¿Qué consecuencias dejó un año de silencio climático impuesto por Trump?

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El primer año del segundo mandato de Donald Trump ha inaugurado algo más profundo que un viraje regulatorio: ha instalado una lógica de contención narrativa sobre el cambio climático desde el propio aparato estatal. Este silencio climático impuesto por Trump no opera únicamente mediante la despriorización política del tema, sino que, como ha señalado Eco-Bussines, opera a través de la reingeniería de los sistemas de información, la semántica institucional y la infraestructura científica que sostienen la acción climática. Se trata, en términos estratégicos, de intervenir la cadena de valor del conocimiento ambiental: desde la generación de datos hasta su disponibilidad pública.

Este fenómeno no puede leerse como una disputa ideológica más, sino como una alteración estructural del ecosistema de gobernanza climática. Cuando se restringe la evidencia, se debilitan simultáneamente la regulación, la planeación de riesgos, la inversión verde y la rendición de cuentas. Lo que está en juego no es solo la política ambiental de una administración, sino la arquitectura de confianza sobre la que operan mercados, gobiernos y ciudadanía frente a la crisis climática.

Arquitectura del negacionismo institucional: el rediseño el relato climático

Una de las operaciones más eficaces del periodo ha sido semántica. La eliminación sistemática de referencias al cambio climático y a la justicia ambiental en portales federales no es un gesto simbólico: es una táctica de desactivación política. El lenguaje define prioridades presupuestales, justifica regulaciones y orienta litigios. Suprimirlo reduce la urgencia institucional.

La Agencia de Protección Ambiental (EPA) eliminó alrededor de 80 páginas vinculadas con causas e impactos del calentamiento global y, en otras, suprimió explicaciones sobre su origen antropogénico. Lo que permanece enfatiza variabilidad natural. Este desplazamiento discursivo diluye la responsabilidad humana y, con ello, la obligación regulatoria.

Jonathan Gilmour, de Public Environmental Data Partners, advierte:

“Existe la percepción de que la ciencia que no se alinea con la agenda será silenciada”.

silencio climático impuesto por Trump

Su señalamiento apunta a un riesgo mayor: la politización selectiva de la evidencia. Cuando la ciencia se vuelve negociable, la política pública pierde anclaje técnico y se vuelve vulnerable a ciclos electorales.

El vaciamiento de los datos: gobernar desde la opacidad

Uno de los casos más ilustrativos —y menos comprendidos— del silencio climático impuesto por Trump es el de la Evaluación Nacional del Clima (National Climate Assessment), un informe científico de carácter federal que, desde 1990, ha funcionado como el principal instrumento de diagnóstico climático de Estados Unidos. Elaborado por agencias gubernamentales, universidades y centros de investigación, este reporte —mandatado por el Congreso— no sólo sintetiza evidencia sobre el calentamiento global, sino que proyecta impactos sectoriales en agricultura, salud, infraestructura y economía. En términos prácticos, ha sido la brújula técnica para políticas públicas y planeación empresarial frente al riesgo climático.

No obstante, durante el primer año del nuevo mandato de Donald Trump, el proceso de elaboración de la sexta edición —prevista para 2027— fue abruptamente interrumpido. La administración eliminó financiamiento, despidió o reasignó a expertos participantes y detuvo los grupos de trabajo. El sitio web que alojaba informes previos fue dado de baja, restringiendo el acceso público a evaluaciones históricas que documentaban la influencia humana en el aumento de temperaturas y los riesgos asociados.

La decisión tuvo efectos inmediatos en la comunidad científica. Investigadores que colaboraban como autores principales recibieron notificaciones informando que sus contribuciones ya no eran necesarias. Entre ellos, Rachel Cleetus, directora de políticas de la Union of Concerned Scientists, quien subrayó que la evaluación “no es prescriptiva ni partidista”, sino una herramienta basada en evidencia para la toma de decisiones públicas y privadas. Su cancelación no sólo detiene investigación futura; debilita la capacidad de adaptación de sectores económicos completos.

El punto crítico no es únicamente la suspensión de un informe, sino el desmantelamiento de la infraestructura de conocimiento que lo sostiene. Sin evaluaciones periódicas, gobiernos locales, aseguradoras, agroindustrias y planeadores urbanos pierden insumos clave para modelar riesgos. En términos de gobernanza climática, eliminar la Evaluación Nacional del Clima equivale a pilotar un sistema económico complejo sin panel de instrumentos: la incertidumbre deja de ser técnica y se vuelve política.

Así, el caso ilustra con claridad cómo el silencio climático impuesto por Trump no opera sólo en el discurso, sino en la arquitectura informativa del Estado: restringir datos, desfinanciar ciencia aplicada y limitar evaluaciones estratégicas reconfigura —desde la opacidad— la capacidad institucional de responder a la crisis climática.

silencio climático impuesto por Trump

Capital humano en retroceso: cuando la ciencia pierde músculo institucional

El impacto más profundo —y menos visible— reside en la erosión de la infraestructura humana. Despidos, reasignaciones e intimidación institucional están vaciando capacidades técnicas acumuladas durante décadas. Gilmour lo describe con precisión estratégica:

La infraestructura humana detrás de los conjuntos de datos está siendo recortada… Eso tiene consecuencias que aún ni siquiera comprendemos”.

La frase revela un riesgo intergeneracional: series de datos interrumpidas, metodologías no transferidas y conocimiento experto que migra al sector privado o se pierde.

Para el sector empresarial, esto implica operar con menor soporte científico estatal para normativas futuras, taxonomías verdes o métricas de transición. Paradójicamente, mientras los mercados demandan más disclosure climático, la fuente pública que lo sustentaba se debilita.

No obstante, la reacción de la comunidad científica ha sido significativa. Consorcios independientes han replicado bases de datos eliminadas, y organizaciones filantrópicas han financiado su preservación. Esta resistencia evidencia resiliencia sistémica, pero también revela una anomalía: la custodia de información crítica desplazándose del Estado a redes ad hoc.

¿Qué podría venir si el silencio climático impuesto por Trump se profundiza?

Si la tendencia persiste durante los próximos años de gobierno, las implicaciones escalarían en tres planos estratégicos:

  • Gobernanza pública debilitada:
    La continuidad del silenciamiento podría institucionalizar burocracias climáticamente inertes: menos monitoreo, menos reportes y menor capacidad de diseñar políticas de adaptación. El costo sería acumulativo: decisiones tardías siempre resultan más caras.
  • Mercados con mayor incertidumbre estructural:
    Sin datos federales robustos, las empresas dependerían de proveedores privados para evaluar riesgos climáticos. Esto elevaría costos de compliance, ampliaría asimetrías entre corporativos y pymes y podría frenar inversiones en descarbonización por falta de certidumbre técnica.
  • Efecto demostración geopolítico:
    La narrativa estadounidense tiene peso sistémico. Minimizar la ciencia climática desde Washington puede legitimar retrocesos en otras economías. Cleetus advirtió: “Este gobierno está atacando con un hacha lo que era la joya de la corona de la ciencia global”. La metáfora no es retórica: describe un daño reputacional a la gobernanza climática internacional.

En un escenario prolongado, podría emerger un orden climático fragmentado: bloques económicos acelerando la transición y otros utilizando marcos discursivos de negación para justificar inacción.

silencio climático impuesto por Trump

Cuando el silencio se vuelve política de Estado

El saldo del primer año confirma que el silencio climático impuesto por Trump es una estrategia de poder basada en controlar qué se mide, qué se publica y qué se financia. No es únicamente negacionismo; es gestión política de la visibilidad científica. Sus efectos ya impactan la transparencia institucional, la planeación económica y la confianza en la evidencia pública.

Si la trayectoria continúa, las consecuencias trascenderán el ámbito ambiental. Se erosionará la calidad de la democracia informacional, aumentarán los costos de la transición energética y se profundizará la desconexión entre ciencia y política pública. Para la agenda de responsabilidad social, el reto será actuar en un entorno donde la sostenibilidad ya no solo depende de innovación tecnológica o inversión, sino de la defensa activa del conocimiento que la hace posible.

