Colaboraciones

El negocio de rescatar lo perdido

Conoce Talmaxcalli, un espacio que fomenta la imaginación y la participación activa de los niños

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Después de trabajar como ayudante del taller Tlamaxcalli, fundado originalmente por pintores de La Esmeralda en los años 50, Álvaro Santillán se asoció con Jazmín Juárez para reabrir “el Archivo General de Sueños y Utopías”, como ellos lo llaman, muy en línea con su filosofía de vida. Esta filosofía -para algunos locura- da prioridad a su amor por el oficio de artesanos jugueteros… y sí, también es negocio.

Fruto de la historia de la plástica mexicana

Personajes como Manuel Serrano Cabrera, restaurador del exconvento de Santo Domingo en Oaxaca; Leopoldo Flores, creador del Cosmovitral de Toluca; Leo Acosta, “uno de los mejores litógrafos y de los últimos que quedan vivos en América Latina” y titular de la Cátedra de Litografía en la Academia de San Carlos; Carlos García, director del desaparecido Centro de Investigación y Experimentación Plástica del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y del Taller Profesional de Grabado del Bosque… todos egresados de la Escuela Nacional de Pintura y Escultura La Esmeralda, son algunos de los artistas que fundaron el taller Tlamaxcalli entre 1954 y 1956, como contraparte de los pintores de la Academia de San Carlos. “Era algo así como los nacos y los fresas”, comenta Álvaro, “así que como nacos, había que ponerle un nombre náhuatl al taller”. Por este espacio de vanguardia también pasaron figuras como el pintor Francisco Toledo, y una de las principales figuras de la segunda generación de muralistas -y “artista político”-, José Hernández Delgadillo

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El taller Tlamaxcalli estuvo en la calle de Jalapa número 6 hasta que, a raíz de la construcción de la glorieta del metro Insurgentes en 1968, fue desmantelado. Hace 8 años, Álvaro y Jazmín, platicaron con este grupo de artistas para reabrirlo con la idea de recuperar los valores de la identidad mexicana, y darle un giro hacia la artesanía: ”yo era el chalán, lavaba pinceles y limpiaba piedras pero no soy pintor ni escultor, a mí me gusta hacer juguetes, Jazmín y yo somos artesanos. Para mí era importante rescatar el nombre ya que tiene un valor histórico dentro de la plástica mexicana, así que en homenaje a ese taller retomamos el nombre de Tlamaxcalli”.

La casa de los mil colores: el rescate de una tradición

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Aunque ellos también eran artistas plásticos, en aquel entonces los fundadores de Tlamaxcalli no tenían acceso a las galerías “para gente nice” del centro y la zona rosa donde exponían otros artistas, “para los fresas ellos eran artesanos”. Es por ello que estos pintores y escultores no tenían tiendas, sino talleres donde también se vendía.

Bajo este concepto de taller-negocio, “la casa de los mil colores” (significado de la palabra náhuatl Tlamaxcalli) se enfoca en la temática de juguetes artesanales: “por eso también entra la cartonería, que aunque a veces no es propiamente un juguete, si parte de ese concepto de juego” comenta Jazmín, refiriéndose a las máscaras y alebrijes tradicionales de cartón. En cuanto a las técnicas y materiales trabajan la cartonería, tela, madera, lámina, barro “y todo lo que se les ocurra”.

Para dar vida a estos objetos, el taller realiza una difícil labor de rescate sobre el conocimiento que rodea los juguetes artesanales, en la medida de sus posibilidades: hace investigación de campo y bibliográfica, visita museos y artesanos jugueteros, a los que quedan vivos que son muy pocos en la república. A partir de este trabajo, el conocimiento se replica no sólo a través de la propia elaboración y venta, sino de su transmisión a las personas que visitan el espacio, a los alumnos de los talleres que ahí se imparten, o en pláticas y exposiciones donde son invitados.

De tablets y “patas planas”: la competencia no es competencia

Por naturaleza propia, los juguetes que se elaboran en Talmaxcalli fomentan la imaginación y la participación activa de los niños: “con la tableta te sientas en la silla y mueves el dedo; está bien para un rato pero no interactúas de manera personal con nadie. Con los juguetes que hacemos aquí, puedes jugar solo pero también puedes interactuar”, comenta Jazmín, y Álvaro añade: “además, la tableta juega contigo, y con éstos juguetes, tú juegas con ellos. Ése es el concepto del juguete. Hay uno que se llama “patas planas” y hay niños que nos los traen a reparar a cada ratito porque le tiran las manos, porque están jugando con ellos”

En cuanto a la competencia de los juguetes industrializados, Jazmín comenta: “no puedes pedir algo que no conoces, si en tu casa no hay una pelota, no hay una cuerda para saltar, no hay carritos no hay nada y nunca lo conociste, pues nunca lo vas a extrañar ni lo vas a pedir”. Sin embargo, estos artesanos han visto que los niños que conocen estos juguetes se sienten atraídos por su colorido, su gracia y su forma de interactuar con ellos. Además, el taller permite el manejo de precios bajos, de manera que un niño pueda comprarlos “con lo que le das para gastar; tenemos juguetes desde 10 hasta 300 pesos”.

