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Green Bronx Machine: Caso de éxito de emprendedores sociales

Green Bronx Machine: Caso de éxito de emprendedores sociales
Foto: greenbronxmachine.org

En uno de los barrios más pobres de Nueva York, Stephen Ritz, un maestro de escuela secundaria, logra que sus alumnos quieran asistir a clases y cambiar la comida chatarra por frutas y verduras que ellos mismos cultivan.

E l río Harlem separa dos distritos bien disímiles de Nueva York: mientras al sudoeste se ubica Manhattan, capital financiera y turística del mundo, el Bronx al noreste no cuenta con las mismas credenciales. “El Bronx se está incendiando”, alertó en 1977 Howard Cosell, un popular relator de béisbol de la época, como una forma de describir la difícil situación socioeconómica de la zona. Para finales de esa década, casi la mitad de las viviendas del sur del Bronx estaban abandonadas o destruidas, y prácticamente toda la población de clase media se había mudado a otros sectores de la ciudad.

Casi 40 años después, el barrio de South Bronx uno de los sectores más pobres da cuenta de un cambio positivo: diversos planes de urbanización y vivienda modificaron el paisaje, decenas de miles de nuevas familias se instalaron en la zona y la criminalidad descendió un 71% entre 1993 y 2008. Así y todo, y a pesar de los esfuerzos oficiales, la mitad de la población de South Bronx se mantiene por debajo de la línea de pobreza. El vecindario continúa siendo uno de los más peligrosos de la Gran Manzana. Ingresar a una pandilla es el camino fácil para los jóvenes afroamericanos o latinos que viven allí. “Es el distrito más pobre de Nueva York”, define Stephen Ritz, un maestro local. “Muchos de mis alumnos llegan a la escuela enviados por la justicia correccional, y no quieren pasar tiempo en clase.”

Ritz no es un docente más: Green Bronx Machine, un proyecto educativo creado por él, está logrando que niños y adolescentes en situación de alto riesgo dediquen sus horas de clase y su tiempo libre a cultivar alimentos, aprender un oficio e incluso modificar sus hábitos alimentarios. “Estamos sembrando una nueva economía en un espacio repleto de balas, residuos y peleas callejeras. Estamos demostrando que es posible cultivar alimentos de forma eficaz y rentable y, lo más importante, integrándolo a nuestras vidas de manera que nos benefician a todos”, asegura.

El germen

La iniciativa comenzó como un plan para embellecer el barrio y ocupar a los estudiantes del Discovery High School, un colegio secundario público de South Bronx. “Tenía un grupo de 17 alumnos, probablemente los jóvenes con más necesidades de todo el liceo”, recuerda Ritz. “Me propusieron participar con la clase en un proyecto extraescolar que involucraba trabajos de carpintería, plomería y demolición. Los muchachos estaban entusiasmados con la idea de salir de la escuela. Comandé el proyecto y recibí mucho apoyo de colegas que no sabían cómo relacionarse con este tipo de estudiantes: estaban encantados de que yo quisiera trabajar con ellos y, literalmente, convertirlos en mi familia. Lo hicimos. Y para mi sorpresa, a los chicos les fue muy bien”, relató a la revista Organic Connections. El paso siguiente fue avanzar en trabajos de jardinería, con igual éxito. “Lo consideraban algo así como su graffiti verde.”

En 2009, tras la restauración de un jardín en el barrio de Harlem, Ritz y sus alumnos fueron invitados a un programa de la cadena ABC para recibir un premio por su labor. En el estudio de televisión también se encontraba George Irwin, fundador de Green Living Technologies, una compañía que había patentado una tecnología de “paredes verdes”. El sistema de Irwin, desarrollado en aluminio y acero inoxidable, se basa en pequeños compartimientos con tierra fértil en los que se colocan semillas. El riego se realiza desde arriba hacia abajo, cubriendo toda la superficie del panel, y un puñado de lámparas LED reemplaza a la luz del sol; con una baja dedicación y una inversión reducida, los compartimientos logran florecer. El acercamiento entre el profesor y el emprendedor fue inmediato. En palabras de Ritz: “Mis granjeros horizontales conocieron sus huertos verticales y fue amor a primera vista”.

Ritz acordó con Irwin utilizar el sistema de Green Living Technologies con sus alumnos de la secundaria Discovery, y al poco tiempo decidió implementar cultivos de vegetales, en un barrio en el que el 68% de la población tiene sobrepeso. “Donde vivo hay escasa disponibilidad de alimentos producidos localmente y, peor aún, muy bajo acceso a frutas y verduras frescas. Me pareció fundamental integrar la nutrición en el aprendizaje. Así, pasamos de plantas ornamentales a techos verdes, luego a paredes verdes y jardines comunitarios, y finalmente a producir comida.”

Los muros empezaron a rendir frutos: los vegetales y hortalizas se distribuyeron primero entre los alumnos, luego fueron vendidos a precio menor que el de mercado en pequeñas ferias dentro de la escuela, y finalmente entregados a comedores comunitarios del barrio. Fuera de los muros del colegio, Green Bronx Machine comenzó a instalar techos verdes y huertas verticales en calles y edificios de barrios marginados de la ciudad, pero también en zonas de Manhattan a las que un adolescente típico del Bronx no esperaría acceder. “La NBC nos invitó a armar una pared en sus oficinas del Rockefeller Center. Estábamos encantados: un grupo de chicos del distrito más pobre de los Estados Unidos diseñó, construyó, plantó e instaló una pared verde en el corazón de Nueva York”, reflexiona Ritz.