La UE fija una reducción del 90 % de emisiones para 2040

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La Unión Europea ha dado un paso adicional en la consolidación de su arquitectura climática al fijar jurídicamente un nuevo objetivo intermedio: reducir en 90 % las emisiones netas de gases de efecto invernadero hacia 2040. La decisión no surge en el vacío, sino como una extensión natural de la Ley Climática Europea, que ya establece la neutralidad climática para 2050 y una reducción mínima del 55 % para 2030 frente a niveles de 1990. Con esta actualización, Bruselas busca cerrar la brecha temporal entre ambas metas y dar previsibilidad regulatoria a largo plazo.

Para el ecosistema de responsabilidad social y sostenibilidad corporativa, el nuevo umbral redefine el marco de planeación estratégica. No se trata solo de un porcentaje más ambicioso: es la institucionalización de una trayectoria de descarbonización acelerada. De esta forma, reducir las emisiones para 2040 deja de ser una aspiración técnica y se convierte en un parámetro vinculante que influirá en inversión, innovación, comercio y competitividad industrial dentro y fuera del bloque europeo.

Emisiones para 2040: del compromiso político al mandato jurídico

El respaldo parlamentario —413 votos a favor frente a 226 en contra— superó el último obstáculo para incorporar formalmente el objetivo a la legislación. Con ello, la reducción del 90 % de emisiones para 2040 pasa de propuesta política a mandato legal, reforzando la credibilidad climática del bloque.

La actualización introduce, además, mecanismos de flexibilidad para facilitar el cumplimiento nacional. A partir de 2036, hasta el 5 % de las reducciones podrá provenir de créditos de carbono internacionales de alta calidad. Este punto fue uno de los más controvertidos: mientras países como España y Países Bajos defendían un límite menor, otros —Francia, Portugal o Polonia— presionaron por mayor amplitud.

El acuerdo final refleja un equilibrio político entre ambición climática y viabilidad económica. Permitir créditos externos reconoce que la descarbonización no será lineal ni homogénea entre Estados miembros, especialmente en sectores intensivos en carbono.

emisiones para 2040

Flexibilidad regulatoria y rediseño de instrumentos climáticos

El paquete legislativo no solo fija metas; también ajusta herramientas. Se permite, por ejemplo, la eliminación permanente de carbono a nivel nacional para compensar emisiones difíciles de abatir dentro del Régimen de Comercio de Derechos de Emisión (RCDE).

Asimismo, se amplían las opciones sectoriales y políticas para alcanzar los objetivos a menor coste sistémico. Este enfoque responde a una realidad operativa: la transición energética requiere eficiencia económica para sostener legitimidad social e industrial.

Un cambio relevante es el aplazamiento del RCDE2 —que cubrirá emisiones de edificios y transporte por carretera— de 2027 a 2028. La decisión busca dar margen de adaptación a mercados y consumidores ante el impacto en precios energéticos.

Implicaciones estratégicas para empresas y competitividad

Para el sector empresarial, el objetivo de emisiones para 2040 redefine horizontes de inversión. La planeación de activos intensivos en carbono —infraestructura, energía, manufactura pesada— deberá ajustarse a ciclos regulatorios más estrictos.

Además, la Comisión Europea evaluará el progreso cada dos años considerando ciencia, tecnología, precios energéticos y competitividad industrial. Este monitoreo constante introduce un entorno regulatorio dinámico: las reglas podrán endurecerse si el ritmo de reducción es insuficiente.

Desde la óptica ESG, esto eleva la materialidad climática en reportes, financiamiento y acceso a mercado. Las empresas que no aceleren su descarbonización enfrentarán mayores costos regulatorios, reputacionales y de capital.

emisiones para 2040

Gobernanza adaptativa y transición acelerada

El nuevo objetivo también tiene implicaciones geopolíticas. Al fijar una trayectoria clara de emisiones para 2040, la UE refuerza su posición como regulador climático global de facto, influyendo en estándares de comercio, taxonomías verdes y cadenas de suministro.

La revisión bienal abre la puerta a ajustes futuros: desde elevar la ambición hasta incorporar nuevas medidas tecnológicas o financieras. Es un modelo de gobernanza adaptativa, diseñado para evolucionar con la ciencia y el mercado.

En términos sistémicos, la señal es inequívoca: Europa no espera a 2050 para actuar, sino que comprime la curva de reducción en las próximas dos décadas.

El nuevo termómetro de la ambición climática

La incorporación del objetivo de reducción del 90 % redefine el marco temporal de la acción climática europea. Más que un hito legislativo, es una señal estratégica para mercados, gobiernos y corporaciones sobre la velocidad esperada de la transición. Las emisiones para 2040 se convierten así en el nuevo termómetro de ambición y desempeño climático.

Para el mundo de la responsabilidad social, el mensaje es doble: la descarbonización deja de ser narrativa reputacional para convertirse en condición de competitividad. Quienes alineen innovación, financiamiento y operación a esta trayectoria no solo mitigarán riesgos regulatorios, sino que capturarán valor en la economía baja en carbono que Europa está decidida a acelerar.

¿Qué es la bancarrota hídrica y por qué podría afectar a cualquier país?

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El informe Global Water Bankruptcy: Living Beyond Our Hydrological Means in the Post-Crisis Era, publicado por las Naciones Unidas este 2026, advierte que el planeta ha cruzado un umbral conceptual y material: ya no hablamos de una crisis hídrica, sino de una bancarrota hídrica global. La diferencia no es semántica, es estructural. Mientras la crisis supone estrés y escasez, la bancarrota implica que hemos gastado más agua de la que el sistema puede reponer. Es, en términos financieros, vivir permanentemente a crédito con un banco que ya no tiene liquidez.

El documento señala que miles de millones de personas ya viven bajo condiciones de inseguridad hídrica, y que múltiples sistemas han superado su capacidad de recuperación. La sobreexplotación, la contaminación y el cambio climático han erosionado las reservas naturales que sostenían el equilibrio hidrológico. 

¿Qué es la bancarrota hídrica?

Para comprender qué es la bancarrota hídrica, el informe propone una analogía contundente: durante décadas la humanidad ha retirado agua de ríos, suelos y acuíferos a un ritmo mayor del que la naturaleza puede reponer. No solo usamos el “interés” anual del recurso, sino también el “capital” acumulado durante siglos en glaciares, humedales y aguas subterráneas. El resultado es un sistema que ya no puede volver a su estado previo.

Esta quiebra se manifiesta cuando los sistemas hídricos humanos superan su punto de recuperación. El derretimiento de glaciares —reservas estratégicas de agua dulce— y la alternancia entre sequías extremas e inundaciones agravan el problema. En múltiples cuencas, la “normalidad” hidrológica desapareció. Ríos que antes llegaban al mar hoy se secan antes, y grandes lagos del mundo llevan décadas reduciéndose.

Los datos son reveladores: el 75% de la población mundial vive en países con inseguridad hídrica, mientras 2,000 millones de personas habitan territorios que se hunden por el colapso de acuíferos. Ciudades como Ciudad de México, Yakarta o Teherán experimentan subsidencias severas. La bancarrota, por tanto, no es solo escasez: es degradación estructural de un sistema que sostiene la vida y la economía.

qué es la bancarrota hídrica

¿Por qué esta situación puede afectar a cualquier país?

Aunque, como señala Kaveh Madani, director del informe y científico del agua, no todas las cuencas están en quiebra, comprender verdaderamente qué es la bancarrota hídrica exige asumir la interdependencia global. El especialista subraya que el mundo está conectado por comercio, migración y cadenas de suministro. Si una región pierde capacidad hídrica, sus efectos se trasladan vía alimentos, energía o manufactura.

