De acuerdo con el Índice de Mascotas Sin Hogar realizado por Mars a nivel global, México enfrenta una de las crisis más severas del mundo con más de 29.7 millones de perros y gatos viviendo en las calles del país. Es por ello que, Mars Petcare, líder global en nutrición y bienestar animal, reafirma su propósito de crear “Un Mundo Mejor para las Mascotas“, mediante sus programas Pedigree Adóptame™ y Ciudad Para las Mascotas, consolidando las campañas de esterilización como un pilar preventivo ante esta problemática.
En colaboración con el Instituto de Protección Animal y el Gobierno Municipal de El Marqués, Mars anuncia jornadas gratuitas de esterilización y vacunación en la comunidad de Matanzas. Esta iniciativa es histórica, ya que busca convertir a Matanzas en la primera comunidad en Querétaro con una población de perros y gatos 100% esterilizada.
“Como líderes de la categoría de alimento para mascotas, sentimos la responsabilidad de mitigar esta problemática desde sus diversos frentes. Este fin de semana marcará, para muchas familias de la comunidad de Matanzas, un primer acceso a servicios veterinarios confiables y accesibles, lo que se vuelve imprescindible en un contexto en donde, sin un manejo responsable de la reproducción, la cantidad de perros puede duplicarse cada seis meses, pasando de 2 a 2,048 en tan sólo cinco años”, señaló Daniel Cosío, Gerente de Asuntos Públicos de Mars Pet Nutrition.
Tan solo en nuestro país, Mars en su división de mascotas ha facilitado más de 490,000 esterilizaciones y ha ayudado a más de 83,000 animales a encontrar un hogar. El Índice de Mascotas Sin Hogar de Mars revela que, en México, la tasa de esterilización en perros es de apenas el 25%, una cifra que Mars busca elevar mediante esfuerzos que transformen esta realidad.
Entre los principales beneficios de la esterilización de perros y gatos son:
Reduce el riesgo de cáncer:
En hembras, disminuye la probabilidad de cáncer de mama, ovarios y útero.
En machos, previene el cáncer testicular y reduce problemas de próstata.
Evita infecciones graves
Suelen vivir más tiempo y con menos complicaciones médicas a largo plazo.
Menos agresividad y peleas, sobre todo en machos.
Disminuye el marcaje con orina y los escapes en busca de pareja.
Menos ansiedad sexual: no entran en celo ni muestran conductas asociadas (maullidos, aullidos, inquietud).
Evita camadas no deseadas, que muchas veces terminan en abandono o refugios saturados.
Facilita una convivencia más tranquila en casa y con otros animales.
Ayuda a controlar la sobrepoblación animal, reduciendo el número de animales en la calle y el sacrificio en refugios.
Es un acto de tenencia responsable.
Con acciones como esta, Mars Petcare no solo atiende una urgencia de salud pública, sino que establece un modelo de colaboración replicable entre iniciativa privada y gobierno. La meta es clara: asegurar que cada mascota en México tenga la oportunidad de vivir en un entorno seguro, saludable y con un hogar responsable.
En el marco del acto inaugural del XIII Congreso Ticare, que se celebra en Valladolid los días 6 y 7 de febrero, se ha presentado la Fundación Moving for Care. Esta entidad, sin ánimo de lucro, ha sido impulsada por el compromiso con la ciencia y la sociedad de Mozo Grau-Ticare, empresa vallisoletana pionera en implantología dental que este año celebra su 30 Aniversario.
La Fundación Moving for Care promueve una implantología más segura, basada en evidencia científica y en la salud periimplantaria a largo plazo de las personas con implantes dentales o que se vayan a someter a este tratamiento. Trabaja desde una perspectiva independiente y ética, actuando como nexo entre los profesionales clínicos, la investigación científica y la sociedad.
En palabras del presidente del Patronato de la Fundación, Fernando Mozo: “La Fundación Moving for Care nace en un contexto de madurez y responsabilidad del sector de la implantología dental en España. Nuestro objetivo es contribuir al avance del conocimiento científico y clínico en la salud periimplantaria, fomentando la prevención, la cooperación, la divulgación de buenas prácticas y la innovación clínica”.
Tras la presentación, a cargo de Ángel Mozo, patrono de la Fundación, se ha concedido el primer reconocimiento de la entidad. El galardonado ha sido el Profesor Doctor Carlos Navarro Vila, por su dedicación a los pacientes oncológicos y por su contribución al ámbito de la implantología dental. Fernando Mozo ha sido el encargo de hacerle entrega del galardón.
XIII Congreso Ticare
El Congreso Ticare ha sido declarado de Interés Sanitario por la Junta de Castilla y León y cuenta con el respaldo de diversas sociedades científicas del ámbito odontológico. El acto inaugural de su XIII edición ha sido presidido por Fernando Rubio, director de la Agencia de Innovación y Desarrollo Económico de Valladolid.
Este evento reúne en la Feria de Valladolid a cerca de 1.500 profesionales del sector, entre odontólogos, cirujanos maxilofaciales, protésicos, higienistas y responsables de clínicas, así como a más de 55 ponentes nacionales e internacionales.
La sostenibilidad dejó de ser un “programa” para convertirse en un criterio estratégico que define la viabilidad de las organizaciones. Hoy, las empresas que realmente transforman su impacto no son las que comunican mejor, sino las que deciden distinto en cada nivel de su operación. El verdadero cambio ocurre cuando la visión social y ambiental deja de estar aislada y se integra en la lógica de negocio, desde la planeación hasta la ejecución.
Hablar de sostenibilidad en la toma de decisiones es hablar de coherencia, de procesos que conectan propósito con resultados, y de liderazgos que entienden el largo plazo como una ventaja competitiva. No se trata de sumar iniciativas, sino de rediseñar la forma en que se elige, se prioriza y se mide. Esta nota propone un recorrido práctico y estratégico para lograr que la sostenibilidad sea el eje que guíe cada elección relevante dentro de la organización.
De área funcional a principio organizacional
Durante años, la sostenibilidad se concentró en un solo departamento, con presupuestos y metas aisladas del core del negocio. Esto generó avances relevantes, pero también una brecha entre el discurso y la realidad operativa. El primer paso es reconocer que el impacto no se gestiona en silos, sino en decisiones transversales.
Cuando la sostenibilidad se convierte en un principio organizacional, cada área comienza a cuestionar cómo sus acciones afectan a la cadena de valor. Finanzas, compras, operaciones y talento humano empiezan a compartir la responsabilidad.
La cultura deja de ver la RSE como un “extra” y la entiende como parte del modelo de negocio.
Este cambio implica revisar estructuras, procesos y métricas internas. No basta con reportar resultados; es necesario que las decisiones cotidianas se evalúen bajo criterios sociales, ambientales y económicos. Así, la sostenibilidad se convierte en una guía práctica, no en un ideal abstracto.
