Por aRSEnico
Cuando este columnista era un estudiante universitario, joven y bello —esperen, lo segundo lo sigo siendo—, tenía un profesor que nos compartía una lección que resultaba muy cierta. Solía decir: “Chicos, el gobierno les dice que el petróleo es de los mexicanos, ¿verdad? Pero a ver, traten de llegar a PEMEX y sacarse un barril… van a ver que antes de que crucen la puerta ya los tienen tragando tierra“. Ayer sentí que sucedió lo mismo con nuestra historia y patrimonio. Somos descendientes, en parte como mexicanos, de comunidades indígenas… pero ¡aguas si tratamos de ostentarlo o difundirlo a los turistas!, porque también pueden prohibírtelo, como la Corte mandó ayer a Xcaret.
Cuando el árbitro cambia las reglas… en medio del partido
Hay decisiones judiciales que generan debate. Y luego están las que te hacen preguntarte si alguien dejó abierta la puerta del sentido común y este decidió largarse.
La Suprema Corte decidió que Grupo Xcaret ya no puede usar elementos mayas… aunque llevaba años haciéndolo con permisos, acuerdos y —detalle menor— pagando por ello. Pero ahora resulta que no es suficiente. Porque claro, aparentemente en México no basta con hacer las cosas bien… también hay que adivinar cómo se van a redefinir las reglas mañana.
En términos de responsabilidad social, esto es surreal: cumples, consultas, compensas… y aun así pierdes. Es como ir al médico, seguir la dieta, hacer ejercicio… y que te diagnostiquen obesidad por si acaso.

El absurdo de la “representatividad total”: o hablas con todos… o con nadie
Aquí es donde la cosa pasa de compleja a directamente absurda.
La Corte básicamente dice:
“No basta con que tengas el acuerdo con una organización que representa a comunidades locales. No las representa a todas. Necesitas el consentimiento de todas.”
Más de mil en un territorio gigantesco… solo para dimensionar el absurdo.
Uno pensaría que esto es una broma, pero no. Es una especie de “todos o ninguno” que en la práctica significa “ninguno”.
Desde una perspectiva ESG, esto contradice principios básicos como el involucramiento con partes interesadas relevantes, que justamente propone identificar a quienes realmente están dentro de la esfera de influencia de una organización.
Pero aquí no.
Aquí la lógica es que si no hablas con absolutamente todos, entonces no hablaste con nadie.
Es como decir que no puedes casarte porque las famosas amonestaciones no le llegaron a toda la humanidad.
El doble rasero: turismo “extractivo”, infraestructura “progreso”
Ahora viene la parte más incómoda.
Cuando una empresa usa símbolos culturales → problema.
Cuando el Estado construye infraestructura sobre territorio de las comunidades → desarrollo.
Curioso.
Porque si el argumento es la protección del patrimonio cultural, entonces debería aplicar de manera consistente. Pero no. Parece que el patrimonio es sagrado… salvo cuando hay una obra pública con presupuesto.
Esto no es solo incoherente, es tóxico. Esta inconsistencia es básicamente el equivalente a decir “sí, somos sostenibles… cuando nos conviene”.

Bienvenidos al “compliance del multiverso y los futuros posibles”
Este caso redefine algo clave: el riesgo ya no es incumplir la ley… es cumplirla y que eso deje de importar.
1. Legalidad vs. legitimidad volátil
Las empresas ya no solo deben cumplir normas, sino anticipar interpretaciones futuras. Es decir, cumplir hoy con reglas que aún no existen y surgen y se aplican porque otros “administradores” llegan al changarro.
2. Stakeholders infinitos
La lógica de la consulta se vuelve impracticable. Y eso rompe un principio esencial de sostenibilidad: la gestión efectiva de stakeholders basada en impacto y relevancia. No, ahora el juego se llama “”stakeholders = lista infinita imposible de atender.”
3. Incentivos perversos
El mensaje implícito es claro:
“No te metas con cultura, mejor evítala.”
Lo cual es fantástico si tu objetivo como gobierno es borrar la identidad en lugar de promoverla…
La gran ironía: proteger tanto que desaparece
Así, en nombre de proteger la cultura… se vuelve casi imposible usarla, difundirla o integrarla en modelos económicos.
Resultado:
La cultura queda tan protegida que ya nadie puede tocarla. Ni siquiera quienes querían pagar por hacerlo e incluso han sido un polo enorme de promoción turística en el país (quizás el más grande de la historia). No por nada muchos calificaban los parques de Xcaret como el Disney mexicano.
Si para hacer las cosas bien necesitas permiso de todos… entonces nadie va a hacer nada.
Y eso, curiosamente, tampoco beneficia a las comunidades. Porque al final, la gran pregunta sigue siendo: ¿Estamos protegiendo el patrimonio… o lo estamos volviendo inutilizable?
Hoy no puedo ir por mi barril de petróleo… y al parecer, tampoco puedo presumir mis raíces. Entonces ¿quiénes somos y qué es nuestro realmente?

aRSEnico es el seudónimo químico de un asesor en RS muy tóxico, solitario, ensimismado y cuasi misántropo, que a través de una propuesta editorial de crítica ácida, expone las circunstancias, a veces inverosímiles, que se presentan en la responsabilidad social (RS). La columna, si bien es ficticia se alimenta de eventos de la vida real sin los cuales no sería posible su realización. El objetivo es precisamente, además de provocar la risa forzada de reconocer y reconocerse en ella, señalar dichas circunstancias desde un enfoque cínico e incluso que raya en anti RS, para mostrar finalmente en este radioactivo estilo, el “deber ser”.