Un ejemplo crítico es la agricultura, pues el 70% del agua dulce extraída se destina a este sector, mientras que gran parte de los alimentos mundiales se produce en países donde, según el informe, el agua es escasa, lo cual impacta las exportaciones de alimentos y, con ello, la seguridad alimentaria global. Madani agrega que, en la actualidad:

Millones de agricultores intentan cultivar más alimentos a partir de fuentes de agua cada vez más escasas, contaminadas o en vías de desaparición. La escasez de agua en India o Pakistán, por ejemplo, también afecta las exportaciones de arroz a muchos lugares del mundo”.

Incluso países húmedos enfrentan riesgo sistémico. El Reino Unido, por ejemplo, depende de importaciones agrícolas intensivas en agua. Por todo ello, la bancarrota hídrica no es un fenómeno local: es un riesgo geoeconómico que se transmite por mercados, precios y abastecimiento.

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Impacto sistémico: la factura social y económica de la bancarrota hídrica

Cuando los sistemas hídricos colapsan, las economías locales pierden productividad agrícola, encarecen su energía —particularmente la hidroeléctrica— y elevan los costos industriales vinculados al uso intensivo del recurso. Esto se traduce en inflación alimentaria, volatilidad en materias primas y presión sobre cadenas de suministro globales. La escasez deja de ser ambiental para convertirse en macroeconómica.

En el plano social, el informe advierte que el agua se está consolidando como detonador de desigualdad. Las poblaciones con menos infraestructura hídrica —comunidades rurales, periferias urbanas o países del Sur Global— enfrentan primero y con mayor severidad la escasez. Las crisis de “día cero” evidencian esta brecha: mientras sectores con recursos pueden almacenar o comprar agua, millones dependen de sistemas públicos colapsados. Así, la bancarrota hídrica profundiza inequidades preexistentes en salud, saneamiento y calidad de vida.

Un tercer nivel de impacto es la estabilidad social y política. La ONU identifica el agua como un factor creciente de fragilidad, desplazamiento y conflicto. El aumento de disputas hídricas —de 20 en 2010 a más de 400 en 2024— refleja que, cuando el recurso escasea, las tensiones territoriales y sectoriales se intensifican. Cuencas compartidas, como las del Nilo, Mekong o Tigris-Éufrates, se convierten en puntos críticos geopolíticos. La competencia por el agua, en contextos de estrés climático, puede escalar desde disputas diplomáticas hasta crisis humanitarias.

Finalmente, las implicaciones alcanzan la dimensión urbana y de infraestructura. El hundimiento de ciudades por sobreexplotación de acuíferos —como Ciudad de México, Yakarta o Teherán— implica daños millonarios en vivienda, transporte y servicios públicos. A ello se suma la migración climática: cuando el agua desaparece, las personas se desplazan. Este fenómeno presiona mercados laborales, sistemas de salud y planeación urbana en regiones receptoras. En síntesis, entender qué es la bancarrota hídrica implica reconocer que no hablamos solo de agua, sino de gobernabilidad, desarrollo económico y cohesión social en riesgo.

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El agua como elemento unificador: rutas de acción

Paradójicamente, el informe plantea que la bancarrota hídrica también abre una oportunidad estratégica de cooperación. El agua es uno de los pocos temas capaces de alinear agendas políticas opuestas: izquierda y derecha, Norte y Sur Global comparten su dependencia.

Desde esta óptica, abordar la bancarrota hídrica implica rediseñar la gobernanza del recurso. El informe propone reducir derechos de extracción para ajustarlos a la disponibilidad real, transformar sectores intensivos en agua —como agricultura e industria— e impulsar riego eficiente y ciudades menos derrochadoras.

También exige apoyar a comunidades cuyos medios de vida deberán cambiar. La transición hídrica no es solo tecnológica, es social. Requiere honestidad política para reconocer pérdidas irreversibles —como glaciares desaparecidos— y voluntad para operar dentro de nuevos límites hidrológicos.

Madani lo sintetiza con una analogía médica: aumentar la oferta de agua es como dar analgésicos a una infección. Alivia el síntoma, no cura la causa. La solución pasa por eficiencia, gobernanza y cooperación internacional.

En clave de responsabilidad social, la bancarrota hídrica redefine el riesgo sistémico global. No es un problema ambiental aislado, sino un vector que incide en paz, mercados, cadenas de suministro y estabilidad social. Comprenderlo —y actuar en consecuencia— será determinante para la resiliencia de países y empresas en las próximas décadas.

Bonafont y ONU Mujeres celebran ocho años de alianza a favor de la igualdad de género en México 

Grupo Danone, Bonafont y ONU Mujeres celebran ocho años de una colaboración que ha integrado la igualdad de género como un eje real de impacto social, cultural y económico tanto dentro de la operación de la compañía como en las comunidades donde tiene presencia.

Desde 2018, esta alianza pionera ha trabajado para abrir oportunidades reales para que más mujeres fortalezcan su autonomía económica, accedan a espacios de liderazgo y participen activamente en la transformación de sus entornos. Este compromiso se articula a través del Programa Avancemos por la Igualdad, una iniciativa que opera bajo tres pilares estratégicos: empoderamiento económico, transformación interna y transformación cultural.

Ese impacto se refleja, primero, en el fortalecimiento de proyectos productivos liderados por mujeres. Más de 3,000 emprendedoras han participado en programas de capacitación en liderazgo y gestión de negocios sostenibles, logrando incrementos de hasta 40% en sus ventas semanales. A este esfuerzo se suma una red de 128 mentoras que han acompañado a más de 1,254 mujeres. En 2025, el programa alcanzó a 791 mujeres, incluyendo un piloto desarrollado junto con el Gobierno de Oaxaca para replicar la metodología en cinco regiones del estado.

Bonafont y ONU Mujeres

La transformación también se impulsa desde dentro de Danone. A partir de la alianza con ONU Mujeres, la equidad de género se ha integrado de forma activa a la cultura organizacional, con avances medibles en distintos niveles de la operación. Actualmente, 30% de la población laboral está conformada por mujeres; 47% de los equipos de liderazgo senior por área cuentan con representación femenina, alcanzando la equidad de género, y 45.8% de las posiciones de management están ocupadas por mujeres, superando el compromiso establecido con ONU Mujeres del 40%.

Estos avances se acompañan de esquemas de trabajo flexible, políticas parentales incluyentes, programas de capacitación en sesgos inconscientes y la implementación del Protocolo de Danone México para prevenir y atender la violencia en razón de género, desplegado con acompañamiento técnico de ONU Mujeres. A la fecha, se han desarrollado más de 400 círculos de proximidad en más de 100 sitios a nivel nacional.

“Creemos en el poder de las mujeres para transformar su entorno. Desde Danone y Bonafont, en alianza con ONU Mujeres, nuestro propósito es acompañarlas, abrir espacios y construir condiciones para que puedan desarrollarse con libertad, confianza y autonomía. Cada acción cuenta cuando se trata de empoderamiento femenino”, señaló Silvia Dávila, Presidenta de Danone Latinoamérica y Directora General de Danone México.

Bonafont y ONU Mujeres

La transformación cultural encuentra una de sus expresiones más visibles en la Carrera Bonafont, una plataforma que ha evolucionado más allá del deporte para convertirse en un espacio de encuentro, comunidad y conversación social sobre igualdad de género. En su edición 2026, que se llevará a cabo el próximo 15 de marzo, se espera la participación de alrededor de 20,000 mujeres en la Ciudad de México, consolidándose como una de las iniciativas con mayor nivel de awareness en el país.

“La Carrera Bonafont es un espacio donde las mujeres se reconocen, se acompañan y avanzan juntas. Estos encuentros ayudan a fortalecer la comunidad y a impulsar la igualdad de género en el centro de la conversación cotidiana. La alianza con Bonafont ha permitido que esa energía siga creciendo año con año”, señaló Lourdes Colinas, Oficial Nacional de Programas de ONU Mujeres en México.

La colaboración entre Bonafont y ONU Mujeres continúa consolidándose como una plataforma de acción para el empoderamiento femenino, con resultados visibles en autonomía económica, liderazgo y participación social. En esta carrera, ambas organizaciones celebran y refrendan su compromiso de impulsar iniciativas que fortalezcan capacidades, generen oportunidades y consoliden a las mujeres como protagonistas del desarrollo del país. 

