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¿Cómo medir el éxito de una sociedad? PIB vs Índice de Felicidad

Bhután, Nicolás Sarkozy y hasta Joseph Stiglitz buscan cambiar la medición del éxito de los países no por el crecimiento del PIC, sino por el Índice de Felicidad

En julio de 2007, el diario sensacionalista londinense Daily Mail encabezó una de sus páginas con el siguiente título catastrofista: “Gran Bretaña, debajo de México en la Liga Mundial de la riqueza y la felicidad”. El artículo, que resumía los resultados de un informe llamado Índice Global de la Prosperidad, estaba escrito para provocar sorpresa e indignación en los lectores: ¿Cómo podía ser, se preguntaba el diario, que México, un país mucho más pobre que Gran Bretaña, sea un lugar mejor para vivir? ¿Cómo puede ser, se han preguntado desde entonces decenas de sociólogos y economistas, que un campesino pobre de México esté más satisfecho con su vida que un exitoso ejecutivo británico? Y aún más: ¿es posible que los mexicanos sean, en promedio, más felices que sus contemporáneos ingleses?
En septiembre del año pasado, la consultora de opinión pública Gallup preguntó a miles de personas en decenas de países qué tan satisfechas estaban con sus vidas, y les pidió que las calificaran con un puntaje de 1 a 10.

Los mexicanos dieron a sus vidas 7 puntos, apenas menos que los estadounidenses (7.2) y claramente encima de los habitantes de Francia (6.3) y Argentina (6.4). En América Latina, sólo los costarricenses de declararon más felices que los mexicanos. Cuando Gallup preguntó a los encuestados si les gustaría que sus vidas tuvieran más días “parecidos a ayer”, 84% de los mexicanos dijo que sí, que estaría conforme con su vida si la mayoría de sus días fueran como el día anterior. Sólo un país de todo el mundo (Islandia) respondió a esta pregunta con más entusiasmo. ¿Es México, entonces, una de las naciones más felices del mundo? En caso de que sí: ¿podrían los políticos mexicanos aprovechar la oportunidad y declarar que los problemas del país no son tan graves y sus reformas, no tan urgentes?

Este tipo de preguntas, con los mismos u otros protagonistas, ha estado en las mentes de cada vez más economistas e investigadores internacionales, para quienes la medida tradicional de riqueza de las naciones –el Producto Interno Bruto (PIB) – ha dejado de ser un índice suficiente, representativo o confiable sobra la calidad de vida de los países.

EL ÍNDICE NACIONAL DE FELICIDAD
Desde hace un tiempo, el PIB ha perdido parte de su hegemonía. Primero fue condicionado por la introducción de la Paridad de Poder de Compra (PPP, por sus siglas en inglés), que empezó a medir la riqueza de un país no en dólares, sino adaptada a sus precios locales. Y ahora el ataque tiene varios frentes: el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, pidió el año pasado a los líderes del mundo que empezaran a medir el desempeño de sus países con el Índice Nacional de Felicidad, un complejo sistema que desde hace varios años aplica el gobierno de Bhután, un pequeño Estado budista enclavado entre China e India.

El economista estadounidense Joseph Stiglitz, ex economista jefe del FMI y premio Nobel, viajó el mes pasado a Bhután y pidió a Estados Unidos que siguiera su modelo: abandonar el PIB y evaluar los países según el bienestar de sus ciudadanos. “Será difícil, porque hay intereses especiales que se oponen”, dijo Stiglitz.

¿Vale la pena medir la felicidad de los países? La enorme cantidad de encuestas y estudios actuales sugieren que sí. ¿Qué debemos hacer entonces con esa información? ¿Deben los gobiernos hacer lo posible por maximizar la felicidad de sus votantes?
La respuesta también parecería ser sí, pero los investigadores encontraron una contradicción. “Ése no puede ser el objetivo”, dice Eduardo Lora, economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo y autor del libro Paradoja y percepción: Midiendo la calidad de vida en América Latina. “Si los gobiernos tuvieran como único objetivo alcanzar la felicidad de sus pueblos, probablemente tomarían atajos contrarios al desarrollo personal y social”.

Las mediciones sociales de felicidad se hacen casi siempre de dos maneras: evaluando las condiciones objetivas de vida de una población (ingreso, acceso a la educación, cohesión social, etc.) o, directamente, preguntándole a la gente cómo se siente. Ninguno de los métodos, aun combinados parece satisfacer a los investigadores o a sus críticos: por un lado, es muy difícil aplicar puntajes a variables tan abstractas y, por otro, las respuestas de la gente sobre su propia felicidad muchas veces están exageradas.

Además está la política: aunque ‘felicidad’ parece una palabra autónoma y sin conflictos, muchos de los investigadores y opinadores que se han referido al asunto han aprovechado para defender sus ideas sobre cómo debe organizarse un Estado. Los economistas más de izquierda creen que el dinero no hace la felicidad: que el PIB de los países puede crecer infinitamente y sus habitantes seguirán igual de miserables. Hace unos años, el columnista británico Richard Layard escribió uno de los textos fundacionales de las ciencias de la felicidad con la siguiente idea: “No hay evidencia de que los países ricos son más felices que los pobres. Siempre y cuando no atengamos a países con ingresos de más de 15.000 dólares por habitante”.

