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Visiones de Esperanza: Craig Kielburger

CUANDO ERA MUY PEQUEÑO SOÑE CON SER SUPERMAN, volando por encima de las nubes y descendiendo en picada para atrapar a los malos que trataban de destruir nuestro planeta. Pasaría horas y horas volando por el parque, parando de vez en cuando para patear un balón de futbol que se cruzara en mi camino o para darle una palmadita a mi perro, Muffin, que crorría fielmente hacia mí.

Un día, cuando tenía doce años y me estaba arreglando para ir a la escuela, tomé el periódico para ver la sección de caricaturas. En la página principal había una imagen de otro niño de mi edad, de Pakistán, que portaba una túnica color rojo brillante y tenía su puño levantado. Según el artículo, había sido vendido como esclavo tejedor y forzado a trabajar doce horas por día atando pequeños nudos para hacer alfombras. Perdió su libertad para reír y jugar, para ir a la escuela. Más tarde, cuando tenía la misma edad que yo, lo habían matado.

Nunca antes había oído acerca de obra infantil y tampoco estaba seguro de dónde se encontraba Pakistán; sin embargo, mi vida cambió para siempre. Reuní un grupo de amigos para formar una organización llamada Liberen a los Niños.

Durante los últimos cuatro años, en los viajes de Liberen a los Niños, he tenido la oportunidad de conocer muchos niños en todo el mundo; niños como Jeffrey, quien pasa sus días en un tiradero de basura en Manila, al lado de ratas y gusanos, donde seàra la comida podrida y la basura tratando de guardar algunas cosas de valor para ayudar a su familia a sobrevivir. Su sueño es que un día dejará el basurero.

He conocido niño en los campos de caña de azúcar en Brasil, quienes manipulan grandes machetescerca de sus pequeños miembros. La caña que cortan endulza cada mañana el cereal que se encuentra en las mesas de nuestras casas. Ellos sueñan con mitigar los dolores que sienten en el estómago, provocados por el hambre.

La pobreza es el asesino más grande de niños. Más de 1,300 millones de personas, una cuarta parte de la población mundial, vive en pobreza absoluta, luchamos para sobrevivir con menos de un dólar por día. Setenta por ciento de ellos son mujeres y niños. Sueño con el día en que la gente aprenda a compartir para que los niños no tengan que morir.

Cada año, el mundo gasta 800 mil millones de dólares en la milicia, 400 mil millones en cigarros, 160 mil millones en cerveza y 40 mil millones para jugar golf.

Enviar a todos los niños a la escuela nos costaría solamente 7mil millones anuales más de aquí al 2010 y les daríamos esperanza de una vida mejor. Tal cantidad es menos de lo que gastan los estadounidenses en maquillaje cada año, o los europeos en helado.

La gente dice: “No podemos acabar con la pobreza mundial, simplemente no se puede.” El informa de las Naciones Unidas sobre Desarrollo, de 1997, transmite un mensaje claro respecto al hecho de que se puede terminar con la pobreza y si hacemos de esto nuestro objetivo.

El documento establece que el mundo cuenta con los materiales y los recursos naturales, el conocimiento y las personas, para hacer que un mundo libre de pobreza sea realidad en menos de una generación.

Gandhi dijo una vez que si desea tener paz en el mundo, se debe empezar con los niños. La mejor lección, la he aprendido de otros niños; como las niñas en India, quienes llevaban a su amiga de un lado a otro pues no tiene piernas, o niños como José.

Conocí a José en las calles de San Salvador, Brasil, donde vive junto con otros niños de la calle cuyas edades van de ocho a catorce años. José y sus amigos me mostraron el viejo autobús que usan como refugio para dormir bajo casas de cartón. José dijo que tienen que se cuidadosos pues la policía les puede disparar o pegarles si llega a encontrar su escondite secreto. Pase el día jugando futbal en las calles con José y sus amigos con una botella de plástico que encontraron en la basura, pues eran muy pobres como para tener un balón.