Sostenibilidad en la toma de decisiones: un cambio de mentalidad
Integrar la sostenibilidad en la toma de decisiones exige un giro profundo en la forma de pensar el crecimiento. Ya no se trata de maximizar beneficios a corto plazo, sino de crear valor que resista el tiempo y las crisis. Este enfoque redefine el concepto de éxito empresarial.
Las organizaciones que adoptan esta lógica comienzan a analizar riesgos y oportunidades desde una perspectiva sistémica. El impacto social y ambiental deja de ser un costo y se convierte en un factor estratégico para la innovación. Cada decisión se evalúa por su capacidad de generar resiliencia.
Este cambio no ocurre de la noche a la mañana. Requiere liderazgo, comunicación constante y una narrativa interna que conecte propósito con resultados. Cuando las personas entienden el porqué, el cómo se vuelve más claro y alcanzable.
Gobernanza y liderazgo como catalizadores
La integración real de la sostenibilidad comienza en el nivel más alto de la organización. Consejos directivos y comités ejecutivos deben asumir un rol activo, incorporando criterios ESG en sus procesos de aprobación. Sin este respaldo, cualquier iniciativa pierde fuerza.
El liderazgo debe traducir la visión en reglas claras de operación. Políticas, códigos de conducta y sistemas de incentivos alineados refuerzan el mensaje de que la sostenibilidad no es negociable. Cada decisión estratégica refleja ese compromiso.
Cuando la alta dirección actúa con coherencia, se genera un efecto cascada. Los equipos replican ese enfoque y lo integran en sus procesos diarios. La gobernanza se convierte en el puente entre la estrategia y la acción.
Datos, impacto y toma de decisiones informada
No se puede gestionar lo que no se mide, y la sostenibilidad no es la excepción. Contar con indicadores claros permite evaluar el impacto real de cada decisión. La información se transforma en una herramienta de mejora continua.
Los sistemas de medición ayudan a identificar áreas de riesgo y oportunidades de innovación. Al integrar estos datos en los tableros de control, la sostenibilidad se vuelve parte de la conversación estratégica. Las decisiones dejan de basarse solo en intuición. Este enfoque fortalece la credibilidad interna y externa. Los resultados se comunican con transparencia y se utilizan para ajustar procesos. La organización aprende de sus propios datos y evoluciona con ellos.
Sostenibilidad en la toma de decisiones en la cadena de valor
La verdadera transformación ocurre cuando la sostenibilidad en la toma de decisiones se extiende más allá de la empresa. Proveedores, aliados y clientes se convierten en parte del mismo ecosistema de impacto. Cada elección afecta a toda la red. Seleccionar socios con criterios responsables fortalece la reputación y reduce riesgos. Las decisiones de compra, logística y producción se alinean con estándares éticos y ambientales. La cadena de valor se convierte en un motor de cambio.
Este enfoque genera relaciones de largo plazo basadas en confianza. La sostenibilidad deja de ser un requisito y se convierte en una ventaja competitiva compartida. El impacto se multiplica cuando se trabaja en red.
Cultura organizacional y aprendizaje continuo
La integración de la sostenibilidad no se sostiene sin una cultura que la respalde. Capacitar, comunicar y reconocer buenas prácticas refuerza el comportamiento esperado. Las personas se convierten en agentes de cambio. El aprendizaje continuo permite adaptar la estrategia a nuevos contextos. Las organizaciones que escuchan a sus colaboradores y comunidades toman decisiones más informadas. La sostenibilidad se vive, no solo se declara.
Cuando la cultura se alinea con la estrategia, cada decisión refleja el propósito. La coherencia se convierte en un valor compartido que guía el crecimiento. Así, la empresa evoluciona junto con su entorno
Integrar la sostenibilidad en la toma de decisiones no es una tendencia, es una necesidad para construir organizaciones resilientes y relevantes. Significa repensar cómo se define el éxito y cómo se mide el impacto. Cuando la sostenibilidad se convierte en el eje de cada elección, la empresa no solo responde al presente, sino que construye el futuro con responsabilidad y visión de largo plazo.
La promesa de un futuro “cero emisiones” se ha convertido en una de las banderas más visibles de las grandes corporaciones. En un mercado saturado de discursos verdes, los compromisos climáticos funcionan como símbolos de modernidad, innovación y responsabilidad. Sin embargo, cuando estas declaraciones no se sostienen con datos claros, metas verificables y planes públicos de transición, el mensaje se transforma en un riesgo reputacional de alto impacto. La historia reciente de Shein es una prueba de cómo la narrativa puede derrumbarse cuando se enfrenta al escrutinio legal y social.
Según un artículo de edie, en Alemania, uno de los mercados más exigentes en materia de consumo responsable, la plataforma de moda rápida decidió dar un paso atrás. Shein retira sus afirmaciones climáticas más visibles tras una denuncia por lavado verde que cuestiona la falta de sustento detrás de su promesa de cero emisiones netas para 2050. El caso no solo pone en jaque la credibilidad de la empresa, sino que abre un debate más amplio sobre el uso de compromisos ambientales como estrategia de marketing. La discusión ya no es si las marcas deben ser sostenibles, sino cómo demostrarlo con hechos.
Shein retira sus afirmaciones climáticas y enfrenta su primer gran reto legal
La organización ambiental Deutsche Umwelthilfe (DUH) presentó una demanda contra Infinite Styles Services Co., operador de la plataforma de Shein en Alemania. El argumento central fue que las declaraciones de “cero emisiones netas” violaban las leyes de protección al consumidor. Según DUH, no existían explicaciones claras ni evidencia que respaldaran el compromiso.
Para el consumidor promedio, estas afirmaciones transmitían la idea de que el impacto ambiental de la empresa ya estaba disminuyendo. Esa percepción, señalaron los activistas, generaba una ventaja competitiva injusta frente a otras marcas que sí transparentan sus procesos. La demanda expuso la brecha entre el discurso y la realidad operativa de la compañía.
Ante la presión legal, Shein optó por presentar una declaración de cese y desistimiento. Este acuerdo es legalmente vinculante y contempla sanciones económicas si se incumple en el futuro. En lugar de llevar el caso a los tribunales, la empresa eligió retirar sus mensajes climáticos más visibles, reconociendo implícitamente la fragilidad de su narrativa.
Un compromiso alineado con estándares, pero sin resultados visibles
A principios de 2025, Shein anunció su meta de cero emisiones netas para 2050. El objetivo se alineaba con el Estándar Corporativo de Cero Neto de la iniciativa Science Based Targets (SBTi). Esto implicaba reducir en un 90% sus emisiones absolutas respecto a una línea base de 2023.
El compromiso incluía emisiones de Alcance 1, 2 y 3, abarcando desde operaciones directas hasta toda su cadena de suministro. En teoría, se trataba de un enfoque integral y ambicioso. Sin embargo, la falta de una hoja de ruta pública y verificable debilitó la credibilidad del anuncio.
