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¿Somos unos mártires laborales?

¿Somos unos mártires laborales?

Conforme se alarga la jornada, la mente deja de pensar con claridad y el cuerpo se mueve lento.

¿Somos unos mártires laborales?

Workaholic vía Shutterstock

Es paradójico pero no absurdo. Muchos lo sabemos y estamos de acuerdo. Trabajar demasiadas horas no significa producir más ni mejor. Henry Ford lo intuyó y decidió recortar las horas de trabajo de sus empleados. Con el tiempo comprobó su corazonada. Los autos producidos en sus fábricas registraron menos errores gracias a la reducción en sus jornadas laborales.

Otro ejemplo. Noruega y Dinamarca se encuentran entre los países más ricos del mundo y, por año, su fuerza laboral trabaja 800 horas menos que la plantilla mexicana. De hecho, los empleados nórdicos están en el fondo de la tabla de la OCDE en términos de semanas laboradas por año. ¿Es una casualidad que trabajen menos, pero que, al mismo tiempo, se encuentren entre los más productivos?

Está comprobado que la calidad del trabajo decrece a partir de un punto. El cuerpo y la mente se cansan. Eso limita la capacidad de responder a las exigencias laborales. Conforme se alarga la jornada, la mente deja de pensar con claridad y el cuerpo se mueve más lento.

¿Cuánto trabajo es demasiado? La productividad de un empleado decae después de las 50 horas por semana, explica un estudio de John Pencavel, académico de la Universidad de Stanford. Y cuando rebasa la marca de las 55 horas, la caída es aún más pronunciada. Pencavel no se detiene en las 55 horas y llega a conclusiones brutales: trabajar 70 horas en una semana es menos productivo que hacerlo sólo 49 horas.

Las últimas horas tienen rendimiento negativo si consideramos el uso de la infraestructura o el gasto de consumibles. Esto es igual de válido para todos: peluqueros, médicos, soldadores, vendedores, periodistas o modelos. Opera de la misma forma en las maquiladoras de Tijuana que en la Bolsa Mexicana de Valores.

Por ello, en Corea del Sur, establecer límites se ha convertido en un asunto de política pública. Allá laboran 2,163 horas anuales promedio, es decir, 74 horas menos que en México. Aun así, pretenden bajar ese número para acercarse a las 1,735 horas de Japón. Ellos esperan que menos tiempo laboral signifique menos estrés y más energía para el entretenimiento. Al final, esperan una caída en el gasto de salud y en el consumo de energía.

El nuevo balance entre trabajo y entretenimiento, piensan, les permitirá acelerar su transición desde una economía industrial hacia una basada en la industria creativa, donde hay mayores márgenes de ganancia y menores riesgos de ‘commoditización’.

El trabajo se expande para llenar el tiempo disponible para realizarse, dijo Cyril Parkinson, un funcionario inglés dotado de capacidad de observación y sentido del humor. Lo sabe cualquier persona que haya contratado una reparación doméstica y pactado el pago por días, en vez de la remuneración por el servicio completo.

Parkinson escribió en la década de los 50 una serie de ensayos sobre el mundo laboral y la simulación en el trabajo. En ellos estableció un coeficiente de ineficiencia en el que la productividad de un comité es inversamente proporcional al número de sus integrantes.

¿Somos workaholicos o mártires del trabajo?

En algunos casos, las empresas son responsables de la cantidad de horas que un empleado labora, pero sería muy simple responsabilizar sólo al empleador. Con frecuencia, el problema está en el trabajador o en la presión de los colegas con los que se compite. “No puedo” o “no tengo tiempo” son respuestas que generan respeto o estatus, en ciertos contextos. Estar demasiado ocupado es sinónimo de éxito. No importa el costo que tenga en la vida privada o en la salud.

El reto es poner límites. Respetar las fronteras entre el tiempo laboral y el tiempo de ocio. Esto se ha vuelto más complicado con las tecnologías móviles. Un smartphone pesa unos 130 gramos, pero quien lo usa para trabajar lleva en él toneladas de responsabilidad. ¿Sabes decir hasta dónde decir basta?

Fuente: GONZÁLEZ, Luis Miguel. ¿Somos unos mártires laborales? Expansión. Año XLVI. N° 1174, septiembre 11, 2015. p. 43.

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