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Si el fénix renació de sus cenizas, ¿ellas por qué no?

¿Qué se necesita para reinventarse? Determinación, sin duda, esfuerzo, seguro. Pero lo primero: una casa.

Te has preguntado alguna vez si vives en casa. Ajá, si vives en casa. Si la pregunta anterior te resulta extraña, déjame decirte que eres una persona afortunada, seguramente nunca has tenido que planteártela.

Ahora imagina que tienes 7 años. Eres una niña. Tienes dos hermanas mayores, de 11 y 13 años. Y las dos van a tener bebés pronto. Tú y tus hermanas comparten muchas cosas, por ejemplo, ninguna de las tres ha pisado nunca la escuela. También las tres son víctimas del mismo abusador.

Ahora vuélvete a preguntar, ¿podrías decirle casa a ese lugar?

Tú y tus hermanas salen de ahí. Llegan a otro lugar. Un lugar donde tienes “mamás” y “tías” y donde también hay muchas otras niñas. Un lugar donde te cuidan, a ti y a tus hermanas y también a los bebitos que ellas tuvieron.

Ahí has pasado los últimos 12 años de tu vida, has crecido, aprendido y tanto te gustó la escuela que ahora estudias la maestría. Maestría en un país donde apenas 1% de los jóvenes llega a ese grado escolar. ¡Uno de cada 100!

De verdad, ¿cómo le hiciste? Me queda claro que, ahora sí, debes sentirte viviendo en casa.

Esta casa se llama Las Mercedes y tiene dos albergues en la Ciudad de México. Ahí viven alrededor de 90 menores cuyo día a día es “igualito que en una casa, sólo que con muchas niñas. A las directoras nos dicen mamás y a las monitoras, tías”.

Así lo explica Ángela González, directora operativa de la institución, dedicada a ofrecer atención integral a niñas y adolescentes mujeres víctimas de abandono, abuso o explotación.

Y ese “integral” no es sólo un calificativo. Las menores cuentan con alimentación nutritiva y balanceada todos los días; atención médica y tratamientos clínicos de acuerdo con sus necesidades, procesos de terapia psicológica tanto individual como grupal; acompañamiento legal en la gestión de sus documentos legales y actividades culturales, deportivas y recreativas.

Pero además, son integradas al sistema escolar formal a través de modalidades como la 9-14, que consiste en un servicio escolarizado acelerado que se imparte en las primarias generales y está dirigido a población de 9 a 14 años en situación vulnerables, o bien mediante el Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA), que atiende a población mayor de 15 años.

Además, al cumplir los 18 años, se les da la posibilidad de continuar sus estudios o recibir una capacitación laboral que les ofrezca las herramientas para gozar de independencia económica.

Ofrecer todo esto para docenas de menores no es nada sencillo. Y por ello en Las Mercedes han llegado a optimizar los recursos a tal punto que requieren 7,650 pesos mensuales para garantizar todo su modelo de atención a cada niña o adolescente.

Esto, sólo para dejarlo más claro, significan 255 pesos diarios para que cada usuaria de Las Mercedes tenga sus tres comidas diarias, vaya a la escuela, haga sus tareas, mantenga su salud física, reciba terapia psicológica, practique baile, karate o danza y cuente con acompañamiento legal cuando lo necesite, más o menos lo que cuestan una ensalada César, una botella de agua y un frappuccino en Starbucks, obvio, sin el envío.

Una misión imposible

Para cumplir con su misión, Las Mercedes se vale de donaciones en especie, apoyos económicos, apadrinamientos, becas, voluntarios y alianzas con empresas que las acerquen a su objetivo.

Paola González, coordinadora de desarrollo institucional, explica que actualmente cuentan al menos con ocho empresas de las que reciben contribuciones tanto económicas como en especie.

También cuentan con voluntariados a través de los cuales pueden fortalecer competencias educativas de las niñas y adolescentes, como el aprendizaje de inglés.

Los apoyos de empresas han sido particularmente necesarios durante el último año, pues tuvieron que hacer adecuaciones a su red de internet y equipo de cómputo, ya que las estudiantes han mantenido su educación en línea.

Actualmente tienen alrededor de 30 niñas en primaria, lo que les exige por las mañanas tener conectadas al mismo tiempo a más de 25 menores.

Otro apoyo fundamental han sido los alimentos. “Ha sido un parteaguas saber que tenemos cereal, galletas, que les podemos preparar un sandwich porque hay jamón y queso”, explica la directora operativa.

Hace tiempo Fondo Unido les ayudó a crear menús nutritivos y balanceados que ellas pudieran armar con alimentos que pudieran conseguir.

El apoyo para cubrir las tres comidas diarias para toda la población beneficiada en las dos sedes lo consiguieron a través de Fundación Pablo Landsmanas, la cual les ofrece despensas y lácteos para todo el mes.

A la hora de buscar apoyos, las encargadas de la casa cuentan con un dato de la calificadora social Filantrofilia: cada peso donado a Las Mercedes se convierte en una retribución social para México equivalente a 7.46 pesos.

Por más garbanzos de a libra

Ángela González cuenta que fue su madre, Claudia Colimoro, quien comenzó con esta labor hace más de 27 años.

“En ese momento estaba muy fuerte el tema del VIH y se dio cuenta que nadie estaba volteando a ver a las niñas en situación de calle. Junto con el entonces delegado en Venustiano Carranza consiguieron un espacio en donde se empezó a ofrecer información para prevenir las enfermedades de transmisión sexual, pero la problemática era muy fuerte”, recordó.

Primero, el espacio se convirtió en albergue de día, donde las menores recibían alimentos y participaban en los talleres informativos, y después se amplió a albergue de atención integral, con 10 niñas en un inicio.

Hoy, por sus dos centros, uno en la alcaldía Venustiano Carranza y otro en la Cuauhtémoc, han pasado más de 6 mil niñas y adolescentes que han conseguido romper el ciclo de violencia con que llegan, haciéndose partícipes de sus propios procesos.

A esa cifra se suman 2 mil bebés menores de 2 años, hijos de las niñas y adolescentes que llegan a los centros o bien en estado de abandono que son rescatados por el DIF y requieren ser cuidados hasta que las autoridades responsables encuentran una familia para ellos.

Pero cada una de las más de 8 mil vidas que han cambiado en Las Mercedes no son una cifra para Ángela ni para Paola, son casos de éxito, son “garbanzos de a libra”, y esas historias son las que quieren seguir escribiendo.

Acerca del autor

Alejandra Aguilar

Periodista especializada en responsabilidad social y sustentabilidad. Ha colaborado en medios como El Universal, El Economista y Mundo Ejecutivo; así como participado en publicaciones y pláticas de RSE.
Desde 2015 desarrolla investigación y contenido en Expok. #OrgullosamenteUNAM

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