Comunicados de Prensa

Sequía, bienes y servicios ambientales, y capital natural

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El 17 de junio será el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía. En ese tenor el presente artículo escrito por un académico de la Ibero expone las implicaciones de los fenómenos meteorológicos extremos a la agricultura, actividad económica primaria.

Con el cambio climático se espera una mayor ocurrencia e intensidad de fenómenos meteorológicos extremos, entre ellos huracanes, sequías e inundaciones. Este escenario tiene implicaciones muy relevantes para la actividad económica primaria, pues éstas tienen una alta dependencia de las condiciones meteorológicas. Por ejemplo, la productividad agrícola es altamente sensible a periodos de sequía.

Cabe resaltar que los efectos más pronunciados los sufren los productores que dependen de las lluvias, quienes generalmente son los más pobres. En este contexto podemos esperar que la sequía incremente la desigualdad en México, un país de por sí desigual. A lo anterior hay que agregar la ineficiente gestión de los recursos hídricos en México.

En contraste a los agricultores más pobres, que dependen de las lluvias, los más ricos cuentan con sistemas de riego. Una gran proporción de estos productores extraen agua del subsuelo, y para ello utilizan bombas eléctricas. La tarifa eléctrica que se cobra a los productores de riego está altamente subsidiada; esto implica que se extrae más agua que la necesaria y desestimula el uso de tecnologías más eficientes.

Así, se espera un escenario con agricultores pobres con más dificultades para producir, un consecuente incremento en los precios agrícolas, el cual impulsará a los productores ricos a producir más a costa de mayor consumo de agua del subsuelo.

Asimismo, menores lluvias implican menores volúmenes de recarga de fuentes superficiales y de acuíferos. Por tanto, a los factores climáticos se suman las políticas públicas mal diseñadas, todo lo cual va en detrimento del agua disponible para actividades económicas.

La sequía también conlleva un mayor riesgo de incendios forestales, así como de otros desequilibrios en los bosques y selvas. Al respecto cabe señalar que los ecosistemas forestales son una fuente muy importante de bienes y servicios ambientales. Se llaman así porque el ser humano se beneficia de diversos “productos” que proveen los bosques, por ejemplo, la reducción de la erosión, la regulación del microclima, la conservación de la biodiversidad, y como se mencionó con anterioridad, la recarga de agua al subsuelo.

No resulta del todo evidente cómo la humanidad se beneficia de estos bienes y servicios ambientales, pero sí lo es, cuando entendemos que gracias a ellos se sostienen la fertilidad de los suelos agrícolas y pecuarios, e incluso actividades industriales que dependen de recursos naturales primarios, como el agua.

Para hacer una analogía, piense usted en una persona que trabaja en medio de un calor agobiante, sin aire acondicionado; naturalmente, su productividad no será la misma que si se encontrara en una habitación con clima controlado. Esta analogía sirve para entender qué le pasa a los ecosistemas en periodos de sequía, y cómo los mencionados bienes y servicios ambientales son más difíciles de producir en estas condiciones.

Piénsese también en una máquina que requiere de una temperatura controlada para funcionar, y de no ser el caso, la máquina se descompondrá y la reparación será muy costosa. Esta analogía también semeja lo que está ocurriendo con los ecosistemas, o como también se le llama, al capital natural.

El capital natural es un concepto que trata de transmitir la importancia que tienen los ecosistemas como sostén de la actividad humana. Como todo capital, el natural se deprecia, y si no se reinvierte en él, su reparación será muy costosa, si no es que imposible.

Al respecto, cada año el Inegi publica los costos ambientales en que incurre México por el agotamiento y degradación de los recursos naturales. Esta cifra se puede interpretar como la depreciación de nuestro capital natural. Si bien estos costos han ido disminuyendo en los últimos años, desde 8 por ciento del PIB en 2006 y hasta 6.5 por ciento en 2011, continúan siendo exageradamente altos.

La pregunta natural es, si son tan altos, ¿por qué las personas y empresas no responden de manera inmediata? Mi respuesta es que si no conocemos la historia detrás de una cifra o no entendemos cómo nos puede afectar, ésta puede ser muy grande pero ello no motiva a cambiar decisiones.

Cuando el gobierno anuncia una proyección de crecimiento menor de la economía, las empresas reaccionan, aun cuando estas variaciones son de menos de un punto porcentual del PIB. Lo hacen porque saben que de no tomar medidas su negocio está en riesgo.

Sin embargo, cuando se habla de cuentas ambientales no ocurre lo mismo. La diferencia es que no entendemos del todo cómo se está depreciando nuestro capital natural y cómo ello incide en la actividad económica. La forma en que el capital natural sostiene nuestras actividades frecuentemente está en la frontera del conocimiento.

Las relaciones que se dan entre un desequilibrio en un ecosistema y cómo finalmente este incide en las actividades productivas son complejas y no resultan evidentes a primera vista. Hay algunas relaciones ya conocidas, por ejemplo, la actividad polinizadora que cumplen las abejas, el control de plagas agrícolas que proveen los murciélagos, entre otras. Sin embargo, hay un vasto desconocimiento de otras relaciones.

Ante tal ignorancia conviene prudencia, conviene una visión a largo plazo tanto de empresas como del gobierno, conviene redirigir políticas mal encaminadas, conviene prepararse para los fenómenos extremos climáticos que ya se están presentando y sucederán con mayor frecuencia.

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