3er Sector

Matices: Gaby Molina

matices-gabyTestimoniales de mujeres victoriosas del cáncer de mama

Considero muy importante; antes de dar inicio a mi narración, el hacer de su conocimiento que ésta es y será la única ocasión en la que pueda demostrar más aptitudes como escritora, las cuales considero que son absolutamente nulas.

Debo, sin embargo, tratar de hacerles sentir lo que me obligó a desarrollar esta fortaleza para decirme a luchar; sin dejarme caer y a costa de lo que fuera, pues la mente se convierte en un mar de preguntas que poco a poco se llenando de respuestas. Deseo que esta experiencia ayude a las personas que padecen este espantoso mal, a encontrar el motivo para desarrollar una fuerza interior; la cual debemos encausar en la batalla contra esta enfermedad, por convicción propia y con el ánimo de ganar; para bien propio y de los que nos rodean.

Dedico este testimonio a todas aquellas mujeres que, como yo, tienen que entregarse plenamente a una lucha sin cuartel para erradicar de su vidas en una forma total a este cáncer de mierda, como yo le llamo, el cual tiene las firmes intenciones de ponerle fin a todas las ilusiones que con todo el derecho del mundo nos hemos forjado para lograr; como seres humanos, entregar a nuestras familias el amor y la tenacidad para poder disfrutar con una sonrisa los momentos que esta vida nos otorga.

Estos reflexiones se las entrego en forma cariñosa a mis hijos Gabili, Anachusca y Jos; a mis papás, con el amor y la admiración que siempre les he tenido; para mis cinco pilares: Pato, Charly, Frank, Rich y Vic, quienes me han enseñado toda la entrega que se puede dar a un hermano cuando las raíces familiares están tan bien cimentadas; a mis amigos, primos y tíos, sin cuyo apoyo y muestras de cariño no hubiera podido lograr nada; y ¿por qué no? a los doctores, que con su entrega a la lucha contra el cáncer ayudaron a vencerlo.

A todos ellos, a quienes hoy reconozco como un ejército de ángeles que Dios me mando para poder salir de esta enfermedad.

Busca esos ángeles que Dios te manda, ahí encontrarás la fortaleza necesaria para vencer a este cáncer de m…

La noticia me llegó así:

Asistí a mi cita anual con el ginecólogo, y fue él quien descubrió la bolita (cuatro centímetros); ésta se encontraba en el seno derecho, el cual yo notaba un poco más grande que el izquierdo, pero nada que llamara mi atención, pues dicen que somos diferentes de cada lado. El ginecólogo me remitió con un oncólogo de su confianza, lo cual hoy le agradezco, mas yo no tenía ni la menor idea de la especialidad de éste hasta que llegué a su consultorio y lo leí en la placa de entrada: ahí empedó mi temor.

Debo confesar que la frialdad con la que negocian con tu vida me dejó helada: “Tienes una bolita y hay que quitarla”, me dijo. Y después me explicó todas las probabilidades que podían acontecer al extraela, desde la más benévola hasta la más maligna, obviamente con el costo de cada una. Entre más mala fuera la bolita, más alto el costo económico de la operación.

Para ese entonces estaba más enojada que asustada, con todo y con todos. Todo me caía mal, todos me caían gordos. No tenía ganas de sonreír, la noticia había cambiado mis expectativas de vida. Aunque por fuera lo negara, por dentro sabía que algo estaba realmente mal.

Recuerdo que cuando me hicieron el ultrasonido de mama, la doctora dijo: “No te preocupes, tu estudio está perfecto, no tienes nada malo”. Pero cuando me hicieron la mastografía, la cual tuvieron que repetir tres veces, por la cara de los médicos intuí que las cosas no estaban tan bien como afirmaba el ultrasonido.

Negar que al llegar a mi casa me desplomé con esa noticia, sería como no aceptar la enfermedad.

Enfrentarlo con mi marido y mis tres hijos era una tarea difícil. pero había esperanza, todo dependía de la duración de la operación. Ésa sería la pauta para concebir si el cáncer había llegado o no a mi vida.

Llegó el día de la operación. No sé cómo tuve valor para decirles a mis papás lo que estaba pasando. Me dolía tanto preocuparlos y hacerlos sufrir, pero escondérselos me parecía una falta de lealtad.

A fin de cuentas soy madre y sé lo que es el dolor cuando algo pasa con tus hijos.

Cuando salí de la sala de cirugía y estaba en recuperación, lo primero que me toqué fue el pecho, y al descubrir que no tenía seno, pero tampoco una prótesis sino un expansor; sentí que me quedaba sin aliento. Era evidente que tenía cáncer. En ese momento, en la frialdad del cuarto, en la más profunda soledad, sucedió algo que tal vez a algunos les cueste trabajo creer, pero que a mí me dio la pauta para seguir adelante. De pronto sentí la presencia e dos mujeres, una a cada lado de mi cama; dos mujeres que ya no estaban en este mundo, dos mujeres que yo había conocido en el pasado y que ahora estaban conmigo: ellas son Mela y Nines. Me tomaron de la mano y me dijeron: “No te preocupes Gaby, vas a estar bien. Aún no llega tu tiempo de partir, aún tienes mucho que dar y que hacer en este mundo”.

