Hay amenazas climáticas que llegan con estruendo: un huracán, una inundación, un incendio. Y hay otras que aparecen sin destruir edificios ni dejar imágenes espectaculares, pero pueden poner en riesgo la vida de miles de personas. El aumento sostenido de las temperaturas pertenece a esta segunda categoría. Su impacto puede comenzar con un dolor de cabeza y terminar agravando una enfermedad cardiovascular, respiratoria o renal.
Eso es lo que está experimentando Romuel Delos Santos, un trabajador de 27 años en Metro Manila, Filipinas. Después de cuatro años en la construcción, estaba acostumbrado a trabajar con acero bajo temperaturas elevadas; sin embargo, durante el último año comenzó a sufrir sarpullido y fuertes dolores de cabeza. Para él, el cambio climático dejó de ser una discusión sobre el futuro: se convirtió en una condición que determina cómo puede trabajar hoy.
¿Por qué el calor extremo representa un riesgo creciente para la salud?
La conversación sobre cambio climático suele concentrarse en los fenómenos más visibles. Pero mientras inundaciones y tifones pueden convertirse rápidamente en emergencias, las altas temperaturas tienen una capacidad distinta: permanecer, acumularse y desgastar.
Asia permite observar esta transformación con claridad. De acuerdo con un informe de la Organización Meteorológica Mundial publicado en junio, la región atravesó uno de sus años más cálidos registrados, mientras los océanos alcanzaron temperaturas extraordinarias y aumentaron los fenómenos meteorológicos severos.
El problema no se limita al termómetro. Cuando las temperaturas suben de forma sostenida, también aumenta la presión sobre los sistemas de salud, las redes eléctricas, los cultivos y las actividades laborales. La salud humana termina conectada con cada uno de esos factores.

¿Cómo afecta el calor extremo al cuerpo humano?
El organismo necesita mantener una temperatura relativamente estable para funcionar. Cuando la exposición al calor se prolonga, esa capacidad de regulación puede verse comprometida y generar desde síntomas aparentemente menores hasta complicaciones graves.
El riesgo aumenta para quienes trabajan al aire libre, las personas mayores y quienes viven con enfermedades preexistentes. En estos grupos, las altas temperaturas pueden agravar problemas cardiovasculares, respiratorios y renales, además de afectar la salud mental.
Lo más complejo es que no siempre existe una relación evidente entre el clima y el fallecimiento. Una persona puede morir de un infarto o sufrir un accidente cerebrovascular durante un periodo de temperaturas elevadas sin que las estadísticas registren necesariamente esa muerte como consecuencia del calor.
¿Por qué las muertes relacionadas con el calor pueden estar subestimadas?
Aquí aparece una de las grandes paradojas del problema. Un tifón puede dejar una cifra de fallecidos claramente identificable después de atravesar una región. El calor, en cambio, puede contribuir a decenas o cientos de muertes sin aparecer como causa principal en los registros de desastres.
Juthamard Surapongchai, investigador y profesor del Instituto de Ciencias del Deporte Gatorade de la Universidad Mahidol, en Tailandia, explica que muchas de estas muertes terminan clasificándose bajo causas médicas convencionales. El resultado es una estadística que puede ocultar parte de la verdadera dimensión del fenómeno.
Jemilah Mahmood, directora ejecutiva del Centro Sunway para la Salud Planetaria de la Universidad Sunway de Malasia, incluso advierte que las muertes asociadas a las altas temperaturas podrían alcanzar o superar las provocadas por los tifones. El problema es que, al no existir una destrucción visible, la amenaza permanece fuera del radar público.
Asia ya muestra las consecuencias del aumento de temperaturas
La experiencia asiática funciona como una advertencia sobre lo que ocurre cuando las olas de calor dejan de ser episodios excepcionales. Desde 2020, distintos países del sudeste asiático han enfrentado temporadas particularmente intensas.
En 2024, Filipinas registró 77 casos de enfermedades relacionadas con las altas temperaturas. En Tailandia se confirmaron al menos 30 muertes vinculadas con el calor y posteriormente las autoridades emitieron alertas para recomendar a la población permanecer en casa. Vietnam, por su parte, declaró un estado de emergencia frente a temperaturas anormalmente elevadas que también contribuyeron a una fuerte sequía y afectaron actividades agrícolas.