La contradicción más evidente llegó con sus propios informes. En 2024, las emisiones totales de Shein aumentaron un 23% interanual. Este dato desató cuestionamientos sobre la viabilidad real de su promesa y reforzó la percepción de que el compromiso estaba más cerca del marketing que de la transformación estructural.
Un gigante con huella ambiental descomunal
Shein es una de las cadenas de moda más grandes del mundo. Su modelo de producción acelerada y de bajo costo ha redefinido la industria, pero también ha multiplicado su impacto ambiental. En 2024, reportó 26 millones de toneladas métricas de CO₂e en todos los alcances.
Esta cifra casi duplica las emisiones reportadas por Inditex, la empresa matriz de Zara. La comparación ilustra la magnitud del desafío al que se enfrenta Shein si realmente busca una transición climática creíble. No se trata solo de optimizar procesos, sino de replantear un modelo de negocio completo.
La escala de sus operaciones convierte cualquier promesa en un compromiso de alto riesgo. Cada palabra pesa, y cada omisión se amplifica. En este contexto, la narrativa climática no puede separarse de los números, porque son ellos los que determinan la legitimidad de cualquier declaración.
El efecto en la confianza del consumidor
DUH sostuvo que el consumidor promedio interpretaría la promesa de cero emisiones como una señal de mejora ambiental inmediata. Esa percepción, sin datos que la respalden, puede inducir a decisiones de compra basadas en información incompleta o engañosa.
La confianza, uno de los activos más frágiles de una marca, se erosiona cuando se detectan inconsistencias. En mercados con regulaciones estrictas, como Alemania, la transparencia ya no es opcional. Es un requisito básico para operar con legitimidad.
El caso de Shein demuestra que el greenwashing no solo es un problema ético, sino también legal. Las empresas que no acompañan sus discursos con métricas claras y verificables se exponen a sanciones, pérdida de reputación y boicots de consumidores cada vez más informados.
Más allá del “cero neto”: otras afirmaciones bajo la lupa
Durante la investigación, DUH también encontró etiquetas como “ecológico” y “100 % natural” en productos de Shein. Estas afirmaciones carecían de respaldo técnico, lo que motivó nuevas acciones legales. El proceso sigue en curso y podría ampliar el alcance del caso.
Este patrón revela un problema sistémico en la comunicación de la marca. No se trata de un error aislado, sino de una estrategia basada en términos aspiracionales sin sustento verificable. La consecuencia es una crisis de credibilidad que se extiende a toda su narrativa ESG.
Para las empresas globales, el mensaje es claro: cada palabra debe estar respaldada por datos, auditorías y planes de acción. En la era de la rendición de cuentas, la ambigüedad ya no es una opción.
Un nuevo liderazgo frente a una crisis de credibilidad
Hace aproximadamente un año, Shein nombró a su primer director global de sostenibilidad. Mustan Lalani, con experiencia previa en Tetra Pak, asumió el reto de construir una estrategia ambiental creíble desde cero. Su llegada marcó un intento por profesionalizar la gestión ESG de la empresa.
Sin embargo, el contexto no podría ser más complejo. Hereda una narrativa cuestionada, cifras en aumento y procesos legales en marcha. El desafío no es solo comunicar mejor, sino transformar estructuras internas que permitan una reducción real de emisiones.
El liderazgo en sostenibilidad, en este caso, deberá demostrar que el cambio es posible incluso en modelos de negocio intensivos en recursos. La coherencia entre discurso y acción será la medida de su éxito.
Shein retira sus afirmaciones climáticas: una lección para la industria
La decisión de retirar sus mensajes más visibles no elimina el problema de fondo. Al contrario, lo expone ante una audiencia global. Shein retira sus afirmaciones climáticas como respuesta a una presión que seguirá creciendo en otros mercados.
El caso se convierte en un precedente para la industria de la moda rápida. Las promesas sin sustento ya no pasan desapercibidas. Cada compromiso debe ser medible, auditado y comunicado con claridad. De lo contrario, el riesgo reputacional supera cualquier beneficio de marketing.
Para el sector, esta historia marca un punto de inflexión. El futuro no se construye con slogans, sino con transformaciones reales. La sostenibilidad dejó de ser una narrativa aspiracional para convertirse en un estándar exigible.
La historia de Shein refleja el momento crítico que atraviesa la comunicación corporativa en temas ambientales. Las marcas ya no pueden esconderse detrás de declaraciones ambiguas ni de metas lejanas sin planes concretos. Shein retira sus afirmaciones climáticas como resultado de un sistema que exige coherencia, evidencia y responsabilidad.
Más allá de este caso, la lección es clara: la sostenibilidad no se promete, se demuestra. En una era de consumidores informados y regulaciones estrictas, solo las empresas que alineen su discurso con acciones verificables podrán construir confianza duradera y un verdadero impacto positivo.
La inteligencia artificial se ha convertido en una de las herramientas más poderosas para enfrentar los grandes desafíos ambientales de nuestra era. Desde la optimización de sistemas energéticos hasta la predicción de riesgos climáticos, su capacidad para procesar grandes volúmenes de información abre oportunidades inéditas para acelerar la transición hacia modelos más responsables. Sin embargo, este mismo motor de cambio encierra una contradicción: su operación exige enormes cantidades de recursos naturales.
De acuerdo con We Forum, cada modelo entrenado, cada centro de datos en expansión y cada actualización de hardware nos recuerda que el progreso digital también tiene una huella física. Cuanto más confiamos en la tecnología para resolver los problemas del planeta, mayor es el riesgo de crear nuevos desequilibrios. Por eso, integrar sostenibilidad en la IA no es un lujo, sino una condición indispensable para que la innovación no rebase los límites ambientales.
La paradoja tecnológica que no podemos ignorar
La IA promete ser aliada de la descarbonización, la conservación de ecosistemas y la eficiencia industrial. Pero al mismo tiempo, su crecimiento implica un aumento significativo en el consumo energético y de agua, así como una mayor presión sobre los minerales críticos. Esta tensión define el punto de partida del debate actual.
Si no se establecen criterios claros, la tecnología que pretende salvarnos puede terminar agravando la crisis. La clave está en reconocer que el impacto no es un efecto colateral, sino una variable que debe ser gestionada desde el diseño.
Sostenibilidad en la IA: una nueva definición de progreso
Durante años, el avance se midió casi exclusivamente por la precisión de los modelos y su rendimiento en pruebas. Hoy, ese parámetro resulta insuficiente frente a los retos ambientales que enfrentamos. La sostenibilidad en la IA propone ampliar la noción de “estado del arte”. No solo importa qué tan bien funciona un sistema, sino cuánto cuesta al planeta. Modelos más pequeños, reutilizables y energéticamente eficientes redefinen el valor de la innovación.
No se puede gestionar lo que no se mide. A diferencia de otros sectores, la IA carece de marcos estandarizados para evaluar su huella ambiental a lo largo de todo su ciclo de vida. Esto genera diagnósticos incompletos y decisiones basadas en suposiciones.