Cuando las presencias se fueron, una paz interior recorrió todo mi cuerpo. Era como una señal de que mi lucha contra el cáncer no sería inútil.

El proceso apenas empezaba. Había una gran batalla entre mi intuición y mi razón. La primera me decía que el cáncer estaba presente en mi cuerpo, pero la razón se negaba a aceptarlo. Esto vino seguido de fuertes momentos de depresión, de rebeldía, de rabia, pero creo que la ira fue el sentimiento que más se apoderó de mí…

Cuando alguien comentaba que esto era una “bendición”, yo no podía creer que estaba escuchando… ¡Cómo va a ser una bendición que tengas cáncer!

Con el tiempo aprendí que la bendición no estaba en el cáncer, sino en el proceso de aprendizaje por el que pasas, en el cúmulo de cuestionamientos que llegan a tu mente y en la cantidad de decisiones que tomas a partir de esa noticia. “Es una bendición disfrazada de tragedia”, me dijo alguien… Tal vez lo sea por las razones que mencioné, pero duro es aceptarlo… Uno está acostumbrado a que las bendiciones lleguen con otro disfraz.

Qué sorpresas da la vida, me decía. Tanto que esperaba el festejo de mis 40 años, para que cuando legaran, en legar de celebrarlos, haya tenido que estar luchando contra el cáncer. No me cabe la menor duda de que toda la vida son lecciones, lástima que haya algunas que sean tan difíciles de aprobar.

Demasiadas cosas en un solo año para la familia, me cuestionaba también. El problema de Tobías, la muerte de la tía Malú, y el cáncer de la Nena, es decir, el mío…

¿Nos querrá decir algo Dios? ¿Seremos tan necios o tercos que sólo con golpes fuertes entendemos?

No estaba dispuesta a que el cáncer me ganará la batalla. Visualicé mi vida como un casete al que le habían puesto pausa, pero no stop. ¡Todavía había tanta música por escuchar, tantas canciones que inventar y tantas melodías para acompañar!

Hay muchas cosas que he ido asimilando en esta etapa de mi vida, y la que me viene en este momento a la cabeza es: “Dios me dio la vida con la ayuda de mis papás, y siempre dije que yo era una persona afortunada por la familia que Él me había mandado, creía que era capaz de vencer cualquier cosa, pues yo era Gaby Molina. Pero nunca contemplé ni el encierro, ni la muerte, ni el cáncer tan cerca de nosotros, ni la muerte, ni el cáncer tan cerca de nosotros, y en un corto año nos llegó todo”. ¡Ah caray!

Qué rápido se escribe y qué largo parece cuando se está viviendo.

Hoy me doy cuenta que soy y somos especiales, pues no hay contrariedad con la que no podamos.

Dicen que los problemas te hacen crecer, y hoy puedo confirmarlo y decir que en un año mi visión de la vida y de muchas cosas ha cambiado , pero no para mal, sino par vivirla mejor que antes. El mensaje era: “Usa tu vida para vivirla plenamente, pero úsala para ti, no para los demás, por eso Dios le dio una vida a cada quien”.

Dicen también que Dios sabe a quien y que no manda nada que puedas soportar. Pues ahora entiendo y sobre todo lo que agradezco lo bien que me equipó poder sobrellevar esta enfermedad, pues me rodeó de ángeles que me cargaron para poder soportar y vencer esto. Hoy quiero decirles a esos ángeles que sin ellos y sin otra cosa que vive dentro de mí y se llama voluntad, no hubiera podido lograrlo.

Tenía cuatro metas en este proceso: la cirugía, las quimioterapias (las más fuertes, pesadas y difíciles de brincar), las radioterapias y las pastillas que debo tomar por cinco años. Tres de las cuatro etapas ya las pasé, y de manera victoriosa.

La carrera no está ganada todavía, pero después de haber vivido este arranque y ver lo maravillosamente bien que lo hemos logrado, puedo decirles que todos somos vencedores y que, como dije hace meses: “Este cáncer de mierda se va a arrepentir de haber venido a mi casa, porque a fin de cuentas ni siquiera lo invité”.

La guerra no ha acabado, pero la batalla más importante nos hizo los mandados.

Gracias a mis ángeles por todo lo que me han dado. Gracias a todos los que me han querido y apoyado.

Fundación Cim*ab

Fuente: Matices. 27 testimonios de sobrevivientes de cáncer de mama; Lindero Ediciones, 2003. p118-120

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