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Otra ética de consumo

La tragedia de Japón abrió un debate global sobre la conveniencia o no de utilizar energía atómica para satisfacer las necesidades energéticas globales. Esta nueva discusión tiene implicaciones que van de lo económico a lo moral; así, se han escuchado voces de científicos, técnicos, economistas y hasta teólogos, desde las cuales se han propuesto argumentos a favor y en contra de la utilización de esta fuente de energía.

Al respecto es interesante observar que el universo entero funciona en buena medida gracias a la energía nuclear. Nuestro propio sol es un “gran reactor” que para estar encendido “paga la cuenta” de una milmillonésima parte de su materia cada año, lo que trae como consecuencia la posibilidad de la vida en la Tierra; así que, en sentido estricto, nuestra existencia es producto de la energía atómica.

La cuestión entonces no debería centrarse en si es ético o no provocar la fusión o fisión del átomo para generar energía; la pregunta relevante, desde mi perspectiva, es ¿para qué estamos generándola?; el sentido que se otorga a la respuesta es el que podría entonces calificarse como éticamente aceptable o inaceptable, y es sobre ello en torno a lo que deberíamos discutir.

Japón tiene un ingreso per cápita que oscila entre los 35 mil y los 38 mil dólares; cuatro veces superior al de un país como el nuestro, o casi 30 veces el de una nación como Haití.

Es tal desigualdad la que vuelve problemática la pregunta sobre nuestras fuentes de energía, porque hasta ahora la utilización del petróleo, el agotamiento de los bosques y la sobreexplotación del agua en amplias franjas del planeta, obedece a una lógica de organización del poder y la economía mundial diseñada para que una minoría gane y la inmensa mayoría pierda.

Por ejemplo, si se suma la población de las 50 naciones con más alto ingreso, éstas no concentran más allá de 20% de la población mundial, pero sí —dependiendo del método de medición— entre 60 y 80% de la riqueza. Es esta desigual distribución la que resulta reprobable, y no en sí mismo el uso de una u otra fuente de energía.

Toda la evidencia de que disponemos muestra que, con las condiciones de desarrollo existentes, sería imposible que la humanidad tuviese un ingreso similar al de un japonés o un estadunidense promedio; para ello sería necesario agotar los recursos de dos o tres planetas como el nuestro.

Es claro, pues, que la discusión no puede centrarse exclusivamente en si vamos a generar o no más plantas nucleares; antes bien, la pregunta pertinente debe orientarse a cuestionar para qué querríamos hacerlo. Si la respuesta es, para lograr que todos elevemos nuestra capacidad de consumo pensando que puede asumir una tendencia infinita, lo paradójico del planteamiento lo vuelve de inmediato inviable.

Es urgente revisar nuestros patrones de consumo. No podemos seguir construyendo casas sin paneles solares o sin sistemas para el reciclaje del agua; no podemos seguir aspirando a tener dos, tres o más automóviles por familia; y en general no debemos seguir asumiendo que el bienestar puede seguir entendiéndose como capacidad de consumo individual porque, de hacerlo, vamos a continuar con este lamentable extravío gracias al cual perdimos la capacidad de, en libertad, comprender la profundidad de las dimensiones de la posibilidad y la necesidad.
*Director del CEIDAS, A. C.


Fuente: Excélsior, Nacional, p. 22.
Articulista: Mario Luis Fuentes*
Publicada: 22 de marzo de 2011.

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