La integración de datos en tiempo real y evaluaciones holísticas permite identificar dónde se concentran los mayores impactos. Solo así es posible reducir riesgos, fortalecer la resiliencia y construir una estrategia coherente.
Iniciativas como el Índice Energético de IA y el Compute Carbon Intensity abren una nueva etapa de transparencia. Estas métricas permiten comparar, priorizar y tomar decisiones informadas sobre eficiencia. Cuando la sostenibilidad se vuelve visible, deja de ser un ideal abstracto y se transforma en una hoja de ruta. La inversión ya no se guía solo por la potencia, sino por el equilibrio entre desempeño y responsabilidad.
Acciones para un cambio inmediato
Diseñar arquitecturas eficientes, optimizar centros de datos, extender la vida útil del hardware, usar datos de forma responsable y establecer barandillas de gobernanza son pasos concretos. No requieren esperar al futuro: pueden implementarse hoy. Cada acción, por pequeña que parezca, reduce la presión sobre los recursos y envía una señal clara a toda la cadena de valor. El impacto acumulado es lo que redefine el sistema.
Ningún actor puede resolver este desafío por sí solo. Proveedores, desarrolladores, reguladores y clientes comparten la responsabilidad de construir estándares abiertos y prácticas comunes.
La colaboración crea coherencia y acelera el aprendizaje colectivo. Así, la sostenibilidad en la IA deja de ser un esfuerzo aislado y se convierte en una meta compartida por todo el ecosistema.
Innovar sin comprometer el futuro
Lejos de frenar el progreso, la eficiencia impulsa mejores soluciones. Modelos más ligeros, costos más bajos y sistemas escalables fortalecen la competitividad de las organizaciones.
Al mismo tiempo, la sociedad gana acceso a herramientas poderosas sin hipotecar el planeta. La tecnología demuestra que puede ser parte de la solución cuando se alinea con valores claros.
Integrar criterios ambientales en cada decisión tecnológica es una responsabilidad ineludible. No se trata de elegir entre innovación y cuidado del entorno, sino de comprender que ambos deben avanzar juntos.
El camino hacia un mundo más limpio comienza con medir lo que importa, diseñar con conciencia y asumir que la sostenibilidad en la IA es el nuevo estándar para un desarrollo verdaderamente responsable.
La narrativa de la sostenibilidad durante años se sostuvo en metáforas grandilocuentes como “romper barreras”, “superar límites” o “llegar más lejos”, frases que prometían transformación sin necesariamente demostrarla. Ese lenguaje épico construyó una ilusión de avance, aunque muchas veces no existía un cambio estructural detrás. Hoy, ese tipo de discurso ha perdido fuerza frente a audiencias más críticas y líderes que exigen resultados tangibles. En este nuevo escenario, el activismo corporativo en 2026 surge como una respuesta inevitable ante una realidad que ya no tolera simulaciones.
De acuerdo con edie, durante el último año, los criterios ESG enfrentaron cuestionamientos que sacudieron al ecosistema empresarial, generando incertidumbre y obligando a revisar su verdadero impacto. Al mismo tiempo, las tensiones geopolíticas, los eventos climáticos extremos y la crisis del costo de vida reforzaron la urgencia de tomar decisiones más responsables. La sostenibilidad dejó de percibirse como un complemento reputacional para convertirse en un factor de resiliencia. En este contexto, las organizaciones comenzaron a replantear su papel frente a la sociedad.
La continuidad de los compromisos con la descarbonización, la transparencia en la cadena de suministro y la inclusión laboral demuestra que el cambio no se ha detenido, sino que ha evolucionado. Hoy se evalúan estas acciones desde una lógica más estratégica, alineada con la gobernanza y la creación de valor. La pregunta ya no es si las empresas deben involucrarse, sino cómo hacerlo de forma coherente.
La neutralidad ha dejado de ser una opción creíble.
Del eslogan a la estrategia
Las frases inspiracionales que durante años impulsaron campañas de sostenibilidad ya no son suficientes para movilizar confianza. Sin métricas claras y decisiones operativas, el discurso pierde legitimidad ante públicos cada vez más informados. El cambio más profundo no es retórico, sino estructural: la acción debe sostener a la narrativa. Hoy, la coherencia es el nuevo lenguaje del liderazgo corporativo.
Este viraje refleja una madurez del ecosistema, donde ya no se celebra la intención sino la capacidad de ejecución. Las organizaciones están dejando atrás el simbolismo para concentrarse en procesos, inversiones y resultados medibles. La sostenibilidad se integra en la planeación estratégica, no como una moda, sino como una ventaja competitiva. Así, se consolida una visión de largo plazo que redefine el éxito.
La conversación ahora gira en torno a conceptos como continuidad del negocio, gestión de riesgos, eficiencia de recursos y retención del talento. Estos términos revelan que la sostenibilidad se ha vuelto un componente central de la operación. Ya no se trata de “romper” sistemas, sino de rediseñarlos con paciencia y consistencia.
El cambio real se construye con decisiones cotidianas.
La sala de juntas como nuevo epicentro
Las dudas sobre la validez de los criterios ESG trasladaron el debate directamente a los consejos de administración. La sostenibilidad dejó de ser un tema exclusivo de comunicación para convertirse en un asunto de gobierno corporativo. Este movimiento obligó a priorizar iniciativas con impacto real. Cada decisión ahora refleja convicciones estratégicas.
Integrar estos temas en la gobernanza permite establecer métricas más sólidas de inversión y desempeño. Las organizaciones ya no reaccionan, sino que anticipan escenarios. El propósito se traduce en lineamientos claros que guían la toma de decisiones. La estrategia se vuelve el puente entre impacto y rentabilidad.
Este enfoque también redefine el concepto de valor, incorporando dimensiones sociales y ambientales. La empresa ya no se mide solo por su crecimiento económico, sino por su contribución al entorno. Así, la sostenibilidad se convierte en un criterio operativo. El liderazgo se ejerce desde la coherencia.
Activismo corporativo en 2026: menos ruido, más impacto
En los últimos meses, muchas marcas redujeron campañas públicas en torno a temas ESG para concentrarse en la ejecución interna. Este silencio estratégico no implica retroceso, sino una evolución hacia acciones más profundas. El cambio ya no se anuncia, se demuestra. La credibilidad se construye con hechos.
El activismo corporativo en 2026 se define por convicciones reflejadas en decisiones difíciles y sostenidas en el tiempo. Cada iniciativa adoptada o suspendida revela el verdadero compromiso de la organización. La reputación ya no depende del discurso, sino de la consistencia. El impacto se vuelve tangible.
Este nuevo enfoque responde a una necesidad de autenticidad en un entorno saturado de mensajes. Las empresas entienden que el valor se genera cuando el propósito se integra en la operación. Así, el activismo se convierte en una herramienta estratégica. La transformación es interna antes de ser pública.
Cambiar la conversación con autenticidad
La forma de comunicar la sostenibilidad ahora depende de la cultura y los objetivos estratégicos de cada organización. La prioridad es el impacto, no la visibilidad. Se busca conectar con realidades tangibles y resultados verificables. La autenticidad reemplaza a la señalización de virtudes.