Nos divertimos hasta que uno de los niños cayó sobre la botella y la rompió en pedacitos, entonces el juego terminó. Se estaba haciendo tarde y era momento de irme. Se estaba haciendo tarde y era momento de irme. José sabía que yo regresaba a Canadá y quería darme un regalo para que me acordara de él. Sin embargo, no tenía nada, ni casa, ni comida, ni juguetes, ni posesiones, por lo que se quitó su camiseta y me la dio. José no se detuvo a pensar que no tenía otra camiseta para ponerse o que tenía: la camiseta de su equipo favorito de futbol.

Obviamente le dije que no podía aceptarla, pero insistio, por lo que me quite la camiseta blanca que estaba usando y se la di. Pese a que la camiseta de José estaba sucia tenía un par de hoyos, era una camiseta de colores brillantes de un equio de futbol y, sin duda, era más bonita que la mía.

Cuando me la puse, José sonrió de oreja a oreja.

Nunca olviaré a José porque ese día me enseñó acerca del hecho de compartir más de lo que ningún otro. Él era un niño pobre de la calle, pero vi más bondad en él de la que he visto en todos los líderes del mundo que he conocido. Si más gente tuviera el corazón de un niño de la calle como José y estuviera dispuesta a compartir, no existiría la pobreza y habría mucho menos sufrimiento en este mundo.

Hoy en día es común que los jóvenes encuentren que la vida es muy deprimente, no parece haber esperanza.
Preferirían escapar, ir a bailar o escuchar su música favorita, jugar videojuegos o salir con sus amigos. Sueñan con el amor verdadero, con sus amigos. Sueñan con el amor verdadero, con una vida independiente o con pasársela bien en la próxima fiesta. A los dieciséis. también me gustaba bailar, divertirme, soñar con el futuro; sin embargo, descubrí que se necesita más que cosas materiales para encontrar felicidad verdadera y dar sentido a la vida.

Una vez fui invitado a un programa de televisión en Canadá. Compartí la entrevista con otro joven involucrado en la investigación del cáncer. Varias veces durante el programa, el joven de veinte años lo mencionó al presentador que estaba dotado, como lo indicaba el examen que presentó en tercer año. El presentador se volvió hacia mí y me preguntó si yo también estaba dotado. Debido a que nunca se habían realizado exámenes para saber si era o no, contesté negativamente.

Cuando regresé a casa mi mamá me preguntó: “¿Estás eguro de que no estás dotado? Me di cuenta que había dado la respuesta incorrecta, puesto que sí lo estaba. Entre más pensaba, más concluía que nunca había conocido una persona que no fuera especial o talentosa de algún modo.

Algunas personas son talentosas con sus manos y pueden producir creaciones maravillosa debido a su capacidad como carpinteros, artistas o constructores. Otros poseen un corazón generoso, son compasivos, comprenden, son especiales pacificadores; otros tienen buen sentido del humor y dan alegría a nuestras vidas.

Pienso que Dios nos jugó una broma. Le dio a cada persona talentos o dones especiales, pero no hizo nadie dotado en todas las áreas. En conujnto, tenemos todo para crear un mundo justo y de paz; sin embargo, debemos trabajar juntos y compartir nuestros talentos. Todos nos necesitamos unos a otros para encontrar la paz en nuestro inetrior y en el mundo.

Ahora me doy cuenta de que cada uno de nosotros tiene el poder de Superman y puede ayudar al mundo a deshacerse de los peores males: la pobreza, la soledad y la explotación. Sueño con el día en que Jeffrey dejará el basurero en que Muniannal no separará más jeringas usadas y podrá ir a la escuela y en que todos los niños, sin importar su lugar de nacimiento o circunstacias económicas, tendrán libertad para ser niños. Sueño con el día en que todos tendremos el valor de José para compartir.

Obtenido del Libro: Arquitectos de la Paz
Publicado por: Michael Collopy, durante este año

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