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2025 rompe récord: gobiernos recaudaron más de 100 mil MDD por emisiones de carbono

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La política climática global acaba de alcanzar un punto de inflexión que pocos imaginaban hace apenas una década. De acuerdo con el más reciente informe del Banco Mundial, los mecanismos de fijación de precios del carbono permitieron a los gobiernos recaudar más de 100 mil millones de dólares en 2025, una cifra histórica que confirma cómo la transición ambiental también puede convertirse en una estrategia de fortalecimiento fiscal y desarrollo sostenible. Esta recaudación por emisiones de carbono representa un aumento del 2% respecto al año anterior y coloca a estos instrumentos en el centro de la agenda económica internacional.

Más allá del monto, el récord evidencia una transformación más profunda: cada vez más países consideran que asignar un costo a las emisiones contaminantes no solo ayuda a reducir gases de efecto invernadero, sino que también puede financiar infraestructura, innovación energética y programas de transición justa. Durante años, el debate climático se concentró en los costos de actuar; hoy, la conversación comienza a incluir los beneficios colectivos que pueden surgir cuando las políticas ambientales se diseñan con visión estratégica y criterios de bienestar común.

Recaudación por emisiones de carbono: el avance de una política que gana terreno

Los más de 100 mil millones de dólares movilizados provinieron principalmente de dos mecanismos: los sistemas de comercio de emisiones (ETS, por sus siglas en inglés) y los impuestos al carbono. Ambos parten de un principio sencillo pero poderoso: quien emite gases de efecto invernadero debe internalizar parte del costo ambiental que históricamente ha recaído sobre la sociedad. Al poner precio a la contaminación, los gobiernos generan incentivos económicos para reducir emisiones y, al mismo tiempo, crean nuevas fuentes de ingresos públicos.

El informe Estado y tendencias de la fijación de precios del carbono muestra que el valor promedio de estos instrumentos se ha más que duplicado en la última década. Si hace diez años el precio promedio rondaba los 10 dólares por tonelada de CO2 equivalente, hoy alcanza 21 dólares, con un crecimiento adicional del 7% desde abril del año pasado. El incremento no es menor: refleja una mayor madurez regulatoria y una creciente aceptación política de que la descarbonización necesita señales económicas claras.

recaudación por emisiones de carbono

La cobertura de estas medidas también ha crecido de forma significativa. Actualmente, alrededor del 29% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero está sujeto a mecanismos directos de fijación de precios del carbono mediante 87 políticas nacionales, regionales y subnacionales. Particularmente notable es el avance de los sistemas de comercio de emisiones, cuya cobertura pasó del 8% en 2016 a más del 24% de las emisiones globales actuales, mientras que los impuestos al carbono han mantenido una participación relativamente estable.

Este crecimiento explica por qué la recaudación por emisiones de carbono ha comenzado a verse como una herramienta multifuncional. Ya no se trata únicamente de penalizar la contaminación, sino de construir esquemas capaces de financiar prioridades públicas en un contexto de presiones fiscales, volatilidad energética y crecientes demandas sociales. Tal como señala el Banco Mundial, la sostenibilidad y la resiliencia económica comienzan a converger en una misma ecuación política.

Nuevos mercados y reglas que redefinen la transición

El dinamismo de la fijación de precios del carbono también se observa en la aparición de nuevos mercados y regulaciones. En el último año entraron en operación cinco instrumentos nacionales adicionales, una señal de que la adopción continúa expandiéndose incluso en economías con realidades productivas muy distintas. Entre ellos destaca el Plan de Comercio de Créditos de Carbono de India, orientado particularmente a sectores de difícil abatimiento, donde la reducción de emisiones suele ser más compleja y costosa.

Japón constituye otro ejemplo relevante. Su sistema GX-ETS inició su fase obligatoria en 2026 y ya involucra a más de 700 empresas, cubriendo más de la mitad de las emisiones nacionales del país. Lo relevante no es únicamente el alcance del mecanismo, sino el destino de los recursos obtenidos: los ingresos alimentan un fondo nacional dedicado a proyectos de transición energética. Este enfoque muestra cómo la recaudación por emisiones de carbono puede vincularse directamente con inversiones transformadoras y no limitarse a una función meramente recaudatoria.