Para acelerar soluciones hacia 2026, el activismo debe escalar de forma estratégica. Algunas empresas liderarán desde la política pública, mientras otras integrarán cambios graduales en su operación. Ambos enfoques son válidos si parten de un propósito claro. La clave es la coherencia.
Este cambio de conversación fortalece la relación con los grupos de interés. La confianza se construye cuando las acciones reflejan los valores declarados. Así, la sostenibilidad se convierte en una práctica cotidiana. El relato se alinea con la realidad.
El valor del activismo silencioso
El activismo silencioso demuestra que no todo cambio necesita visibilidad. Los métodos no confrontativos permiten transformar sistemas sin polarizar. Este enfoque genera confianza y facilita el diálogo. La discreción se convierte en una estrategia. En un mundo fragmentado, esta forma de actuar abre espacios de colaboración. Las organizaciones pueden avanzar sin cerrar puertas. El cambio se vuelve un proceso compartido. La transformación se consolida.
El impacto a largo plazo se logra cuando las prácticas reemplazan al statu quo. La constancia supera al ruido. Así, el activismo se redefine como una fuerza sostenida. El progreso se construye paso a paso.
Colaborar para desafiar lo establecido
La colaboración con ONG y organismos profesionales permite abordar temas complejos sin temor a represalias. Estas alianzas amplían el alcance del cambio. La acción colectiva fortalece la legitimidad. El impacto se multiplica. Ejemplos como la Coalición Empresarial para un Tratado Global sobre Plásticos muestran el poder de unir voces. Las empresas ya no actúan solas. La cooperación redefine el liderazgo. El cambio se acelera.
Incluso cuando los métodos cambian, el objetivo sigue siendo desafiar el statu quo. Cuestionar sistemas obsoletos es parte del proceso. La sostenibilidad madura exige valentía. El futuro se construye hoy.
Activismo corporativo en 2026 como determinación estratégica
El año que viene no será de gestos, sino de decisiones alineadas con un propósito medible. La sostenibilidad se consolida como valor estratégico. Cada acción refleja convicciones. El cambio se institucionaliza. Aquí, el activismo corporativo en 2026 se posiciona como herramienta para construir resiliencia. No es un ejercicio de imagen, sino de transformación. La coherencia se vuelve diferencial. El impacto es real.
Hablar con discreción no es venderse, es elegir otra forma de generar valor. Las marcas que adopten esta lógica liderarán el progreso. La neutralidad ya no es viable. El futuro exige compromiso. Las empresas que prosperen serán aquellas capaces de pasar del discurso a la acción. La coherencia entre propósito y operación define el liderazgo. La sostenibilidad se vuelve un eje estratégico. El impacto es la medida del éxito.
En este horizonte, el activismo corporativo en 2026 representa una evolución necesaria. Es la expresión de una responsabilidad madura. El propósito se convierte en motor. El cambio es irreversible.
La noticia sacudió tanto a los círculos empresariales como a quienes siguen de cerca la evolución de la diversidad corporativa: una de las marca deportivas más influyentes del mundo enfrenta una investigación federal por presunta discriminación laboral en Nike. El caso no solo involucra documentos, demandas y citaciones judiciales, sino una discusión profunda sobre los límites de las políticas de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI) en el contexto actual de Estados Unidos. En el centro del debate está la pregunta de si promover la representación puede, paradójicamente, generar nuevas formas de exclusión.
De acuerdo con Aristegui Noticias, lo que comenzó como una revisión administrativa se ha convertido en un símbolo de una tensión mayor entre justicia social, legalidad y percepción pública. La intervención del gobierno estadounidense, a través de la Comisión para la Igualdad de Oportunidades en el Empleo (EEOC), ha colocado a Nike bajo un reflector incómodo. El caso trasciende a la empresa y pone en juego la credibilidad de los programas corporativos que buscan corregir desigualdades históricas sin violar los principios de igualdad ante la ley.
Discriminación laboral en Nike y el inicio de la investigación
La EEOC presentó una demanda ante un tribunal federal para obligar a Nike a entregar documentos relacionados con sus prácticas de contratación y desarrollo profesional. El organismo sostiene que la empresa pudo haber aplicado criterios raciales en decisiones laborales, lo que podría contravenir el Título VII de la Ley de Derechos Civiles.
La investigación se enfoca en programas de mentoría, liderazgo y capacitación con restricciones raciales.
Según la agencia, existen indicios de un “patrón o práctica” de trato desigual contra trabajadores blancos. Estas acusaciones abarcan desde ascensos y despidos hasta el acceso a oportunidades de crecimiento. Algunas se remontan a 2018, durante el primer mandato de Donald Trump, lo que amplía el alcance temporal del caso.
La demanda se justifica, afirma la EEOC, porque Nike no habría proporcionado toda la información solicitada en las citaciones previas. Para la agencia, este paso legal es necesario para determinar si hubo violaciones sistémicas a las leyes federales contra la discriminación.
Discriminación laboral en Nike y el papel de los programas DEI
El foco principal está en los objetivos de representación que la compañía estableció para 2025 en Estados Unidos. Nike buscaba alcanzar un 30% de minorías raciales y étnicas en puestos directivos y un 35% en su fuerza laboral corporativa. Para la EEOC, estas metas podrían haber derivado en decisiones que excluyeron a otros grupos.
Andrea Lucas, presidenta de la agencia, afirmó que cuando existan indicios contundentes de que los programas DEI pueden violar la ley, la EEOC actuará con firmeza. Aseguró que la protección contra la discriminación aplica a todas las razas, sin distinciones de color.
Este posicionamiento reabre un debate complejo: ¿hasta qué punto las metas de diversidad pueden coexistir con un marco legal que exige neutralidad racial? La respuesta, aún incierta, tendrá implicaciones para cientos de empresas que adoptaron estrategias similares.
El contexto político y legal detrás del caso
La investigación se inscribe en un entorno político donde el gobierno de Donald Trump ha reforzado la aplicación estricta de las leyes de derechos civiles. Bajo este enfoque, la EEOC ha intensificado sanciones e investigaciones contra organizaciones acusadas de prácticas discriminatorias, incluso cuando estas se presentan como iniciativas de inclusión.
Lucas, quien impulsó la acusación original en 2024 cuando era comisionada, sostuvo que Nike pudo haber tomado “medidas ilegales” al intentar construir una fuerza laboral representativa de sus consumidores. Para ella, la intención no justifica métodos que puedan vulnerar derechos.
Este contexto convierte al caso en un precedente potencial para el sector privado. Lo que se decida podría redefinir cómo se diseñan y comunican los programas DEI en el futuro.
La respuesta de Nike y su estrategia de defensa
La compañía calificó la investigación como una “escalada sorprendente e inusual”. En un comunicado, aseguró haber colaborado de buena fe con la EEOC y haber compartido miles de páginas de información, además de respuestas detalladas a las solicitudes recibidas.
