terminar teniendo un peso considerable en la huella de una organización. Identificarlas requiere mirar más allá de la energía y el transporte, medir los insumos con mayor precisión y conocer su origen. Solo así es posible descubrir dónde se encuentran realmente algunas de las emisiones que las empresas menos ven, pero que más deberían considerar. Por ello, te presentamos algunas fuentes de emisiones que, aunque no suelen generar mucha conversación, ilustran cómo las empresas deben poner mayor atención en los pequeños focos de contaminación para mejorar sus resultados de sostenibilidad.
3 ejemplos de emisiones ocultas que pueden cambiar una huella de carbono
Los siguientes ejemplos de emisiones ocultas muestran con claridad cómo componentes pequeños o poco visibles pueden adquirir un peso considerable en la huella climática de una empresa. Identificarlos es el primer paso para dejar de asumir dónde están las emisiones y comenzar a medir dónde realmente se generan.
1. Hielo seco: cuando el origen determina el impacto
El hielo seco parece un elemento sencillo dentro de una cadena de suministro: se utiliza para mantener productos congelados durante su transporte y posteriormente se sublima en forma de CO₂. Por ello, un primer cálculo podría asumir que toda la masa utilizada representa nuevas emisiones fósiles. Sin embargo, su impacto depende de algo que no resulta evidente al observar el producto: de dónde proviene el CO₂ con el que fue fabricado. En un análisis de ciclo de vida, se descubrió que el hielo seco procedía del procesamiento biológico de materia prima en una refinería de biodiésel.
Esto significaba que el CO₂ era biogénico y no fósil. Tanto el Protocolo de Gases de Efecto Invernadero como la norma ISO 14067 establecen que este tipo de emisiones debe reportarse por separado, por lo que el hielo seco pasó de representar un elemento significativo a quedar fuera del total de emisiones fósiles. El caso demuestra por qué estos ejemplos de emisiones ocultas pueden llevar a las empresas a sobreestimar o subestimar su huella si no rastrean los insumos hasta su origen. La materia física es la misma; la historia detrás de ella cambia por completo el cálculo climático.

2. Crema batida: un pequeño cartucho con un gran impacto
En una cafetería, probablemente nadie pensaría que el dispensador de crema batida puede ser un asunto relevante para la estrategia climática. La atención suele concentrarse en las máquinas de café, los hornos, la electricidad o la flota de reparto, mientras la nata parece un insumo secundario. Sin embargo, un inventario de una cadena de tiendas de bebidas encontró que el óxido nitroso (N₂O) utilizado como propelente en los dispensadores representaba más del 5% de sus emisiones totales, incluso con una estimación conservadora del gas presente en los cartuchos.
El problema está en la enorme capacidad de calentamiento del N₂O: su potencial de calentamiento global a 100 años es aproximadamente 273 veces el del CO₂. Aunque se utiliza en cantidades pequeñas, su impacto puede ser considerable cuando se mide a nivel de actividad y no únicamente mediante estimaciones basadas en el gasto. Este es uno de los ejemplos de emisiones ocultas que muestra cómo un insumo barato y de poco peso puede desaparecer en una contabilidad convencional, pero adquirir una relevancia completamente distinta cuando se contabiliza según su impacto climático real.

3. Refrigerantes: la contaminación que ocurre mientras nadie la ve
La refrigeración ofrece otro ejemplo particularmente cotidiano. Supermercados, restaurantes, empresas de alimentos y operadores logísticos necesitan sistemas de frío y, cuando se calcula su impacto, la electricidad que utilizan los compresores suele ser la primera variable considerada. Pero el problema puede encontrarse en otro lugar: los refrigerantes hidrofluorocarbonados (HFC), algunos de los cuales tienen un potencial de calentamiento global de entre aproximadamente 1,800 y casi 4,000 veces el del CO₂.
A diferencia de la electricidad, cuyo consumo puede registrarse con relativa facilidad, el impacto de estos gases aparece principalmente cuando existen fugas durante la operación, el mantenimiento o la eliminación de los equipos. En un supermercado con cientos de sucursales, las fugas de refrigerante podrían representar más del 70% de las emisiones de Alcance 1, según el caso analizado. Por eso, para empresas con cadenas de frío, medir únicamente la energía puede ofrecer una fotografía incompleta: gestionar fugas, mejorar el mantenimiento o migrar hacia refrigerantes naturales puede tener un efecto significativo sobre sus emisiones.
¿Qué estamos dejando fuera de nuestra huella de carbono?
Estos ejemplos de emisiones ocultas plantean una pregunta incómoda para cualquier responsable de sostenibilidad: ¿qué pasa si la mayor oportunidad de reducción está precisamente donde nadie está mirando? Un cartucho de N₂O, una fuga de refrigerante o el origen del CO₂ utilizado para fabricar hielo seco pueden parecer asuntos secundarios frente al consumo energético o el transporte. Sin embargo, cuando se miden correctamente, pueden cambiar de manera importante la fotografía de las emisiones de una organización. Por ello, conviene reflexionar en al menos cuatro cuestiones:
¿Estamos midiendo o suponiendo?
Una huella de carbono puede parecer precisa y aun así estar construida sobre estimaciones demasiado generales. Si los cálculos se realizan únicamente a partir del gasto o de grandes categorías de consumo, los insumos de bajo volumen pueden desaparecer entre las cifras. La pregunta para los equipos de sostenibilidad es sencilla: ¿cuántas de nuestras emisiones están realmente medidas y cuántas estamos suponiendo?
¿Conocemos el origen de lo que compramos?
No basta con saber qué utiliza una empresa; también es necesario conocer de dónde proviene. El caso del hielo seco demuestra que un mismo insumo puede tener una consideración climática completamente distinta dependiendo de su origen. Por eso, rastrear proveedores y materiales no debería ser únicamente una tarea de compras: también puede ser una herramienta para determinar con mayor precisión la huella ambiental.

¿Dónde están nuestras emisiones que nadie puede ver?
Las fugas de refrigerantes muestran otro desafío: algunas emisiones no ocurren porque una empresa “consuma” deliberadamente un producto, sino porque este se libera accidentalmente durante la operación, el mantenimiento o la eliminación de equipos. Esto obliga a ampliar la mirada y preguntarse qué procesos, instalaciones o activos pueden estar generando emisiones que no aparecen en los indicadores habituales.
¿La medición está cambiando nuestras decisiones?
El objetivo final no debería ser producir una cifra más sofisticada, sino utilizarla para actuar. Si una medición revela que un insumo aparentemente insignificante tiene un impacto desproporcionado, la estrategia debe ser capaz de responder con cambios concretos: buscar alternativas, mejorar procesos, prevenir fugas o modificar prácticas de abastecimiento.
En ese sentido, estos ejemplos de emisiones ocultas dejan una lección especialmente relevante: la calidad de una estrategia climática depende tanto de aquello que decide reducir como de aquello que consigue descubrir. Para los responsables de sostenibilidad, ampliar la capacidad de medición puede significar encontrar emisiones que hasta entonces permanecían invisibles y, con ellas, nuevas oportunidades para avanzar en la descarbonización.