Tecnología solidaria

El paso hacia el cultivo de verduras llegó gracias a su familia. “En 2003, uno de mis hijos me dijo: ‘Papá, cosechemos lechuga en las paredes’. Nunca se me hubiera ocurrido, pero eso es lo genial de nuestros hijos, que pueden pensar más allá de lo establecido”, comentó. El sistema desarrollado por su empresa, Green Living Technologies, podía contar con paneles de diferentes espesores, por lo que decidió tratar con la más ancha, de 15 centímetros. “A los cinco días las semillas habían germinado; al poco tiempo lo intentamos con tomates, zucchini o frutillas, y siempre funcionó.”l desarrollo tecnológico detrás de Green Bronx Machine es mérito de George Irwin, un emprendedor nacido en Nueva Jersey con estudios universitarios en el campo de la educación. Al igual que Stephen Ritz, su acercamiento al mundo de la agricultura fue obra de la casualidad. “Fui contratista de la construcción durante 23 años. En 1998, uno de nuestros clientes nos pidió construir un techo verde. En ese momento la palabra “verde” no era de uso común; nadie sabía cómo hacerlo, pero me llamó la atención”, recordó Irwin al exponer su caso en la conferencia Cities Alive, en Toronto. “Hicimos ese techo, seguimos trabajando en el tema, y cuatro o cinco generaciones de producto después desarrollamos un sistema de paredes verdes”, agregó.

Al poco tiempo, un arquitecto contactó a Irwin para llevar su desarrollo a la costa oeste norteamericana, como parte de un plan para dar trabajo a personas sin hogar de Los Angeles. “Viajamos con contratistas para colocar las paredes verdes y enseñarles a los homeless a mantenerlas y cultivar, pero allí descubrimos que esas personas tenían intención de colaborar aún más. Decidimos capacitarlas en la instalación del sistema y terminamos certificando a 40 de ellas, que hoy ganan hasta US$ 55 por hora con ese oficio. Al final, entendimos que era mucho más que un sistema para cultivar alimentos; es una forma de crear oportunidades para la gente.”

El emprendimiento en números

  • 14 toneladas de alimentos llevan producidas las escuelas que forman Green Bronx Machine.
  • 232% creció el índice de asistencia a clases de los estudiantes que participan del programa: pasó del 40% al 93% en promedio.
  • 2.200 puestos de trabajo para jóvenes fueron creados en asociación con ONGs y empresas privadas.
  • 0 estudiantes repitieron el año en los cursos que participaron del proyecto.
  • 991.000 visualizaciones acumula la presentación de Stephen Ritz en TED.com y YouTube.
  • 100 eran las “huertas escolares” creadas por Green Bronx Machine a mediados de 2014 en los cinco distritos de Nueva York.

Barajar y dar de nuevo

En febrero de 2012, un mes después de que Stephen Ritz participara de una conferencia TED describiendo los logros de Green Bronx Machine, las autoridades del Discovery High School dieron de baja el programa. “Estoy decepcionado, a los jóvenes les encantaba”, dijo al periódico New York Daily News. Nathali Soriano, una ex alumna de Ritz que comenzó la carrera de Derecho Ambiental al terminar el secundario, también expresó su tristeza por el cierre del proyecto. “Cuando uno entraba al aula se sentía un aire especial. Green Bronx Machine me ubicó en la senda correcta; realmente me ayudó.”

Ritz decidió convertir a Green Bronx Machine en una ONG capaz de recibir donaciones y extender el programa a escuelas de todo el país, a la vez que era invitado a dar conferencias en otras regiones del continente. Al poco tiempo consiguió continuar el programa original en la Hyde Leadership Charter School, una escuela del barrio de Hunts Point. En abril de 2014 se trasladó a otro colegio, el Renaissance Charter High School for Innovation, de Harlem, que le cedió una superficie de 260 metros cuadrados en el techo del edificio para construir una nueva huerta. “El cambio nos va a permitir aprender más sobre el sistema, para poder replicarlo mejor en toda Nueva York, y particularmente en mi querido Bronx”, se ilusionó al ingresar al nuevo establecimiento.

Más de 14 toneladas de alimentos fueron cosechadas en los distintos huertos que Green Bronx Machine creó a lo largo de la ciudad. Los méritos pedagógicos del programa están a la altura del rinde agropecuario: los índices de asistencia a clases crecieron notablemente y los egresados obtienen empleos bien remunerados, en muchos casos como instaladores de techos verdes o huertas verticales; muchos, incluso, deciden continuar una carrera universitaria, una elección poco habitual para los adolescentes de South Bronx. Todos los integrantes del proyecto, incluido Ritz, comenzaron a sumar más frutas y verduras a su dieta diaria. “Entendí el valor nutricional y la relevancia cultural de la comida, y logré bajar más de 30 kilos comiendo los alimentos que cosechamos”, asegura.

Para Ritz, el mayor mérito del programa radica en impulsar a que cada estudiante descubra su potencial, más allá de las limitaciones del entorno. “Están quienes dicen que hay que aceptar lo que uno no puede cambiar. Estoy convencido de que hay que modificar las cosas que no podemos aceptar: que haya chicos enfermos, dietas pobres o malos ambientes. Cambiar eso es mucho más sencillo de lo que la gente cree. Se empieza con una semilla, y se empieza en las aulas”, concluye.

Fuente: GUEBARA, Ignacio. El reverdecer del Bronx. WOBI. Febrero – Marzo 2015. n° 1, volumen 15, p. 68 – 71.

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