Cómo los caficultores de las tierras altas de México navegan en los vientos del cambio.

Remedios Fernández se encuentra en lo alto de su cafetal ubicado en las montañas de Veracruz, México; rodeado de un mosaico de colores rojos provenientes de Huatusco, un poblado ubicado en el valle contiguo. Durante más de un siglo, cafetos han crecido en estas verdes colinas. Lo cual es un símbolo de orgullo para sus habitantes, pero es aún más importante, porque es una pieza fundamental para la economía de miles de caficultores, a pesar de la tendencia mundial hacia la urbanización.
“Para mí, el café es sustentable. Es nuestro estilo de vida, nuestra forma de trabajo”, dijo Fernández. “Todos prefieren dejar el campo e ir a la ciudad. Dejan café detrás”.
Para los caficultores como Fernández, construir un futuro a largo plazo basado en el café significa navegar en los fuertes vientos de la economía, geografía y medio ambiente año tras año. Cuando esas ráfagas cambian repentinamente, pueden poner en riesgo todo, desde ganarse la vida hasta el futuro de la cosecha.
 
El café, como cualquier cultivo, es sensible a las fluctuaciones de precios debido varios factores, la mayoría de ellos fuera del control de los agricultores. Cuando los precios mundiales del café cayeron en picada a finales de 2018, los pequeños caficultores de Centroamérica estuvieron entre los más afectados. En algunos casos, el precio que obtenían por su cosecha estaba por debajo del costo de producción.
 
Ante esta situación de emergencia, Starbucks se comprometió con $20 millones en fondos de ayuda para pequeños productores de café en Nicaragua, Guatemala, El Salvador y México. Los fondos ahora aumentan los ingresos que recibieron anteriormente por su cosecha y ayudan a aumentar su estabilidad. Después de superar la última crisis con el apoyo del fondo de emergencia, Fernández pudo mantener su enfoque en el futuro.
«Gracias a este apoyo, las personas pueden mantener sus cafetales», dijo. «Me siento muy orgulloso del café que estamos cultivando, ha llegado muy lejos».
El café como forma de vida

No muy lejos, de donde habita Fernández, otro grupo de caficultores vivó la misma lucha. Dolores Cano, Natalia Simón y Jezabel Pérez son parte del pueblo otomí de México, que se estableció por primera vez en estas tierras hace más de 10,000 años. Provienen de una larga tradición de cultivo, una forma de vida amenazada por los bajos precios del café y un devastador brote de roya.
«Cultivar café es muy importante para mí porque mantiene a mi familia unida, todos trabajan como uno», dijo Pérez. Simón dijo que el café que cosecha, paga la educación de sus hijos y otros elementos esenciales. “Cultivar café es una característica de nosotros. Es un trabajo que impulsa a nuestras familias”, dijo.
Los fondos de ayuda ante la emergencia, permitieron a su comunidad respirar más fácilmente mientras esperaban la recuperación de precios.

Comunicado de Prensa

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