¿Cómo se puede ser líder y generar impacto sin ser jefe o tener un equipo a cargo?

La creencia común es que ser un líder es ser un jefe o que ser jefe automáticamente nos hace líderes automáticamente. Sin embargo, hoy el liderazgo es algo muy diferente. Sea en una empresa o en el entorno académico, lo que más se valora es la capacidad de ser líder de sí mismo y aportar impacto, para que esto se irradie a otros, y eso es clave para los profesionales ahora.

Ejercer el liderazgo sin un personal a cargo significa asumir la responsabilidad sobre el propio desempeño, tomar decisiones con criterio y convertirse en un referente por la forma de actuar y no tanto por cómo ejercer una autoridad: es influir mediante el ejemplo. Al final, el liderazgo personal termina siendo crucial para el buen funcionamiento de un equipo cuando llegue el momento.

Se trata de proponer mejorar, anticipar problemas, asumir errores, afrontar conversaciones difíciles y actuar con autonomía. Así lo explica Georgina Barquín de EAE Business School.

“El liderazgo individual aflora cuando una persona deja de limitarse a cumplir instrucciones y empieza a involucrarse activamente en los resultados”, anota Georgina. “Y sumado a esto, comienza a influir positivamente en el entorno a través de la actitud, la coherencia y la capacidad de aportar valor. No es mandar sino influir y conseguir que otros se impliquen en el resultado de forma voluntaria”.

En proyectos individuales o académicos, el liderazgo se expresa de manera aún más evidente. La autogestión, la disciplina y la claridad de objetivos se convierten en habilidades centrales.

ser líder

Para la experta en liderazgo, un estudiante o profesional demuestra liderazgo cuando organiza su trabajo con criterio, cumple plazos, comunica ideas con claridad y mantiene el foco incluso cuando hay presión o incertidumbre.

Hay que tener en cuenta, por supuesto, que la influencia sin jerarquía se construye día a día, compartiendo conocimiento, apoyando a otros, facilitando acuerdos, aportando miradas diferentes ante un problema.

“Quienes generan mayor impacto en equipos de trabajo no son necesariamente los cargos directivos, sino los que construyen confianza a través de su comportamiento consistente, colaborativo y autónomo”, destaca Georgina Barquin de EAE Business School. “Ellos son los engranajes que realmente hacen avanzar a los equipos hacia los objetivos”.

Este liderazgo individual también se manifiesta fuera de los espacios formales de trabajo. Asumir la responsabilidad cuando algo no sale como se esperaba, o proponer mejoras en procesos cotidianos, incluso acompañar a un compañero en un momento difícil son acciones que fortalecen una reputación de liderazgo real. Aunque pequeños, son gestos que generan impacto y posicionan a la persona como un referente confiable.

“El mercado laboral de hoy está buscando profesionales capaces de tomar decisiones y adaptarse rápidamente al cambio, de manera resolutiva, y esa debe ser la prioridad tanto de los aspirantes como de las universidades que los formamos”, señala Georgina de EAE. “El objetivo es educar en ese liderazgo individual, desligado de las jerarquías, para que se desenvuelvan en esos espacios dinámicos donde la comunicación e influencia son tarjeta de presentación”.

El fin de la peligrosidad: EUA decide que el cambio climático no es un riesgo 

Imagina que, de la noche a la mañana, el gobierno de la economía más grande del mundo decidiera que el humo que sale de las fábricas y los escapes de los autos ya no es, legalmente hablando, una amenaza para la salud. No es una metáfora. El 12 de febrero de 2026, la administración de Estados Unidos ha dado un golpe de timón histórico al revocar el “Endangerment Finding” (Determinación de Peligro).

El Endangerment Finding era la piedra angular jurídica de la política ambiental en Estados Unidos, una determinación científica de 2009 que obligaba legalmente a la EPA a regular los gases de efecto invernadero tras demostrar que ponían en peligro la salud pública y el bienestar futuro. Al revocarlo, el gobierno elimina el sustento legal de prácticamente todas las normativas climáticas federales, desde los límites de emisiones en fábricas hasta los estándares de eficiencia en vehículos, provocando que la sostenibilidad corporativa en el país pierda su brújula regulatoria. En otras palabras, EUA está diciendo que el cambio climático no es un peligro para nadie.

Para ti, si no estás familiarizado con la jerga legal-ambiental, esta decisión es como quitarle los cimientos a un edificio: sin esa base, toda la estructura de regulaciones climáticas que conocíamos se viene abajo. Pero, ¿por qué debería importarte esto si eres un empresario en México, un exportador en China o un inversionista en Europa? Porque este movimiento no es solo una simplificación administrativa; es la mayor reconfiguración del riesgo corporativo en lo que va del siglo XXI.

El ahorro de los 1.3 billones: Una moneda con dos caras

El argumento central de la Casa Blanca para esta revocación es puramente económico. Se estima que eliminar estas regulaciones inyectará 1.3 billones de dólares de alivio financiero a la economía estadounidense, principalmente reduciendo el costo de fabricación de vehículos en unos $2,400 dólares por unidad. A corto plazo, esto suena como una victoria para la competitividad y el bolsillo del consumidor.

Sin embargo, en el mundo de la Responsabilidad Social Corporativa (RSC), sabemos que el riesgo no desaparece, solo cambia de dueño. Al dejar de regular las emisiones a nivel federal, el gobierno ha abierto una “Caja de Pandora” legal. Durante años, las empresas estuvieron protegidas de demandas civiles porque podían decir: “Yo cumplo con la ley federal de la EPA”. Ahora que esa ley ya no existe, las empresas quedan expuestas a litigios directos por parte de ciudadanos y estados bajo la figura de “Molestia Pública”. El costo de defenderte de miles de demandas individuales podría superar, por mucho, esos ahorros iniciales.

Endangerment Finding

El efecto dominó mundial: de la regulación al mercado

Lo que sucede en Washington no se queda en Washington. Para el mundo corporativo global, esta decisión genera tres efectos críticos que debes considerar:

  1. Fragmentación regulatoria (El caos de las reglas): Al no haber un estándar federal en EE. UU., estados como California o Nueva York redoblarán sus propias leyes verdes. Como empresa global ahora tendrás que navegar un laberinto de reglas distintas: una para Texas, otra para California, otra para la Unión Europea y otra para Asia. Tu eficiencia operativa se pierde cuando no hay un lenguaje común.
  2. La muralla verde de Europa (CBAM): Mientras EE. UU. se desregula, la Unión Europea sigue adelante con su Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono (CBAM). Esto significa que si una empresa estadounidense produce acero o cemento sin controles de emisiones (porque “ya no es ilegal” en su país), al intentar venderlo en Europa tendrá que pagar un impuesto altísimo para compensar esa falta de sostenibilidad. El ahorro en casa se convierte en un sobrecosto para exportar.
  3. La fuga de capitales ESG: Los grandes fondos de inversión (como BlackRock o Vanguard) no responden a decretos presidenciales, sino a riesgos a largo plazo. Muchos inversionistas internacionales ven la desregulación como un aumento de la volatilidad. Si tu empresa abandona sus metas de sostenibilidad, podrías ver cómo tus acciones son castigadas por mercados que exigen resiliencia climática ante desastres naturales que, según la ciencia, no dejarán de ocurrir solo porque la ley diga que ya no son un “peligro”.
Endangerment Finding

¿Qué viene ahora? Un mundo a dos velocidades

Estamos entrando en una era de sostenibilidad de mercado, no de ley. Aquellas empresas que vean la revocación del “Endangerment Finding” como una licencia para contaminar podrían estar cayendo en una trampa de obsolescencia. Por el contrario, las compañías líderes seguirán descarbonizando porque sus clientes globales, sus empleados jóvenes y sus bancos así se lo exigen.

Para el resto del mundo, Estados Unidos acaba de ceder el liderazgo en la “economía verde”. China y la Unión Europea están más que dispuestos a llenar ese vacío, dictando los estándares tecnológicos y de infraestructura del futuro. El riesgo para las empresas estadounidenses es que, al ahorrar hoy en filtros de aire, pierdan mañana la carrera por la innovación energética.