Nike sostiene que continúa en proceso de entregar datos adicionales, a pesar de la versión de la agencia sobre una supuesta falta de cooperación. Para la marca, este conflicto no refleja una negativa, sino diferencias en la interpretación de los alcances legales de la investigación.
Desde su perspectiva, sus programas buscan crear entornos más justos y representativos, sin intención de excluir. Sin embargo, la disputa ahora se resolverá en los tribunales.
El impacto en la reputación y la confianza pública
Más allá del resultado legal, el caso ya ha generado un impacto en la percepción pública de la empresa. La posibilidad de una discriminación laboral en Nike plantea dudas sobre la coherencia entre sus valores declarados y sus prácticas internas.
Para muchos, este episodio demuestra que la transparencia y el diseño ético de políticas internas son tan importantes como los objetivos que se persiguen. La confianza se construye no solo con metas ambiciosas, sino con procesos claros y auditables. El caso también invita a otras organizaciones a revisar sus estrategias de diversidad, asegurando que estén alineadas con la ley y con principios de equidad real.
Un debate que trasciende a una sola empresa
La controversia no se limita a Nike. Refleja una conversación global sobre cómo equilibrar justicia histórica, representación y legalidad. En un mundo cada vez más polarizado, las empresas se encuentran en la delgada línea entre la innovación social y el riesgo legal.
La discriminación laboral en Nike se ha convertido en un símbolo de esta tensión. Lo que suceda marcará un antes y un después en la forma en que las compañías estructuran sus compromisos con la diversidad. Este caso no solo es un proceso judicial, sino una llamada de atención para el sector empresarial. Demuestra que las buenas intenciones deben ir acompañadas de marcos claros, inclusivos y legalmente sólidos.
Al final, el verdadero reto no es elegir entre diversidad o igualdad, sino construir modelos que integren ambas sin sacrificar derechos. La historia que hoy rodea a Nike podría ser el punto de inflexión para redefinir cómo se entiende la responsabilidad social en el siglo XXI.
El desperdicio de alimentos representa una de las contradicciones sociales y económicas más graves en México. Cada año se pierden alrededor de 20.4 millones de toneladas de alimentos, lo que equivale al 34 % de la producción nacional. Esta pérdida no solo implica un impacto económico superior a los 400 mil millones de pesos, sino también un enorme desperdicio de recursos naturales como agua, energía y suelo, en un contexto de creciente presión ambiental.
Al mismo tiempo, 27.5 millones de personas carecen de acceso a una dieta suficiente, nutritiva y de calidad. Esta realidad expone una brecha estructural: mientras millones de toneladas de alimentos aptos para el consumo humano se desechan, millones de familias enfrentan diariamente la incertidumbre de no saber si podrán cubrir una de sus necesidades más básicas.
Frente a estos desafíos, alianzas como la de Corporativo Kosmos —líder nacional en servicios de alimentación— y el Banco de Alimentos AMA —organización de la sociedad civil dedicada a rescatar, revalorizar y distribuir alimentos a familias en situación vulnerable— han unido capacidades y recursos para brindar apoyo alimentario en México y así ayudar a quienes más lo necesitan.
Corporativo Kosmos y AMA brindan apoyo alimentario en México
La alianza entre el Banco de Alimentos AMA y el brazo social de Corporativo Kosmos, la Fundación Pablo Landsmanas (FPL), inició en 2018 como una apuesta estratégica para ampliar el alcance del apoyo alimentario en México y fortalecer la lucha contra el hambre. En ese momento, tal cómo explicó María Contreras, Directora del Banco de Alimentos AMA, la organización tenía apenas tres años de operación, pero una visión clara: rescatar alimentos aptos para el consumo humano y llevarlos a las familias que más lo necesitaban.
Para AMA, la confianza de la FPL significó un parteaguas, pues les permitió incrementar de manera significativa el número de hogares beneficiados y consolidar un modelo de colaboración de largo plazo. Desde entonces, la FPL dona alimentos provenientes de distintas filiales de Corporativo Kosmos que han perdido su valor comercial, pero que aún pueden ser aprovechados, así como productos no perecederos:
“Nos convocan cuando van a sacar productos de sus almacenes por cuestiones de calidad, pero que aún son aptos para el consumo humano; nosotros los recibimos y los revalorizamos para canalizarlos a familias de bajos recursos”, detalla Contreras.
Gracias a esto, AMA logra beneficiar a grupos altamente vulnerables, como madres y padres solteros, personas adultas mayores, personas con discapacidad y familias cuyos ingresos mensuales no superan los 4 mil 700 pesos, los cuales pueden acceder a dietas suficientes, variadas y nutritivas a través de este tipo de alianzas.
Alimentos que alivian el hambre y el estrés cotidiano
Las familias beneficiadas reciben los insumos mediante el programa Canastas que Nutren, el cual les permite obtener una canasta semanal con alimentos perecederos —como frutas, verduras y otros productos frescos— y una canasta mensual de alimentos no perecederos, acompañada de un kit de higiene. Esta frecuencia permite que cada semana se apoye a familias distintas y que, de manera constante, más hogares cuenten con alimentos suficientes.
Las donaciones de Corporativo Kosmos y la Fundación Pablo Landsmanas no sólo representan el 13% de los productos que recibe AMA, sino que han hecho posible que más de 2 mil familias reciban un apoyo alimentario en México de manera mensual.
Más allá de cubrir una necesidad básica, este respaldo libera a las familias del estrés permanente que implica no saber si podrán comer al día siguiente. Además, contribuye a mejorar su salud, les brinda tranquilidad y les permite elevar su calidad de vida al reducir la carga económica destinada a la alimentación.
Tres frentes, una misma solución
Cabe destacar que la alianza entre la Fundación Pablo Landsmanas y el Banco de Alimentos AMA permite abordar de forma estratégica no una, sino tres problemáticas graves que enfrenta México. La primera es la inseguridad alimentaria, ya que, tan sólo en 2025, esta colaboración logró poner al alcance de más de 26 mil familias los insumos necesarios para ejercer su derecho a una alimentación nutritiva y suficiente, un derecho que millones de personas ven vulnerado diariamente.
La segunda es el desperdicio de alimentos, pues en siete años de trabajo colaborativo, esta alianza ha permitido recuperar más de mil 670 toneladas de alimentos aptos para el consumo humano, evitando que terminen en la basura y que se pierdan también todos los recursos empleados para producirlos —agua, energía, trabajo y transporte.
La tercera son las emisiones contaminantes, pues al rescatar todos estos alimentos, estas organizaciones han evitado la emisión de cerca de 3 mil 850 toneladas de CO₂, lo que equivale a plantar más de 185 mil árboles y conservarlos durante un año, lo que posiciona a este tipo de alianzas como una herramienta poderosa para impulsar la sostenibilidad y el cuidado del planeta.
