3er Sector

Matices: Betty Carregha

1bettyTestimoniales de mujeres victoriosas del cáncer de mama

Un sábado, a fines de noviembre de 1999, sentí una bolita extraña en mi pecho derecho. Para el lunes ya estaba yo con mi ginecólogo, el doctor Ricardo Asch, quien después de una revisión y ultrasonido me aseguró que no tenía nada de qué preocuparme.

En febrero del 2000 regresé, pues la bolita seguía ahí, pero el médico volvió a asegurarme que no había motivo para alarmarme. Para mayo de ese mismo año la bolita ya había crecido considerablemente, entonces regresé a ver al ginecólogo con la idea que me la quitara, porque aunque “sabíamos” que no era maligna, ya me molestaba. Cuando el doctor volvió a revisarme me di cuenta, por la cara que puso, que las cosas no estaban tan bien como pensábamos. Me mando de inmediato a hacerme una mamografía y a pedir la opinión de un oncólogo.

La sola idea de ir a ver a un oncólogo, que existiera la posibilidad de tener un cáncer, me aterrorizo. Pero el tener miedo no cambiaba las cosas… Todo sería diferente si en lugar de esperar seis meses para actuar; lo hubiéramos hecho de inmediato. El perder ese tiempo por un mal diagnóstico puso en altísimo riesgo mi vida, y eso aún me llena de rabia y de impotencia ¿Qué le hubiera costado a mi ginecólogo cerciorarse de que mi bolita era maligna? ¿Por qué no me mando hacer los estudios antes? ¿Por qué no una biopsia? ¿Por qué no un poco más de humildad en su profesión? ¿Por qué asegurar con esa ligereza que en mi cuerpo no había nada maligno sin tener pruebas?

No se imaginan la tristeza que esto me ha provocado, el enorme coraje por no haber utilizado la avanzada tecnología que hoy existe para hacer un diagnostico oportuno. Vivo en una gran metrópoli, atendida, en apariencia, por un medico competente, de prestigio y que cobra una fortuna por su consulta… No estaba yo en la selva, ni en medio de un pueblo olvidado por el mundo.

A fines de mayo me realizaron una mastectomía radical. El tumor; que cuando me lo detecté medía 1.2 centímetros de diámetro, era ya más de cuatro. Se había expandido hacia los ganglios de la axila y cuatro de ellos estaban infectados. Me pregunto; ¿Cuántas víctimas de cáncer como yo habrá por un diagnostico equivocado? ¿Cuántos niños pierden a su madre? ¿Cuántas vidas se pierden por una enfermedad que es curable si se diagnostica a tiempo?

La noche anterior a mi operación y después de darles las buenas noches a mis hijas, me quedé platicando con una de ellas, con la menor, que en ese entonces tenía tres años. Le explique que me iba de viaje por unos días… Mientras platicábamos, me tomo la cara con sus manitas y empezó a acariciarme y a darme muchos besitos. Lo hizo despacio, con calma, con suavidad. Mientras lo hacía me decía que me quería mucho, y luego dijo repetidas veces “es un milagro… es un milagro… es un milagro”. En ese momento me sentí la mujer más amada en el mundo y lloré en silencio. Ella seguía acariciándome, hablándome…No sé cuánto tiempo pasó, perdí la noción, tal vez mucho o tal vez un instante, pero eso fue suficiente para darme la fortaleza que necesitaba para sentir el infinito amor de Dios. En ese momento se quedo tatuado en mi alma, en mi corazón… ha sido el mejor regalo que me hayan dado en la vida. Tan es así que hoy, ya pasado tanto tiempo, cuanto me siento angustiada o preocupada mi consuelo es cerrar los ojos y recordar ese instante…

Esa comunión con Dios a través de las palabras y el amor de mi hija es mi gran tesoro. Después de esa noche ya no me parecía imposible superar ese trance tan difícil que representaba para mí el cáncer. Dios se convirtió en mi compañero en los días en el pánico se apodera de mí en la luz cuando las tinieblas no me dejaban ver; en la esperanza cuando todo era desasosiego. Creo que él me condujo con el médico apropiado para darme el tratamiento adecuado; no al que yo quisiera ir, sino al que me erradicara definitivamente el cáncer o al menos el que mayor me diera índice de no reincidencia.

Viaje con mi esposo a Dallas, Texas ya que sabíamos que ahí se encontraba una eminencia y un nuevo esquema para el cáncer de mama. Tuve que recortar mi economía, vender algunos bienes, ya que no tenía seguro de gastos médicos. Pero la prioridad de la familia era mi salud, el dinero pasaba a segundo término. Encontré el doctor George Blumenschein un gran apoyo, me inspiro una gran confianza pero sobre todo me ofreció una mano amiga… era alguien a quien sí le preocupaba mi salud.

Me trate en México con la supervisión del doctor Blumenschein. La precisión del médico era sorprendente. El pelo se me cayó cuando exactamente el día que él me lo anunció. Y debo confesar que me costó mucho superar la caída del cabello, pero ofrecí la tristeza que esto me provocaba a las miles de personas, a los miles de niños que han pasado por esto en condiciones mucho más adversas y difíciles que las mías. Sé que el sufrimiento humano es enorme, y mi sufrimiento era una manera de acompañarlos.

Actualmente en mi vida todo es felicidad. Recobré la salud y reencontré a Dios. Ojala que alguien que esté pasando lo que yo pasé halle en Dios la Luz, la paz y la fuerza que yo encontré en Él. Gracias


Fundación Cim*ab

Fuente: Matices. 27 testimonios de sobrevivientes de cáncer de mama; Lindero Ediciones, 2003. p109-110

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