Esta empatía de los niños por estos juguetes, aún con las miles de opciones de alta tecnología, e incluso de los adultos, constituye el factor más elemental para un negocio: el producto se vende.

“Con canciones y trocitos de mi propia alma”: ¿y dónde está el negocio?

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Si bien el taller llega a tener solicitudes de altos volúmenes de producción, Álvaro y Jazmín dan prioridad a la esencia de la artesanía: “estamos convencidos plenamente de que un cliente grande lo que hace es acabar con la artesanía porque quiere que te vuelvas maquilador. El artesano también es artista y no le puedes decir al escultor: ‘oiga repítame 100 David, ¿no?’”.

Para explicar su convicción, Álvaro cuenta el cuento “Canastitas en serie” de Bruno Traven, donde el indio que hace las canastas responde al gringo que le regatea para obtener un menor precio por volumen:

“Mire, jefecito —dijo el indio sin alterarse—, es el mismo precio porque no puedo darle otro. Además, señor, hay algo que usted ignora. Tengo que hacer esas canastitas a mi manera, con canciones y trocitos de mi propia alma Si me veo obligado a hacerlas por millares, no podré tener un pedazo del alma en cada una, ni podré poner en ellas mis canciones. Resultarían todas iguales, y eso acabaría por devorarme el corazón pedazo por pedazo.”

Tlamaxcalli tiene pedidos para vender en otros estados de la República así como en Marruecos, Francia, España y Chile, sin embargo, no aceptan pedidos de más de unas 70 piezas. Los envíos consisten en un par de cajas “de lo que tengan”, cada que se les acaba el producto a los clientes, lo que en promedio son unos 3 o 4 meses: “nosotros hacemos lo que queremos, hoy estamos haciendo Blue Demon, estamos haciendo luchadores, pero cuando se acaben vamos a hacer pajaritos y luego trenecitos. El plus de nuestro negocio es que cada que vienes vas a encontrar un juguete diferente”

En cuanto a las posibilidades de crecimiento del taller, son pocas debido a que no han llegado aprendices dispuestos a hacer de éste su oficio, poniéndolo en riesgo de desaparición. Aunque continuamente llegan personas para aprender, entre ellos muchos estudiantes de diseño y artes plásticas, “no se dan cuenta de que un oficio no se aprende en dos días. Quieren ser artesanos o jugueteros no le dan prioridad como proyecto de vida”.

Con precios bajos, y poca producción parece un negocio difícil, pero una materia prima “tan elemental como el periódico el engrudo y la madera”, sumada a esta condición de “especie en extinción” permiten que Álvaro y Jazmín tengan los ingresos suficientes para vivir del taller: “se corre la voz de que nos estamos muriendo así que llegan las instituciones altruistas y las grandes empresas pues les conviene decir que hacen algo por la cultura. Se vale. Gracias a esto no se han perdido algunos oficios”… al menos por el momento.

En este sentido la mayoría de los clientes de Tlamaxcalli llegan solos, pero sí cuentan con herramientas de apoyo como su página de internet y cuentas en redes sociales.

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Las recomendaciones de Álvaro y Jazmín

“Lo que hagas hazlo con respeto hacia la gente, aquí llega gente que no compra pero ya se hizo amiga del taller, no importa.

Enamórate, lo que hagas con amor va a funcionar. No somos artesanos porque no nos quedó de otra en la vida ni porque no estemos preparados, estamos haciendo lo que queremos y tratamos de trasmitir ese amor por nuestro oficio. Eso hace que la gente regrese y respete al artesano. Eso es lo que mueve a este taller.”

Lo que aprendí

Acudir a las tendencias de los mercados no siempre es la mejor fuente para definir un negocio, como dicen por ahí, hay que ver las oportunidades en medio de las crisis… y aún en donde pareciera no haber futuro.


Taller Tlamaxcalli

Chihuahua 129, entre Jalapa y Orizaba, Colonia Roma. México, D.F., 5584 5613. [email protected]
Twitter: @Tlamaxcalli
Facebook.com/taller.tlamaxcalli


Alex Expok  Alejandra Meza

Se dedica al desarrollo de contenidos para el Centro Regional en América Latina y el Caribe en apoyo al Pacto Mundial de la ONU y colabora con el Observatorio Mexicano de Responsabilidad Social Universitaria, OMERSU, entre otros proyectos de Responsabilidad Social. Contacto: [email protected], Facebook.com/Alebrije777, Twitter.com/Ale_brije77

Acerca del autor

Expok

Expok es una consultora y medio en responsabilidad corporativa. En este portal, creamos y curamos contenidos para el nicho interesado en la RSE y la sustentabilidad.

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