Colaboraciones que alimentan a miles de familias mexicanas
Durante 2025, la alianza entre estas organizaciones continuó fortaleciendo su alcance. AMA recolectó alimentos de más de 60 empresas, siendo la colaboración con Corporativo Kosmos una de las más relevantes por su volumen y constancia. Gracias a estas aportaciones, se logró beneficiar a miles de familias en 13 alcaldías de la Ciudad de México y 4 municipios del Estado de México, con especial énfasis en Iztapalapa, una de las alcaldías con mayor inseguridad alimentaria del país. María Contreras, directora del Banco de Alimentos AMA, expresó su agradecimiento por esta colaboración:
“Quiero agradecer a la Fundación Pablo Landsmanas, a su equipo directivo y a todas las personas de sus unidades de negocio por el compromiso y responsabilidad social que tienen con el combate al hambre y con ayudar a que miles de familias reciban los alimentos variados y nutritivos que merecen”.
Dado el volúmen y constancia del apoyo que Corporativo Kosmos brinda al banco de alimentos, la compañía líder en servicios de alimentación en México se ha convertido en uno de los aliados más destacados del banco, cuyo apoyo resulta indispensable para que AMA pueda lograr el objetivo de alimentar a más personas, pues, como destacó Contreras, sin este tipo de sinergias sería imposible cumplir su misión:
“Alianzas como esta nos permiten ampliar nuestro alcance de apoyo y llegar a más familias que lo necesitan; no podemos hacerlo solos, necesitamos el respaldo de empresas como ustedes”.
Corporativo Kosmos y AMA: sumando esfuerzos para transformar realidades
La colaboración entre Corporativo Kosmos, la Fundación Pablo Landsmanas y el Banco de Alimentos AMA demuestra que el trabajo conjunto entre el sector privado y las organizaciones de la sociedad civil es una vía efectiva para enfrentar problemáticas estructurales como el hambre y el desperdicio de alimentos en México. Cuando los recursos, la logística y la voluntad social se alinean, el impacto se multiplica.
Más allá de las cifras, esta alianza refleja el valor de construir soluciones sostenibles que dignifican a las personas, cuidan el medio ambiente y fortalecen el tejido social. Apostar por este tipo de colaboraciones no solo es una estrategia de responsabilidad social, sino una contribución directa a un país más justo, donde el derecho a la alimentación deje de ser una deuda pendiente.
El debate sobre cómo financiar la respuesta global al cambio climático ha entrado en una fase decisiva. En un contexto marcado por desastres cada vez más frecuentes, desigualdades profundas y una crisis de confianza en los sistemas fiscales, la ONU vuelve a poner sobre la mesa una idea que durante años fue considerada políticamente inviable: que quienes más contaminan contribuyan directamente a reparar el daño causado. Hoy, la conversación ya no gira solo en torno a metas ambientales, sino a la arquitectura económica que las hace posibles.
De acuerdo con The Guardian, en este escenario, la propuesta de un impuesto climático se perfila como un punto de inflexión para la gobernanza global. No se trata únicamente de recaudar recursos, sino de redefinir responsabilidades históricas y abrir una vía de justicia para los países más golpeados por la crisis. Mientras las negociaciones avanzan en Nueva York, el mundo observa si esta vez el discurso se traducirá en reglas claras y vinculantes.
El llamado a que “quien contamina pague”: el impuesto climático como eje del nuevo debate
Las conversaciones sobre un tratado fiscal global han regresado a la sede de la ONU con una consigna central: hacer que los grandes contaminadores asuman parte del costo de la crisis climática. Decenas de países respaldan reglas más estrictas para que las ganancias extraordinarias de las petroleras no queden al margen de la responsabilidad ambiental.
Este impulso busca conectar dos crisis que hasta ahora se han tratado por separado: la climática y la fiscal. Para muchos negociadores, el impuesto climático no es solo una herramienta financiera, sino una señal política de que el modelo extractivo ya no puede sostenerse sin rendir cuentas.
El reto es que este principio no quede diluido en declaraciones generales. Los países en desarrollo reclaman que el texto final establezca con claridad cómo se vincularán los tributos ambientales con los compromisos climáticos reales.
Países vulnerables: cuando el clima destruye economías enteras
Para naciones expuestas a huracanes, sequías e inundaciones, la discusión no es teórica. Jamaica, por ejemplo, vio desaparecer en una noche el equivalente al 40 % de su PIB tras el paso del huracán Melissa, una experiencia que ilustra la urgencia de un sistema más justo.
Delegados de estas regiones subrayan que sin recursos propios no hay resiliencia posible. Depender de préstamos y deuda solo profundiza la fragilidad, mientras que un esquema fiscal global permitiría reconstruir de forma sostenible.
En este contexto, la tributación ambiental se convierte en una palanca de desarrollo. La demanda es clara: no puede haber sostenibilidad sin integrar el cambio climático en el diseño de las normas fiscales internacionales.
Un proceso lento y lleno de resistencias
El tratado, impulsado originalmente por países africanos en 2022, ha avanzado con lentitud. La salida de Estados Unidos de las conversaciones y la preferencia de algunos países ricos por discutir estos temas en la OCDE han generado tensiones sobre quién debe liderar la agenda.
Para muchos Estados, la ONU sigue siendo el único foro verdaderamente inclusivo, donde todas las voces tienen peso. Sin embargo, las propuestas iniciales se han suavizado, eliminando incluso la idea de un registro global de activos que facilitaría gravar a los ultrarricos.
Esta resistencia refleja un temor persistente: que un sistema fiscal más justo altere el statu quo económico. Aun así, la presión de la sociedad civil y de los países más afectados no deja de crecer.
Desigualdad global y beneficios extraordinarios
Mientras comunidades enteras luchan por sobrevivir, las cifras muestran un contraste extremo. El 0.001 % más rico del planeta acumula más riqueza que la mitad más pobre de la población, una brecha que sigue ampliándose.
Las petroleras, por su parte, han obtenido beneficios récord, impulsados por la volatilidad de los precios tras conflictos geopolíticos. Organizaciones como Eurodad estiman que un recargo del 20 % sobre las mayores productoras habría generado más de un billón de dólares desde 2015.
Este escenario refuerza el argumento de que el impuesto climático no es una penalización, sino una corrección necesaria para equilibrar un sistema profundamente asimétrico.
Paraísos fiscales: el agujero negro de la recaudación
La Red de Justicia Fiscal calcula que los países pierden casi 500 mil millones de dólares al año debido a la evasión facilitada por paraísos fiscales. Este dinero podría financiar infraestructura resiliente, transición energética y protección social. Sin mecanismos globales, los esfuerzos nacionales quedan limitados. Las empresas pueden trasladar ganancias y los individuos más ricos esconder activos, debilitando cualquier intento de tributación progresiva.
Por ello, la convención busca cerrar estas brechas mediante normas comunes. Solo así se podrá garantizar que los recursos fluyan hacia quienes más los necesitan.
