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Preservar el contrato cívico

Al día siguiente del accidente nuclear de Fukushima, 28.000 ciudadanos abandonaron de forma serena y ordenada su casa dando un ejemplo de coraje ante la adversidad, que fue respondido por la sociedad japonesa con un alto nivel de conciencia cívica y abnegación. El 3 de diciembre pasado una ola de robos en supermercados y comercios afectó a la ciudad argentina de Córdoba coincidiendo con una huelga de policías.

Por las mismas fechas, la capital de Ucrania comenzó unas importantes movilizaciones contra su gobierno que se están saldando con fuertes enfrentamientos con la policía, manifestantes heridos y el asalto o bloqueo de edificios oficiales. Y desde este mes de enero, el descontento entre los vecinos del barrio de Gamonal en Burgos por el proyecto del Ayuntamiento para transformar en bulevar una de las arterias principales de la ciudad, derivó en indignación, luego en protestas y finalmente en disturbios violentos.

Estos eventos son de naturaleza y origen muy diferente pero muestran que es en los incidentes críticos donde se pone mejor de manifiesto la naturaleza cívica de un colectivo.

Durante este año, la ciudadanía catalana (y española) estará expuesta a momentos de especial trascendencia política que pueden ser motivo de posible discusión y tensión. Vale la pena recordar, con permiso del ministro Fernández Díaz, que hasta el momento Catalunya no ha vivido ningún episodio relevante de rotura («una fractura sin precedentes que contamina la convivencia») por esta causa, sino que, salvo alguna gamberrada, los parámetros de actuación de la gente han sido más que civilizados. Parece como si lo que hace treinta años era el discurso hegemónico neomarxista de la Escuela de Frankfurt -la teoría del consenso (y algunos añadirían de la lentitud) como fundamento moral de la democracia- ahora se haya convertido en el gran dogma de fe de los conservadores por una y otra parte.

Por ello, conviene recordar que, gracias a pensadores como J. Muguerza, hoy sabemos que también el disenso en democracia introduce un elemento dinámico en las deliberaciones morales y políticas y que, a veces, la posibilidad de discrepar es la mejor manera de ampliar la libertad y el corsé de lo considerado admisible por determinadas instituciones o élites con intereses no precisamente universales. El disenso razonado y civilizado, pues, puede ser también en democracia una vía pacífica y exitosa de mejora política y avance moral.

La ciudadanía catalana está reformulando de raíz su contrato político con España, pero en ningún momento ha puesto en cuestión ni quiere poner en cuestión las bases morales de su propio contrato cívico. Un contrato caracterizado por la voluntad de mantener una identidad propia basada en la lengua, la capacidad de acogida y de acomodación de la inmigración, la apuesta por el progreso material y social, el sentimiento de ser un solo pueblo, una vida asociativa activa que vehicula la participación de la sociedad civil en los grandes proyectos colectivos del país, y un conjunto de valores que identificamos como propios: el civismo, la tolerancia, la calidad de vida, la justicia y la cohesión sociales, etc.. En todo esto nos conocemos y reconocemos. Y no queremos poner en cuestión ninguno de estos elementos . No hay «un» partido, o «una» institución o «un» valor que haga de cohesionador social exclusivo y sin los cuales el país se diluiría como un azucarillo. Más bien, el modelo catalán ha consistido en forjar un cañamazo de micro-airbags (laborales, sindicales, educativos, asociativos, culturales, deportivos, políticos…) que han acabado por aglutinar nuestro capital social y nuestro sentimiento de pueblo (demos) y de nación. Pase lo que pase durante este año eso no lo perderemos, o mejor dicho, no lo querremos perder.

Pero si en los próximos meses queremos evitar futuros intentos externos de fragmentación social o formas improcedentes de confrontación interna deberemos saber apelar a los pilares de nuestra convivencia establecidos en nuestro contrato cívico y tendremos que demostrar que en este reto que tenemos por delante las formas (de hacer las cosas) son también el contenido. Nos tendremos que mirar en el espejo (parlamentario, urbano, mediático y virtual) y gustarnos. El ejercicio cívico y democrático en sociedades avanzadas debe poder denunciar las imposturas, los oportunismos y demagogias, debe poder manifestar el disenso o favorecer el consenso, debe poder expresarse de manera festiva o ruidosa en su caso, pero no debe basarse en el insulto parapetado bajo el anonimato de las redes sociales, ni en la descalificación personal o la violencia física o verbal, ni en la clasificación de buenos o malos, leales o traidores, ni en la amenaza, la exclusión, segregación o marginación de nadie. Como hemos dicho antes, en este proceso de reformulación del contrato político los catalanes nos tenemos que conocer y reconocer en las formas de actuar, de expresarnos, de ser y de convivir. No sólo somos ‘el’ pueblo sino que debemos seguir siendo ‘un’ pueblo, con expresiones plurales y diversas, con consensos y disensos.

Ahora mismo, esta conciencia de demos congrega nuestra máxima identificación en la reclamación del derecho a poder votar en referéndum sobre nuestro futuro político. Esta es nuestra fortaleza y no debemos tener ningún miedo en defenderla y ejercerla. Independientemente del resultado y del avatar político a que éste nos lleve, el contrato cívico debe permanecer, la convivencia debe mantenerse y los principios de acogida y tolerancia no han de debilitarse.



Josep M. Lozano

Profesor del Departamento de Ciencias Sociales e investigador senior en RSE en el Instituto de Innovación Social de ESADE (URL). Sus áreas de interés son: la RSE y la ética empresarial; valores y liderazgos en las organizaciones; y espiritualidad, calidad humana y gestión. Ha publicado sus investigaciones académicas en diversos journals. Su último libro es La empresa ciudadana como empresa responsable y sostenible (Trotta) Otros de sus libros son: Ética y empresa (Trotta); Los gobiernos y la responsabilidad social de la empresa (Granica); Tras la RSE. La responsabilidad social de la empresa en España vista por sus actores (Granica) y Persona, empresa y sociedad (Infonomía).

Ha ganado diversos premios por sus publicaciones. Fue reconocido como Highly commended runner-up en el Faculty Pionner Award concedido por la European Academy of Business in Society i el Aspen Institute. Ha sido miembro de la Comissió per al debat sobre els valors de la Generalitat; del Foro de Expertos en RSE del MTAS; del Consejo Asesor de la Conferencia Interamericana sobre RSE del BID; y de la Taskforce for the Principles for Responsible Business Education del UN Global Compact. En su página web mantiene activo un blog que lleva por título Persona, Empresa y Sociedad

Blog RSE de la Universidad Complutense de Madrid

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