Varias serán las temáticas que ocuparán el escenario de los desafíos más calientes de la RSE en Argentina y en la Región. Trataremos de enfocarnos en algunos de los más relevantes y comunes.

El primero es -y será por un largo y lamentable tiempo sin duda- el tema de la inequidad y la exclusión social. Las estadísticas que intentan medir cada año la evolución de la pobreza en el país y en el subcontinente, siguen reflejando algo que nos debería llamar a priorizar la atención sobre este problema.

Ellas traslucen el hecho de que a pesar de que se registran leves mejoras en los porcentajes totales que indicarían una reducción del problema de la pobreza; por las sucesivas crisis y el mero del crecimiento de la población, la cantidad de pobres en Argentina y en América Latina es creciente.

En el país más del 32% de la población es pobre y se suma a las casi 250 millones de personas que son afectadas en la región por este endémico flagelo, que les impide desarrollarse como individuos y como miembros de una sociedad integrada.

Lo destacable, es que de esa inmensa masa de seres humanos afectados, la mayoría son niños y jóvenes (de acuerdo con la CEPAL el 44% de los niños en América Latina son pobres, lo que tiene su correlato local). Los datos vienen a decir, en números, que nuestro futuro nacional y continental sigue severamente hipotecado.

La deuda social que no pagamos en el presente, será mucho más comprometedora y difícil de enfrentar y de resolver en el futuro. Las “renegociaciones” resultan inimaginables.

El segundo desafío ya adelantado a inicios del 2008 en otra nota editorial publicada en este sitio, es el emergente social de la inseguridad y la violencia. No resulta ajena la manera en que este fenómeno casi diría característico de nuestro tiempo crece y alcanza espacios y sectores que otrora parecían impermeables a su influencia.

Al punto que, al igual que acontece con la pobreza, parecería que de tanto “estar ahí”, genera una especie de acostumbramiento que torna en habitualidades la adopción de sistemas y conductas casi irracionales. También aquí podemos decir que en tanto los adolescentes y los jóvenes sean los más afectados por el fenómeno, el futuro abre nuevos interrogantes para la viabilidad del conjunto.

Un tercer punto de la agenda de desafíos, es la calidad de las democracias. Si bien ya casi no se registran regímenes dictatoriales en la región y estamos viviendo procesos de formalidad democrática Honduras es una realidad compleja para ser vista desde fuera y materia aún no resuelta en estos días; a nadie escapa el riesgo de que esas democracias van sufriendo un deterioro que conlleva un proceso peligroso de vaciamiento de las esperanzas en el sistema mismo; ya sea porque van perdiendo representatividad a la par que los gobernantes se enriquecen de manera escandalosa en el ejercicio de sus funciones; o porque se alejan del debate de los temas que la sociedad quiere esclarecer; o porque sucumben a la tentación de “liderazgos fuertes” que proponen como salida la eternización de ellos los únicos capaces para gobernar y llevar adelante un cambio profundo en el ejercicio del poder, sin alternancia posible; o porque buena parte de la prensa queda fuera de su rol esencial en este sistema de gobierno; o porque la corrupción se permite el lujo de quedar impune; entre otras cuestiones.

A esto se debe agregar que parece agotarse la percepción de que el entorno macro económico es más o menos bueno, lo que limita la tendencia histórica de muchos sectores a tomar la típica actitud del “no hagan olas”.

Un cuarto desafío local y global es la cuestión ambiental. Aquí nos sucede algo similar a lo que nos pasa con otras cuestiones: mientras el mundo evoluciona y cambia su manera de mirar y de obrar en un determinado tema, nuestras agendas locales registran un atraso de cinco a diez años en adoptarlo como prioritario o al menos como importante.

Podemos decir que mientras en los países centrales el tema es objeto de intensos debates y de firma de nuevos tratados que apuntan a reducir el impacto ambiental de toda la actividad humana, en esta parte del mundo pareciera que sólo registramos un cambio a veces visto como caprichoso cuando nos lo imponen como exigencia nuestros clientes de los países adelantados; sin tomar la perspectiva mayor que permita descubrir en él una tendencia tan irreversible como compleja de resolver.

Algunos especialistas advierten además, que en esto se juegan buena parte de las chances que tenemos a futuro de estar dentro o fuera del comercio mundial. Sea como fuere, deberíamos dejar de ver árbol y tratar de mirar el bosque… si es que dejamos alguno en pie por estas latitudes.

Ligado a todos los demás desafíos de la RSE que destacamos, está el fenómeno de la extensión de los criterios de gestión responsable de la empresa a toda la cadena de valor, algo que se viene perfilando como otra tendencia creciente en los países centrales.

Las grandes compañías van desarrollando de manera paulatina y sostenida nuevos criterios para seleccionar a sus proveedores, y de ese modo trasladan las preguntas que reciben de sus sociedades y gobiernos a toda su cadena de valor. No están siendo interpeladas localmente acerca de si ganan dinero o no; pero sí lo están acerca de cómo lo ganan.

Esta es la pregunta que estas empresas percolan hacia abajo (downstream) y que afecta a todas las que integran sus procesos de abastecimiento y de logística. ¿Será esta forma de hacer las cosas lo que aumentará las exigencias para sostenerse como organizaciones y sociedades competitivas? Y valga aquí la redundancia, ¿será todo esto la base para pensarse como empresas y como sociedades sustentables en un mundo que necesita encontrar urgente nuevos equilibrios?

Una vez más, corremos el riesgo de no percibir que ese leve pero sostenido aumento en las exigencias de una gestión responsable, no es algo aislado y fruto de una moda pasajera; sino una tendencia irreversible que es necesario comprender cuanto antes.

Buena parte de la competitividad que logremos como conjunto social, depende de podamos leer todos estos “signos de los tiempos”, comprenderlos y obrar en consecuencia.

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