Justicia climática y corresponsabilidad histórica
Para pequeños Estados insulares como Tuvalu, la crisis climática no es una amenaza futura, sino una realidad diaria. Sus representantes recuerdan que quienes menos han contribuido al problema son quienes enfrentan las peores consecuencias. Desde esta perspectiva, el impuesto climático se convierte en una herramienta de justicia, al reconocer la responsabilidad histórica de los mayores emisores y su obligación de apoyar a los más vulnerables.
Activistas insisten en que la tributación ambiental progresiva puede reducir desigualdades y fortalecer la cooperación internacional, alineando economía y sostenibilidad.
Hacia un nuevo pacto fiscal global
Algunos países ya exploran impuestos al consumo de combustibles fósiles, pero solo un acuerdo amplio permitiría gravar directamente la extracción y el patrimonio de los ultrarricos sin provocar una “carrera hacia el fondo”.
Estudios muestran que un impuesto anual de hasta 5 % sobre grandes fortunas podría recaudar 1.7 billones de dólares al año. Si se coordina globalmente, este mecanismo reduciría la evasión y ampliaría la base de recursos. El respaldo reciente de países como el Reino Unido al principio de “quien contamina paga” sugiere que el consenso, aunque frágil, comienza a tomar forma.
La propuesta de la ONU no es solo un ajuste técnico, sino un intento de redefinir las reglas del juego en una era marcada por la catástrofe climática. Vincular la tributación con la sostenibilidad implica reconocer que la economía global debe transformarse si quiere seguir siendo viable.
Si las negociaciones logran concretar un acuerdo ambicioso, el mundo podría dar un paso histórico hacia una gobernanza más justa. El desafío ahora es convertir la voluntad política en un sistema que haga realidad la promesa de que, esta vez, los costos no recaigan sobre quienes menos han contribuido al problema.
La desaparición de una especie rara vez ocurre de forma visible. No hay un momento exacto, ni un último registro que haga ruido en los titulares globales. Ocurre en silencio, mientras los ecosistemas se fragmentan, las poblaciones se reducen y las alertas científicas quedan atrapadas entre otras urgencias. Así, el mundo despertó en 2025 con una cifra que estremece: 44 especies declaradas extintas por la UICN.
No se trata solo de números ni de nombres en una lista. Cada pérdida representa un vacío ecológico, una historia interrumpida y una señal clara de que los sistemas naturales están llegando a puntos de no retorno. En un contexto donde la sostenibilidad se discute en foros empresariales, gobiernos y comunidades, esta realidad nos confronta con una pregunta incómoda: ¿qué tanto más podemos perder antes de cambiar?
El peso de las especies extintas en 2025 en los ecosistemas
De acuerdo con Aristegui Noticias, las especies extintas en 2025 no son casos aislados ni excepciones estadísticas. Forman parte de una tendencia que la ciencia describe como una aceleración sin precedentes en la historia reciente del planeta. Para la UICN, cada evaluación no solo confirma una desaparición, sino que evidencia una falla colectiva en la protección de la biodiversidad.
El término “irreversible” que utilizan los expertos no es retórico. Cuando una especie se extingue, desaparece también su función ecológica: su rol en la cadena alimentaria, su interacción con otras especies y su contribución al equilibrio de los hábitats. El impacto, aunque invisible a simple vista, se propaga en cascada.
Historias que ya no volverán
El zarapito fino (Numenius tenuirostris) surcó durante siglos los cielos de Eurasia y el norte de África. Su migración era parte del pulso natural entre continentes, una coreografía ancestral que hoy solo existe en registros científicos y relatos de observadores.
En el océano, el pequeño caracol Conus lugubris, endémico de Cabo Verde, también desapareció. Aunque su picadura era venenosa, cumplía una función clave en los ecosistemas marinos. Su pérdida es un recordatorio de que incluso las especies menos “carismáticas” sostienen la vida bajo la superficie.
Mamíferos que se extinguieron lejos del radar
La musaraña de la Isla de Navidad (Crocidura trichiura) fue vista por última vez en la década de 1980. Su desaparición se confirmó décadas después, cuando ya no quedaba rastro alguno de sus poblaciones. Pequeña, discreta y frágil, su historia resume el destino de muchas especies ignoradas.
Australia también perdió tres especies de bandicuts, marsupiales que durante siglos lograron adaptarse a ambientes extremos. Lo que no pudieron resistir fue la presión humana: pérdida de hábitat, especies invasoras y cambios en el uso del suelo terminaron por borrarlos del mapa.
Las especies extintas en 2025 se suman a una cifra aún más inquietante: más de 48,600 especies están hoy en peligro de extinción, lo que representa el 28 % de las evaluadas por la UICN. Algunos grupos enfrentan riesgos extremos, como las cícadas, los corales, los anfibios y los tiburones.
Este panorama no es estático. En los últimos cinco años, 310 especies pasaron oficialmente a la categoría de “Extinta”. Aunque parte del aumento se debe a proyectos de investigación más amplios, la tendencia confirma que la tasa de desaparición sigue creciendo.
Cómo se mide el riesgo de desaparecer
La UICN evalúa a las especies mediante criterios cuantitativos que analizan el tamaño de sus poblaciones, su distribución, el grado de fragmentación y la velocidad de su declive. Estos indicadores permiten estimar la probabilidad de extinción y clasificarlas desde “Preocupación Menor” hasta “Extinta”.
Este sistema no solo ordena datos; también establece prioridades de conservación. Cada categoría es una alerta temprana que, si se ignora, puede convertirse en una sentencia definitiva.
Las especies extintas en 2025 comparten patrones claros: destrucción de hábitat, sobreexplotación, introducción de especies invasoras, enfermedades emergentes y el impacto creciente del cambio climático. Ninguna de estas amenazas actúa de forma aislada; se refuerzan entre sí.
En muchos casos, la presión humana acelera procesos que, de otro modo, tomarían siglos. La diferencia hoy es la velocidad: los ecosistemas no logran adaptarse con la misma rapidez con la que se transforman.
Un reto que también es corporativo y social
Para quienes trabajan en responsabilidad social, esta crisis no es ajena. La pérdida de biodiversidad afecta cadenas de suministro, seguridad alimentaria, estabilidad económica y bienestar comunitario. No es solo un problema ambiental, es un riesgo sistémico. Integrar la conservación en las estrategias empresariales ya no es opcional. Proteger la naturaleza es proteger la continuidad de los modelos de negocio, las comunidades y los recursos de los que dependemos.
Las especies extintas en 2025 son más que una estadística alarmante: son un reflejo de nuestra relación con el planeta. Cada nombre en la Lista Roja representa una oportunidad perdida para actuar a tiempo y una señal de que la sostenibilidad debe ir más allá del discurso.
Frente a esta crisis silenciosa, el desafío es transformar la conciencia en acción. La biodiversidad no es un recurso infinito, y su desaparición es una advertencia clara: proteger la vida en todas sus formas es, en última instancia, proteger nuestro propio futuro.