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Filósofos

Por: Josep M. Lozano

La última pedrada verbal que nos dejó el inefable Ibra antes de trasladar sus tatuajes a Italia fue la de calificar reiteradamente a Guardiola de filósofo. No cabe duda que dicha calificación, en boca de alguien que piensa con los pies, pretende ser peyorativa: se supone que el así calificado exhibe una bella palabrería que embauca a los oyentes y les aparta de atender a lo concreto y de agarrar al toro por los cuernos. Pero en su despedida nos dejó un interrogante digno de ser considerado. ¿Ser un filósofo es un descrédito para alguien que asume responsabilidades directivas, debe acompañar y liderar a un equipo en el camino a la excelencia, y debe ser evaluado por los resultados tangibles que consigue?

Nada más lejos de nuestra intención, por cierto, que contribuir al botafumeiro que los más diversos expertos en liderazgo mueven últimamente a mayor honor y gloria del entrenador culé. Diríase que los ha abducido hasta el punto que hoy no hay debate o texto sobre el liderazgo que se precie que no lo cite inmediatamente como ejemplo… a menudo con la incapacidad de añadir cualquier otro a continuación. La fascinación que el mundo del deporte –y algunos deportistas- despiertan últimamente en la variopinta nómina de expertos en liderazgo y coaching retrata con más precisión a nuestra sociedad y a dichos expertos que a los propios deportistas.

Volvamos, pues, al uso peyorativo de filósofo para calificar a un directivo. Refleja probablemente la herencia de una mentalidad para la cual los resultados, la eficacia, el activismo y los mensajes simples y directos son sinónimo de buena gestión. Para esta mentalidad, ser un filósofo es una pérdida de tiempo que aparta de la inmediatez de la acción, retarda y complica la toma de decisiones, y conduce a perderse entre las brumas de la abstracción y el enredo. Pero no cabe suponer, al menos por nuestra parte, que a dicha mentalidad se le contraponga el deseo de retornar a la platónica idea del rey-filósofo. Porque existe también una mentalidad para la cual la loable defensa de la filosofía consiste en afirmar y proponer ideas y valores al margen de cualquier contexto, convertirse en depositario exclusivo del esplendor de la Verdad, y tener que soportar a la realidad como una especie de limitación inevitable que constriñe y dificulta la aplicación de las ideas que serían impecables sino fuera por los lamentables sinsabores que siempre conlleva pretender llevarlas a la práctica.

Frente a esta dicotomía cabe explorar en otras direcciones. Si se nos permite una simplificación podríamos decir que hay personas que piensan pensando: su manera de pensar se lleva a cabo manejando ideas que se sostienen sobre si mismas (aunque no se desvinculan de la acción ni de la realidad). Hay personas que piensan actuando: su manera de pensar se vincula siempre a la acción y la toma de decisiones, y a comprenderlas y orientarlas mejor (aunque no se niegan a tomar -a veces- distancia de la acción). Y, lamentablemente, hay personas que actúan sin pensar, y que reproducen mecánicamente patrones, hábitos e ideas configurados por otras. Cada una de ellas, por ejemplo, emplea estrategias de aprendizaje distintas y procesos diferenciados para trabajar con valores. Pero ahora nos interesa poner el foco en las segundas. Porque nos permiten recuperar en una clave distinta –y positiva- la relación entre filósofo y liderazgo.

Como acabamos de decir, pensar actuando es también una manera de pensar. Pero que requiere –para diferenciarla del activismo acéfalo—del uso del lenguaje. Ya que el lenguaje es uno de los mejores vehículos para la comunicación y, aunque parezca mentira, para la acción transformadora. A propósito del liderazgo se ha hablado mucho (y nos incluimos) de proyecto, valores y compromiso. Pero se ha hablado menos de algo imprescindible: el liderazgo consiste también en construir una comunidad de lenguaje. No para hacer tertulias o declaraciones, sino para orientar a la acción, convertirla en una relación vinculante y facilitar la indagación de nuevas e inéditas maneras de proceder. Un lenguaje compartido y particularmente comprendido por una comunidad de lenguaje permite entender un propósito, construir sentido, interpretar la diversidad de los acontecimientos, el elogio de lo ejemplar, el diálogo hacia el interior y hacia el exterior, y la crítica y la confrontación. Los grandes liderazgos se recuerdan no solo por lo que consiguieron y los cambios que impulsaron, sino también por el mensaje que transmitieron y la inspiración que generaron. Aun más, y aunque suene provocativo, en el liderazgo el lenguaje construye, crea la realidad. No es solo que sin palabras, los hechos, las acciones no tienen sentido, sino que además el lenguaje (de la acción pensante) sitúa a la realidad en otra dimensión, aquella que nosotros elegimos.

Por eso creemos que sería preocupante que en nuestra sociedad y en nuestras organizaciones, se compartiera la percepción de que llamar filósofo a sus responsables puede ser, en si mismo, un insulto plausible, ante el que solo cabe debatir sobre si es adecuado o no como tal insulto para una persona concreta.

[Ártículo publicado conjuntamente con Àngel Castiñeira en La Vanguardia el 31.10.10]



Josep M. Lozano

Profesor del Departamento de Ciencias Sociales e investigador senior en RSE en el Instituto de Innovación Social de ESADE (URL). Sus áreas de interés son: la RSE y la ética empresarial; valores y liderazgos en las organizaciones; y espiritualidad, calidad humana y gestión. Ha publicado sus investigaciones académicas en diversos journals. Su último libro es La empresa ciudadana como empresa responsable y sostenible (Trotta) Otros de sus libros son: Ética y empresa (Trotta); Los gobiernos y la responsabilidad social de la empresa (Granica); Tras la RSE. La responsabilidad social de la empresa en España vista por sus actores (Granica) y Persona, empresa y sociedad (Infonomía).

Ha ganado diversos premios por sus publicaciones. Fue reconocido como Highly commended runner-up en el Faculty Pionner Award concedido por la European Academy of Business in Society i el Aspen Institute. Ha sido miembro de la Comissió per al debat sobre els valors de la Generalitat; del Foro de Expertos en RSE del MTAS; del Consejo Asesor de la Conferencia Interamericana sobre RSE del BID; y de la Taskforce for the Principles for Responsible Business Education del UN Global Compact. En su página web mantiene activo un blog que lleva por título Persona, Empresa y Sociedad

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