RSE

RSE: de la corrosión del carácter a la construcción del carácter

Deberemos repetirlo a menudo: difícilmente podremos tener empresas responsables sin personas que lo sean. En consecuencia, debemos plantearnos claramente hasta qué punto el desarrollo corporativo de la responsabilidad empresarial requiere del desarrollo de la responsabilidad personal.

Cuando hablamos de RSE solemos evitar preguntarnos si es posible una empresa responsable sin personas que lo sean. La RSE no es solo una cuestión de prácticas e indicadores, sino también de mentalidad. Por esta razón, cabe plantearse que el desarrollo de la RSE en una organización no se puede reducir a implementar nuevos procesos, sino que debe incluir un trabajo explícito sobre las actitudes, los significados y los valores relacionados con ella. La RSE es una cuestión de prácticas corporativas, pero también una cuestión de identidad corporativa.

Construir una identidad es un proceso. Por eso las empresas responsables deberían configurarse también como ámbitos basados en valores, porque no estamos hablando de algo añadido, sino de algo intrínseco a su actividad. No se puede hablar de RSE sin reconocer sus vínculos con los procesos de construcción de valores que generan significado y sentido, entre otras razones porque no debemos pasar por alto que las prácticas empresariales pueden ser tan creadoras como destructoras de sentido. Esto es así porque tienen un impacto en el itinerario vital y en el equilibrio personal de quienes trabajan en ellas.

Ya he planteado que en una empresa, más que recursos humanos, existen personas con recursos. Y en tanto que personas, los pueden activar en la medida en que seamos capaces de integrar su desarrollo en el marco de unos valores compartidos que permitan una mayor articulación de la vida personal, profesional y corporativa. Resulta difícil imaginar que la RSE pueda arraigar en las prácticas empresariales sin facilitar dicha integración en las personas. Tiene poco sentido intentar que una empresa sea responsable si quienes la dirigen y trabajan en ella no se identifican con las actitudes que hacen posible la responsabilidad. Difícilmente será viable que una empresa proclame la RSE si, simultáneamente, no lleva a cabo un trabajo mínimamente consciente sobre los valores en que se basa su gestión.

Sennett nos alertó convincentemente del riesgo de que ciertas apologías del cambio y la flexibilidad pudieran desembocar en la corrosión del carácter; corrosión que se manifiesta, por ejemplo, en el hecho de que muchos profesionales sean tan capaces de firmar contratos como incapaces de forjar vínculos. En efecto, no siempre un currículum brillante va acompañado de la capacidad de narrar la propia vida como un itinerario vital con sentido, entre otras razones porque parece que algunos modelos de gestión sueñan con desarrollar una versión posmoderna del hombre sin atributos. Porque lo que buscan, en el fondo, son individuos desarraigados, siempre disponibles, que no estén marcados ni por sus vínculos ni por ningún sentimiento de pertenencia relacional, social, cultural o nacional, sino únicamente por su dedicación a la empresa o por la confusión deliberada —y a menudo potenciada por la misma empresa— entre su identidad personal y su perfil profesional.

Así pues, deberemos repetirlo a menudo: difícilmente podremos tener empresas responsables sin personas que lo sean. En consecuencia, debemos plantearnos claramente hasta qué punto el desarrollo corporativo de la responsabilidad empresarial requiere del desarrollo de la responsabilidad personal. En definitiva, estamos hablando de la necesidad de aprender a trabajar sobre uno mismo y sobre la propia calidad personal. Difícilmente se puede poner en práctica la responsabilidad empresarial sin una mínima capacidad personal para elaborar las relaciones y los compromisos que se establecen. Esto plantea inevitablemente un nuevo reto para las empresas: el desarrollo de la capacidad corporativa de trabajar con valores.

Estoy convencido de que si nos planteamos con seriedad la RSE llegaremos a hacernos preguntas como las siguientes: ¿qué tipo de personas queremos para nuestras empresas?, ¿qué podemos hacer para conseguirlo?, ¿qué tipo de persona —y de personalidad— se está creando en nuestra empresa o se fomenta en ella?, ¿qué tipo de persona –y de personalidad- se reconoce y se promociona en nuestra empresa?, etc.

¿Trabajar con personas significa también trabajar con ellas en la construcción de un carácter? Probablemente, la respuesta a esta pregunta sea afirmativa. Y esto es así, aunque pueda resultar paradójico, precisamente porque todos sabemos que hoy en día el horizonte de la vida profesional no es ni la estabilidad ni la continuidad. Si la responsabilidad (metodologías y procesos aparte) es un valor que conlleva un compromiso, se hace difícil imaginarla sin entenderla también como un componente de cierta transformación personal, porque los procesos de cambio que generan compromiso han de ser al mismo tiempo personales y corporativos.

Como señalaba el Aspen Institute, “«conocerte a ti mismo» y «conocer tu trabajo» son dimensiones cada vez más indisociables. Por supuesto, esto, además de importante, plantea un gran desafío a las empresas, en la medida en que nos encontramos en un contexto sociocultural y empresarial donde la volatilidad a menudo no se considera solo un fenómeno puramente financiero, sino también un estilo de vida.

Pero, en fin, ninguna época escoge libremente sus desafíos.

Fuente: Diario Responsable

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