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Las empresas hablan de cuánto invierten en inclusión, pero ¿cuánto les cuesta no tenerla?

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Una empresa puede tener políticas de diversidad, capacitaciones y campañas de inclusión, pero existe una pregunta menos frecuente: ¿cuánto le cuesta cuando una persona no se siente segura para ser quien es en el trabajo? El impacto no siempre aparece en una factura, un balance financiero o un indicador de productividad. Sin embargo, se acumula en cada idea que un colaborador decide no compartir, en cada conversación que evita y en cada oportunidad que deja pasar por miedo a ser juzgado.

Ese costo tiene un nombre: un impuesto emocional que pagan las personas cuando deben permanecer en guardia para protegerse de posibles sesgos relacionados con su identidad. Género, orientación sexual, edad, apariencia física o lugar de origen pueden convertirse en motivos para editar la propia conducta. Y mientras el colaborador paga con desgaste y salud, la organización puede terminar pagando con menor desempeño, compromiso, innovación y retención de talento.

¿Qué es el precio de la exclusión laboral y cómo empieza a cobrarse?

El impuesto emocional aparece cuando una persona siente que necesita esconder, modificar o controlar una parte de sí misma para evitar un trato injusto. “Cuando un trabajador siente que debe protegerse de una manera constante para evitar ser juzgada, estereotipada o discriminada por una parte de su identidad, ahí es donde comienza a pagar un impuesto emocional”, explica Alejandra Moreno Maya, consultora en inclusión en MAREA.

La situación puede ser tan cotidiana como una mujer que duda antes de intervenir en una junta por temor a no parecer suficientemente inteligente; un hombre que evita hablar de salud mental para no ser considerado débil; una persona LGBTIQ+ que omite mencionar a su pareja o un colaborador mayor que prefiere no revelar su edad. También puede aparecer cuando alguien modifica su apariencia física para intentar encajar en las expectativas de su entorno.

De acuerdo con Catalyst, seis de cada 10 trabajadores pertenecientes a grupos históricamente marginados pagan este impuesto emocional al mantenerse diariamente en alerta para evitar que un rasgo de su identidad provoque un trato injusto. En México, además, solo 36% de los profesionales considera que puede mostrarse auténtico en el trabajo, según Talent Trends 2025 de Michael Page.

el precio de la exclusión laboral

El precio de la exclusión laboral también se paga con salud

El problema no termina en la incomodidad. Mantenerse constantemente atento a lo que se dice, cómo se actúa y qué parte de la identidad puede mostrarse genera una carga mental que compite directamente con la energía que debería estar destinada al trabajo. “Imagínate que una persona llega a su trabajo y además de ocupar su energía para trabajar, para lograr los objetivos, también tiene ese desgaste emocional para protegerse de posibles sesgos”, señala Moreno Maya.

Jorge Gutiérrez Siles, psicoanalista y consultor Senior en KAYSA, explica que esta dinámica puede producir hipervigilancia, autocontrol y una disonancia emocional entre lo que la persona experimenta internamente y lo que muestra hacia afuera. Con el tiempo, puede traducirse en pérdida de autenticidad, aislamiento y una menor sensación de pertenencia.

El desgaste sostenido también puede expresarse en estrés crónico, irritabilidad, tristeza, alteraciones del sueño y afectaciones en la autoestima laboral. A nivel físico, los especialistas señalan posibles dolores de cabeza, tensión muscular, problemas gastrointestinales, fatiga e hipertensión arterial. Así, lo que comenzó como una estrategia para evitar la exclusión puede terminar convirtiéndose en un problema de bienestar.

el precio de la exclusión laboral

Cuando el precio de la exclusión laboral llega a los resultados

Para una empresa, el costo aparece cuando una persona deja de aportar todo lo que podría aportar. Si un colaborador debe utilizar parte de su atención para protegerse de posibles sesgos, queda menos energía disponible para pensar, colaborar, resolver problemas o proponer nuevas ideas. “Ahí su desempeño puede llegar a disminuir”, advierte Moreno Maya.

El impacto puede ser todavía más profundo cuando el trabajador aprende que hablar, participar o mostrarse tal como es representa un riesgo. Entonces puede comenzar a guardar silencio en las reuniones, reducir su participación y dejar de proponer. La organización conserva físicamente a la persona, pero pierde una parte de su capacidad, conocimiento y creatividad.

“Pensaríamos que solo estamos hablando del trabajador, pero la organización pierde un trabajador competitivo porque su cognición no va a ser tan fuerte. A la larga va a impactar la productividad de la organización”, explica Gutiérrez Siles. La inclusión, en este sentido, deja de ser únicamente una conversación cultural y se convierte también en una condición para aprovechar el talento disponible.

el precio de la exclusión laboral

El precio de la exclusión laboral también aparece cuando el talento se va

Hay un punto en el que el desgaste deja de ser silencioso: cuando el colaborador decide irse. Una persona que no encuentra condiciones para expresarse con seguridad puede aislarse, reducir su compromiso, desconectarse de la organización o buscar otro espacio laboral donde no tenga que vivir en constante vigilancia.

El resultado puede reflejarse en mayor rotación, ausentismo y presentismo, además de un entorno menos favorable para la innovación. La empresa no solo pierde a una persona: también puede perder experiencia, conocimiento acumulado y la diversidad de perspectivas que esa persona aportaba al equipo.

Por eso, el verdadero costo de la exclusión no se limita a cuánto dinero se destina a programas de inclusión. También implica preguntarse qué sucede cuando esos esfuerzos no consiguen transformar la experiencia cotidiana de quienes trabajan en la organización. Como señala Moreno Maya, las consecuencias del impuesto emocional son tangibles y observables tanto a nivel personal como organizacional.

La inclusión puede medirse en políticas, presupuestos, capacitaciones y metas, pero también en algo mucho más cotidiano: la libertad que tiene una persona para participar sin preguntarse qué parte de sí misma debe esconder. Cuando esa libertad existe, el talento puede concentrarse en crear, colaborar y resolver problemas, en lugar de protegerse.

Al final, el precio de la exclusión laboral no es una cifra aislada que aparezca en los estados financieros. Se encuentra disperso en el estrés de una persona, en una idea que nunca llegó a una reunión, en una renuncia que pudo evitarse y en todo el potencial que una organización dejó de aprovechar. Para las empresas, quizá la pregunta más relevante ya no sea cuánto cuesta invertir en inclusión, sino cuánto cuesta seguir posponiéndola.

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