Mientras tanto, países como Brasil y Turquía desarrollan esquemas propios, reflejando una tendencia que trasciende regiones y niveles de ingreso. A este panorama se suma el Mecanismo Europeo de Ajuste en Frontera del Carbono (CBAM), que comenzó a aplicar precios al carbono sobre importaciones intensivas en emisiones como cemento, acero, aluminio, electricidad e hidrógeno. Aunque actualmente cubre menos del 0.5% de las emisiones globales, su relevancia política es considerable porque introduce la dimensión climática en las reglas del comercio internacional.

El avance del CBAM ha despertado interés global por los llamados ajustes fronterizos y por nuevas formas de regulación climática vinculadas a la competitividad económica. Para muchas empresas, especialmente aquellas integradas a cadenas globales de valor, el precio del carbono dejó de ser un tema exclusivamente ambiental y pasó a convertirse en un factor estratégico de acceso a mercados, gestión de riesgos y planeación financiera.

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Créditos de carbono y una economía climática en expansión

El informe del Banco Mundial también ofrece señales importantes sobre el mercado voluntario y regulado de créditos de carbono. Entre 2024 y 2025, la emisión de créditos aumentó 8%, confirmando que la demanda por instrumentos capaces de compensar emisiones continúa creciendo pese a la volatilidad de precios observada en algunos segmentos del mercado.

El caso del Reino Unido resulta ilustrativo. Investigaciones recientes muestran que los créditos de carbono aportaron aproximadamente 1,200 millones de libras esterlinas a su economía durante el último año. Aunque los precios promedio disminuyeron ligeramente en 2025, los créditos de alta integridad ambiental mantuvieron un fuerte atractivo para inversionistas y compradores corporativos, evidenciando que la calidad del activo climático comienza a ser más relevante que el simple volumen transado.

Un ejemplo paradigmático es el esquema CORSIA, acordado por la Organización de Aviación Civil Internacional para regular el crecimiento de emisiones en la aviación internacional. Bajo este sistema, aerolíneas de 129 países deben monitorear sus emisiones y adquirir créditos provenientes de proyectos externos para compensar incrementos por encima de los niveles de 2020. El mecanismo podría requerir más de 144 millones de créditos antes de 2028.

La robustez del esquema depende de criterios estrictos de integridad ambiental. Los créditos elegibles deben demostrar adicionalidad, permanencia y ausencia de doble contabilidad, requisitos esenciales para evitar que la compensación se convierta en un ejercicio simbólico. Este énfasis confirma que el futuro del mercado dependerá menos de promesas aspiracionales y más de evidencia verificable de reducción real de emisiones.

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Gobernanza climática: el verdadero desafío detrás del precio al carbono

El récord de 2025 ofrece una lección relevante para los gobiernos y para quienes trabajan en sostenibilidad corporativa: el problema nunca ha sido únicamente recaudar o crear mercados, sino diseñar instituciones capaces de convertir esos recursos en beneficios tangibles para la sociedad y el medio ambiente. La buena gobernanza será el factor decisivo para determinar si estas políticas consolidan una transición justa o simplemente amplían mecanismos financieros sin transformación estructural.

El riesgo del greenwashing también merece atención. Cuando los créditos de carbono o los sistemas de compensación se utilizan para justificar la continuidad de prácticas altamente contaminantes sin planes reales de descarbonización, la legitimidad del mercado se erosiona rápidamente. El precio al carbono debe complementar —no sustituir— estrategias de reducción directa de emisiones, eficiencia energética e innovación tecnológica.

Para que la fijación de precios del carbono cumpla su promesa transformadora, la transparencia, la trazabilidad y la rendición de cuentas deberán convertirse en condiciones irrenunciables. Solo entonces la recaudación por emisiones de carbono podrá consolidarse como algo más que un ingreso fiscal extraordinario: una herramienta de política pública capaz de reconciliar competitividad económica, justicia social y protección ambiental en una misma visión de futuro.

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