Endangerment Finding

Guía de acción para empresas: ¿Cómo navegar esta incertidumbre?

Si tú lideras una organización, este es el momento de actuar con “inteligencia climática”, independientemente de lo que diga el boletín oficial de la EPA. Aquí mis sugerencias:

  • No bajes la guardia en el reporte: Aunque la obligación federal desaparezca, mantén tus estándares de medición (como el GHG Protocol). La transparencia sigue siendo tu mejor defensa ante inversionistas y ante posibles demandas legales futuras.
  • Evalúa tu exposición a exportaciones: Si tus productos van hacia Europa o países con metas climáticas estrictas, tu ventaja competitiva dependerá de que tu huella de carbono sea baja, sin importar que en tu país de origen sea opcional.
  • Fortalece el caso de negocio económico: No vendas sostenibilidad como “filantropía”. Enfócate en la eficiencia. Consumir menos energía y menos agua siempre será rentable para ti, haya o no una ley que lo exija.
  • Diversifica geográficamente: Si tu cadena de suministro depende totalmente de regiones desreguladas, considera que el riesgo físico (sequías, inundaciones) sigue ahí. Asegúrate de que tus activos sean resilientes ante el clima real, no solo ante el clima legal.

La revocación del “Endangerment Finding” es un experimento económico masivo. Para las empresas, el reto es no confundir un alivio regulatorio temporal con un cambio en la realidad física del planeta. La sostenibilidad ya no es un tema de “hacer el bien”, sino de supervivencia financiera en un mundo que sigue exigiendo respuestas, aunque algunos gobiernos decidan dejar de hacer las preguntas.

Del ahorro al impacto: el retiro en México necesita reinventarse

Por Fabián Muro

Hablar de retiro en México ya no puede limitarse a pensiones y ahorro obligatorio. El país envejece con rapidez y ese cambio demográfico está transformando la manera en que millones de personas viven —y prolongan— su etapa productiva. En 2022, la población de 60 años o más alcanzó los 18 millones de personas, cerca del 14% del total nacional. A la par, la OCDE proyecta que la razón de dependencia en México pasará de 0.14 en 2023 a 0.36 en 2060. El mensaje es claro: habrá menos personas activas sosteniendo a una población mayor cada vez más numerosa.

En este contexto, resulta inevitable cuestionar si el modelo actual de retiro, basado casi exclusivamente en el ahorro administrado por las Afores, es suficiente. Más aún, vale la pena preguntarse si estamos desaprovechando la oportunidad de concebir el retiro no solo como una etapa de protección económica, sino como un nuevo momento de participación social y productiva.

Un país que envejece, pero no se detiene

La transformación demográfica ya está en marcha. Mientras la base joven se reduce, el segmento de personas mayores crece de forma sostenida y redefine la estructura poblacional. En apenas cinco años, la proporción de personas de 60 años y más pasó de 12.3% en 2018 a 14.7% en 2023, un cambio que anticipa ajustes profundos en el mercado laboral y los sistemas de protección social.

Lejos de la idea tradicional del retiro pasivo, una parte relevante de este grupo se mantiene activa. En México, 47.8% de las personas entre 60 y 64 años continúa trabajando, una cifra cercana al promedio de la OCDE (55.9%). Esto confirma una tendencia clara: el retiro ya no significa necesariamente desconexión del trabajo, sino una etapa en la que muchas personas buscan seguir generando ingresos y aportando valor.

Sin embargo, el sistema de pensiones enfrenta presiones evidentes. Aunque las Afores administran alrededor de 6.8 billones de pesos —equivalentes a 20.7% del PIB—, el tamaño del ahorro no garantiza tranquilidad financiera. Solo 50.3% de la población considera que contará con ingresos suficientes para cubrir sus gastos tras la vida laboral. El problema no es únicamente cuánto se ahorra, sino cuántas personas podrán —o necesitarán— seguir siendo económicamente activas para sostener su calidad de vida.

Retiro: de cierre a reinvención

Cada vez es más evidente que la etapa posterior a los 60 años se está redefiniendo. A nivel global, crece el emprendimiento senior y la llamada ‘silver economy’: personas que aprovechan su experiencia, redes de contacto y tiempo para emprender, asesorar o colaborar en proyectos de alto valor.

En México, no obstante, persisten barreras importantes. Una de cada cinco personas mayores de 60 años que no realiza aportaciones voluntarias a su Afore señala como principal obstáculo la falta de educación financiera. Simplemente no saben cómo hacerlo, para qué sirve o qué beneficios tiene. Esta brecha afecta al 20.3% de los hombres y al 25.1% de las mujeres. A ello se suma la incomprensión de los beneficios de las aportaciones voluntarias, que impacta a más del 15% de los hombres y al 12% de las mujeres.

Estos datos revelan una oportunidad doble. Por un lado, desarrollar productos financieros verdaderamente diseñados para personas mayores de 60 años: créditos para emprender, esquemas de inversión con impacto social o alternativas que reconozcan trayectorias laborales largas. Por otro, acompañar a este segmento con capacitación y herramientas que les permitan concebir el retiro no como una salida, sino como una transición hacia nuevas formas de participación económica y social.

retiro en México

La economía plateada como motor

Reducir a las personas mayores al rol de pensionadas es una visión limitada. Este grupo es consumidor, mentor y generador de valor. Su presencia ya influye en sectores como turismo, cultura, salud, servicios especializados y economía comunitaria. De acuerdo con el INEGI, 33% de las personas de 60 años y más formaban parte de la Población Económicamente Activa en el segundo trimestre de 2022, una señal contundente de que la economía plateada no es una promesa futura, sino una realidad en expansión.

Si este dinamismo se acompaña de políticas públicas adecuadas y esquemas financieros más flexibles, el retiro puede dejar de verse como una carga para convertirse en un multiplicador económico. Tan solo en el tercer trimestre de 2024, 753.8 mil millones de pesos estaban destinados al desarrollo de infraestructura. Pensar en mecanismos que vinculen parte de estos recursos con proyectos liderados por personas mayores —como fondos de impacto o capital semilla— permitiría canalizar experiencia y conocimiento hacia iniciativas con valor social y económico.

retiro en México

Repensar las Afores y el sistema de retiro

El sistema de Afores enfrenta retos estructurales: brechas de género e ingreso, dependencia de una base joven cada vez más reducida y una educación financiera insuficiente para activar a las personas mayores. Si la mitad de la población no confía en que su pensión será suficiente, es momento de ampliar la conversación.

Imaginar un nuevo modelo implica decisiones concretas: programas de formación digital y financiera para mayores de 60 años; Afores que, además de administrar ahorro pasivo, ofrezcan vehículos de inversión para jubilados activos; incentivos fiscales a proyectos liderados por personas mayores; plataformas tecnológicas que conecten experiencia con oportunidades; y una cultura laboral flexible que permita seguir participando sin que el retiro signifique desconexión.

La OCDE ya advierte que las políticas laborales deben evolucionar para mantener activos a los trabajadores mayores. En un país donde la ‘silver economy’ seguirá creciendo, ignorar el potencial de este grupo es desperdiciar uno de los activos más valiosos que tenemos.

Reinventar el retiro no es solo mejorar pensiones. Es reconocer que las personas jubiladas pueden y deben ser vistas como actores económicos activos. Pasar de beneficiarios pasivos a participantes esenciales del crecimiento económico es, quizá, uno de los cambios más urgentes que México necesita.

ESG y el caso Epstein

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Por: aRSEnico

Después de más de quince años asesorando a directivos sobre comunicación de sostenibilidad, RSE y esa evolución rimbombante que hoy llamamos ESG (Environmental, Social, Governance), he aprendido algo fundamental: la confianza y la reputación tardan décadas en construirse y unos minutos en convertirse en cenizas. 