Los efectos tampoco terminan en la salud. Las olas de calor han obligado a interrumpir actividades escolares y laborales, incrementado la demanda de electricidad y afectado cultivos y ecosistemas. Un análisis publicado por The Lancet en 2025 encontró que Asia presentó el segundo mayor incremento en la exposición a olas de calor asociado con el cambio climático durante el periodo estudiado, solo por debajo de los pequeños estados insulares.
¿Quiénes son más vulnerables ante las altas temperaturas?
El caso de Delos Santos ayuda a entender que la exposición al calor también tiene una dimensión económica. Cuando los síntomas persisten, acudir al médico puede significar perder un día de salario y, además, asumir gastos de atención. En su caso, la cobertura médica no forma parte de sus prestaciones laborales.
No todas las personas cuentan con las mismas posibilidades para protegerse. Un trabajador que debe permanecer al aire libre, una persona mayor que vive sola o alguien con una enfermedad crónica enfrenta condiciones distintas frente a una misma temperatura.
Por ello, la conversación sobre adaptación climática también debería incorporar las desigualdades sociales. Contar con agua, sombra, descansos, atención médica y mecanismos de protección laboral puede marcar la diferencia entre una exposición manejable y una emergencia sanitaria.
¿Qué pueden hacer las aseguradoras frente al riesgo climático?
El vínculo entre clima y salud también está modificando la conversación dentro de la industria aseguradora. Un informe de Forum for the Future patrocinado por AIA analiza precisamente cómo están evolucionando los riesgos sanitarios asociados con el clima en Asia y qué pueden hacer distintos actores para fortalecer su capacidad de respuesta.
La propuesta parte de una idea sencilla: esperar a que aparezca la enfermedad puede ser mucho más costoso que trabajar en prevención. Para las aseguradoras, esto abre oportunidades en materia de educación sanitaria, promoción de hábitos saludables, acceso a servicios médicos y programas de bienestar.
También existe un papel potencial fuera de la relación directa con los asegurados. Las compañías pueden colaborar con proveedores de salud, gobiernos, comunidades y organizaciones para investigar los efectos del clima, mejorar la coordinación de atención y desarrollar estrategias que permitan identificar riesgos antes de que se conviertan en problemas graves.
¿Qué necesita cambiar para proteger la salud en un clima más cálido?
El desafío es que todavía existen preguntas sin resolver. Se conoce cada vez mejor la relación entre temperaturas elevadas y determinados resultados de salud, pero todavía falta información sobre cómo varía el impacto entre regiones, grupos de población y sistemas sanitarios.
También es necesario comprender mejor qué ocurre cuando la exposición al calor no dura unas horas, sino semanas o temporadas completas. Para las personas que viven con enfermedades crónicas, esta diferencia puede ser determinante y obliga a pensar la adaptación climática desde una perspectiva de prevención y no únicamente de respuesta ante emergencias.
La responsabilidad, por tanto, es compartida. Las empresas pueden revisar las condiciones de trabajo; los gobiernos pueden fortalecer sistemas de alerta y atención; las aseguradoras pueden impulsar prevención; y las comunidades pueden desarrollar redes de protección para quienes enfrentan mayores riesgos.
Lo que ocurre con Romuel Delos Santos parece, a primera vista, una historia individual: un trabajador que necesita beber más agua y descansar bajo la sombra para poder terminar su jornada. Pero su experiencia revela algo mucho más grande. Cuando una persona acostumbrada a trabajar bajo el sol comienza a sentir que el calor atraviesa incluso su ropa, el cambio climático deja de ser una estadística y se convierte en una experiencia cotidiana.
El verdadero reto será reconocer esa amenaza antes de que se traduzca en más enfermedades, ausencias laborales, gastos médicos y muertes que ni siquiera quedan registradas como relacionadas con el clima. La salud pública tendrá que prepararse para un escenario en el que proteger a las personas no significará únicamente responder a desastres visibles, sino anticiparse también a aquellos riesgos que avanzan silenciosamente.











