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Parece que hace falta un famoso para que una crisis sea visible

Gracias a George Clooney nos enteramos de que en Darfur se estaba cometiendo un genocidio. Angelina Jolie nos ha mostrado el sufrimiento de los refugiados sirios. Y aunque Somalia ha desaparecido de los medios, habrá que agradecer a Lady Gaga, Justin Bieber y David Beckham que alargaran unos días nuestra atención sobre la hambruna africana. No importa la desgracia o dónde tenga lugar, el grado de indiferencia que nos provoque o la falta de voluntad política para solucionarla, siempre nos quedará la opción de enviar a un famoso a deshacer el entuerto y despertar conciencias.

Los hay que anuncian su solidaridad vía Twitter y los más esforzados que vuelan a la zona, se hacen la foto y regresan a toda prisa a su mansión en Beverly Hills. Los que sufren súbitos ataques de compasión en vísperas del estreno de su última película y quienes altruistamente tratan de echar una mano. Unos son más consecuentes que otros. Y todos unos pelmazos.

O más exactamente: unos pelmazos necesarios.

Dejemos de lado lo que dice del estado de las cosas que necesitemos que un cantante millonario de 17 años nos recuerde que en el siglo XXI la gente se muere de hambre en África. Dejemos de un lado también que muchos de esos famosos sean una contradicción andante: el papel de Angelina Jolie como embajadora de buena voluntad de ACNUR resultaría más convincente si no hubiera adoptado un niño en Camboya a través de una red cuya responsable terminó en la cárcel acusada de tráfico de niños. Si lo que hace falta para salvar vidas es un famoso, bienvenido sea.

El problema surge cuando su utilización se convierte precisamente en eso: necesaria para que alguien haga caso. Tanto famoso, en tanta desgracia, provoca a menudo el efecto contrario al que se buscaba.

Puede pasar que el actor o cantante se convierta en más noticia que la crisis, que ésta no nos lo parezca si no es abanderada por un futbolista o que los medios de comunicación, cada vez más obsesionados con el glamour rosa, valoren su gravedad en función de la atención que le dediquen las estrellas, casi siempre caprichosas a la hora de seleccionar sus causas.

Que el periodismo también ha sido contagiado puede comprobarse estos días en televisiones como la CNN y el reportaje que está emitiendo sobre el tráfico de niñas en Nepal. La cadena podría haber enviado a la zona a muchos de sus experimentados reporteros, investigar el problema y denunciarlo con la fuerza de sus víctimas y la exposición de sus verdugos. Al parecer no era suficiente y decidió enviar a la actriz Demi Moore, transformada en reportera ocasional y cronista sentimental. Su sinceridad no es cuestionada, pero vaya usted a saber: después de todo es una gran actriz.

El resultado es menos periodismo y menos atención en lo verdaderamente importante. Más espectáculo y más audiencia. La combinación promete y no habrá que esperar mucho para que surjan imitadores en España. ¿Belén Esteban presentando el telediario? No apuesten en contra.

La denuncia de situaciones injustas y la alerta sobre crisis internacionales no debe ser exclusiva de los periodistas y puede ser reforzada por ONG, gobiernos y, por qué no, famosos. Pero es aconsejable que el periodismo independiente siga liderando ese trabajo, apoyado en el hecho de que su interpretación de la realidad no está, o no debería estar, motivada por las subvenciones, los votos o un empujón promocional de una carrera en Hollywood. Y dicho esto, ya que los medios no le hacemos caso, ¿alguien podría pedirle a Lady Gaga que mencione lo del Congo?

Fuente: Elmundo.es
Por: David Jiménez
Publicada: 7 de septiembre de 2011.

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