Literalmente, hay reputaciones que se desmoronan más rápido que mi última relación… y ya que hablamos de eso, platiquemos de relaciones tortuosas e incómodas…

El caso Jeffrey Epstein no es solo un escándalo sórdido digno de un documental de E! Entertainment. Es, desde una perspectiva técnica, un fallo estrepitoso de la “G” de gobernanza. Y no uno pequeño. Uno de esos que hacen que todo el edificio ESG baile peor que en un sismo de CDMX.

Porque cuando el rostro del poder, el dueño o el CEO —ese ser casi místico que “encarna los valores de la compañía”— aparece vinculado a una red criminal, el problema no es de comunicación. Es de integridad. Y no hay NADA que arregle eso. Todo se resquebraja. Lástima que muchos directivos no tienen la madurez para pensar esto antes de meter la pata.

La pregunta incómoda: ¿Qué tiene que ver esto con ESG?

En teoría —esas siglas maravillosas— ESG, evalúan entidades jurídicas. Empresas. Organizaciones. 

Medimos emisiones, diversidad, cadenas de suministro, políticas internas. Todo muy ordenado. Muy auditado. Impoluto.

Pero aquí está el error monumental de la última década: actuamos como si la gobernanza fuera un procedimiento más, una casilla a cumplir y no un espejo del carácter de quienes mandan.

Pero cuando la persona que firma el código ético resulta tener una ética… creativa —por decir lo menos— y una cola más larga que la de un diplodocus, todo el sistema colapsa. El mercado no es tonto. La sociedad tampoco. Si la cabeza de la organización está moralmente podrida, nadie cree que los controles internos sean algo más que maquillaje corporativo.

No puedes hablar de “transparencia” si el jefe es un bandido de cuello blanco y bolsillos insaciables; no puedes hablar de  “bienestar y salud social” cuando quien dirige la empresa se mueve en entornos que harían sudar a Tom Cruise más de lo que lo hizo en Eyes Wide Shut. Sí, sabes bien a qué me refiero, y si no, ve la película.

ESG como escudo moral 

Durante años, muchas empresas abrazaron el ESG como quien se pone una chaqueta ignífuga tras la crisis financiera de 2008 donde el mundo se fue al hoyo por los malos manejos financieros de muchos directivos que hicieron colapsar al sistema. Con ESG (antes más conocido como RSE) de repente, todas las empresas comenzaron a ser limpias, verdes, inclusivas y profundamente preocupadas por la humanidad… justo después de haber pasado a esta por la trituradora.

Así y de forma inevitable, al paso del tiempo surgió el greenwashing, el socialwashing y todos los washings… y cuando la sociedad se dio cuenta y lo señalaron, entonces los empresarios se fueron al otros extremo y ahora hacen greenhushing. No digamos nada porque nos ven. Lo cual es igual o peor de deleznable. Es arrojar la piedra y esconder la mano.

El artículo de The Economist, Bonfire of the Elites, lo señala así: las élites adoptaron el ESG para parecer normales. Para encajar. Para que nadie mirara demasiado de cerca.

Pero cuando una élite que se proclama defensora de la igualdad, termina vinculada —directa o indirectamente— a atrocidades morales, el daño no es solo reputacional. El daño es conceptual. La herida no es particular, es general.

El resultado: cinismo. Y el cinismo es ácido. Corroe todo. La percepción pública pasa a ser que el ESG no es una herramienta de cambio, sino una coartada elegante para seguir igual.

Gracias por el regalo, queridas élites: su amigo, el populismo

Aquí viene la parte incómoda: el populismo no inventó el problema de ESG, solo lo explotó.

Cuando presidentes populistas o empresarios extremistas como Elon Musk atacan el ESG, no lo hacen porque les preocupe la coherencia lógica del movimiento. Lo hacen porque es eficaz a sus fines. La estrategia es simple: si algunos defensores del ESG son hipócritas y están sucios, entonces todo el ESG es una farsa.

No importa si no es cierto lo que señalan. No importa si es injusto juzgar el todo por la parte. Sí. A estos detractores les funciona.

Así, bajo el pretexto de “desenmascarar a las élites”, se aprovecha la hipocresía real para justificar un regreso al capitalismo sin frenos, donde el clima, los derechos humanos y la ética vuelven a ser “externalidades molestas” para hacer negocios.

¿Es injusto? Claro.
¿Es evitable? También.
Pero para eso habría que haber tomado el ESG en serio desde el principio.

Altruismo efectivo: el nuevo salvavidas ¿o el mismo agujero?

Mientras la vieja guardia arde, aparecen los nuevos héroes tecnológicos en Silicon Valley con una nueva promesa: el altruismo efectivo.

La idea es tentadora: usar matemáticas para decidir cómo ser bueno. Optimizar la moral bajo estudiar las causas que valen la pena, determinándolas por un algoritmo. Convertir la ética en Excel.

Pero el riesgo es evidente. Si el foco se pone exclusivamente en “riesgos existenciales futuros”, siempre habrá una excusa perfecta para ignorar los problemas éticos del presente. No puedes ser éticamente desastroso hoy solo porque prometes donar mucho mañana.

Eso no es altruismo. Es contabilidad creativa aplicada a la conciencia.

¿Y ahora qué? 

Después de dos décadas en esta industria, la conclusión es sencilla y brutal: el ESG o evoluciona, o se convierte en la broma más cara que haya tenido el management.

La “G” de gobernanza no puede seguir siendo la hermana aburrida del modelo tripartito. ¿Qué se necesita?:

  1. Gobernanza radical, que evalúe no solo procesos, sino reputación, vínculos y coherencia ética del liderazgo. 
  2. Desmitificar al CEO, dejar de tratarlo como el impecable líder moral. La sostenibilidad debe sobrevivir incluso a líderes defectuosos. Escudriñar a la persona ¡aunque NO le guste! (Más vale hacerlo antes de que aparezca en la Kiss Cam de algún concierto o en los archivos de una isla donde se explota sexualmente a la infancia).
  3. Transparencia real, no informes infinitos que nadie lee, sino claridad sobre el poder, el dinero, la influencia y las relaciones.

Lo podrido llamó a lo podrido

El caso Epstein es una vergüenza, es dantesco, es una mácula grotesca en el rostro de la humanidad y especialmente de aquella con posibilidades económicas. Y así de deleznable, fue la hoguera que sirvió para algo: Quemó el disfraz de superioridad moral de toda una generación de líderes.

El trabajo ahora no es reconstruir ese disfraz, sino construir cimientos reales.

El ESG no es un accesorio. Es un contrato social. Y si lo firma alguien que cruza los dedos de la otra mano mientras lo hace, ese contrato no vale ni los centavos del papel en el que se imprime.

El futuro de la sostenibilidad corporativa no vendrá de algoritmos más sofisticados ni de altruismo calculado en hojas de cálculo. Vendrá —qué ironía— de algo radicalmente simple: integridad básica. Esa donde lo que se dice, lo que se hace y lo que se es, no viven en universos paralelos.

Una disculpa por la acidez de hoy… Tal vez solo soy alguien que lleva demasiado tiempo viendo a gente decir tonterías con cara solemne, cuando en realidad no creen ni actúan de acuerdo a lo que expresan y prometen.


aRSEnico es el seudónimo químico de un asesor en RS muy tóxico, solitario, ensimismado y cuasi misántropo, que a través de una propuesta editorial de crítica ácida, expone las circunstancias, a veces inverosímiles, que se presentan en la RSE o ESG. La columna, si bien es ficticia se alimenta de eventos de la vida real sin los cuales no sería posible su realización. El objetivo es precisamente, además de provocar la risa forzada de reconocer y reconocerse en ella, señalar dichas circunstancias desde un enfoque cínico e incluso que raya en anti RS, para mostrar finalmente en este radioactivo estilo, el “deber ser”.

¿Nos hicieron adictos? Meta y Google enfrentan el juicio histórico por crear dependencia

En una sala del Tribunal Superior del Condado de Los Ángeles, una historia personal ha detonado una discusión global sobre el diseño de las plataformas digitales y sus impactos sociales. No se trata solo de un caso legal, sino de una pregunta incómoda que atraviesa a familias, educadores, reguladores y empresas tecnológicas. La salud mental, el bienestar infantil y la ética del diseño se colocan en el centro del debate público. Lo que ocurre en este juicio podría redefinir cómo entendemos la responsabilidad corporativa en la era digital. Y, sobre todo, qué estamos dispuestos a tolerar como sociedad.

