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Tal vez no puedan volar o usen capa, pero estos héroes están entre nosotras

Por Claudia Sepúlveda Ibarra, Oficial Nacional de Soluciones Duraderas, ACNUR

Solo en 2020, se presentaron 276 incidentes como secuestro, asalto o asesinato dirigidos a trabajadores humanitarios en el mundo. Desafortunadamente 2021 se vislumbra como un año difícil para la protección de personas que, sin importar el riesgo, lo difícil del contexto y superando adversidades, continúan esforzándose para proteger el acceso a los servicios básicos y la vida de aquellas personas más vulnerables por el conflicto.

El 19 de agosto fue promovido en 2008 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, derivado del fatal ataque a 22 trabajadores humanitarios, entre ellos Sergio de Viera Mello enviado especial de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en Iraq y cuya vida ha sido reflejada recientemente en una serie biográfica de Netflix. 

Los retos globales también han mutado y nos encontramos ante una crisis climática, que promueve el desarrollo de pandemias, desastres naturales y que año con año desplaza a millones de personas que hoy han perdido sus hogares, seres queridos y medios de vida. Esto y más ha sido motivado por una visión de desarrollo voraz sin considerar nuestros recursos ambientales, sociales y poblacionales.

Es así que el trabajo humanitario como lo conocíamos el siglo pasado se ha transformado. Ya no hablamos más de intervenciones verticales. Ahora promovemos el desarrollo de mecanismos de protección para las personas más vulnerables a través de soluciones duraderas participativas, que sean sostenibles y desarrollen capacidades en las comunidades locales.

El impacto de la crisis climática se refleja en todos lados como un efecto dominó, generando desde desastres naturales, desplazamiento forzado, crisis energéticas, escasez de alimentos y crisis de salud pública. Un ejemplo concreto fueron los efectos del Huracán Irma y María en Puerto Rico donde en los meses posteriores al desastre en 2017 se incrementó un 55% la tasa de suicidios en el país, derivado del desplazamiento forzado, pérdida del empleo y la falta de acceso a los servicios de salud.

Definitivamente se ha roto la burbuja del ser humano aislado dado que somos seres vivos interconectados en el ahora frágil ecosistema del planeta. Hoy tenemos una oportunidad única para remediarlo. 

Gracias a mi ecosistema familiar, pude tener la oportunidad de participar desde muy joven en actividades de voluntariado que posteriormente fui transformando en una formación universitaria en psicología y una maestría en ciencia política.

He tenido el privilegio de desarrollar proyectos de desarrollo en comunidades educativas en Nuevo León, acompañar procesos de inclusión educativa en universidades locales y participar desde la iniciativa privada en el desarrollo de estrategias de voluntariado, responsabilidad social empresarial (RSE) e inversión social.

Tal vez por el rol cultural de protección que se asigna a las mujeres en materia de protección y asistencia nunca me sentí especial o diferente. En ningún momento me sentí una heroína. Fue hasta hace poco tiempo que caí en cuenta de que en cada una de esas experiencias desarrollé una función de trabajo humanitario y que, en algunas ocasiones, mientras coordinaba asistencia en campo, estuve en situaciones de riesgo.

Fueron estas acciones desde distintas trincheras las que me encausaron a tener el honor de desarrollar una labor humanitaria de una manera mucho más directa en ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados en México. 

A semanas de mi ingreso en la organización, fue más claro para mí que el trabajo humanitario se desarrolla en todos los rincones del país de la mano del gobierno, sociedad civil y Organismos de Cooperación Internacional.

Desde la entrega de materiales básicos como kits de higiene femenina, construcción de infraestructura de emergencia, asistencia médica y psicológica, pero también a través del fortalecimiento de capacidades institucionales, el desarrollo de soluciones duraderas, funciones de logística, administración, entre muchas otras. 

En mi camino en el Sistema de Naciones Unidas, y específicamente en ACNUR México, he tenido el privilegio de coincidir con personas increíbles, profundamente brillantes y resilientes a la adversidad, héroes de verdad que con el máximo cuidado desarrollan funciones vitales de asistencia a pesar del contexto.

Por ejemplo, una colega (mi ex jefa y ahora mentora) que, en su paso por Afganistán, sorteaba el fuego cruzado y dormía acompañada de su chaleco antibalas en una base militar mientras fuera de ella acompañaba a refugiadas sobrevivientes de violencia sexual basada en género.

Grandes amigas colegas que han pasado meses enteros lejos de sus familias en misiones de emergencia dando soporte logístico a la operación y brindando alivio en la crisis humanitaria presentada en las fronteras de México, caminando junto con niños, niñas, mujeres embarazadas y familias que, sin haberlo escogido, tuvieron que decidir entre perder la vida o emprender un camino con kilómetros de incertidumbre que es vital visibilizar.

Son héroes de todas las nacionalidades que encuentran en México un espacio para construir un mundo más equitativo desde su formación profesional, pero principalmente mexicanas y mexicanos que incluso con una gran trayectoria en el servicio público y privado, con una intensa determinación tomaron la decisión consciente de arrancar una nueva carrera donde (aunque no lo sepamos aún) todos participamos, donde nadie puede darse el lujo de perder, pero tampoco podemos dejar a nadie atrás: la carrera por el planeta y la humanidad. 

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