Los economistas más liberales, siempre entusiasmados con los beneficios del crecimiento, han intentado decir lo contrario: que la felicidad de los países ricos sigue creciendo a medida que crece su economía. Aun así, los economistas de todas las ideologías parecían haber acordado dos principios fundamentales, uno de los cuales beneficiaba a los economistas progresistas y el otro, al los liberales.
La mayoría de los datos señalaban que, en efecto como decía Layard, salir de la pobreza mejoraba la felicidad. Para los economistas liberales, para quienes el gran objetivo de una sociedad no debe ser la desigualdad sino la pobreza, esto era un gran triunfo. Pero los datos también decían que una persona de buenos ingresos podía ser infeliz si a su lado vivían personas mucho más ricas, dando la razón a los intelectuales de izquierda para quienes la desigualdad provoca mucha infelicidad en las sociedades.

Esta situación podría estar cambiando. Lora, que coordinó junto a la economista estadounidense Carol Graham un estudio sobre “satisfacción con la vida” en América Latina, dice que no ha visto el piso de Layard (los famosos 15.000 dólares anuales) en ningún sitio. ”El bienestar económico influye en la felicidad, pero muy poquito”, dice el economista jefe del BID. “Las creencias religiosas, la relación con los amigos, la estabilidad familiar, sentir confianza en los demás, dominar la envidia…Todas estas cosas influyen tanto en la felicidad como el nivel de ingresos”. En el último estudio de Lora (hecho con encuestas en 2009), México es el tercer país más satisfecho de América Latina, detrás de Costa Rica y Panamá. Chile y Uruguay, dos de los países con mayores ingresos de la región, y que normalmente reciben buenos puntajes por su infraestructura social, no se declaran especialmente felices: en el ranking continental de Lora figuran 13º y 14º, respectivamente.

Uno de los conceptos más interesantes de los estudios de Lora es la ‘Paradoja del crecimiento infeliz’, según la cual la velocidad del crecimiento económico es con frecuencia inversamente proporcional a la felicidad de la población. Por ejemplo, algunos de los países que se declararon más felices entre 2001 y 2006, como Japón, México y Brasil, tuvieron crecimientos más bien modestos de sus economías por debajo de 2% anual.

En India, Rumania y Rusia, donde el PIB creció hasta un 7% por año en el mismo periodo, la gente decía ser mucho menos feliz. “Cuando la economía crece más rápido, la gente siente la presión por adaptarse”, explica Lora. Otro problema son las expectativas: hay personas que se conforman con muy poco, y eso también distorsiona las estadísticas.

¿Y México? ¿Cómo es posible que parezca tanto más feliz que países con ingresos ampliamente superiores? En todas las encuestas, México ocupa posiciones destacadas, a veces entre la primeras 10 naciones del mundo. ¿Cuál es la explicación? “Hay países con sesgos culturales positivos, donde la gente tiende a decir que son más felices”, explica Lora. ¿Pero eso de dónde viene, cuál es su origen? “Ah, eso en un misterio”, responde Lora dando, probablemente sin saberlo, una respuesta satisfactoria a los lectores indignados del londinense Daily Mail.

UN REINO FELIZ
En diciembre de 2006, el rey Khesar de Bhután ordenó a los tecnócratas de su gobierno que diseñaran un índice para medir el bienestar de su pueblo con más precisión que el Producto Interior Bruto (PIB). Los tecnócratas obedecieron y crearon la Felicidad Nacional Bruta (conocida como GNH, por sus siglas en inglés), un índice que evalúa la felicidad privada y pública de sus habitantes. Al rey Khesar le gustó lo que le mostraron sus funcionarios y entonces, desde noviembre de 2008, Bhután oficialmente elabora sus políticas de gobierno según lo que le indican los resultados de su GNH.

El gobierno de Bhután define la felicidad como un bien público experimentado subjetivamente, “y es por ello que no puede ser dejada exclusivamente a artículos o esfuerzos privados”. Para medirla, envían a un grupo de especialistas a recorrer el país y hacer encuestas, pero no muchas: en la última edición participaron 950 personas. (Bhután tampoco tiene muchos habitantes: menos de 700.000.) La encuesta dura varias horas y sus preguntas están divididas en nueve categorías: bienestar psicológico, uso del tiempo, vitalidad de la comunidad, cultura, salud, educación, diversidad ambiental, estándar de vida y gobierno. Con todos estos resultados (cada categoría tiene el mismo peso), el gobierno obtiene un puntaje final para el país y para cada distrito. El objetivo del gobierno de Bhután es que todos sus habitantes tengan un nivel ‘suficiente’ de felicidad encada una de las categorías.

El sistema butanés tiene sus defensores pero también sus críticos, quienes recuerda que en el pequeño país budista no hay extranjeros ni libertad de prensa, el analfabetismo es alto y la televisión llegó hace apenas una década. Se puede ser feliz y raro al mismo tiempo.

Fuente: Expansión, p.51 -53
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