La protagonista es una joven de 20 años, identificada como K.G.M., quien comenzó a usar Instagram y YouTube antes de cumplir los 10. Hoy acusa a estas plataformas de haber contribuido a una adicción que marcó su desarrollo emocional y psicológico. Su testimonio no es aislado: es el reflejo de una generación que creció entre pantallas y algoritmos. El jurado no solo evaluará daños individuales, sino un modelo de negocio entero. La pregunta es si la innovación puede seguir avanzando sin frenos éticos claros. O si este es el momento de exigirlos.

Meta y Google enfrentan el juicio: la historia detrás del caso

K.G.M. afirma que, desde su infancia, quedó atrapada en un ciclo de consumo digital difícil de romper. Las plataformas no eran solo entretenimiento, sino un espacio donde pasaba horas, buscando validación y estímulos constantes. Con el tiempo, esa relación se transformó en dependencia emocional. Según la demanda, este uso intensivo coincidió con el inicio de síntomas de depresión, ansiedad y una profunda crisis de autoestima. La experiencia personal se convirtió en un expediente legal.

Meta y Google enfrentan el juicio

El abogado Mark Lanier sostiene que Instagram, la red social de Meta, y YouTube, plataforma perteneciente a Google, integraron funciones pensadas para retener a los usuarios el mayor tiempo posible. Entre ellas, sistemas de recomendación, notificaciones persistentes y recompensas intermitentes. En audiencia, subrayó que estos mecanismos no son neutrales, sino el resultado de decisiones conscientes. El objetivo, afirma, era maximizar la atención, incluso de menores. La infancia de su cliente, dijo, se desvió de un desarrollo saludable.

De acuerdo con Aristegui Noticias, este juicio es el primero de su tipo en llegar a esta etapa en Estados Unidos. Aunque otras empresas como TikTok y Snapchat optaron por acuerdos extrajudiciales, aquí se decidió litigar hasta el final. La comparecencia de Mark Zuckerberg como posible testigo refuerza el peso simbólico del proceso. Lo que se discute no es solo una indemnización, sino la legitimidad de un modelo de crecimiento basado en la adicción.

Diseño adictivo: cuando la experiencia se vuelve dependencia

Las plataformas digitales se construyen a partir de datos, patrones de comportamiento y pruebas constantes. Cada color, sonido o desplazamiento infinito responde a una lógica de permanencia. El problema surge cuando esa lógica deja de ser experiencia y se convierte en compulsión. En el caso de K.G.M., la frontera se desdibujó desde muy temprana edad. La tecnología dejó de ser herramienta para volverse necesidad.

Especialistas en ética digital han advertido que los sistemas de recomendación priorizan el contenido que genera más interacción, no el que es más saludable. Esto puede amplificar comparaciones, estereotipos y presiones sociales. Para una niña, esos estímulos constantes pueden moldear su percepción de valor personal. El entorno digital se vuelve un espejo distorsionado que nunca descansa.

La demanda sostiene que las empresas conocían estos efectos y aun así continuaron perfeccionando sus mecanismos. No se trata de fallas aisladas, sino de un diseño estructural. La adicción, en este contexto, no es un accidente, sino una consecuencia previsible. Y cuando afecta a menores, la responsabilidad adquiere una dimensión mucho más profunda.

Meta y Google enfrentan el juicio

Salud mental en riesgo: el costo invisible de la atención

K.G.M. relata episodios de ansiedad severa, pensamientos suicidas y una sensación constante de insuficiencia. Estos síntomas, afirma, se intensificaban tras largas sesiones en redes sociales. La validación digital se convirtió en un termómetro de su autoestima. Cada “me gusta” era una recompensa, cada silencio una herida. El ciclo se repetía sin pausa.

Estudios recientes han vinculado el uso excesivo de redes con trastornos del estado de ánimo, especialmente en adolescentes. La exposición constante a ideales inalcanzables y a dinámicas de comparación puede erosionar la salud emocional. En este caso, la tecnología no fue neutral: actuó como catalizador de una crisis interna. El daño no siempre es visible, pero es profundo.

El juicio pone sobre la mesa una pregunta clave: ¿hasta dónde llega la responsabilidad de una empresa cuando su producto impacta la salud mental? La respuesta podría redefinir los estándares de la industria. No se trata de censura, sino de cuidado. Y de reconocer que el bienestar también es un indicador de éxito.

Meta y Google enfrentan el juicio como posible precedente legal

El resultado de este proceso podría influir en más de 1,500 demandas similares que esperan resolución. No es solo un caso individual, sino un posible punto de inflexión para el sector tecnológico. Si el jurado falla a favor de K.G.M., se abrirá la puerta a nuevas regulaciones y a una revisión profunda de las prácticas de diseño. El impacto podría ser global.

Las empresas sostienen que sus plataformas ofrecen herramientas de control y que los usuarios pueden gestionar su tiempo. Sin embargo, los demandantes argumentan que estas opciones no compensan un sistema pensado para captar atención. La asimetría entre usuario y algoritmo es evidente. Y cuando se trata de menores, esa brecha se amplifica.

Este juicio también coincide con otros procesos contra Meta, incluyendo uno en Nuevo México por riesgos de explotación infantil. El mensaje es claro: la sociedad comienza a exigir cuentas. La innovación ya no puede avanzar sin considerar sus consecuencias sociales. El precedente que surja aquí podría marcar una nueva era de responsabilidad digital.

Meta y Google enfrentan el juicio

La infancia en el centro del debate tecnológico

Que K.G.M. haya comenzado a usar estas plataformas antes de los 10 años no es un dato menor. Significa que su identidad se formó en un entorno mediado por algoritmos. La infancia, etapa clave de desarrollo, quedó expuesta a estímulos diseñados para adultos. El resultado fue una relación desequilibrada con la tecnología.

Padres, educadores y reguladores enfrentan hoy un reto sin precedentes. Las herramientas digitales son omnipresentes, pero sus riesgos no siempre son evidentes. La falta de límites claros y de protección efectiva deja a los menores en una posición vulnerable. Este caso evidencia la urgencia de marcos más sólidos.

No se trata de demonizar la tecnología, sino de humanizarla. De reconocer que detrás de cada usuario hay una persona en formación. Proteger la infancia no es una barrera al progreso, sino una condición para que este sea verdaderamente sostenible.

Responsabilidad corporativa: más allá del crecimiento

Las grandes tecnológicas han construido imperios basados en la atención. Pero hoy se enfrentan a una nueva expectativa: demostrar que su éxito no se logra a costa del bienestar social. La responsabilidad corporativa ya no es un discurso, sino una exigencia concreta. Y este juicio lo pone a prueba.

Integrar principios éticos en el diseño no es una opción, es una necesidad. Implica repensar métricas, priorizar la salud del usuario y aceptar límites. Las empresas que comprendan esto podrán liderar una transformación real. Las que no, enfrentarán consecuencias legales y reputacionales.

El caso de K.G.M. recuerda que cada decisión de diseño tiene impacto. La innovación debe ir acompañada de conciencia. Porque el verdadero progreso no se mide solo en crecimiento, sino en su capacidad de generar valor sin dañar.

Este juicio no es solo un enfrentamiento legal entre una joven y dos gigantes tecnológicos. Es un espejo que refleja las tensiones entre innovación, ética y bienestar. La historia de K.G.M. nos obliga a cuestionar qué tipo de ecosistema digital estamos construyendo. Y si estamos dispuestos a asumir sus costos humanos.

El veredicto podría redefinir la relación entre usuarios y plataformas. Más allá del fallo, el mensaje ya está en el aire: la sociedad exige tecnología con propósito. Porque el futuro no se fabrica solo con algoritmos, sino con responsabilidad. Y ese es el verdadero desafío de nuestra era digital.

Más que tendencia: las 10 marcas que lideran la moda sostenible

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La industria de la moda atraviesa uno de los momentos más críticos de su historia. En 2018 generó alrededor de 2.100 millones de toneladas de gases de efecto invernadero, de acuerdo con una investigación de la Universidad del Sur de California, una cifra que dimensiona su impacto real en la crisis climática. A ello se suma que, entre 2000 y 2015, la producción mundial de prendas se duplicó mientras que su tiempo de uso disminuyó un 36%, según datos del PNUMA, confirmando que el modelo lineal ha llegado a su límite.

De acuerdo con Sustainability Mag, Frente a este panorama, la transformación ya no es opcional. Inger Andersen, directora ejecutiva del PNUMA, advierte que la moda insostenible agrava la triple crisis planetaria y que solo un enfoque de economía circular permitirá revertir el daño. Es aquí donde las marcas de moda sostenible dejan de ser una excepción y comienzan a convertirse en el nuevo estándar, demostrando que el propósito también puede ser un motor de innovación, competitividad y resiliencia.

El nuevo estándar de las marcas de moda sostenible

La revista Sustainability identificó a diez compañías que están aumentando la transparencia, reduciendo emisiones, minimizando residuos e inspirando a toda la industria. Estas marcas de moda sostenible no solo comunican compromisos, sino que los traducen en decisiones estructurales, inversiones en innovación y una redefinición del valor a largo plazo.

Más que iniciativas aisladas, estos casos representan un cambio sistémico: la moda deja de girar en torno a la velocidad y el volumen, para enfocarse en durabilidad, circularidad y trazabilidad. A continuación, un recorrido por quienes están demostrando que es posible rediseñar la industria desde su raíz.

marcas que lideran la moda sostenible

10 marcas que lideran la moda sostenible

1. Stella McCartney

Desde su lanzamiento en 2001, Stella McCartney rompió con los códigos tradicionales del lujo al eliminar por completo el uso de cuero, pieles, plumas y piel animal, apostando por alternativas vegetales y biotecnológicas. Su enfoque no responde a una tendencia, sino a una convicción profunda: demostrar que la creatividad no necesita recurrir a la explotación de recursos finitos para ser relevante.

La colección SS2026, presentada en París, incorporó un denim capaz de purificar el aire que lo rodea, eliminando CO₂, COV y NOx, además de FEVVERS, la primera alternativa vegetal a las plumas. Su adhesión al Compromiso Global de la Nueva Economía del Plástico y el uso exclusivo de cachemira reciclada desde 2016 confirman que la innovación es el eje de su estrategia climática.

2. Gucci

Gucci ha logrado una trazabilidad del 99% de sus materias primas y redujo sus emisiones de gases de efecto invernadero en los alcances 1, 2 y 3 en un 32% desde 2022. Estos avances no solo fortalecen su desempeño ambiental, sino que también elevan los estándares de transparencia en el sector del lujo.

Además, la marca integra la sostenibilidad en su cultura organizacional: el 63,5% de sus puestos son ocupados por mujeres y sus programas Changemakers apoyan a comunidades a través de subvenciones y voluntariado. A través de Kering, Gucci adoptó objetivos basados en la ciencia para la naturaleza, integrando agua, biodiversidad y clima en una misma hoja de ruta.

marcas que lideran la moda sostenible

3. Puma

Puma se propuso reducir un 90% sus emisiones de Alcance 1 y 2 para 2030 y disminuir significativamente las de Alcance 3, alineando su estrategia climática con los objetivos del Acuerdo de París. Para lograrlo, está transformando su flota hacia vehículos de cero emisiones y opera con electricidad 100% renovable.

Sus avances en clima, seguridad hídrica y protección de bosques han sido reconocidos por CDP, posicionándola como una de las marcas deportivas con mayor madurez en sostenibilidad. Más allá de las cifras, Puma demuestra que la transición energética es una oportunidad para rediseñar procesos y fortalecer la resiliencia empresarial.

4. Levi’s

La estrategia de Levi’s se estructura en torno a tres pilares: clima, consumo y comunidad. Su Plan de Transición Climática traza un camino claro hacia la reducción absoluta del 42% de emisiones en su cadena de suministro para 2030, uno de los mayores desafíos del sector textil.

Paralelamente, trabaja para disminuir el uso de agua dulce en regiones con alto estrés hídrico, integrando criterios de justicia ambiental. Su enfoque combina innovación tecnológica, colaboración con proveedores y cambios en el comportamiento del consumidor, demostrando que la sostenibilidad también es un proceso cultural.

marcas que lideran la moda sostenible

5. Adidas

Adidas utiliza algodón 100% certificado por terceros y casi la totalidad de su poliéster es reciclado, lo que reduce significativamente su dependencia de materias primas vírgenes. Esta transición se acompaña de inversiones en innovación de materiales y procesos más eficientes.

Como miembro fundador de iniciativas globales como Better Cotton y la Fair Labour Association, Adidas entiende que la sostenibilidad es un esfuerzo colectivo. Su liderazgo en alianzas sectoriales refuerza la idea de que el impacto real se construye cuando toda la cadena de valor avanza en la misma dirección.

6. H&M

H&M aspira a que para 2030 el 100% de sus materiales sean reciclados o de origen sostenible, y en 2024 ya alcanzó casi un 30% de materiales reciclados en sus colecciones. Este avance es especialmente relevante en el segmento de moda accesible, donde el volumen representa uno de los mayores retos.

La marca apuesta por democratizar la sostenibilidad, demostrando que es posible combinar diseño, precio y responsabilidad ambiental. Su enfoque en circularidad busca transformar la relación del consumidor con la ropa, promoviendo una moda más consciente y duradera.

7. Chloé

Chloé fue la primera gran casa de lujo en obtener la certificación B Corp, integrando criterios sociales, ambientales y de gobernanza en su modelo de negocio. Desde 2021, ha incrementado su puntuación B Impact, consolidando su compromiso con la mejora continua.

La marca utiliza identificaciones digitales en sus productos, ofreciendo información sobre su origen, cuidado y reparación. Estos sistemas no solo fortalecen la transparencia, sino que también impulsan la reventa y prolongan la vida útil de cada prenda.

8. Nike

Nike desvió el 100% de los residuos de su cadena de suministro del vertedero y recicla al menos el 80% en nuevos productos. Su enfoque en circularidad incluye programas de recolección, donación y rediseño de calzado. Además, transforma productos antiguos y stock muerto en nuevas piezas, integrando la economía circular como parte de su ADN. Esta estrategia demuestra que la innovación no siempre implica crear más, sino aprovechar mejor lo que ya existe.

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9. Lululemon

Lululemon convirtió la circularidad en un modelo de negocio a través de su programa “Como nuevo”, que recompra prendas usadas para reventa. Las ganancias se destinan a iniciativas de sostenibilidad, cerrando el ciclo entre consumo y regeneración.

La marca evita compensar emisiones con créditos de carbono, apostando por reducciones directas mediante innovación en materiales, fabricación y logística. Su visión para 2030 prioriza productos con materiales preferidos, reforzando su compromiso con el impacto real.

10. Louis Vuitton

Como parte de LVMH, Louis Vuitton adoptó la estrategia LIFE 360, alineada con una trayectoria que limita el calentamiento global a 1,5 °C. Su visión integra certificaciones, reducción de emisiones y trazabilidad de materiales.

Para 2026, el 100% de sus materias primas estratégicas estarán certificadas y, para 2030, reducirá su huella de carbono en un 55%. Su concepto de “circularidad creativa” demuestra que el lujo también puede reinventarse desde la responsabilidad.

Estas diez historias confirman que la sostenibilidad ya no es un diferenciador, sino una condición para la permanencia. Las marcas de moda sostenible aquí reunidas están demostrando que es posible rediseñar la industria sin sacrificar innovación, estética ni rentabilidad. En un contexto de crisis climática y social, su liderazgo marca el rumbo hacia una moda que no solo viste, sino que transforma.